El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 4 – EL PASADO
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CAPÍTULO 4 – EL PASADO

¿Somos producto del azar o del destino?

Me había encerrado en el baño hacía quince minutos, y mi hermana aporreaba la puerta perdiendo la paciencia.

—Alicia, ¡sal ya, me estoy meando y tengo que maquillarme para ir a la facultad! ¡No pienso llegar tarde a la presentación!

—¡Voy! —grité nerviosa, recolocándome por enésima vez el chaleco.

Sollocé mirándome en el espejo, sabiendo que mis intentos por ocultar el bulto que sobresalía de mi delantera eran en vano.

¿Por qué habían tenido que crecerme las tetas de esa manera durante el verano? Lo último que quería era ser el centro de atención en la escuela, bastante tenía ya con pasear mis kilos de más como para encima añadirle eso.

—¡Alicia! —graznó de nuevo mi hermana.

—¿Qué pasa? —Escuché que mi madre preguntaba al otro lado de la puerta.

—Esta niña, que no sale del baño y tengo ahí mi maquillaje —se quejó—. ¡Como tenga que ir con esta cara por tu culpa no te lo voy a perdonar nunca! —volvió a chillarme.

Resoplé y me puse de lado, observando mi perfil.

Dios, se iban a cebar conmigo.

En ese momento aún no conocíamos la noticia, ni siquiera Estrella era consciente, pero mi sobrina Alana se estaba empezando a gestar en su vientre; quizá por eso su carácter se había vuelto un poco más irascible.

Unos sutiles toquecitos en la puerta un par de minutos después, y la voz pausada de mi madre, atrajeron mi atención.

—Alicia, cariño. ¿Qué ocurre?

—No quiero ir al colegio —murmuré apoyándome en la puerta.

—¿Me dejas pasar? —pidió calmada—. Tu hermana se ha marchado a mi baño.

Con la frente aún apoyada en la madera, descorrí el pestillo y sentí el movimiento cuando mi madre comenzó a abrir. Me aparté y me senté sobre la tapa del váter, bajando la cabeza, derrotada.

Ella se acercó a mí con cautela, agachándose a mi lado. Con su mano me acarició la mejilla y la miré, sintiéndome reconfortada por su sonrisa cariñosa.

Mi madre tenía ese poder, su magia era innegable.

—¿Qué pasa, mi vida? —me preguntó.

—Mamá, ¿por qué me han tenido que crecer tanto? —le solté a bocajarro señalando mi pecho—. Ninguna de las de mi clase tienen nada parecido, ayer las vi en el centro comercial y todas están casi igual que siempre y, sin embargo, yo… ¡Mírame!

—Ya lo hago —murmuró tranquila—. Y lo que veo es a una chica muy bonita, con un cuerpo que está en pleno cambio para convertirse en una bella mujer. No tienes por qué avergonzarte de lo que tienes, cielo, eres preciosa.

—¿A qué edad le salieron a Estrella? —pregunté sabiendo que con la respuesta solo haría leña del árbol caído.

—Eso no debería tener importancia, mi vida. Tu hermana y tú sois dos personas diferentes y cada cuerpo tiene un ritmo distinto.

—Odio mi cuerpo.

—Alicia —me reprendió un poco más severa—.

No digas eso, por favor. Eres una niña sana, fuerte y bonita.

Tu cuerpo va a cambiar, tú vas a cambiar en los próximos años, y tienes que afrontarlo y aceptarlo para poder ser feliz contigo misma.

Respecto a tus pechos, es algo que no puedes elegir ni cambiar a tu antojo.

—Me sonrió—. Al menos por ahora. Además, estoy segura de que cuando seas más mayor estarás orgullosa de lo que tienes.

No te adelantes, cielo, ya verás como no es para tanto.

Todos tus amigos te adoran y seguro que se portarán bien contigo y no le darán importancia alguna, ya lo verás.

