CAPÍTULO 5 – REENCUENTROS
Cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi frigorífico.
Actualidad
—Uhm, qué bien hueles —susurró una voz en mi oreja, mientras continuaba encerrada en el abrazo masculino que me había pillado por sorpresa—. No recordaba este puntito salvaje en ti.
Depositó un beso en el lateral de mi cuello, y sonreí.
—Hola, Mat.
—Hola, mujer maravilla. —Soltó el agarre, y nos movimos hasta quedar frente a frente.
Estaba guapo, muy guapo, a decir verdad. Tenía el pelo más corto, aunque igual de poblado; barba cuidada al milímetro, y una piel tersa y luminosa, algo más pálida de lo que la recordaba.
Siempre me había fascinado la imagen que conseguía proyectar al mundo, sabiendo sacar en todo momento el máximo partido a su cuerpo esbelto y marcado.
Iba totalmente vestido de negro con un pantalón pitillo, una camiseta básica de cuello redondo, una americana y unas botas desgastadas que rompían con el formalismo del conjunto.
Alrededor de su cuello llevaba un pañuelo fino, más a modo de complemento que para abrigar, pues, a pesar de que era de noche y la temperatura había bajado, no hacía frío especialmente.
—Estás para comerte.
—Tú sí que lo estás —le contesté devolviéndole la sonrisa.
—Te has propuesto ponerle los dientes largos a todos los de ahí dentro, por lo que veo. —Dirigió una mirada significativa a mi pronunciado escote, y solté una carcajada.
—Ya será menos. —Tiré de su brazo y lo atraje hacia mí—. Ven, te he echado de menos y me debes unos cuantos abrazos. Hace demasiado tiempo que no vienes a verme.
—Sabes que hay el mismo camino hasta Madrid, ¿verdad?
— Sibis qui hi il mismi cimini histi Midrid, ¿virdi? —me mofé a la vez que nos abrazábamos.
Sentí su risa en mi pelo.
—Yo también te he echado de menos, mujer maravilla —dijo provocando que se me humedeciesen los ojos.
—Ah, ¡no! —me negué rotunda, separándome de él y llevando los dedos índices a mis lagrimales para presionar sobre ellos—. Me niego a estropearme el maquillaje, así que deja de decirme cosas bonitas.
Soltó una carcajada.
—Qué novedad, mi chica llorando.
—Qué capullo eres.
—Espera, espera. —Me retuvo por el brazo cuando fui a echar a andar hacia la entrada del recinto—. A ver. —Husmeó en mi pelo con sus dedos, recolocando los mechones mientras echaba la cabeza hacia atrás, cogiendo perspectiva—. ¿Desde cuándo no te pones en buenas manos, preciosa mía?
—Uf… Si yo te contara.
Nos echamos a reír de nuevo, y vaticiné que esa noche me iban a terminar doliendo las mejillas.
—No te preocupes, pienso ponerle solución a eso en cuanto me dejes.
Me guiñó un ojo, colocó su brazo flexionado para que me enganchase a él, y echamos a andar agarrados.
Nos cruzamos con un par de chicas a las que solía ver por el pueblo, pero con las que no había mantenido el contacto pese a ser de nuestro mismo curso.
Sabía que una de ellas, Lidia, había tenido mellizos hacía unos meses e intuí que no tardaría demasiado en ausentarse de la reunión para atenderlos.
Recordaba que Juani me había mencionado en algún momento que, poco después de nacer los niños, había roto la relación con su pareja y estaba saliendo adelante con la ayuda de sus padres, que se habían volcado con sus nietos.
Nos saludamos educadamente, y ellas echaron un vistazo apreciativo a Mat. Él ni se percató, hablando sin parar como estaba de los recuerdos que le traía estar de nuevo allí conmigo.
—Todavía causas sensación.
—¿Eh…? —preguntó distraído, y negué divertida con la cabeza—. Si te refieres a la que por poco enseña el píloro y el páncreas con ese vestido, me ha dado más la sensación de que te miraba el escote a ti.
Me reí y me aferré con más ahínco a su brazo mientras caminábamos.
—Reconoce que echas de menos vivir aquí.
—Sabes que no. —Arrugó la frente juntando sus pobladas cejas en una mueca de hastío—. Lo único bueno de aquella época fuisteis tú y tu familia, ya lo sabes… Así que no, no lo echo de menos, aunque me pongas esa cara de perrillo abandonado en la cuneta.
Observé cómo curvaba sus labios, desdibujando la forma de corazón que le nacía natural para dedicarme una sonrisa cariñosa.
En ese gesto lo vi a él de adulto, pero también vi un poco de ese Mat que llegó a Costa Serena obligado por las circunstancias y por su padre, que se había vuelto a casar y parecía que no conseguía encontrar sitio para su hijo en su nueva vida.
Él y su madre se habían divorciado un par de años atrás, tras muchos meses de peleas y problemas entre ellos, algo que afectó sobremanera al niño que fue y marcó al adolescente en el que se convirtió.
Se volvió retraído, desconfiado y jamás le perdonó a su madre que provocase que esos años que estuvo en Costa Serena fuesen un infierno.
Prácticamente tuvo que subsistir solo, teniendo que aprender a hacerse la comida, lavar su ropa y hacer la compra, todo ello sin una figura que le guiase en un momento de gran cambio en su vida y con todas las dudas e incertidumbres de cualquier adolescente.
