El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 3 – EMPODERADA #2
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CAPÍTULO 3 – EMPODERADA #2

Era uno de los primeros días de clase, y yo andaba terminando de colocar mis cosas sobre la mesa, cuando un chico al que no había visto antes entró en el aula.

Era moreno, tenía el pelo liso largo y pegado a las sienes y miraba al mundo como si lo estuviese desafiando a decir algo sobre él o su aspecto desgarbado.

Le sonreí instintivamente, notando en mi mente la conexión entre especímenes similares. Él me miró extrañado, y le hice un gesto invitándolo a sentarse a mi lado. Pareció pensárselo durante un par de segundos, finalmente claudicó y vino hacia mí, apoyando la mochila en la mesa.

Me observó en silencio, se quitó los auriculares que llevaba y sacó del bolsillo de la mochila el aparato al que iban conectados, un iPod de color blanco y pantalla monocromo.

Sonreí de nuevo y abrí la mía, enseñándole exactamente el mismo modelo, aunque el mío lo decoraba una pegatina de Justin Bieber en el frontal.

—Me llamo Alicia.

—Mateo —contestó.

Ensanché mi sonrisa, y él me regaló la suya en un acto reflejo.

Más tarde me confesaría que esa había sido la primera que había compuesto en mucho tiempo, pues con el divorcio de sus padres, su situación personal y su traslado, estaba pasando una época horrible.

—Encantada, Mat. Te llamaré así, es más guay. ¿Sabes qué? Estoy segura de que seremos grandes amigos.

Él me miró algo alucinado, y yo lo sentí, supe que mi afirmación sería real. En poco tiempo se convertiría en uno de mis mejores amigos, compañero de batallas y confidente.

Mat fue mi punto de inflexión, mi tangente, pues, cuando vi cómo sufría por los comentarios que los demás hacían sobre él y su situación, me erigí su protectora, consejera y paño de lágrimas.

Nos convertimos en un tándem contra los abusones, nos dimos cuenta de que la mejor defensa no era un buen ataque y que no nos íbamos a rebajar a su nivel utilizando insultos en su contra, sino que debíamos demostrar lo poco que nos importaban sus palabras.

Y no fue fácil, en absoluto. A veces nos encerrábamos en el baño juntos porque uno de los dos no podía más en su ardua tarea de aparentar indiferencia ante comentarios hirientes, y buscaba en el otro el consuelo y la fortaleza que había perdido por los pasillos de la escuela.

Se podía decir que Mat y yo éramos como dos pequeños justicieros que utilizaban las tardes en mi dormitorio para urdir planes dignos de llevarnos a dominar el mundo, cuanto menos.

Y yo, que siempre había sido una novelera, encontré en él a alguien que me daba unas alas del tamaño de un buque insignia.

Sonreí al recordar toda esa época y agradecí a mi subconsciente el que llevase a mi mente algunos de esos momentos, pues me dieron la fortaleza necesaria para mirar hacia abajo, observar mi cuerpo lleno de curvas —de bonitas curvas—, coger aire profundamente para cargar bien mis pulmones y pensar que nada iba a poder conmigo, yo era capaz de conseguir cualquier cosa que me propusiera.

Siempre lo había sido y una simple reunión con gente que había compartido parte de mi infancia y a la que en su mayoría no veía desde hacía varios años no iba a poder conmigo.

De hecho, mientras me vestía, subí la apuesta y hasta me prometí pasarlo bien.

Y fue así, con una fortaleza digna de una valkiria descendiendo del Vingólf o, en su defecto, de Beyoncé cantando a un estadio multitudinario su canción Run the world (girls), como me encontró mi cuñado cuando le abrí la puerta de mi apartamento; solo me había faltado la pirotecnia con los cañones de chispas a mi espalda para darle mayor dramatismo al momento.

—Vaya. —Me observó de arriba abajo, soltando un silbido de admiración—. Qué barbaridad, enana.

Sonreí por respuesta, sintiéndome más poderosa.

Había elegido un vestido con animal print de manga larga, en tonos negros, tierra y marrones.

Tenía un escote en uve que realzaba mi generoso pecho y una caída vaporosa que susurraba con el movimiento.

Lo que más sensual me parecía —motivo por el cual lo había elegido entre todas las demás prendas— era la forma inferior, asimétrica en ambos lados y que dejaba a la vista una buena parte de mi pierna izquierda desde bien arriba, ya que la tela caía en diagonal tanto por delante como por detrás, utilizando un pequeño volante en la parte final como toque especial y divertido.

El aire romántico, pero a la vez salvaje, que destilaba era la combinación perfecta, ya que habían indicado que debíamos ir arreglados como si de un evento de noche de cierta etiqueta se tratase.

No sé a dónde se creían que íbamos, pues el colegio Solimar seguía siendo igual de cutre que cuando estudiábamos allí hacía ya trece años; austero, de aspecto industrial y con los mismos ladrillos vistos que nos habían acompañado curso tras curso.

