PRÓLOGO #2
Dejamos atrás el cartel de Los Arenales, urbanización donde vivíamos los dos, y continuamos nuestro camino bajo el sol abrasador de mediados de junio.
Pese a todo, nada disminuyó sus ganas de llegar, se le notaba a leguas que mi visita le había servido como excusa para ir, aunque a mí no me apetecía tanto estar allí, sin embargo, la alternativa que tenía en casa se me antojaba impensable.
No había querido unirme al plan porque en clase estuve presente cuando Jesús le explicaba a algunos de los del grupo que las de tercero de la ESO, entre las que se encontraba su hermana, irían allí a tomar el sol.
¿Qué interés le podían encontrar a espiarlas?
Por el amor de Dios, algunas veces los chicos parecían de otro planeta, porque a mí la idea no me atraía en absoluto.
Al llegar al lugar tuvimos que hacer tiempo, pues la entrada por la que se accedía estaba aún anegada.
Mis padres me tenían prohibido ir hasta allí sola desde hacía un par de veranos, cuando una chica casi se ahoga al intentar cruzar la gruta de entrada.
Sinceramente, había que ser un poquito torpe para intentar traspasarla con la marea alta.
Tooodo el mundo de Costa Serena lo sabía, aunque lo mismo la chica no era del pueblo, claro.
Pero yo sí que lo era, y no pensaba ahogarme un mes después de cumplir los doce años.
Me negaba a morir antes de ser una adulta de secundaria.
—¿Lista? —me preguntó Mat con las chanclas en la mano cuando el nivel del agua bajó lo suficiente como para permitir el paso a pie hacia el otro lado.
—Vamos —le animé al apreciar su nerviosismo.
Al llegar no tardamos demasiado en visualizar al ruidoso grupo. La cala tenía forma de media luna y su extensión no era muy grande, así que era complicado esconderse.
Caminamos hacia ellos sintiendo la arena fina escurrirse entre los dedos de nuestros pies.
—Hola, parejita —nos saludó Jesús.
—Hola —contesté sonriendo, a la vez que dejaba mis zapatos en la arena y me sentaba en el hueco libre entre Adriel y Carlos. Mat se quitó la camiseta y, después de contestar un escueto «hola», se fue directo al agua, donde se bañaban Fran y Sergio—. ¿Qué hacéis?
—Aburrirnos por culpa de este idiota —explicó Jesús empujando a Carlos con el hombro—. Nos ha espantado a las tías.
Sonreí mientras ellos reían.
—Tenían unas tetas… —alabó el aludido cuando se recompuso.
—Carlos, por lo que más quieras, no hables así de ellas. Las chicas no somos un trozo de carne —le reprendí por enésima vez en los últimos días, al parecer, el verano les estaba afectando más de lo habitual.
—Llevas razón —admitió—. También tenían buen culo.
Jesús, Adriel y Carlos se echaron a reír mientras yo negaba con la cabeza. Lo malo de llevarme mejor con la parte masculina de la clase era, claramente, estar en inferioridad de condiciones, aunque Mat solía unirse a mi causa.
—Sois unos brutos.
—Venga ya, Ali, no te pongas celosa. Cuando a ti te salgan también te diremos cosas así de bonitas.
—Mejor no, gracias. Prefiero que ni me las miréis.
—Por ahora no hay mucho que ver —me pinchó Jesús, que recibió el codazo de Adriel y un golpe de la camiseta de Mat, que acababa de llegar hasta nuestra posición.
—No te metas con mi chica —le dijo mi amigo, acercándose a mí.
Con las manos se alborotó el pelo, haciendo que minúsculas gotas de agua se dispersasen a su alrededor, mojándome en el proceso.
Pegué un gritito por el contraste entre mi temperatura corporal y el líquido, y me lamenté por no haberme llevado ropa de baño, aunque seguramente, de haberlo hecho, no me habría metido en el agua delante de ellos.
Mat se dejó caer a mi lado y pasó su brazo por mis hombros.
—¿Ya os dais besos y todas esas cosas? —nos preguntó Fran, ajeno a la mirada que le dedicó mi amigo, cargada de intenciones.
—Por supuesto que no. —Mi contestación rotunda y vehemente atrajo la atención de todos—. Mat y yo no somos novios —aclaré.
—Claaaro, y yo no soy pelirrojo —bromeó Carlos.
—¡Zanahorio!
—Capullo.
—Imbécil.
Comenzaron a insultarse los unos a los otros como siempre hacían, y levanté la voz para hacerme oír.
—Yo ya tengo planeado mi primer beso. —Atraje la atención de todos de inmediato—. Y será muy especial. Mat me miró y me guiñó uno de sus estrechos ojos color aceituna, dando alas a los planes que él ya conocía al dedillo de tantas veces como lo había escuchado de mis labios.
»Será aquí mismo, al atardecer, cuando se pueda ver a los amantes en el horizonte.
—Señalé al punto donde empezaban a vislumbrarse las conocidas rocas por las que la cala recibía el nombre, las cuales se unían en un beso efímero, justo cuando la marea estaba en su pico más bajo—.
Entonces, y solo entonces —recalqué—, fundiré mis labios con el chico más especial del mundo, que será el que me robe el corazón.
—Qué cursi…
—¿Quieres ir practicando conmigo? —bromeó otro.
—Es un plan perfecto —murmuré soñadora.
Me abstraje de sus voces y burlas infantiles, llevando mis ojos hacia el horizonte y dejando volar mi mente entre las olas hasta una realidad paralela, en la que ese chico sin rostro, que me daba el mejor primer beso de la historia de la humanidad, se convertía en algo tangible y real.
Lo que en ese momento no me podía imaginar era que el dueño de los labios que me besarían por primera vez había escuchado mi apasionado discurso y un leve rubor casi inapreciable había teñido sus mejillas mientras me observaba en un silencio que gritaba demasiadas cosas.