El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 2 – UNA ESCAFANDRA
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CAPÍTULO 2 – UNA ESCAFANDRA

No es moco de pavo…, ¿o sí?

Actualidad

—¡Oh, Dios mío! —Gemí cerrando los ojos—. ¡Qué delicia!

—¿Quieres más?

Me relamí los labios y tragué, volviendo a enfocar la vista en los ojos cálidos que me observaban.

—No creo que pueda…

—Tonterías —sentenció sin hacer caso a mis palabras—. A mis churros no se les puede decir que no, ya lo sabes.

—¿Me estás cebando para Navidad? —le pregunté divertida—. En serio, Juani, no me entra ni un trocito más.

Ella me miró torciendo la cabeza en un gesto admonitorio, pero sin perder la sonrisa.

—Está bien… —Retiró el plato que me había vuelto a servir—. Estos te los guardo para merendar.

Sonreí y negué con la cabeza, sabiendo que era casi imposible llevarle la contraria a esa mujer. Terminé de tomarme el café observando cómo recogía los restos del desayuno de mis sobrinos, que se habían marchado hacía media hora al colegio.

—¿Sabes algo de los planes de mi hermana?

—Me dijo que después de dejar a los niños tenía que ir a la ciudad y que llegaría a la hora del almuerzo. Se llevó a Guille —contestó en sus quehaceres—. ¿Va a venir Leo hoy?

Elevé las cejas y me reí. Ella y su obsesión platónica por Leo.

—Sí, no tardará en llegar.

—¿No sería más fácil que se instalase de nuevo en tu apartamento? —comentó como si tal cosa, moviendo sus piececitos pequeños de un lado para otro de la cocina a la vez que trabajaba—. Así no tendría que estar todo el día arriba y abajo. Los jóvenes sois muy modernos para esas cosas, ¿no?

Le contesté con un gesto suspicaz y me levanté con la intención de llevar mi plato y la taza hasta el lavavajillas, eludiendo claramente el tema, pero ella me interceptó y me los quitó de las manos, agarrándolos con las suyas, algo más castigadas por la vida y la edad.

—Buenos días —saludó mi cuñado entrando por la puerta de la cocina que daba al exterior—. Juani. —Le dio un beso en la mejilla—. Enana. —Hizo lo propio conmigo.

—Buenos días, Federico —contestó ella con cariño, acercándole un termo con café recién hecho.

—Eres la mejor.

Juani sonreía satisfecha cuando él le estampó un nuevo y sonoro beso en su mejilla regordeta.

—¿Churros? —me preguntó Fede alzando una ceja inquisitivo al ver el envase a mi lado con la prueba del delito—. Esta tarde los sudarás a base de bien, que lo sepas.

—Te pueden los celos, cuñado.

Le dediqué un gesto picajoso, y él me revolvió el flequillo antes de salir de nuevo en dirección al exterior, donde, cruzando la piscina y un tramo del jardín, llegabas al camino que conectaba con la edificación diáfana y de una planta en la que tenía instalado su estudio de entrenamiento.

Cuando se hubo marchado, Juani me miró cómplice.

—Ahora le toca con Amanda.

Resoplé.

Amanda era una mujer de más de sesenta años que se negaba a seguir los cánones de belleza conforme a su edad y se vestía, se maquillaba y se cuidaba como si tuviese muchos menos.

Y no es que eso estuviese mal, claro que no, pero en el proceso también intentaba tirarle los trastos a Fede, aprovechándose de que era su entrenador personal y se podía arrimar con la excusa de los ejercicios.

Menos mal que él estaba acostumbrado y sabía cómo capear el temporal, aunque tenía que reconocer que presenciar algunas de sus salidas de tono era incómodo, cuanto menos.

El cómo Juani conocía la agenda de mi cuñado ni me lo planteé, esa mujer sabía latín.

—Le acompaño en el sentimiento.

—Por mucho que se estire la cara, y se vista como una pilingui —susurró cómplice—, lo de ahí abajo no miente. A nuestras edades ya se va arrugando y empieza a colgar como el moco de un pavo.

Entrecerré los ojos y arrugué la nariz, imaginándome la estampa que había descrito.

—Juani, por lo que más quieras, que acabo de desayunar…

Ella se carcajeó y el sonido de su risa me contagió a los pocos segundos, acabando las dos en carcajadas estruendosas. Leo nos encontró llorando literalmente de la risa un momento después.

—¿Qué pasa? —indagó sonriendo al ver que, cuando intentábamos calmarnos, volvíamos a estallar en carcajadas de nuevo.

En un momento dado Juani hizo una seña excusándose y se marchó al baño, y yo volví a reírme aún con más fuerza.

—¿Ya? —me preguntó Leo cuando respiré hondo intentando serenarme.

Me sequé las lágrimas con los índices y asentí.

—Uf, sí. —Ahogué otro amago de carcajada y volví a coger aire, acercándome a él y dándole un beso en su mejilla—. ¿Qué tal? ¿Has descansado?

—Sí, he dormido como un angelito.

Nos despedimos de Juani y abrimos la puerta que conectaba con mi apartamento, justo al lado de las escaleras.

