CAPÍTULO 6 – DECIR ADIÓS
El destino se limita a repartir las cartas, solo nosotros somos los que decidimos cómo jugar nuestra mano.
Actualidad
La noche de la fiesta y lo que restó del fin de semana Mat y yo fuimos dos partes de un todo.
No nos despegamos prácticamente para nada y me prometí no dejar pasar tanto tiempo sin ir a visitarlo, pues lo había echado verdaderamente de menos y quería tenerlo en mi vida de forma más activa; más allá del teléfono, claro.
Hablamos muchísimo durante ese día y medio que pasamos juntos, recordamos anécdotas e incluso grabamos un vídeo para el canal en el que él hacía de pinche y probaba uno de los platos elegidos por los seguidores.
Debo reconocer que me sorprendió, pues, con lo hermético que siempre fue con su vida, ese fin de semana había abierto más de una ventana a su alrededor.
Leo y él se habían entendido de maravilla.
Imaginaba que tuvo que ver el hecho de que ambos supiesen de la existencia del otro desde hacía largo tiempo, pues eran dos grandes pilares en mi vida.
Hubo un momento en el que hasta detesté que hubiesen hecho tan buenas migas, porque me tocó tragarme una película infumable el sábado después de almorzar al ser minoría en las votaciones y, a pesar de que reivindiqué mi derecho por ser dueña legítima de la televisión, desecharon mi queja sin opción a réplica.
Fueron momentos bonitos, aunque efímeros, que me sirvieron para dejar de pensar por unas horas en la marcha de Leo a Alicante, algo que, para mi total desgracia, estaba cada vez más cerca.
Y como era de esperar, tras marcharse Mat bien temprano esa misma mañana, se me vino el mundo encima y las emociones me atropellaron en forma de bajón anímico del tamaño de la catedral de Burgos.
—Alegra esa cara, anda —me dijo mi hermana, tendiéndome el bote de Nutella después de dar buena cuenta de él con una cucharilla de postre—. No desperdicies estos días que te quedan amargándote antes de tiempo, que te conozco y ya estás regodeándote en la miseria.
—No puedo evitarlo —lloriqueé—. Y encima súmale que no encuentro a nadie para cubrir a Leo y me estoy viendo teniendo que explotar a tu hijo Bruno, pagándole en magdalenas caseras de esas que tanto le gustan.
Estrella se carcajeó y terminó de colocar las meriendas en las mochilas de los niños, a los que ya se les escuchaba trastear por la segunda planta, preparándose para ir al colegio.
—¡Buenos días, preciosuras! —dijo Leo asomándose por la ventana de la cocina—. ¿Algún alma caritativa que me dé de desayunar?
—Pasa —le contestó mi hermana con una sonrisa.
—Hablando del rey de Roma… —añadí apoyándome en la barra con el codo y dejando caer la cabeza sobre mi palma—. ¿Qué haces levantado tan temprano?
—He tenido que ir a arreglar unos papeles con el casero —aclaró a la vez que entraba—. ¿Y esa cara?
—¿Tú qué crees? —le dijo Estrella.
—Ali, por favor —rogó él sentándose a mi lado.
—¡¿Qué?! Ya sabéis que no puedo evitarlo. Te vas en nada.
—Aún queda.
—Sí, claro. —Resoplé introduciendo de nuevo el dedo en el bote y rebañando las paredes de crema de cacao y avellanas.
Mi cuñado Fede, que bajó con Guille en brazos y llevaba una cola de niños a sus espaldas, me riñó por el gesto.
—Enana, eso es una guarrada.
Acto seguido se acercó a mi hermana y le dio un beso en los labios, pasándole al bebé, que ya le había echado los bracitos con devoción. Ella le sonrió y besuqueó su mejilla regordeta con cariño.
—¿Es posible que esta casa se esté quedando pequeña de repente? Me da la ligera sensación de que se nos duplica el número de hijos y además vienen ya creciditos y todo —bromeó mi cuñado mirando a Leo.
—Ya me echarás de menos cuando me vaya.
—No sé yo qué decirte —contestó.
—Leo… —me quejé lastimera.
—Ay, perdón —se excusó levantando las palmas—. Tema tabú, lo olvidaba.
—¿Qué pasa? —inquirió Fede recolocándose el pelo rubio y utilizando la puerta del horno como espejo improvisado.
—Leo y su nuevo trabajo —contestó escueta mi hermana, tendiéndoles el desayuno a los niños conforme se acercaban—. Ya sabes… —Y me señaló con la cabeza.
Él vino hacia mí y me dio un abrazo, empujando al objeto de nuestra conversación con el brazo cómicamente en el proceso.
—Tú no te preocupes por nada, enana, que ya verás lo bien que te lo vas a pasar con tu nuevo cámara cuando lo encontremos. Vamos a engañar a algún tío cachas de esos que te gustan, lo encadenamos en tu garaje…
—Apartamento —le corregí.
—Apartamento —rectificó—. Y, mientras lo cebas con comida rica, le lavamos el cerebro para que te sea fiel hasta el fin de los días y… hasta luego, Leonardo.
Hizo un gesto con la mano en dirección a Leo, y sonreí por la ocurrencia, aunque no tenía ganas de bromear.
—Se dice «hasta luego, Maricarmen» —contestó él divertido, robando una uva del plato de mi sobrina Carolina.
—¡Suelta! —le amonestó ella enfadada.
—Perdón, perdón —rectificó, devolviendo la fruta a su lugar de origen—. Qué genio se gasta la criatura.
