CAPÍTULO 6 – DECIR ADIÓS #2
—Falleció hace dos meses —aclaré.
—Cuánto lo siento, niña —dijo afligida, agarrando con su mano uno de mis antebrazos en un gesto de cariño—. Dale mi más sentido pésame a tus padres, por favor.
—De su parte, Isabel.
Adriel miró, incómodo, el reloj de su muñeca.
—Tenemos que irnos, mamá. Le dije a Dara que la recogeríamos al salir del colegio.
—Vamos, pues. Adiós, guapa —se despidió de mí antes de comenzar a andar.
La vi girarse con paso vacilante, pero firme, hacia la línea de cajas y observé a Adriel, que aún no se había movido del sitio, como si algo lo retuviese.
Como si ese algo fuese yo.
—Lo siento, Alicia —me dijo sincero—. No sabía lo de tu abuela.
—No podías saberlo —le quité importancia—, pero gracias.
—Me ha gustado verte de nuevo.
—Y a mí. Cuida de tu madre.
—En ello estoy. —Se rascó la nuca—. A pesar de que a veces parezca que es más bien al contrario.
Nos reímos, y le pregunté lo que rondaba por mi cabeza desde que lo vi el viernes por la noche en la reunión de antiguos alumnos.
—¿Vas a quedarte mucho por aquí?
—Algo, sí —respondió sin concretar demasiado—. Mi hermana Dara necesita que le echen una mano con mi madre cuando ella está en la oficina y me he tomado una pausa en el trabajo.
—Genial, ¿no?
Se encogió de hombros.
—No está mal, aunque ya no recordaba lo que era aburrirse. —Miró hacia atrás, lugar por el que se había marchado Isabel segundos antes—. Tengo que irme. Te veo bien, Alicia. Espero que coincidamos más por el pueblo.
—Yo también —le contesté con una sonrisa.
Cuando ya se marchaba, observé lo que estaba en el suelo, a mi lado.
—¡Adriel! —le llamé levantando un poco la voz. Él se volvió y me miró—. Te dejas esto. —Alcé el paquete de papel de cocina y me sonrió, girando sobre sus pasos.
—Gracias.
—De nada.
Nos sonreímos, y se marchó finalmente.
Admito que me quedé con una sonrisa un tanto absurda en la cara tras el encuentro y justo así fue como me encontró mi hermana cuando me giré y me topé con ella a un escaso metro de mí, observándome con una ceja alzada.
—¿Ese es Adriel? —Asentí arrugando la frente y, sin saber por qué, rehuyendo un poco su mirada—. ¿Tu Adriel? ¿Con el que saliste en secundaria?
—¿Es que acaso conocemos a muchas más personas que se llamen así? —inquirí nerviosa—. Todavía si se llamase Juan o José…, pero Adriel no es que sea demasiado común, creo yo. Además, no sé si se le puede llamar «salir» a darnos tres besos siendo unos críos.
Y qué besos…
Me obligué a callarme. Ella juntó su carro al mío mientras nos dirigíamos a pagar y, tras unos segundos en silencio, me dijo:
—Ali, creo que lo tengo.
—¿El qué?
—Es una idea un poco descabellada, pero he escuchado lo que decía y situaciones desesperadas…
—Esa mirada me da miedo.
—¿Y si le propones a él que se encargue del puesto de Leo?
—¿A Adriel?
Asintió muy orgullosa de su proposición, y la miré con una ceja alzada mientras los engranajes de mi cerebro hacían girar la maquinaria que me haría discernir si era una buena o mala idea.
En un primer momento la descarté. Él se iría tarde o temprano a Madrid con su pareja, sabía que solo estaba en Costa Serena de paso, cuidando temporalmente de su madre, y eso me supondría volver a tener que buscar a otra persona cuando ocurriese…
Aun así, si me paraba a analizarlo, si realmente lo pensaba con seriedad, la verdad era que se me acababan las opciones.
Tristemente no tenía a nadie más, a menos que la alternativa del adolescente tembloroso volviese a estar en la palestra, y solo de imaginarlo era yo la que me echaba a temblar.
Sí. Él había dicho que se aburría, así que quizá le vendría bien tener un entretenimiento puntual en lo que volcarse, aparte del cuidado de su madre, claro.
Si valoraba la idea no podría relajarme, debía tener claro que si se lo proponía sería algo temporal.
Como bien había dicho mi hermana, era una medida desesperada, porque me urgía sobremanera.
Y solo en el caso de que él aceptase, de lo que no estaba para nada convencida, no dejaría de buscar a otra persona que cubriese la vacante a largo plazo.
Pensándolo bien, era hasta una buena solución, mientras él se hacía cargo del puesto de Leo, yo podría seguir buscando con más tranquilidad y menos presión un sustituto a la altura de mis necesidades, que no eran muchas, a decir verdad, pero sí algo más allá de las que podría cubrir un chiquillo asustadizo y con ganas de salir corriendo cada vez que respiraba cerca de él.