—Te has dejado las llaves puestas —le reñí agarrándolas y tendiéndoselas—. Y se supone que las tienes como medida de prevención. La que suele perderlas soy yo, ¿recuerdas?

—Para todo hay una primera vez —contestó guiñándome un ojo a la vez que entraba y se recogía el pelo en su habitual coleta de editar.

—Juani dice que tendríamos que volver a vivir juntos.

Él me miró con una mueca cómica y un gesto de galantería.

—La tengo en el bote.

—Ya te digo —admití mientras me sentaba a su lado.

Aunque el apartamento tenía unos escasos veinticinco metros cuadrados, la tarea realizada por mi hermana y el estudio de decoración de interiores donde trabajaba hacía que cada rincón se aprovechase al máximo.

Por ejemplo, haciendo el mismo recorrido que realizamos Leo y yo desde dentro de la vivienda de mi hermana —antigua conexión del garaje con la casa—, accedías directamente a la parte de mi dormitorio.

Nada más abrir la puerta te encontrabas a la derecha con un armario empotrado y frente a él, la cama japonesa a ras de suelo, con muchos cojines y dos salientes laterales a modo de mesillas de noche, que me habían regalado en más de una ocasión unos bonitos cardenales en los tobillos.

A modo de separación, y para aportar algo de intimidad a la zona de la habitación, hacía unos meses instalé en el techo unos rieles donde coloqué unos preciosos paneles japoneses blancos con flores de cerezo dibujadas que encontré en una tienda de segunda mano, a juego con la decoración del mismo estilo de esa zona.

Pasando el dormitorio en línea recta, te encontrabas con cinco escalones que dividían los dos niveles del apartamento.

En la parte inferior izquierda, había dos estancias que compartían ubicación, por un lado estaba el salón, con un sofá cómodo, aunque no demasiado grande; una pequeña mesita central, y la televisión colgada en la pared frente a él.

Tras el sofá estaba la zona de trabajo. Ese pequeño rincón me encantaba.

Habíamos ajustado un tablero que hacía de mesa al saliente que había por la doble planta, por lo que el ordenador reposaba prácticamente a ras del suelo de mi dormitorio, haciendo de él un lugar original, práctico y muy aprovechado.

Si conforme bajabas las escaleras del dormitorio girabas a la derecha, podías ver la cocina ubicada en la pared, compacta y pequeña, pero con una isla de un tamaño aceptable y, pegado a un trozo de la pared en el que instalamos ladrillo visto, se ubicaba el pequeño comedor de dos plazas.

Tanto la isla como la mesa de comedor era el lugar habitual en el que solía grabar los vídeos para el canal.

El baño estaba en la parte trasera del armario de mi dormitorio.

Era, quizá, la zona que menos me gustaba del apartamento, ya que, aunque la decoración era muy coqueta, no tenía demasiado espacio y a veces me sentía como una sardina enlatada, sobre todo en la ducha esquinera, en la que apenas podía mover los brazos para lavarme bien el pelo. No todo iba a ser bueno, ¿verdad?

—¿Has podido pasar los vídeos del viaje?

—No, aún no. Se me han pegado las sábanas —admití.

No es que nos hubiésemos ido de viaje de fin de semana idílico, nada más lejos de la realidad, sino que una vez al mes y para el canal visitábamos un punto de España en el que descubríamos los mejores lugares para comer y también aprovechábamos para compartir con uno de nuestros seguidores una experiencia culinaria.

Esa sección la habíamos bautizado: « Misschelines por el mundo », y a los seguidores les encantaba.

Al escucharme, Leo negó con la cabeza y me miró con una ceja alzada, intentando una mueca seria que más que respeto me provocó risa.

—¿Intentas algo con esa cara? Parece que se te haya quedado atorado un eructo.

—Serás…

Con su dedo índice hurgó en mi costado, buscando el punto exacto en el que sabía que no podía soportar las cosquillas. Me quejé, le advertí seria, y, a pesar de que él paró, me mantuve a una distancia prudencial por lo que pudiera pasar.

Comenzamos a descargar en el ordenador los vídeos que habíamos hecho en nuestra última escapada y, una vez listo el contenido, le dimos forma a la composición cortando las partes menos interesantes, guardando las tomas falsas para el final, añadiendo música, encuadrando las transiciones y aportándole el punto cómico con el texto y los efectos.

Podía sonar a chino, a mí al principio también me lo parecía, pero realmente no era tan complejo, aunque si en mis inicios no hubiese tenido al lado a Leo, que conocía un poco el tema de la edición y se empapó de lo necesario, el resultado habría sido una cagarruta.

Estuvimos tan enfrascados en la edición que cuando nos dimos cuenta era casi la hora del almuerzo, así que preparé algo rápido de picoteo para comerlo en la misma mesa del ordenador y poder dejar el trabajo terminado.

—Listo. —Se estiró un rato después hacia atrás en la silla giratoria, crujiendo su cuello con el movimiento—. Solo falta la intro. ¿La grabaste?

Lo miré orgullosa por mi hazaña, ya que esta vez no me había olvidado.

—¿Lo dudabas?

—No hace falta que te conteste a eso, ¿verdad?

—Idiota.

—Métela y habremos acabado —contestó sin un ápice de arrepentimiento por su falta de confianza hacia mi persona—. Voy a mear.