El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 2 – UNA ESCAFANDRA #2
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CAPÍTULO 2 – UNA ESCAFANDRA #2

Busqué el archivo y lo añadí al inicio, repasando todo por si había algo que pulir. Cuando acabé pulsé el botón de reproducción y mi voz grabada hacía tan solo unas horas, antes de acostarme y aprovechando el maquillaje y la ropa con la que había vuelto del viaje, resonó por el apartamento:

—¡Hola, sabrosuras! Espero que estéis de rechupete…

¿Qué? ¿Preparados para una nueva entrega de Misschelines por el mundo ?

En esta ocasión he visitado Ciudad Real y he conocido a unos encantadores seguidores de Villanueva de los Infantes, pueblo con fama de ser uno de los más bonitos de la zona y donde…

—Donde me puse tibia a comer berenjenas de Almagro. —Escuché a Leo detrás de mí, imitando cómicamente mi voz—. Y luego me pasé toda la noche despertando a mi cámara de la peste.

—¡Leo! —me quejé mirándolo abochornada.

—¿Acaso es mentira?

—Por lo que más quieras, solo fue uno y se me escapó.

—Uno despierta, dormida fueron unos cuantos más. —Abrí los ojos, horrorizada, y negué con la cabeza—. Aún me hace gracia tu pudor para este tema. Para la próxima recuerda pedir habitaciones separadas.

—No tenemos presupuesto para eso.

—¿Y para una escafandra? —preguntó locuaz, siendo consciente de la vergüenza que estaba pasando—. ¿Mascarillas? ¿Ambientadores de pino?

—Para, Leo. En serio.

—Está bien. —Se rio y me besó la mejilla, la cual sentía arder—. ¿Crees que me darían la baja por intoxicación de metano?

—¡Leo! —le chillé—. No seas gilipollas.

Él levantó las manos en señal de rendición y se rio por lo bajo, andando de espaldas hacia el sofá, donde se dejó caer quedándose tumbado.

Solté el ratón del ordenador y guardé el archivo con la edición finalizada.

—En un rato he quedado con Fede, ¿te vienes? —le pregunté.

Me miró frunciendo el ceño.

—No.

—El deporte es muy sano —contesté cantarina.

—Ven, Ali. Quiero contarte algo. —Me pidió repentinamente serio y sin hacer ningún comentario hilarante sobre mi frase, lo cual me resultó raro.

Le observé sin terminar de fiarme, porque le conocía y sabía que le encantaba hacerme rabiar o meterse conmigo.

—Nada de hablar sobre flatulencias —le advertí.

—Prometido.

Me senté a su lado y su mirada me puso en guardia. Algo no iba bien.

—¿Qué pasa? —Observé cómo su pecho se hinchaba al coger aire y se mantenía en silencio unos segundos más, mirándome cauteloso—. ¡¿Qué…?!

—¿Recuerdas el viaje a Alicante?

—Sí… —respondí dudosa—. ¿El de la seguidora embarazadísima que nos tuvo toda la cena agobiados por si se ponía de parto? —Asintió—. ¿Qué pasa? Siguen bien la chica y el bebé, ¿no?

Afirmó con la cabeza y, viendo que no continuaba, le hice un gesto para que se explicase de una vez.

—¿Te gustó la ciudad?

—Sí…, es bonita.

—¿Y te importaría visitarla en más ocasiones?

Mi cara de no entender nada pareció resultarle graciosa, porque se mordió el labio aguantando una sonrisa.

—¿Para el canal?

—No, precisamente.

—Leo, por lo que más quieras, suéltalo ya.

—Me han ofrecido un puesto en el equipo de conservación del Museo de Arte Moderno de Alicante.

La bomba cayó con fuerza, tanta que pude visualizar el estallido a mi alrededor y cómo todo volaba por los aires, convirtiendo la estancia en un caos absoluto mientras yo seguía en el sofá, a su lado, mirándolo mientras asimilaba sus palabras.

Sus ojos brillantes por la emoción de la noticia, pero a la vez temerosos por mi reacción, no dejaban de observarme, y yo hice lo que tan bien se me había dado siempre: Llorar.