Asentí sin estar de acuerdo con mi madre, pero sabía que verme sufrir le hacía daño, pues sus ojos nunca mentían y me miraba de esa forma en la que era consciente que después, cuando se encontrase a solas, suspiraría con pesar y solo se le pasaría cuando mi padre la abrazase.

No quería hacerla sentir mal, así que le sonreí y acepté sus consejos mientras me recolocaba la ropa y el pelo. Me despedí de ella en la puerta de casa con unas ganas inmensas de llorar por todo y por nada a la vez.

Nada nuevo, realmente.

Creo que aquella fue la primera vez que maldije al reloj biológico y a la madre naturaleza, a la que fui insultando durante todo el camino hasta vislumbrar el cartel de Solimar y su gran verja de hierro.

Sorteé las miradas curiosas de algunos compañeros e intenté no prestar atención a los cuchicheos de un grupo de chicas al fondo de la clase. Mis amigos aún no habían reparado en mí, andaban concentrados en narrarse el verano que había pasado cada uno.

Decidí darme algunos minutos más de tregua y me senté en una de las mesas más cercanas a la puerta, imagino que por eso de tener una vía rápida y fácil de escape por si las cosas se ponían feas, pero la calma me duró poco, porque, en el momento en el que Sergio me vio, se acercaron a mí para saludarme.

Afortunadamente, el timbre sonó y solo pudieron soltar un par de comentarios hacia mis recién estrenados bultos delanteros, antes de empezar a pelearse por ver quién ocupaba la mesa más alejada del profesor.

En el último segundo Mat entró por la puerta y besó mi mejilla a la vez que se dejaba caer, exhausto por la carrera, a mi lado.

Todo aquello solo fue la calma que precedía a la tempestad, la bajada de la marea antes de que las olas te consumieran.

Y mi ola llegó un par de horas después, en Mates.

La maestra había aguantado más de media clase de riñas, llamadas de atención y castigos hacia los alborotadores del fondo, por lo que no le quedó más remedio que tomar cartas en el asunto.

Lo que no sabía La Chicles —mote por el que se la conocía porque siempre entraba en clase mascando un chicle que luego tiraba a la basura— era que esas cartas serían sumamente significativas para mí.

Dedicó los últimos quince minutos de su clase a reubicarnos a todos a su antojo en los pupitres colocados de dos en dos.

—A partir de hoy estos serán vuestros nuevos compañeros de mesa —anunció resuelta—, y al primero que vea alterar la clase se sentará aquí delante conmigo, ¿queda claro?

Asentimos y miré de reojo a Adriel, que dibujaba en su cuaderno un garabato con forma de bota. En el aire a mi alrededor flotaba un olor a menta muy apetecible. Giré la cabeza hacia el otro lado y compuse un puchero a Mat, al que le había tocado sentarse con Oliva, una de las empollonas.

Al menos él tendría suerte si necesitaba ayuda con algún cálculo, pero a mí me habían sentado con el chico más callado de toda la clase.

Tenía el pelo corto casi negro, los ojos marrones y los labios finos.

Su nariz parecía bonita, aunque la encogía de vez en cuando hacia arriba sin motivo aparente.

—Hola —le dije con voz queda, notando de nuevo el olor a menta llegar hasta mí—.

¿Qué dibujas? —Él me miró unos segundos y luego volvió la atención hacia su obra de arte un tanto abstracta.

Cuando creía que ya no me contestaría, murmuró algo que no llegué a entender—. ¿Cómo? —pregunté acercándome a él.

Entonces supe que ese olor fresco provenía de su boca.

—Un pájaro —dijo en voz baja mirándome.

—Vaya. —Arqueé una ceja y ladeé mi cabeza observando el papel—. No se parece a un pájaro, creía que era una bota.

Él sonrió y negó con la cabeza.

—Es un pájaro.

—Vale, pues entonces yo soy Lizzie Mcguire —exageré mencionando a la protagonista de la serie que estaba tan de moda en aquel momento.

