El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 3 – EMPODERADA
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CAPÍTULO 3 – EMPODERADA

Muestra tus curvas con orgullo, que para presumir de huesos ya tendremos toda la eternidad.

Actualidad

La noticia de que Leo se marchaba de Costa Serena no pareció coger por sorpresa a ninguno de nuestros más allegados, pues, como mandaba la tradición, la única que parecía vivir en el País de las Maravillas, en el que siempre tendría a mis seres queridos conmigo sin mayores dramas, no era otra que Alicia, es decir: yo.

Me costó hacerme a la idea de que ya no lo tendría revoloteando por el apartamento, comiéndose mi comida y picándome continuamente.

Habían pasado cuatro años desde que nos conocimos, una mañana en la que me presenté con un aspecto deplorable tras un turno de noche en el restaurante infernal y coincidió que él tenía su primera sesión con mi cuñado, que se iba a encargar de ponerlo en forma.

Su pelo corto, grueso y naranja; su piel clara, llena de pecas, y la forma en la que escondía su cuerpo tras ropa poco favorecedora llamaron mi atención, pero fue su mirada lo que más me conmovió.

Desde que nuestros ojos se encontraron se creó algo, un vínculo. No sé decir qué fue lo que ocurrió en esos escasos segundos, pero vi todo lo que tenía dentro; una mezcla de frustración, valentía, dolor, un poco de miedo y mucha fuerza interior.

Su mirada me transmitió lo perdido que estaba y su acento del norte me reveló que había llegado a Costa Serena alejándose de su entorno, huyendo de alguna manera.

Desde ese día comenzamos a hablar y a forjar una relación que se hizo muy fuerte en pocas semanas.

Pasábamos mucho tiempo juntos, tanto como mi trabajo en el restaurante me permitía, y desde entonces prácticamente no nos habíamos separado.

En esos cuatro años habían cambiado muchas cosas en él, tanto por fuera como por dentro.

En aquella primera etapa Leo sentía que estaba encerrado en un cuerpo ajeno, lleno de complejos, dudas y sufrimiento.

Un cuerpo que había sido fruto de algo doloroso y que, cada vez que se miraba al espejo, recordaba.

Había padecido un trastorno alimenticio importante a raíz de la muerte de su único hermano, refugiándose en la comida para intentar calmar el dolor que sufría y creando una relación tóxica con ella.

Afortunadamente, consiguió recuperar hábitos saludables y, con el paso del tiempo, el entrenamiento —el cual siempre había odiado con toda su alma— y la ayuda psicológica necesaria, fue mejorando hasta estar recuperado por completo.

Y, aunque la lectura de todo aquello ya me la sabía, ahí fue cuando me di verdadera cuenta de que lo principal no era seguir la moda o las creencias de los demás, sino buscar tu propia paz mental y la felicidad con lo que hacías o te rodeaba.

Poco quedaba de ese Leo del pasado, pues ante mí tenía a un hombre orgulloso de sí mismo que utilizaba sus brazos tatuados; su precioso y largo pelo pelirrojo —el cual envidiaba profundamente—, y su barba, que completaba el look nórdico, como armas para embaucar a cualquiera.

En cuanto a nuestra relación, estuvimos juntos como pareja los dos primeros años, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que, aunque nos queríamos muchísimo, entre nosotros no existía un amor romántico como tal.

Fuimos felices durante ese tiempo, aun así, de mutuo acuerdo decidimos comernos las perdices en un plato sentados a la mesa, en vez de en la cama revolviendo las sábanas.

No hubo nada traumático en nuestra ruptura, ambos sentíamos lo mismo y lo único que había cambiado entre nosotros era el haber eliminado el sexo de la ecuación, que, a pese a que siempre fue satisfactorio, jamás hizo saltar chispas a nuestro alrededor y, con todo el tiempo que pasábamos juntos, nunca habíamos tenido la tentación de volver a practicarlo.

Era incapaz de visualizarme acostándome con él de nuevo, pues para mí se había convertido en parte de mi familia.

Leo era un nómada, siempre lo había sido y así me lo había transmitido con sus historias, en las que me narraba sus idas y venidas por el mundo.

En su época de estudios vivió en Londres, Barcelona y San Francisco, gracias a que sus padres tenían soltura económica y le sirvieron de respaldo.

Le encantaba ir de un lado a otro, aprendiendo modos de vida, embebiéndose de todo y dejando un poquito de su esencia en cada lugar.

Había estudiado Bellas Artes y sus destinos no fueron elegidos al azar, precisamente.

Yo sabía que los cuatro años que llevaba asentado en Costa Serena serían una marca más en su mapa del mundo perforado con chinchetas de color rojo; era consciente de que su trayecto de vida no pararía ahí precisamente, pero en algún momento quise creer que sí, que se quedaría, que encontraría a alguien con quien pasar el resto de su vida, viviríamos cerca, y yo sería una orgullosa tía de sus preciosos hijos pelirrojos, a los que consentiría con galletas caseras y tardes de cine en casa, tal y como lo hacía con mis propios sobrinos.

Y me había creído tanto esa realidad paralela, fruto de mi mente novelera, que era incapaz de imaginar que tan solo faltasen nueve días para que se fuese de mi lado.

¡Solo nueve!