Las lágrimas corrían por mis mejillas mientras le daba un abrazo y le decía que me alegraba por él de corazón, porque sabía que llevaba tiempo queriendo encontrar un puesto de lo suyo, aunque estuviese a más de doscientos kilómetros de distancia de mí.

Desde que nos conocimos nunca habíamos estado separados más de veinticuatro horas, aun así, comprendía que no había estudiado Historia del Arte para dedicarse profesional y eternamente a ser mi cámara y editor; era algo que ya sabía.

Tarde o temprano iba a llegar el momento, aún con todo, había rezado para que no fuese demasiado pronto.

En el instante en el que ese pensamiento cruzó por mi mente, me reprendí a mí misma, pues sabía lo importante que podía ser para cualquier persona sentirse satisfecha laboralmente, lo importante que fue para mí y, al igual que me apoyó cuando vio que me iba consumiendo más y más en la cocina del restaurante, él también tenía derecho a sentirse pleno con lo que hacía y mi deber, aunque me costase, era sentirme feliz por él.

Ya averiguaría cómo lo iba a hacer con el canal, saldría de esa o eso quería creer, aunque nunca hubiese imaginado que su decisión de marcharse, obligándome en cierta manera a salir de la confortabilidad de mi nido y buscarme las mañas para aprender de cualquier modo a volar, acarrearía unas consecuencias del todo inesperadas y que cambiarían mi vida para siempre.

En ese momento no lo supe, pero más tarde me di cuenta de todo lo que le tenía que agradecer a Leo por tomar una decisión tan valiente.

—Ali, cariño… —Me acarició el pelo cuando me escuchó hipar—. ¿Estás bien?

—Claro. —Sorbí por la nariz e intenté recomponerme a la vez que me separé de nuestro abrazo—. Es una magnífica noticia, de verdad que sí.

—Aún quedan tres semanas para marcharme. Me lo han dicho con bastante antelación porque saben que tengo que dejar organizado mi traslado. —Se iba. Se iba en tan solo tres semanas… Asentí en silencio—. Estaremos a tres horas de camino, eso está ahí al lado —añadió esperanzado.

—Lo sé, ahí al lado —repetí e intenté no montar un drama; juro que lo intenté con todas mis fuerzas, pero no pude dejar de llorar—. Es genial.

Él volvió a atraerme hasta su pecho. Yo inhalé el olor tan conocido de su ropa, mezcla del suavizante cítrico que utilizaba y el aroma con un punto a canela de su piel.

—Te prometo que vendré en cuanto tenga unos días libres. No vas a librarte tan fácilmente de mí, sigo siendo el guardián de tu garaje.

Me reí irremediablemente en medio de las lágrimas.

—¿Por eso insististe tanto en que este mes hiciésemos dos viajes para el canal? —le pregunté cayendo en el dato.

—Cabía la posibilidad de que me diesen el puesto, ya habíamos hecho la entrevista por videollamada y, a pesar de que no sabía qué podía pasar, no quería dejarte con el marrón de tener que viajar sola si al final me daban el trabajo.

Así tienes el mes que viene algo más tranquilo, eso sí, diciembre es tooodo tuyo.

Me colgué de su cuello y le besé la mejilla con todas mis fuerzas. Pensaba darle en esas tres semanas todos los besos que la distancia nos iba a prohibir.

—Gracias, eres el mejor.

—Menos mal, con lo que te has quejado por el gasto doble este mes a cuenta de mi idea, pensé que ibas a despedirme —bromeó—. Estarás bien. Encontraremos a alguien que te ayude.

—Ojalá.

—Ya verás que sí, todo va a salir bien.

—¿Me lo prometes?

—Palabra de pelirrojo.

—Te quiero, y te voy a echar de menos.

—Y yo a ti, Ali, pero no te despidas todavía, que aún tienes Leo para rato.

Le sonreí algo más calmada, aunque sabía que las próximas tres semanas se me iban a pasar como un suspiro.

Sí, también sabía que iba a llorar más de lo normal, y eso ya era decir.