Decidida, dejé a mi hermana con los dos carros en la cola de la caja y enfilé casi a la carrera hasta el aparcamiento.
Esperaba tener la suerte de que aún no se hubiese marchado.
Afortunadamente, estaba terminando de guardar la última bolsa cuando las puertas automáticas del establecimiento se abrieron y pude dirigirme al exterior.
Corrí hacia su inmaculado coche, rojo, compacto y de líneas un poco agresivas.
—¡Adriel!
Él se giró hacia mí a la misma vez que cerraba el maletero. Un momento después llegué hasta él con la respiración agitada.
—¿Ocurre algo? —me preguntó dejando asomar una preocupación adorable en su mirada sorprendida.
—Dame tu número.
—Vale —contestó dubitativo, dejando pasar un par de segundos.
Mientras sacaba mi móvil del bolsillo de la sudadera, me di cuenta de las pintas con las que había ido a comprar.
Mierda. ¿Cómo no me había mirado en el espejo antes de salir y por qué demonios mi hermana no me había dicho nada?
—¿Estás bien? —me preguntó al percatarse de que me demoraba más de la cuenta en desbloquear el teléfono.
—Sí, sí, perdona. —Reaccioné—. Ya está. Dime. —Él me dictó su teléfono y le di a llamar para que también tuviese el mío—. Ahora tengo prisa, pero después te llamo y hablamos, tengo que proponerte algo.
Musitó un escueto «está bien», y me di media vuelta, en dirección a la tienda, sintiendo cierto cosquilleo en la nuca. Justo antes de llegar a la puerta me giré y lo pillé mirándome.
Con una sonrisa animada le dije adiós con la mano y me fui dentro.
Tuve que obligarme a serenar mi respiración agitada, sabiendo que no era precisamente por la carrera de hacía unos segundos.
Quise mentalizarme de que era el resultado normal al volver a ver a una persona que antaño fue especial para mí.
Especial porque cuando alguien forma parte de tu vida durante un tiempo, regalándote algunas primeras veces, es como si se quedase de alguna manera grabado en tu subconsciente con un rotulador de los que no terminan nunca de quitarse por más que frotes.
Mi hermana siempre me había dicho que se sentía tremendamente afortunada por estar casada con el amor de su vida, el hombre hecho para ella y que la complementaba, haciéndola sentir que podía con todo.
Mis padres también habían sido siempre un matrimonio bien avenido, aunque curiosamente mi padre estuvo saliendo de joven con una de las hermanas de mi madre, pero realmente de quién había estado enamorado desde siempre era de mi progenitora, solo que la tenía tan idealizada que la veía del todo inaccesible para él.
Lo que no supo hasta años después, momento en el que comenzaron su relación, es que a ella le ocurría exactamente lo mismo con él.
Recuerdo haberles preguntado hacía unos años si no sentían que habían perdido un tiempo muy valioso que podrían haber dedicado a estar juntos, pero aún tengo más presente la respuesta que me dieron: «Las cosas pasan cuando están destinadas a ocurrir».
El porqué de que se me vinieran a la mente esos pensamientos justo después de haberme encontrado con él solo tenía una explicación, porque Adriel fue el primer chico al que besé; mi primer novio de la adolescencia, cuando aún no sabía ni qué significaba esa palabra que parecía quedarme demasiado grande.
Y, aunque había sido más una travesura disfrazada de experimento en el juego de aprender a ser adultos que otra cosa, siempre lo había recordado con mucho cariño.
Podía revivir como si fuese ayer mismo la primera vez que nuestras lenguas estuvieron enredadas.
La sensación de sorpresa y rareza al sentir algo extraño invadiéndome de una manera que jamás había sentido.
Cómo perfeccionamos los movimientos y nos fuimos adaptando a la forma del otro, sabiendo lo que a ambos nos gustaba más.
A Adriel le volvía loco que le mordiese levemente el labio inferior con mis dientes.
Si cerraba los ojos aún podía sentirlo en mi boca, mientras escuchábamos a los demás charlando y riendo durante el recreo, cuando a los de secundaria nos permitían salir a la calle para desayunar.
Siempre íbamos a la misma zona, una calle tranquila, de casas bajas y poco frecuentadas, a un par de manzanas del instituto.
Cerca había una tiendecita que preparaba bocadillos y en la que siempre había discusiones por entrar de los primeros y así poder disfrutar de más minutos de libertad o, en nuestro caso, de poder recrearnos el uno en el otro, apoyados en el muro de una de las casas cercanas.
Sonreí al recordar ese sabor, el del regusto de unos desayunos inocentes paladeados en su boca.
Y recordaba cómo sabían: a gloria bendita.