El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) PRÓLOGO
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El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1)

El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1)

Por Maca Ferreira

© inepub.com

PRÓLOGO

Es aconsejable volver la vista hacia el pasado para darle valor a lo que vivimos en el presente, pues solo así se podrá construir el futuro deseado.

A la tierna edad de doce años pocas cosas hacen tanta ilusión como la euforia del último día de clase.

Esos nervios que van incrementándose poco a poco con cada segundo que pasa, la sensación de que los minutos se convierten en horas cuando el momento de escuchar por última vez el timbre que marca la finalización del día está cada vez más cerca y, por último, la sensación de libertad cuando arrastras tu silla por el duro suelo de terrazo, uniendo su retumbar al de los demás asientos de todos tus compañeros en una cacofonía metálica.

Es ahí, justo en ese momento en el que agarras la mochila que te ha acompañado durante todo el curso, te encaminas hacia la salida y respiras hondo, cuando la sensación de libertad te provoca una sonrisa soñadora, a la vez que piensas que algo así es lo que deben de sentir los reclusos al abandonar la cárcel.

No debemos olvidar que con doce años casi se está empezando a saber lo que es realmente la vida, así que ni por asomo eres capaz de imaginar tal tormento; de ahí que la comparación sea tan trágica.

En general siempre he sido una dramática empedernida, me viene de serie, intrínseco en la genética desde que pasas de cigoto a embrión, por lo que terminas acostumbrándote más pronto que tarde, tanto tú como los que te rodean.

Haciendo gala de ello, volví a resoplar por enésima vez sintiendo que toda la euforia que había invadido mi cuerpo un par de horas antes, cuando dejé atrás mi último año en primaria, se esfumaba por momentos.

Servir de sujetavelas no era demasiado agradable.

Los culpables: mi hermana mayor y su novio, a los que llevaba padeciendo más de una hora mientras se besaban y cuchicheaban, llenando la habitación que ambas compartíamos de risas contenidas.

Si mis padres se enterasen de que Fede estaba allí otra vez, se la iban a cargar.

—Tengo que ir al baño —dijo ella, sin embargo, al separarse de él, este la agarró por la cintura, volviéndola a atraer hacia su posición tumbado sobre la cama—. En serio —se quejó riéndose—, tengo que ir.

—Está bien —concedió—, no tardes.

—Cuida de ella.

Me señaló con su cabeza, y alcé los ojos al techo a la vez que suspiraba con fuerza.

—Tengo doce años, sé cuidarme sola.

Cuando terminé la frase, Estrella ya había salido de la habitación, dejándome sola con su chico y su séquito de hormonas. Fede sonrió y se movió sobre el colchón, acercándose a mí y revolviéndome el flequillo.

—¿Qué haces, enana? —me preguntó mientras se sentaba a mi lado, en el suelo y a los pies de mi cama.

—Dibujar.

—¿Me dejas verlo? —curioseó sin perder la sonrisa, pese a mi tono monocorde y la poca atención que le había prestado—. Siempre andas metida en alguna de tus libretas, pero nunca me dejas echarle un vistazo a lo que haces en ellas.

Giré mi cabeza hacia la derecha y lo observé durante unos segundos.

Sus rasgos ya no eran los de un niño y los seis años de diferencia que nos llevábamos eran más que evidentes.

En ese momento pensé que perfectamente podría pasar por mi padre.

Bueno, quizá no tanto, aun así, que él ya hubiese cumplido la mayoría de edad provocaba que mi mente lo catalogase como un adulto serio y aburrido.

Solo que Fede era de todo menos serio y aburrido.

Me caía bien.

—No te rías, ¿eh? —Agarré con fuerza el cuaderno mientras le advertía—.

No está acabado y solo estaba pasando el rato mientras mi hermana y tú os dabais el lote.

—El aliento que escapó de su boca al soltar una carcajada inesperada arrastró un mechón de mi pelo, el más cercano a su posición—. ¡Que no te rías! —me quejé enfurruñada.

—No me reía de ti —aclaró divertido—. ¿Darnos el lote? ¿Dónde has aprendido eso, enana?

Erguí mi cabeza con dignidad, aparentando una madurez que, claramente, no tenía.

—Sé lo que hacéis mi hermana y tú cuando estáis solos, no soy una niña, ya os lo he dicho.

—Ah, ¿sí? Y ¿qué hacemos, según tú? —indagó entretenido.

—Cosas…

—Cosas —repitió—. Sí, hacemos muchas «cosas». Hablamos, comemos, dormimos —enumeró, y bajó la voz para decir lo siguiente en un susurro casi inaudible, añadiéndole secretismo—, respiramos…

—Oh, venga, ya sabes a qué me refiero. —Me separé de Fede, llevándome el cuaderno al pecho y escudándome con él. Sentía las orejas ardiendo—. ¿Quieres verlo o no?

—Claro.

Aceptó de buen grado el cambio de tema. Su sonrisa afable y el modo en el que intentaba hacerme sentir cómoda me impulsaron a enseñarle el boceto en el que llevaba una hora trabajando.

La pintura era una de las cosas que más me apasionaban por aquel entonces.

—¡Joder! —exclamó al contemplarlo. Tras unos segundos en silencio, volvió a hablar—. ¿Lo has hecho tú?

—Sí. —Sonreí.

—Eres buena —me halagó agarrando la libreta y colocándola frente a su cara—. Es alucinante cómo le has dado vida a las olas. Es el faro de Costa Serena, ¿no?—Asentí, orgullosa de que mis trazos tuviesen cierto sentido.

