El umbral EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Seis meses después

N o pude encontrar a Marcos.

Cuando las llamas nos lo permitieron, fuimos en su busca, pero había desaparecido.

Lo buscaron durante días, pero yo enterré a mi hermana y a mi madre a la vez que mis sentimientos por él.

Cubrí mi corazón con una coraza tan dura que, durante los días que duró la búsqueda, ni siquiera me inmuté cuando, gracias a mi testimonio, el sargento Postigo consiguió su ascenso después de detener a Ismael Herrero como cabecilla del grupo de anarquistas que operaba en esa zona.

Una detención tardía, puesto que, a pesar del regreso fulgurante de don Fernando cuando supo lo ocurrido, no pudo evitar que la Casona ardiera hasta los cimientos o que su primogénito fuera ingresado, al fin, en un sanatorio sufragado con el dinero del patrón.

Un pago que se me antojó corto para todo el mal que había ocasionado.

Se merecía, cuanto menos, una muerte similar a la que le provocó a Mariana. Eso sí hubiera sido justicia. La clase de justicia que tanto Cosme, como Gaspar o Beltrán deberían haber recibido por unos actos que habían quedado en el olvido con la muerte de Mariana y mi silencio.

Sí, callé. No solo para preservar la memoria de una hermana que nunca logré recuperar, sino porque de un modo extraño consideré que, con la muerte de sus hijos, aquellos desalmados sufrirían hasta el fin de sus días una condena mucho mayor que la que la justicia humana podría aplicarles.

Solo cuando los días pasaron sin que Marcos apareciera y acepté la nueva situación, me despedí del güelu y decidí regresar a mi hogar junto a Lucía, con la conciencia tranquila.

—Su nieto ha sido vengado —le dije.

Él asintió, satisfecho. No quiso ahondar más en algo que a todas luces me resultaba doloroso, y se lo agradecí en silencio.

Después de todo, Mariana había permanecido siempre vinculada a ese lugar por muchos motivos: el recuerdo, la ilusión…

Pero también por una emoción tan fuerte como el amor, el odio o la venganza.

La niebla de mi mente se disipó con su maldad, con su extraño sentido de la fidelidad y el amor fraternal.

Pero había llegado el momento de cortar amarras.

Justo cuando Lucía y yo nos disponíamos a tomar el tren de regreso a mi hogar, distinguí una figura que se acercaba a nosotras. Lo reconocí de inmediato; mi primer impulso fue apurar el paso para esquivarlo, pero él lo debió de intuir, porque hizo lo propio para bloqueármelo en el momento justo.

—Esther, espera, por favor…

Me fijé en las arrugas de su cara, en su expresión de sufrimiento, de desolación.

Por un instante sentí lástima por él. Don Fernando de Gondán, el viejo patrón, tan poderoso en la zona, me pareció entonces un pobre viejo cuyas ansias por mantener el honor familiar a costa de lo que fuera le habían pasado la peor factura de todas: un hijo enfermo y otro desaparecido. La soledad que rezumaba.

—Lo perdono —me escuché decir sin rencor ni enfado alguno—. No es necesario que insista. Pero espero no volver a verlo nunca.

Fue lo último que dije en aquel pueblo que ahora, seis meses después, sigo echando de menos.

Mis padres me recibieron con los brazos abiertos. Cuando les enseñé las cartas que habían enviado a Marcos, junto con la cajita de música que había logrado recuperar de la casa de la montaña, se mostraron humildes, comprensivos ante mi sentimiento de rencor y pacientes, muy pacientes.

La noticia de la desaparición de Marcos y el destino del resto de su familia dieron la vuelta al país.

Estoy segura de que nadie quedó al margen de la historia.

En ese momento, agradecí encontrarme tan aislada; incluso agradecí que mis padres temieran una reacción inesperada por mi parte, aunque sus temores fueron infundados.

Porque el paso del tiempo pone muchas cosas en su sitio, y da a determinados sentimientos la importancia que merecen.

El amor hacia ellos es uno de esos sentimientos que nunca perecerá, por mucho que me cueste perdonarlos.

Sigo viviendo con ellos, pero las secuelas del abandono repentino al que Marcos me sometió, tanto físico como emocional, se han cobrado su propia recompensa.

No puedo dormir, apenas salgo de mi alcoba y, por supuesto, no he logrado recuperar a la Esther de antes del viaje.

La pena es demasiado grande, casi tanto como la incertidumbre que me acosa, como para pretender ser la misma de siempre.

