CAPÍTULO 1 – OTOÑO
Tú y yo comenzamos nuestra relación aquí.
¿Sientes los mismos nervios que yo?
Actualidad
Todas las buenas historias dan comienzo en otoño, y esto no es algo que suelte a la ligera, así porque sí. Tengo datos que lo avalan.
Por enumerar algunos: un otoño no demasiado lejano se había inventado el microondas, ese pequeño aparato tan necesario y valioso en nuestro día a día; también nacieron personas tan importantes como el creador del kétchup y el de la margarina, y además se festejaba el día del café, uno de mis mayores vicios.
Y sí, mi época favorita del año siempre había sido esa, quizá por el punto trágico que tenía el desnudar de los árboles, que, aunque veían caer todas sus hojas, ellos seguían en pie, esperando la llegada de cosas mejores.
Cuando el mundo debatía su preferencia entre el frío y el calor, yo concluía que era mucho mejor un término medio; días en los que solo apetecía tumbarse en el sofá y cubrirse con una manta mientras escuchabas el viento silbar en el exterior, así como otros en los que el sol apretaba y nos regalaba de nuevo su calor.
¿No era maravilloso poder tener ambas opciones y no estar obligados a elegir?
Sabía que no todo el mundo opinaba igual que yo; sin ir más lejos, mi hermana detestaba esa estación porque alegaba que nunca sabía cómo acertar con la ropa.
No obstante, teníamos la suerte de vivir en la ciudad europea que más sol recibía al año, con una temperatura media superior a dieciocho grados y una estimación de horas de sol dignas de estudio; eso sí, admitía que a veces tenía un poco de envidia por esos otros lugares en los que llovía días y días seguidos.
En Costa Serena montábamos una fiesta si teníamos la suerte de que cayesen cuatro gotas.
Por cierto, mi nombre es Alicia y, aunque a veces lo hubiese querido, no vivía en el País de las Maravillas. De hecho y para más señas, ni siquiera lo hacía en una casa, y es que algunas cosas de mi vida no eran demasiado típicas, a decir verdad.
Podía poner algún ejemplo de esas pequeñas cosas que hacían de mi existencia algo diferente a la de un humano hembra común que aún no había alcanzado la treintena, como por ejemplo que me llevaba bien con todos y cada uno de mis exnovios.
Bueno, con algunos hacía tiempo que no hablaba, pero no por haber acabado mal, sino por la distancia o los caminos que habían ido tomando nuestras vidas.
De hecho, uno de ellos, Leo, que había sido mi última pareja y estuvimos juntos durante dos años, en ese entonces era mi mejor amigo, compañero de trabajo y paño de lágrimas a tiempo completo.
Otra de las cosas que consideraba importantes de mencionar era que lloraba. Lloraba mucho, quizá más que la media universal… Y, pese a que lo había intentado, no había conseguido rebajar la intensidad con la que vivía las cosas; la vida era así…, no la había inventado yo.
Como ese otro pequeño detalle respecto al espacio que ocupaba en el cosmos, demasiado amplio según el criterio de algunas personas intolerantes y un poco exigentes con todo lo que les rodeaba.
Estaba al tanto de que mi talla era un tema controvertido, lo sabía de primera mano, pero ¿qué importancia podía tener mi cuerpo a ojos de otras personas a las que no les incumbía si pesaba diez kilos más o menos?
¿Desde cuándo el cuerpo de alguien era un tema de debate para el resto del mundo?
Tristemente así era, y yo simplemente era una chica grande, de constitución robusta, sana, con lo que consideraba unas curvas bonitas y mucha autoestima forjada a base de lágrimas.
No había querido convencer a nadie de que a los gordos había que querernos igual o mejor, porque nunca me había gustado forzar a la gente a hacer nada, pero me parecía triste…
Tan solo quería que quien me quisiera lo hiciese bien y por voluntad propia.
Y bueno, dejando ese tema aparte, mi trabajo era otra de las cosas especiales en mi vida, porque, aunque pagaba religiosamente el —desmedido y poco rentable— impuesto de autónomos, mi principal fuente de ingresos era mi canal de repostería.
También era el culpable de que mi profesión me apasionase tras varias experiencias decepcionantes.
Estudié Gastronomía y Artes Culinarias y, tras algunos intentos laborales poco satisfactorios y muy decepcionantes, decidí que, a pesar de que me entusiasmaba la cocina, no quería pasarme toda mi vida metida entre los fogones de un restaurante. Ese no era mi sitio.
Leo fue el que me animó a abrirme un canal en YouTube, cuando comenzamos a salir y veía lo mal que lo pasaba y lo poco satisfecha que estaba con mi profesión.
Él me convenció con la idea de poder expandir, desde casa, mi pasión por todo el mundo; su idea me atrajo desde el principio, me embarqué en ella con su ayuda, y poco a poco el canal se fue convirtiendo en una gran familia que tenía una cosa en común: la comida.
Todo el mundo comía; altos, bajos, delgados, orientales, caucásicos, mujeres, niños, bomberos… Era algo que necesitábamos para sobrevivir, así que yo intentaba hacer, de nuestra necesidad, un placer.
