El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 5 – REENCUENTROS #2
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CAPÍTULO 5 – REENCUENTROS #2

—Se la ha quedado mi madre, a ver la que lían juntas.

Aguanté la risa trayendo a mi mente la imagen mental de Carlos, un tío que podía medir lo mismo de ancho que de alto, acompañado siempre por el pueblo de su inseparable perrita chihuahua Pili, de la que estaba segura de que estaba completamente enamorado.

—Hola, parejita —nos saludó Jesús a Mat y a mí—. ¿Qué tal lo lleváis? ¿Es dura la relación a distancia?

—Mejor no te digo lo que es duro —le contestó Mat dándole un par de golpecitos en el hombro más fuertes de la cuenta.

Yo sonreí negando con la cabeza y también le di dos besos. Después miré a la pareja que nos faltaba por saludar.

—Fran —le dije antes de acercarme a él.

Me abrazó cariñosamente y me presentó a su chica.

—Alicia, ella es Paloma, mi mujer. —Le pasó un brazo por los hombros evidenciando la diferencia de altura; acarició su prominente barriga, y ella sonrió—. Y esta personita de aquí es Julieta.

—Encantada, Paloma. Y enhorabuena a los dos.

—¡Igualmente! ¿Sabes? Soy una gran fan tuya.

La miré sonriente y algo sorprendida, a pesar de que no era la primera vez que me ocurría, la sensación no dejaba de resultarme extraña.

—Vaya, muchas gracias.

—No se pierde ni uno de tus vídeos —corroboró Fran—. Más de una vez me ha liado en la cocina para hacer alguna de las recetas que preparas y, aunque no tenemos mucho éxito, le ponemos empeño.

Ella dirigió sus ojos hasta él, dejando en evidencia que el amor podía demostrarse hasta con una simple mirada. Me alegré por ellos, aunque no pude dejar de sentir que con ese pensamiento traicionaba un poco a mi mejor amigo.

Me pasé un rato hablando con ella sobre el canal y, cuando comenzó a decirme lo que le había parecido el último vídeo, busqué a Mat con la vista disimuladamente. Di con él a los pocos segundos y me sonrió sin dejar de charlar con Carlos.

—Soy muy empática, ¿sabes? Y la verdad es que algunas veces hasta lo paso mal poniéndome en tu piel, porque no debe de ser fácil exponerse de esa manera al mundo.

—El cambio en el tono de su voz atrajo de nuevo mi atención—.

Imagino que estarás acostumbrada a que te ataquen porque piensen que es demasiado típico que alguien como tú tenga un canal de comida…

Alcé una ceja y sonreí de medio lado.

—«Alguien como yo», porque soy cocinera, ¿te refieres?

Fran carraspeó incómodo, y ella se quedó callada unos segundos en los que pude ver cómo se teñían sus mejillas.

—No quería decir…

—No te preocupes, Paloma. —Le sonreí cortándola—. Sé perfectamente lo que querías decir, pero la verdad es que no tienes que pasarlo mal. Ya ves, si me importase lo que piensan los demás, jamás me habría puesto algo como esto.

Ella me miró un poco cortada aún.

—Pues yo te lo voy a decir igual, aunque no te importe —interrumpió Carlos el momento—. Yo soy fan de tus vídeos solo por ver a tus amigas en movimiento. —Hizo un gesto moviendo el pecho que me hizo reír.

—¿Quieres que te haga un molde para que puedas dormir encima de ellas a modo de almohada? —le pregunté divertida.

—Hostia, ¿lo harías?

Negué con la cabeza sin dejar de reírme y entonces lo sentí.

Sonreí al reconocer su gesto habitual, un leve roce que no podía llegar a llamarse caricia en la palma de mi mano, a la vez que notaba cómo el vello de mi nuca se erizaba.

—Hola —murmuró y justo en ese momento se desbloqueó el recuerdo de su voz en mi mente.

—¡Ey, Adriel! —exclamó Fran con efusividad.

—Otro de «los Madriles» que se digna a bajar a ver a la plebe —añadió Sergio, que acababa de unirse al grupo con una cerveza a medio beber y acompañado de Sandra, otra de las chicas de la clase.

Durante unos segundos se sucedieron los saludos entre las nuevas incorporaciones, tiempo en el que procesé la nueva información sobre Adriel, pues desconocía que también vivía en Madrid.

¿Qué les pasaba a todos con esa ciudad?

Conocía por Juani, que a la vez lo sabía por su prima, que era vecina de la madre de Adriel, que hacía tiempo que él se había mudado con su pareja, pero el dato de a dónde lo desconocía. Hasta ese momento.

—Hola, chica manzana.

Le sonreí.

—Hola, Adriel. —Nos dimos dos besos y sentí su mano apretar mi cintura cariñosamente mientras lo hacíamos—. ¿Qué tal? No sabía que ibas a venir, como no te vi en el grupo…

—No soy de redes sociales.

Lo miré con una ceja alzada. ¿Quién demonios no «era» de redes sociales en el mundo en el que vivíamos? Para mí era algo inconcebible y dedicándome a lo que me dedicaba tampoco me había planteado que alguien de mi edad no quisiese pertenecer a la era moderna de la información.