Me mortifico si permito que la esperanza de encontrarlo con vida anide en mi corazón. Si ha muerto, ¿realmente ha tenido un final merecido?

No lo sé ni quiero averiguarlo. A veces, si me levanto en mitad de la noche, creo estar en aquel edificio grandioso que me acogió en mi infancia.

En cierto modo, Marcos desapareció en el único lugar que pudo llamar «hogar», porque formaba parte de la Casona.

Una parte indisoluble, imprescindible. Sin él, sus paredes habrían perdido su esencia mucho antes de que el incendio las destruyera; sin la Casona, Marcos habría languidecido mucho antes de haberse esfumado.

Hoy se cumplen seis meses desde que todo sucedió, y mi vida es tan anodina que tengo ganas de gritar.

No lo hago, sino que me levanto, ayudada por Lucía, y me dispongo a complacer a mis padres el resto del día, como llevo haciendo desde que regresé.

Sin embargo, cuando madre irrumpe en la alcoba con la cara desencajada y los ojos brillantes, el corazón se me sube a la garganta y un extraño pálpito me la cierra hasta casi impedirme respirar.

—Esther, tienes visita.

—Una muy perturbadora, por lo que veo. Parece que haya visto un fantasma, madre.

—Es posible que así sea… Será mejor que lo compruebes por ti misma. Está esperándote en el salón.

No me doy prisa. Desciendo las escaleras desganada, pero me quedo inmóvil en el vano de la puerta en cuanto distingo el porte de quien me da la espalda.

Su aire elegante hace que el corazón se me desboque de alegría, pero también de miedo.

Todos mis sentidos me avisan de que es lo que creo, lo que espero, aquello por lo que llevo viviendo demasiado tiempo en una nueva oscuridad.

Me sujeto a la hoja de la puerta, repentinamente débil, antes de decidir que necesito asegurarme de que mis ojos no me engañan al apreciar el cabello rubio que le asoma por debajo del elegante sombrero. Entonces lo percibo.

Es su inconfundible aroma a melisa.

—Marcos…

Cuando me oye, se gira con una expresión anhelante, pero también llena de cautela.

—Hola, Esther.

Me repongo lo suficiente como para no perder el sentido de la realidad.

Hay un silencio después de los saludos. Es como si existiese un freno entre nosotros.

Le han ocurrido tantas cosas, a él, a mí…

Supongo que ambos hemos cambiado, sobre todo, cuando ignoro qué ha ocurrido desde nuestra separación hasta hoy, aunque mis instintos me advierten de que aquello más importante, lo que ha prevalecido a lo largo de todos estos meses, sigue dentro de él. Dentro de mí.

—¿Estás… bien? —le pregunto dando unos pasos en su dirección.

Parece una pregunta banal, pero no lo es. Allí está, delante de mí, con una apariencia más saludable, resplandeciente y atractiva de lo que puedo recordar. Ambos hemos pasado por un auténtico calvario, ¡y yo le pregunto si está bien!

He esperado mucho tiempo este encuentro. He soñado con él, incluso he vivido en función de él. Cuando ya había creído que este encuentro jamás se produciría, aquí lo tengo. Al fin.

¿Por qué entonces se ve matizado por una sensación de tristeza?

Por miedo. Un terror que eclipsa la excitación y la euforia del momento.

Y todo porque olvidamos que la gente cambia.

Acostumbramos a pensar que las personas continúan siendo las mismas pase lo que pase en sus vidas, pero lo cierto es que el hombre que tengo delante, evaluándome como yo lo evalúo, comparte mis mismos temores.

Lo leo en sus ojos, junto con esa esencia apabullante y llena de seguras emociones que me conquistó desde el primer momento que lo vi.

Sí, Marcos está aquí, conmigo. Junto con sus cambios, sean cuales sean, convive el espíritu del hombre que conquistó mi corazón, mi alma y mi vida entera a base de una paciencia resquebrajada por muchos pasos en falso, pero lo suficientemente fuerte para sobrevivir hasta lograr sus objetivos.

Salgo de mi estupor, del hipnotismo que sus ojos ejercen sobre los míos, cuando caigo en la cuenta de lo absurdo de la situación. Había perdido las esperanzas y de pronto lo tengo aquí, sereno y expectante, sin dar muestras de abandonar mi casa hasta que no me dé respuestas o yo se las pida.

—Sí —responde, sorprendido—. He estado al borde de la muerte, pero tenerte a ti delante, como ahora, es lo más parecido al Paraíso que…