Con buena iba a dar, con solo nueve añitos era la que tenía más carácter de todos nosotros. Claramente salía a mi padre.
—Dime que te queda algún cliente al que embaucar —inquirí esperanzada.
Fede negó con la cabeza componiendo un gesto de disculpa, y volví a resoplar.
—¿Y el hijo de Sebas? —preguntó mi hermana.
—Ni lo menciones —contesté—. Era un púber rarito al que le temblaban las pestañas cuando le hablaba, y eso que fui bastante dulce y simpática con él, así que imagina.
—Es que los deslumbras con tu belleza.
—Vete a la mierda, Leo.
—Lo decía en serio —se quejó—. Además, es lógico que todos te parezcan poca cosa habiéndome probado a mí.
—Menos lobos —le contestó mi cuñado.
Mi hermana se rio, y yo contuve la sonrisa cuando Leo le puso mala cara a Fede por el comentario.
—En fin, sé que me echaréis de menos y vuestra vida no será la misma sin que os honre con mi presencia, pero tengo que seguir haciendo papeleo —anunció Leo—.
Gracias por el desayuno, ha sido un placer, como siempre.
—Se inclinó en una cómica reverencia hacia mi hermana—.
Ali, nos vemos después y, por lo que más quieras, sé puntual.
Asentí aun sabiendo que muy probablemente no cumpliría con su petición.
Él nos dio un beso a las dos, hizo un gesto con la cabeza a Fede, que ayudaba a Fabiola a comerse la tostada en el salón, y se marchó.
—Vente conmigo al supermercado —propuso mi hermana—. Me vendrá bien que me eches una mano.
Ir a hacer la compra semanal no es que fuese de mis tareas predilectas, pero en ese momento lo prefería con creces a verme entre cuatro paredes con un silencio abismal alrededor como única compañía.
La miré y le sonreí. Tenía tantas y tantas cosas que agradecerle a esa mujer que tenía frente a mí que percibí de nuevo los ojos acuosos.
Qué afortunada era por tener a alguien que me conocía tan bien y sabía que lo último que necesitaba en ese momento era encontrarme sola en el apartamento.
Así que, cuando los niños se marcharon, nos preparamos y nos subimos al coche.
Y, mientras recorríamos pasillos y navegábamos entre estanterías, era totalmente ajena a que la historia de mi vida me iba a regalar algo, un momento, la clave de lo que marcaría mi futuro más próximo de una manera insospechada.
Si me hubiesen dado a elegir, quizá habría exigido que ese instante no diese lugar frente al estante del papel higiénico, por eso de conservar una imagen mental de la escena con un entorno un poco menos agreste, pero nada ni nadie me consultó nada al respecto, por lo que el destino me pilló eligiendo entre los de doble hoja, suave o acolchado.
—Demonios, ¿por qué no hacen uno con todo y sanseacabó? No creo que sea tan difícil… —murmuré indecisa.
—¿Alicia?
Me giré con dos paquetes en las manos y cara de confusión al escuchar una voz familiar y, cuando lo vi, sonreí un tanto descolocada.
—¿Adriel? Hola, ¿qué tal? —Dejé ambos bultos en el carro, incapaz de decidirme—. ¿Qué haces por aquí?
—La compra —evidenció.
Asentí sintiéndome un poco desatinada, y nos quedamos unos segundos ahí parados, el uno frente al otro, mirándonos en silencio. Antes de empezar a sentirme incómoda por la situación, se acercó a nosotros una tercera persona, una mujer que se agarró a su brazo sonriéndole con afecto.
Respiré hondo y sonreí, observando la estampa que ofrecían.
—¿Has cogido ya el papel de cocina? —le preguntó ella.
Su voz sonó cansada, aunque autoritaria, y él afirmó con la cabeza como si aún tuviese doce años y se mereciese una reprimenda por tardar más de la cuenta en hacer el recado.
Reprimí una sonrisa.
—Mamá, ¿te acuerdas de Alicia?
Ella me miró, y la saludé con la cabeza.
—Pues claro que me acuerdo, la veo más que a ti —le recriminó.
—Mamá…
—Ni mamá ni leches, que para pasarte el día ante esos marcianitos tuyos lo mismo puedes estar allí que aquí.
Además, lo que tienes que hacer es sentar cabeza y pensar en el futuro, que se te está pasando el arroz, ¿verdad que sí, hija?
—me preguntó, involucrándome en una conversación de la que, sinceramente, no quería ser partícipe.
Antes de dejarme contestar continuó hablando—.
Si no hubiese sido porque estoy cada vez más pocha no habrías venido a verme —se quejó vehemente—.
Esa novia suya lo tiene bien atado y en corto —me susurró cómplice, aunque no lo suficientemente bajo como para que su hijo no se enterase.
—Esos «marcianitos» son mi trabajo, mamá. Además, Carla está de acuerdo en que me quede aquí una temporada cuidándote.
—Cuidándome. Ni que estuviese moribunda, hijo —desdeñó con un gesto y me miró.
Me encogí un poco temiendo una reprimenda porque a mí también se me estuviese pasando el arroz, como ella había dicho.
Siempre me había producido mucho respeto esa mujer—.
¿Cómo está tu abuela, bonita? Tu madre me dijo, la última vez que la vi, que andaba pachucha.
La mención y lo que mi mente desencadenó al traerla al presente me provocaron un nudo en la garganta que me costó deshacer.
Carraspeé antes de contestarle.