—Me ha dicho tu hermana que me necesitabas —dijo Fede trayéndome de mis pensamientos.

—Ah, ¿sí? —respondí dudosa.

—Para llevarte a la fiesta —aclaró mientras elevaba la mano y hacía resonar las llaves del coche—. Su chófer ha llegado, señorita.

—Iba a coger el autobús.

—¿Con ese vestido? —rebatió receloso—. Anda, anda. A mí no me cuesta ningún trabajo, además, tengo que ir practicando, me temo que Alana no va a tardar en empezar a salir de noche con los amigos.

Recogí mi bolso, y él me tendió las llaves que colgaban al lado de la puerta.

Salimos juntos al salón y nos encontramos a mi hermana y a mis sobrinos, que veían una película ataviados con el pijama, e intuí, por la hora que era, que ya habían cenado y sería cuestión de tiempo que fuesen cayendo rendidos para acabar siendo transportados hasta sus respectivas camitas.

—¿A dónde vas, tata? —Escuché la vocecilla inconfundible de Fabiola.

Me acerqué hasta el sofá y besé su cabecita, que sobresalía a duras penas por el respaldo. Acababa de cumplir cuatro años y había sido la más pequeña hasta la llegada de Guille unos meses atrás.

—Va a una fiesta, Pato.

—Con los amigos del cole.

Respondieron las gemelas Diana y Emma, de siete, que, como siempre, se terminaron la frase la una a la otra.

—Diana, por lo que más quieras, se llama Fabiola, no Pato —amonestó su madre, seguramente por enésima vez ese día—. Por favor...

—Pero la tata no va al cole —contestó Fabiola, no contenta con la explicación de su hermana—. Es infudense .

Bruno, el pequeño hombrecillo de diez años que ya apuntaba maneras, soltó una risita desde la otra punta del sofá y le repitió con cariño la palabra que tanto le costaba pronunciar.

—Es « influencer », Pato.

—Bruno… —volvió a regañar mi hermana.

—Mamá, asúmelo, la van a seguir llamando así, aunque lo digas dos millones de veces más —comentó Carolina con su habitual madurez, pese a tener tan solo nueve años.

Me despedí de todos, asegurándoles que preferiría quedarme con ellos viendo Trolls a ir a la fiesta.

Mi hermana me pidió que me lo pasase bien y, a pesar de que en ese momento puse una cara poco animada, conforme me acercaba con mi cuñado al lugar en el que se celebraba, las ganas se iban apoderando de mí, haciendo que unos nervios curiosos revolotearan por mi estómago.

Hacía demasiado tiempo que no veía a alguno de ellos, tras aquel último verano las cosas no volvieron a ser igual y había echado mucho de menos a la pandilla que formábamos juntos, sobre todo a los chicos, con los que siempre tuve una conexión más real, menos superficial y competitiva.

—Avísame luego y te recojo, tu hermana y yo vamos a aprovechar esta noche y nos quedaremos hasta tarde viendo algo en la tele.

—Querrás decir que os quedaréis dormidos en el sofá, ¿no?

—También es verdad. —Se rio—. Los enanos chupan toda nuestra energía, parecen dementores [1] .

Sonreí por su comentario a la vez que el coche comenzaba a detenerse delante de la verja de metal de la escuela.

Me volví hacia él recolocándome el flequillo.

—No hace falta que te molestes, ya encontraré a alguien que me lleve o pido un taxi.

—De eso nada, enana. No es ninguna molestia, además, no me fío de que unos niñatos te lleven a casa a las tantas de la madrugada.

—A veces parezco la hija número ocho. —Me reí—. Además, aunque no te lo creas, esos «niñatos» han crecido, igual que yo —me burlé—. No han permanecido en una burbuja temporal dentro del salón multiusos del colegio, ¿sabes?

Soltó una risotada, y me acerqué a él para darle un beso en la mejilla, prometiendo tener cuidado.

Cuando me encaminaba hacia la puerta, el sonido de la ventanilla descendiendo junto con su voz captó mi atención.

—Enana. —Me volví—. Déjanos un lacito en la puerta si vuelves acompañada, ya sabes, por no esperarte para desayunar.

—¿Qué dices? —Reí—. Estás loco.

—Locos estarían ellos si ignoran lo preciosa que vas. —Sentí que me ruborizaba inesperadamente, tal y como me ocurría cuando mi padre me decía algo delante de mis amigos y me hacía pasar un poco de vergüenza siendo adolescente—. Pásalo bien, anda.

Sonreí, le guiñé un ojo a la vez que él ponía el coche en marcha y observé cómo enfilaba la calle hacia abajo.

Cuando me volví, el impacto de un cuerpo contra el mío y unos brazos aprisionándome entre ellos, dejándome completamente inmovilizada, me hicieron contener el aliento abruptamente.