Ella se pasaba prácticamente el día entero metida en su habitación, atiborrándose a pastillas y dejando entrar a hombres que luego se cruzaban con él en la cocina tras terminar la faena en el dormitorio.
Mat odiaba a su madre, y a mí me dolía horrores escucharlo cada vez que pronunciaba esas palabras, porque yo adoraba a la mía y no podía concebir que alguien pudiese hacerle eso a su propio hijo.
Me hizo prometer que jamás le contaría a nadie lo que ocurría de puertas para dentro, no quería que lo mirasen con lástima, sin embargo, mis padres sabían que algo no iba bien y lo invitaban continuamente a casa a comer, cenar o con cualquier otra excusa.
Inevitablemente, cuando cumplió la mayoría de edad se fue, y a mí se me rompió el corazón.
Había estado ahorrando parte del dinero que su padre le mandaba y los dos últimos años trabajó paseando perros de la urbanización, cortando el césped de algunas casas y, los últimos meses antes de marcharse, mejorando su habilidad con las tijeras, algo que había surgido de casualidad después de que una adorable anciana de nuestra misma calle se rompiese la cadera.
Mat fue a arreglar su jardín como cada semana y, cuando ella le contó que ya no servía ni para peinarse, a él se le removió algo por dentro y se pasó la tarde entera arreglándole el canoso cabello a la señora.
El jardín pasó a un segundo plano y poco a poco se corrió la voz, estando incluso más solicitado como peluquero de lo que podía llegar a abarcar.
Con ese dinero y lo que fue ahorrando hasta entonces se compró un billete a Madrid, una maleta donde meter sus pertenencias y se despidió de mí, una llorosa jovencita que no se marchó de la estación hasta que él la avisó, siete horas después, con un escueto mensaje de texto de letras acortadas, de que ya había llegado y que le escribiría pronto.
Ese fue su propio regalo de cumpleaños, una nueva vida totalmente en blanco para pintarla a su antojo.
Y, después de luchar bastante en una ciudad a la que no pertenecía, lo había conseguido.
Había pocas cosas que no pudiese superar, era un hombre extraordinario y con tesón se había convertido en socio minoritario de una conocida marca de salones de belleza que había ido expandiéndose hasta llegar a tener cuatro centros repartidos por la ciudad.
Solo regresó a Costa Serena el día del entierro de su madre, cuatro años atrás, en una ceremonia íntima donde prácticamente estuvimos mi familia; el padre de Mat, con el que la relación no era demasiado fluida, y yo.
Así que sí, entendía que no recordase con demasiado cariño su estancia en el pueblo.
—Lo sé, llevas razón —admití aferrando con más fuerza su brazo y arrimándome a él—. Lo mismo un día me da un aire y me instalo en tu piso una temporada, total, esto de vivir de okupa en casas ajenas se me da genial.
—Sabes que tienes las puertas abiertas —me contestó sincero. Llegamos hasta la entrada, y lo sentí respirar hondo—. ¿Lista?
Asentí con una sonrisa, admitiendo que tenía ganas de reencontrarme con mis compañeros, con personas a las que no veía desde hacía años y también con los que me había cruzado esa misma mañana en la panadería del pueblo.
Quería sentir que de alguna extraña manera volvíamos atrás durante unas horas, llevando nuestro presente hasta ese pasado que ya recordábamos de manera entrañable.
Ojalá alguien le hubiese dicho a esa adolescente poco orgullosa de sí misma que todo iría bien y que no se preocupase tanto por lo que pudiesen decir los demás.
Cogí aire cuando Mat empujó la puerta batiente tras la que se escuchaban voces entremezcladas y me mordí el labio aguantando una sonrisa un tanto nerviosa al avanzar hacia dentro.
—Estoy teniendo un déjà vu con un desfase de catorce o quince años —dijo mientras caminábamos por el multiusos—. ¿Cómo es posible que estén haciendo los mismos grupitos que entonces?
—Por lo mismo por lo que tú y yo estamos juntos, imagino.
—Un momento —dijo con la voz algo más aguda—. ¿Ese de ahí es Fran?
Miré hacia el grupo al que nos dirigíamos y observé cómo el mencionado acariciaba cariñoso la espalda de una chica embarazadísima.
—Yo diría que sí. ¿No vivía en Madrid? —pregunté tirando de su brazo para continuar avanzando hacia ellos—. Pensaba que te lo habrías cruzado en algún momento de estos años.
—Preciosa mía, Madrid no es este pueblucho en el que todos os conocéis. Es más probable que una mañana me levante y me dé cuenta de que me han crecido las tetas a que me lo encuentre paseando.
Me reí más fuerte de la cuenta por su frase, pues Mat no solía tener ademanes exagerados de ese tipo.
Intuí que estaba más nervioso de lo que quería hacerme ver, por lo que entrelacé mis dedos con los suyos y le di un apretón infundiéndole ánimo cuando llegamos hasta ellos y advirtieron nuestra llegada.
—¡Coño, ya está aquí la influencer del año! —exclamó Carlos en su línea, la misma que no había perdido desde que éramos unos niños.
—Hola, petardo. —Me acerqué a él, sonriente, y le di dos besos—. ¿Dónde te has dejado a Pili?