—Usa el teléfono como mi padre, para emergencias —se quejó Jesús—. No os podéis hacer una idea del trabajo que me ha costado dar con él. Me planteé hasta mandarle una paloma mensajera cuando de casualidad me lo crucé en la farmacia de Ramón.

—¿Estás por aquí ahora? —se interesó Mat.

—Llevo en el pueblo cuatro días, sí.

—¿Y el pibón con el que salías cuando nos encontramos en Dal Cuore? —le preguntó Jesús—. ¿Carmen?

—Carla —le corrigió—. Se ha quedado en Madrid. Tenía trabajo.

Sentí que algo pasaba. En ese momento no supe qué me había ocasionado esa sensación, como si el aire a su alrededor se enrareciese, pero por su tono y la manera en la que frunció la nariz supe que algo ocurría.

Llevaba sin ver a Adriel muchos años. Creo que la última vez que nos cruzamos en el paseo marítimo yo aún llevaba ortodoncia, por lo que debía de hacer casi diez años.

Después él se fue a estudiar fuera y, aunque me imaginaba que habría venido a visitar a su madre y a su hermana al pueblo, no habíamos coincidido más.

Pese a todo ese tiempo, en cierta manera sentía que le seguía conociendo; sus gestos y el tono de su voz cuando una situación le incomodaba, sus silencios, que eran muchos, pero sobre todo sus miradas… Y él, mientras hablaba de ella, transmitió algo con un punto descorazonador en sus ojos.

—Bueno, Alicia, no nos desviemos del tema. ¿Cuándo voy a poder dormir encima de esas dos preciosidades? —Empujé a Carlos con cariño con mi hombro, y él se echó a reír—. ¡Lo decía en serio! —se quejó—. Desde que te crecieron las tetas me tuviste a tus pies, enamoradito perdido.

—Ya será menos. —Me reí.

—¿Tan pronto os vais a confesar los secretos de la adolescencia? —Se rio Jesús apoyando un nuevo cubo con botellines de cerveza en la mesa auxiliar que teníamos al lado.

Mat me guiñó un ojo y me tendió un refresco que había cogido de una de las barras provisionales colocadas en el lateral del multiusos.

—No hemos crecido ni un poquito, ¿eh, chicos? —apunté divertida.

—Somos tíos, ¿qué esperabas? —declaró Sergio.

—No nos metas a todos en el saco, que yo soy muy formal y estoy a punto de ser padre —dijo Fran.

—Y a mí me has vuelto a romper el corazón.

Las palabras despreocupadas de Mat provocaron un silencio sorpresivo a nuestro alrededor. Él me miró alzando las cejas en un gesto que venía a decirme que estaba más que preparado para afrontar el tema que en el pasado le atormentó tanto, y yo asentí sonriéndole.

—¿A ti? —preguntó Carlos.

Mat asintió.

—Exactamente a mí, sí. Ya ves, todos tenemos secretos de adolescencia.

Fran no había pronunciado palabra, y su pareja no dejaba de mirar a unos y otros como en un partido de tenis.

—No me jodas. ¿Te gustaban los tíos? —interrogó Carlos.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —Emitió una carcajada—. Me gustaban y me gustan, sí.

—Pues a mí también —añadí—. Mucho, además.

Alcé mi refresco en un brindis improvisado, y los demás se unieron con mayor o menor entusiasmo. Daba por hecho que los cogería por sorpresa, pero cuando Sergio hizo la broma más manida de la historia me quedó claro que a veces el ser humano demostraba el mismo tacto emocional que una ameba.

—Voy a ir a mear. No te digo que me acompañes no vaya a ser que me violes en el baño, y a mí por el culo ni el pelo de una gamba.

Me mordí el labio y giré mi cara hacia la derecha, conteniendo el gesto de molestia.

A mi lado me topé con Adriel, que al sentirse observado me devolvió la mirada mientras a nuestro alrededor se oía cómo Mat explicaba al hombre de cromañón, que se hacía llamar Sergio, que, aunque le gustasen los rabos, el suyo no le llamaba especialmente la atención.

Y sí, dijo «rabos» con todas sus letras.

Justo entonces ocurrió. Uno de esos momentos de los que a mí me gustaban, de esos espontáneos y sin planificar en los que sentía cosas especiales. El detonante fue de nuevo Adriel, que me dedicó una de sus sonrisas de medio lado que tanto había echado de menos sin ser consciente de ello.

¿No es una sensación mágica? ¿Relegar al olvido algo que antes te había llegado a importar mucho y que con el paso del tiempo va perdiendo magnitud, pero que cuando lo vuelves a tener te das cuenta de lo que lo habías echado en falta?

Quizá ese momento me conectaba con la Alicia más vulnerable, la de las primeras veces, la de los mensajes en el espejo de un baño y los besos con sabor a menta.

Quizá el destino me lo estaba haciendo recordar por algo en concreto.

O quizá simplemente era demasiado peliculera, y él solo estaba siendo Adriel, en su versión más real, esa que no dejaba ver a todo el mundo, pero que yo sí había podido conocer en el pasado.

Y sin poder remediarlo le sonreí en retorno.

«Hola, Adriel. Encantada de volver a verte».