—¿Qué pasa por esa cabecita tuya?

Dirigí mi mirada, antes perdida, a sus ojos.

Me estaba observando de frente, sentado en una de las coquetas sillas de la mejor cafetería de todo el pueblo, famosa por sus bombones caseros y dulces.

—Nada —mentí.

Alzó una ceja a la vez que chasqueaba la lengua contra su paladar, reprendiéndome por mi contestación. Se levantó y rodeó la mesa, pidiéndole amablemente a la prima de uno de nuestros amigos si podía cambiarle el sitio.

Ella asintió obnubilada, y la entendí. Esa sonrisa sincera y bribona, junto con el aire de macarra que le daba la chupa de cuero marrón, la cegaron como si fuera un cervatillo frente a los faros de un camión.

Su cabeza señaló mi plato, con media porción de tarta aún intacta.

—¿Está rica? —Me pasó uno de sus brazos por los hombros al sentarse a mi lado.

—Sí, ¿quieres? —Abrió la boca, y le metí un trozo considerable dentro, manchándole de nata sin querer la barba y el bigote.

Al ver su aspecto apreté los labios, sofocando una risa que murió justo cuando él rebañó parte de la nata y coronó con la pringue mi nariz—. Serás guarro —me quejé entre risas.

—Mucho —admitió limpiándose—. Y ahora, dime, ¿qué te pasa?

Me sentí tentada a decirle la verdad, a confesarle que de nuevo me había puesto melancólica y que cada día me pesaba más lo cerca que estaba la fecha en la que se marcharía a Alicante. Iba a echarlo tanto de menos que ya podía experimentar el dolor y aún no se había ido.

Y sí, también tendría que haberle confesado que me planteaba encadenarlo a los barrotes de mi ventana para dejarlo como parte ornamental de la fachada y que en mis momentos más egoístas, de los cuales no me sentía especialmente orgullosa, había fantaseado con que lo llamaban para decirle que el puesto había sido cubierto y que no tenía que marcharse…

Sin embargo, no dije nada, aguantándome las ganas de estropear ese momento, su momento, en el que habíamos quedado con algunos amigos para que pudieran despedirse de él.

—No sé si quiero ir a la reunión de antiguos alumnos.

—¿Era hoy?

—Sí, ¿te vienes?

—Yo no pinto nada allí, Ali —contestó matando las pocas ilusiones que me había hecho, en las que él me acompañaba, y yo no me sentía tan sola y fuera de lugar—. ¿En calidad de qué iba a ir, de tu padre?

Me reí por lo exagerado que podía llegar a ser.

—Solo me sacas nueve años.

—Solo —repitió, llevándose a la boca otro trozo de tarta—. No me pongas ojitos, no pienso ir.

—¿Seguro? —Estiré el labio inferior hacia fuera, componiendo una mueca de pena—. Venga, anda, no te cuesta nada. Podemos decir que eres mi pareja.

—No somos pareja.

—Pero lo fuimos.

—Hace mil años.

—Hace dos.

—¿Estás segura? Juraría que cuando empezamos a salir llevabas el pelo a la última, con ese peinado a lo Jane Fonda de los ochenta.

—Nací en los noventa, gracioso.

—¿Ves? Nadie se creería que soy tu pareja —afirmó elocuente—. Anda, alegra esa cara, te lo vas a pasar bien, ya verás. ¿Cuándo llega Mat?

Recordar que vería a mi amigo de la infancia en pocas horas me alegró un poco.

—Me dijo que nos veríamos directamente allí. —Miré mi teléfono para comprobar la hora—. ¡Mierda! Me voy.

Leo aguantó una sonrisa.

Iba fatal de tiempo, como siempre.

—Ten cuidado y no hagas nada que yo no haría.

—Vale, papá. —Le di un beso rápido en la mejilla—. Paga lo mío, ¿vale? Luego ajustamos cuentas.

—Tira, anda.

Me sonrió, y le lancé un beso a la vez que me despedía de los demás.

¿Por qué el tiempo nunca estaba de mi parte?

Joder, tenía un problema crónico con el cálculo mental intrínseco del paso de las horas, para mí se iban volando.

No era capaz de comprender por qué los demás no entendían que mi impuntualidad no era por elección propia, sino que simplemente no era capaz de advertir el segundero natural de la vida.

Llegué a casa a la carrera y, mientras me duchaba, experimenté una sensación que hacía tiempo que no padecía: las dudas sobre mi cuerpo…

Y me puse nerviosa.

Yo era una mujer muy segura de mí misma.

Me aceptaba tal y como era, cambiaba lo que no me gustaba y estaba en mi mano, y hacía mucho tiempo que había entendido que, para que los demás pudiesen ver la forma en la que brillaba, primero tenía que encender yo misma mis propias luces y no esperar a que otros lo hiciesen por mí.

Mentiría si dijese que jamás me afectaron algunos de los comentarios hirientes sobre mi cuerpo, mis pechos demasiado grandes o mis dientes un poco torcidos, porque hubo momentos en los que sí que lo hicieron, días en los que, que se metiesen conmigo, me hacía volver a casa hecha un mar de lágrimas.

Sin embargo, un día simplemente encontré el secreto para dejar de ser el centro de atención de sus burlas, y fue cuando conocí a Mat.