El umbral CAPÍTULO CUARENTA
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CAPÍTULO CUARENTA

Esther

L a cocina está desierta, al igual que el resto de la casa.

El silencio me envuelve del mismo modo que la oscuridad y esa extraña quietud que alerta todos mis instintos. Sin soltar el quinqué, me precipito hacia la planta principal, y entonces lo detecto.

Un fuerte olor a quemado me invade al mismo tiempo que escucho el crepitar lejano y veo el resplandor intermitente de las llamas que devoran la parte superior de la Casona.

La sangre huye de mi cuerpo cuando subo la mitad de la escalera, pero el humo me detiene.

—¡Madre! —llamo desesperada, entre una tos cada vez más profunda y persistente—. ¡Lucía, Bernardo! Por Dios… ¿Estáis ahí? ¡Respondedme!

No escucho gritos ni quejidos. Quiero pensar que no estaban dentro cuando la locura de Mariana ha desatado este infierno, sino cumpliendo con mis órdenes.

Quiero pensar que pronto llegará el sargento Postigo con refuerzos, que aunque la casa se queme hasta los cimientos conseguiré encontrar el camino de vuelta hacia Marcos antes de que sea demasiado tarde…

Necesito ayuda, y voy a buscarla. Salgo a la intemperie.

Me parece que cada vez hay más ruidos, que el viento sopla con más fuerza, como si fuera el aullido de algún animal salvaje.

Los sonidos que me rodean me parecen miles de seres que se acercan, se arrastran, corren y me rodean.

La lluvia empieza a caer sobre lo que abarcan mis ojos.

De pronto, al recordar los acontecimientos que he experimentado, siento el pinchazo del llanto contenido e intento no pensar en nada.

Solo seguir a través de la lluvia que ahora arrecia en mi contra, empapándome como una cortina que apenas me deja ver el camino.

Intento dar un paso más, pero resbalo y caigo al suelo.

Una cuchillada de dolor me sube por la pierna, pero aunque me muerdo el labio con fuerza, tratando de ahogar un grito, esta vez las lágrimas surgen sin que pueda frenarlas.

Sin embargo, olvido todo cuando escucho un grito procedente de los establos. Hacia allí me encamino, pero me detengo de pronto ante lo que aprecian mis ojos.

Mariana tiene sujeta a madre por el cuello, presionando contra él el cañón de la pistola. Un brillo febril intensifica el verde de sus ojos cuando me dirige una sonrisa aviesa.

—Por lo que veo estamos solas, hermana —exclama con macabro regocijo—. Lástima que este trasto solo guarde un disparo más. Tuve que elegir: madre o tú. Ya ves quién ganó.

Los ojos de Matilde están desorbitados. Me mira, pero creo que ni siquiera me ve.

Seguramente, todavía no ha podido recuperarse de la impresión de ver a su otra hija viva, antes de que esta la amenace de muerte.

Es curioso el grado de compenetración que alcanzamos, puesto que recibo con toda claridad su mensaje: no te acerques más, pase lo que pase.

Niego con la cabeza. No puedo hacerlo. Debo apartarla del mal que destila Mariana y buscar ayuda para Marcos. La empresa se me antoja cada vez más imposible, pero me niego a sucumbir al pánico y empiezo a pensar.

¿Dónde están Bernardo y Lucía? Posiblemente, hayan ido en busca del sargento. Rezo para que así sea, pero entonces otro frente se abre ante mí.

¿Y Fernando?

Solo caben dos posibilidades, y no sé cuál de las dos es más terrorífica. Si se ha escapado de la alcoba antes de que haya comenzado el incendio, habrá sobrevivido. Si no…

—Vamos, Esther, acércate. —La voz de Mariana me saca de mis elucubraciones para ponerme en el centro de mi peor pesadilla—. No tengas miedo de decirle a madre lo que ha ocurrido. Cuéntale cómo has abandonado a Marcos a su suerte. Igual que un día hiciste conmigo.

—Nunca te abandoné, Mariana. Corrí en busca de ayuda, pero me atacaron.

—Como ahora. ¿No es impresionante la forma que tiene el destino de entrelazar todas sus hebras hasta formar un mosaico casi perfecto, en donde todo confluye?

Quién me lo iba a decir cuando me propuse encontrarte…

No solo te tengo conmigo, sino que también he recuperado a madre.

¿Verdad? ¡¿Verdad?! —grita fuera de sí, zarandeando tan fuerte a Matilde que esta termina por asentir con un sollozo continuado que ella corta con una nueva sacudida y el cañón de la pistola marcado a fuego en su sien—. Así me gusta.