»Tienes talento, enana. Haber hecho algo así sin tener la imagen delante… Guau, qué pasada —repitió, admirado—. ¿Me harás alguno a mí?

—¿Quieres que te dibuje el faro?

—No. —Sonrió llevando su vista hasta la puerta por la que entraba de nuevo su chica—. Querré que nos dibujes a nosotros. —La señaló con la cabeza—. Siendo dos carcas y rodeados de nuestros hijos.

Mi risa incrédula llegó hasta Estrella, que se acercó a nosotros y se sentó sobre las piernas de Fede, a mi lado.

—Me apetece ver una peli, ¿qué me dices? —le preguntó mirándolo embelesada.

—Hecho —contestó él pasando las manos por su cintura en un gesto cariñoso, aunque bastante carnal.

—¿No tienes planes para hoy, Ali?

Capté el mensaje oculto en su pregunta, era joven, pero no tonta.

Empezar las vacaciones de verano un martes tenía ciertas ventajas, como disfrutar de la casa para ellos solos hasta que mis padres llegasen de trabajar, y una hermana pequeña chafaba cualquier plan.

Y yo, puesta a elegir, prefería cualquier cosa antes que seguir aguantando sus arrumacos, la verdad.

—Saldré a dar una vuelta —improvisé.

—¿Con Mat?

—Sí.

Era obvio que Mateo entraría en la ecuación, no nos separábamos desde hacía dos años, cuando llegó al pueblo. Él había pasado por situaciones horripilantes, y yo siempre había estado a su lado para ayudarlo.

Mamá decía que nunca había que dejar a los amigos de lado en los malos momentos, porque en los buenos siempre teníamos a gente alrededor, pero los que se quedaban cuando pasábamos por situaciones difíciles eran los que de verdad contaban, los verdaderos.

Eso nos convertía en los mejores y más verdaderos amigos de Costa Serena y casi del mundo.

—Está bien, no vuelvas tarde, ¿vale?

Asentí mientras me ponía en pie y dejaba mi libreta de dibujo bajo mi almohada. Ellos empezaron a hablar, y yo, sin querer estar metida en la conversación que a todas luces no me incumbía, me apresuré en calzarme para salir, aunque no pude evitar oír parte de lo que se decían.

—¿Me echarás de menos este verano?

—Sabes que sí.

—Yo también. —La voz de mi hermana sonaba lastimera—. No me vas a olvidar, ¿verdad?

—¿Olvidarte? Si me tienes comiendo de tu mano. ¿Acaso lo hice el verano pasado o el anterior?

—Sara va a intentar algo contigo, lo sé —se quejó—. Cada vez que no estoy, le falta tiempo para ir detrás de ti.

—Pero ella no tiene una cosa que te pertenece a ti desde siempre. —Llevó sus manos unidas hasta su pecho, a la altura de su corazón—. Esto de aquí es solo tuyo. Eres la chica de mis sueños y serás la mujer de mi vida, Estrella.

La voz de él sonó tan tierna y segura que evité mirarlos por no interrumpir un momento tan bonito. Estaba a punto de llorar solo de escucharlos.

Esa era otra de mis características, lloraba a la mínima de cambio, desde siempre y por cualquier cosa que me afectase de alguna manera, ya fuese positivo o negativo. A veces odiaba hacerlo, porque sentía que al llorar el mundo a mi alrededor se crecía, pero no podía evitarlo.

Sorbí silenciosa, manteniendo a raya la humedad que empañaba mis ojos.

—Te quiero.

—Y yo a ti, preciosa —le contestó y, tras el sonido de lo que deduje que fue un beso, continuó en tono más pícaro—: Además, lo tengo todo planeado, cuando vuelvas del pueblo ponemos fecha de boda y, en cuanto cumplas los dieciocho, nos casamos.

—Vaya, interesante —bromeó ella.

—Y luego unos cuantos niños, que tu hermana está deseando que la hagamos tía, ¿verdad, enana?

—A mí no me metáis —me quejé sonriendo y encaminándome por fin hacia la puerta para dejarlos solos en la intimidad que pedían a gritos.

—¿Ves? Deseandito…

Mi risa se mezcló con el eco de las suyas cuando cerré la puerta de la habitación a mi espalda y, de buen ánimo, crucé el par de calles que me separaban de la casa de Mat.

—Hola. ¿Qué haces aquí?

—Mi hermana y Fede —me limité a contestar poniendo los ojos en blanco.

Él asintió y me pidió que aguardase un momento con un ademán, mientras se echaba su media melena hacia atrás en un gesto muy habitual en él.

—Mamá, ¡me voy con Alicia! —Sin esperar contestación, cogió su riñonera, que colgaba del perchero, y salió de la casa—. ¿Los has pillado otra vez?

Negué con la cabeza componiendo un gesto de repulsión.

—Calla, no me lo recuerdes, qué asco.

—¿Te has parado a pensar que si lo hacen tanto es porque no debe de dar tanto asco?

—Prefiero no pensarlo. ¿A dónde vamos?

—No sé. —Se quedó un momento en silencio—. Fran y los demás están en la Cala de los Amantes.

Su frase, en principio despreocupada, escondía más información de lo que a simple vista parecía, pero, como yo me había convertido en una experta en su lenguaje entre líneas, asentí con la cabeza.

—Vamos.

—¿Ahora?

—Están allí ahora, ¿no? ¿Para qué íbamos a ir luego?

—Estás loca.

—Y tú.

—Ya, lo sé, por eso nos queremos tanto.

Volví a afirmar con la cabeza, corroborando con ello una información tan cierta como que necesitábamos el aire para respirar.