Ambas éramos rubias, con pelo liso y flequillo, pero las similitudes acababan ahí, pues yo tenía la nariz más redonda, la piel mucho más tostada, unos labios demasiado gruesos y mis dientes no eran blancos y perfectamente alineados.

—Bah, no te puedes comparar —contestó serio, y me entraron ganas de tirarle el bolígrafo a la frente por su sinceridad aplastante—.

Tú eres mucho más guapa. Además, ese lunar…

—Llevó su dedo índice hasta unos centímetros bajo el lagrimal de mi ojo derecho, rozándolo con la yema de su dedo—, es muy chulo.

Lo miré sin llegar a creerme que él, un chico que siempre pasaba desapercibido sin llamar la atención, callado y un poco aburrido, me hubiese dedicado el primer piropo de mi vida.

Musité un «gracias» un tanto cohibida y sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse, por lo que carraspeé y rebusqué en mi mochila con la esperanza de encontrar algo en lo que distraer mi mente.

No pensaba echarme a llorar de nuevo delante de toda la clase, la última vez había sido bastante bochornoso.

—Mierda —se me escapó.

—¿Qué? —preguntó girando su cabeza hacia mí.

—Manzana.

—¿Manzana? —cuestionó.

—Mi madre me ha vuelto a echar una manzana.

Conforme componía la frase me di cuenta de lo ridículo que podía resultar que con trece años aún me preparasen el desayuno, pero no me dio tiempo a añadir nada más cuando él hurgó en la suya y me tendió un plátano.

—Toma.

—¿En serio?

Asintió pasándomelo, y lo miré como quien observa un tesoro de valor incalculable. Para mí lo era, odiaba las manzanas, y mi madre parecía haberlo olvidado, sabía que la mujer lo hacía con toda su buena intención, aunque a mí me provocaba náuseas hasta su olor.

—Gracias. —Le sonreí, y él hizo un gesto con la cabeza restándole importancia.

Aún algo sorprendida por sus palabras, su bonito gesto y por tenerlo de compañero de mesa en Matemáticas, busqué con la mirada a Mat y lo encontré observándonos. Me encogí de hombros, y él bufó poniendo los ojos en blanco a la vez que señalaba a su nueva compañera.

Y admito que un rato después, mientras me comía la deliciosa fruta que me había regalado Adriel, le mentí sobre mi experiencia con respecto al cambio de mesa. Bueno, quizá no se podía catalogar como una mentira, pero sí le omití información importante.

Mat se estuvo quejando sin parar durante todo el recreo sobre lo antipática que era Oliva y lo poco que le gustaba el cambio que había hecho la maestra, y yo, queriendo solidarizarme con él, no me atreví a alabar ni a mencionar lo que había ocurrido entre Adriel y yo.

Durante varias semanas fingí que el cambio tampoco había sido especialmente de mi agrado, pero la realidad era que, mientras más conocía a Adriel, más cómoda y mejor me sentía con él. Incluso había mejorado en clase de Matemáticas…

Vale, le había atribuido el mérito, pero era un título de procedencia un poco dudosa, ya que él nunca hacía los ejercicios que mandaban para casa.

Precisamente por eso creo que me esforzaba más en los míos, porque Adriel siempre los terminaba copiando de mi cuaderno minutos antes de comenzar la clase.

Me convencí de que haciendo los deberes para los dos le agradecía de alguna manera que a veces me cambiase el desayuno, porque mi madre seguía empeñada en enviarme la dichosa fruta. Debía de pensar que estaba baja de vitaminas o que necesitaba regular mis visitas al baño, claramente.

Y es que aquella profesora no se llegaría a plantear siquiera en aquel momento cómo podía marcar el futuro de unos simples chiquillos al decidir utilizar el azar para mezclarlos entre ellos.

Ese experimento iba a dar como resultado experiencias e historias inolvidables, tanto buenas como malas, pero también marcaría un antes y un después en la vida de una chica de trece años llena de complejos, miedos e inseguridades.

Marcaría de alguna forma su futuro.