Para mí era inconcebible imaginar que no a todo el mundo le gustase comer, por lo que regalaba dosis de pasión y hacía partícipes a mi recién estrenado millón de seguidores de muchas de las cosas que ocurrían en mi canal: Misschelines.
Y, si todo esto no había sido suficiente para justificar que mi vida era un poco diferente a lo estipulado como «normal», estaba el dato de que, desde siempre, me había llevado mejor con el sector masculino de la población que con el femenino.
También el hecho de que tenía siete sobrinos y no descartaba que cayese alguno más, todos dignos hijos de mi hermana y su marido.
¡Ah! Y, como colofón, vivía en su garaje.
Sí, sí. No me había equivocado: garaje.
Una vez dentro no te dabas ni cuenta de que esas cuatro paredes —literalmente cuatro— fueron concebidas en su momento para guardar vehículos y no para servir de morada de una preciosa y talentosa soltera, pero a las cosas había que llamarlas por su nombre.
—¿Qué te pasa, tata? —me preguntó mi sobrina mayor, Alana, trotando a mi lado.
—Nada, ¿por?
—Estás muy callada, ¿verdad, papá?
Mi cuñado asintió, y yo me encogí de hombros, sin perder el ritmo de zancada.
—¿Es tan raro que me limite a pensar y no hable?
—Sí.
—Sí.
Sus respuestas casi simultáneas me hicieron resoplar.
—Maravilloso.
—Enana, si fueses muda, reventarías, admítelo —me dijo Fede divertido.
Yo me limité a sacarles la lengua y a apretar el paso, dejándolos algo más rezagados. La soledad me duró poco, en un par de segundos los tenía de nuevo franqueando mis costados.
Mientras ellos hablaban sobre uno de los profesores del colegio, yo observaba cómo las vecinas se tronchaban el cuello un día más al vernos pasar, esperando la cita como si del mismísimo macizo del anuncio de Coca-Cola se tratase.
El fisioterapeuta de Costa Serena nos tendría que dar una comisión por todas las cervicales que trataba gracias a nuestras salidas semanales y no me extrañaba en absoluto, mi cuñado levantaba pasiones en el barrio y no era para menos, estaba para darse un atracón a manos llenas y luego rechupetearse los dedos con alevosía y desenfreno; de algo tenía que servir dedicarse laboralmente al culto del cuerpo, aparte de para la poca apetecible tarea de oler sudor ajeno.
Su hija adolescente también se dio cuenta de que éramos el foco de atención de la calle una vez más y puso los ojos en blanco. El gesto no pasó desapercibido para él, que me miró y me guiñó un ojo, cómplice. Ambos sabíamos lo que ocurriría al volver a casa y no nos equivocábamos.
Cuando regresamos, como siempre, ella se quejó a su madre mientras una jauría de niños reclamaba también parte de la atención materna, algo a lo que mi hermana mayor ya estaba más que acostumbrada.
Era digna de una mención honorífica real por aguantar aquello cada día, cada hora y cada segundo.
Entonces, Fede se acercó a su espalda, la abrazó y besó su cuello, en un gesto que, aunque se repetía cada vez que salíamos a correr, la cotidianeidad no le robaba ni un ápice de ternura ni hacía que se terminase convirtiendo en algo mecánico.
Estrella se quejó porque se había pegado a ella todo sudado —aunque en el fondo adoraba ese momento— y los mandó a darse una ducha sin perder la sonrisa de su cara.
Yo, apoyada en la barra de la cocina, contemplaba la estampa sintiéndome la persona más afortunada del mundo por tenerlos a mi lado, con sus ruidos, sus llantos, sus pañales sucios y su amor rebosante en cada esquina de esa casa, y una vez más no pude evitar preguntarme si alguna vez tendría lo mismo que ellos, sin tantos niños en la ecuación, claro, no estaba tan loca.
—Tú también deberías darte un agua, hueles regular.
Lo soltó como quien no quiere la cosa, pasando por mi lado tras haber despedido a los niños, que subieron las escaleras tras su padre con el mismo ímpetu que el batallón en el desembarco de Normandía.
El único que nos acompañaba aún era Guille, el regordete de ocho meses que jugaba en el parque infantil instalado entre el salón y la cocina.
Instintiva y levemente llevé la cara hacia mi axila, buscando un rastro de mal olor y, antes de que pudiese rebatir su queja y explicarle que pretendía pasar un momento juntas, el sonido de la puerta de entrada al cerrarse captó mi atención.
Gracias al concepto abierto de la planta baja vi cómo Leo entraba, seguido de nuestra adorable y parlanchina Juani, la señora que desde hacía varios años venía a ayudar con las labores de la casa.
—Hola —les dije y lo miré a él mientras se acercaban hasta nosotras—. Llegas pronto.
—Llego puntual.
Comprobé el reloj que reposaba en una de las paredes del salón y me di cuenta de que se me había hecho tarde, otra vez.
Mierda.
Él me observó resignado y saludó a mi hermana, que desvió un momento la vista de los fogones para devolverle el saludo. Juani me sonrió con complicidad y me señaló con la cabeza a Leo. Estaba empeñada en que éramos almas gemelas y solo era cuestión de tiempo que volviésemos a estar juntos.
Juani era una romántica empedernida la mayor parte del tiempo y también, la persona que más sabía de todos en el pueblo. Algunos la tachaban de cotilla, pero yo prefería decir que era la Wikipedia de Costa Serena.
—Me doy una ducha rápida y empezamos —le prometí.
—Espero que te queden aún de esos palitos de pan con sabor a pizza del otro día.
—Mejor —le contesté sonriente a la vez que abría la puerta que conectaba con mis dominios—. Hice ayer bombones de calabaza con chocolate.
—No suena muy apetecible.
Contrajo el gesto haciendo que sus pecas se moviesen por su cara como si tuvieran vida propia. Le di un beso en la mejilla cuando le cedí el paso y, sacando la cabeza, me despedí de mi hermana y Juani, las cuales no me prestaron demasiada atención mientras trajinaban juntas.
Al llegar a mi pequeño apartamento sonreí. A Leo le había faltado tiempo para asaltar la despensa de mi pequeña cocina y hacerse con varias cosas que reposaban en la encimera.
—No te lo comas todo, tenemos que grabar y necesito ingredientes.
—No haber llegado tarde —rebatió puntilloso.
—He salido a correr, ya lo sabes.
—Correr es de cobardes.
—Eso es lo que dicen los vagos —le piqué.
—Eso es lo que dice alguien listo que prefiere quedarse sentado a sudar mientras va a ninguna parte.
Me reí y negué con la cabeza.
—Sí que vamos a alguna parte, además, ¿qué me vas a contar tú? ¿Te recuerdo que mi cuñado fue tu entrenador personal?
—Eso fue hace mucho, ya no me hace falta. —Olisqueó un trozo de queso de la nevera y volvió a depositarlo en el estante.
—Tienes suerte de comerte un kilo de helado y afectarte lo mismo que medio pomelo —me quejé—, así que mejor te callas.
—Metabolismo ideal se llama… Tú espera a dar el estirón, que ya verás.
—Eres tonto.
Él me sonrió burlón, dándole un bocado a uno de los bombones.
—Están buenos —admitió, y yo sonreí triunfal unos segundos—. ¿Te vas a quedar ahí parada mirando cómo me como tu comida o te vas a duchar? Te recuerdo que tenemos que trabajar.
—¿Sabes? A veces odio que seas tan puntual.
—Ali, cariño, los que tendríamos que odiar tu impuntualidad somos el resto de los mortales. Ahora, a la ducha. —Me señaló con la mano el único habitáculo con puerta del apartamento.
Asentí a la vez que me hice con ropa limpia y me apresuré a entrar en el baño.
Entorné la puerta lo justo para tener intimidad, pero poder escuchar a Leo.
—Me ha escrito Mat —mencioné al poco, enjabonándome el pelo.
El silencio al otro lado de la mampara me hizo pensar que no se había enterado, pero unos segundos después la puerta se abrió y la figura borrosa de Leo inundó el espacio.
—¿Mat?
—Estaría bien ducharse sola, ¿sabes? —solté sarcástica.
—¿Te refieres a Mat, tu amigo que vive en Madrid?
Puse los ojos en blanco y escupí el agua que había caído en mi boca.
—¿Es que acaso conocemos a otro Mat? —No lo dejé responder y continué—: Me ha dicho que va a haber una reunión de antiguos alumnos en el colegio.
—Uf. —Resopló—. Qué divertido.
—Han creado un grupo para que retomemos el contacto con los que se fueron del pueblo y que así sea menos frío e impersonal.
Escurrí mi pelo y agarré la toalla colgada sobre la mampara.
—Y no te apetece ni un poquito.
Me quedé pensativa.
—La verdad es que no estoy segura. Por un lado tengo ganas de ver a los que se marcharon, pero por otro…, no sé.
Abrí la pantalla de la ducha y lo observé. Él masticaba profusamente a la vez que me devolvía la mirada. Su pelo largo y naranja destacaba en contraste con los azulejos blancos de la pared en la que estaba apoyado.
—Yo no iría. En mis tiempos no se estilaba lo de las reuniones después de acabar los estudios.
Me reí por su expresión a la vez que me enrollaba la toalla del pelo a modo de turbante.
—En tus tiempos… ¿Cuáles son esos? ¿En los que jugabas con los dinosaurios?
—Qué graciosa.
—Admítelo, en vez de perro tenías de mascota a un velociraptor.
Él me miró divertido y me lanzó un trozo de bombón antes de salir del baño.
Yo me reí a la vez que esquivaba el proyectil.
—Vístete, tenemos que grabar y no pienso quedarme hasta tarde, esta noche tengo una cita con Daenerys, la legítima soberana de los Siete Reinos, y no pienso dejarla plantada por ti.
—Lástima que ella no sepa ni que existes —le grité entretenida a la vez que me comenzaba a poner la ropa—. Además, ¿quién te va a aguantar a ti que no sea yo, la legítima reina de mi garaje?
Su carcajada rebotó entre las paredes del baño, y me apresuré a vestirme y adecentar mi pelo.