»Esta es la mejor actitud para aceptar la justicia divina.

Mansedumbre, resignación ante lo inevitable…

—De pronto, sus ojos se tiñen de tristeza cuando se topan con los míos—.

Te di tantas pistas… Te hablé de la gallinita ciega, te ofrecí citas bíblicas, sabiendo que las reconocerías gracias a madre y a sus lecturas diarias cuando éramos niñas.

Grabé en las nucas de aquellos niños unos rombos idénticos a los que se quedaron grabados en mi memoria para siempre, esperando que reaccionaras, que me buscaras con el mismo ahínco con el que yo lo hacía.

»Una señal, Esther. Solo necesitaba una señal por tu parte para dejarme ver ante cualquiera, para protagonizar una especie de resurrección aun a riesgo de que mi participación en los atentados anarquistas me llevara al garrote…

Y a cambio recibo tu traición. Como una perra lasciva dispuesta a seguir a su amante infiel hasta el fin del mundo si hace falta.

—No, Mariana, escucha. Todavía estamos a tiempo de enmendarlo.

—Intento componer una expresión de deleite ante lo que voy a decir, a pesar de que la urgencia derivada de la situación de Marcos me llena la boca de amarga bilis—.

Él ha muerto. La Casona desaparecerá… gracias a ti, junto con Fernando —aventuro esperando que ella lo niegue.

Pero no hay nada que revele lo que ha ocurrido con él—.

Somos libres de empezar una nueva vida con madre. Ella lo está deseando.

Mariana frunce el ceño.

—¿Y por qué no me lo ha dicho? —pregunta en el punto más alto de su delirio.

—Porque pensaba que habías muerto, y de pronto te presentas ante ella, después de tantos años.

—Con una contundente mirada indico a Matilde que me siga el juego.

Parece que he encontrado un punto de duda en mi hermana, y pienso aprovecharlo.

Me acerco muy lentamente mientras no dejo de hablar—.

Madre está contenta de tenernos a las dos de nuevo, Mariana.

Ella solo quiso esto desde el principio.

Hablé con ella antes, ¿sabes? Me dijo que, de haber sabido antes los nombres de quienes te forzaron, ella misma te habría vengado.

—¿De verdad?

—Claro. —Otro paso—. De hecho, está tan sorprendida que es incapaz de pronunciar una sola palabra. Si la dejaras, te pediría perdón por irse de la Casona. Sufrió tanto como tú por vuestra separación, créeme. Recuerda que nos adoraba. Que hubiera dado su vida por nosotras. Que…

La detonación me hace soltar un grito.

—¡¡¡Nooo!!!

Me precipito hacia ellas cuando una explosión de sangre y órganos vitales me empapa la cara.

Cuando llego a su altura, el cuerpo desmadejado de madre me cae en los brazos. Me preparo para forcejear con mi hermana, pero esta cae al lado de nuestra madre, muerta.

Solo cuando distingo la identidad de la figura que sigue acercándose a nosotras, empiezo a comprender.

Es Fernando, y porta la escopeta de Marcos.

Su rostro no muestra la menor expresión a pesar de haber asesinado a mi hermana.

Solo la mira fugazmente, con cierta hosquedad, como si le molestara verla aquí, antes de enfocar sus fríos ojos en mí.

Ha disparado al mismo tiempo que Mariana. Por eso no ha podido evitar la muerte de Matilde.

Lo miro en silencio unos instantes, esperado tal vez el mismo final que ellas, pero, extrañamente, Fernando deja el arma junto a una viga de madera y se encoge de hombros.

—Ella me obligó a llevarme a Simón —repite como si su mente se empeñara en regresar una y otra vez al mismo lugar—. Ella lo mató.

Pasa de largo con la misma actitud indiferente y sale del establo justo cuando las voces de Lucía, Bernardo y el sargento, junto con otras que, deduzco, pertenecen a sus hombres, me dan a entender que acaban de descubrir las dimensiones del incendio que, a estas alturas, se habrá comido buena parte de la Casona, azuzado por el fuerte viento y a pesar de la lluvia.

No me importa. Me quedo mirando los dos cadáveres a mis pies, inmóvil, como si formaran parte de uno más de mis sueños, hasta que las emociones me abren en canal de golpe.

Acuno la cabeza reventada de Matilde en mi regazo mientras baño su cara con mis lágrimas. Grito enrabietada, incapaz de comprender por qué el destino me la ha arrebatado poco después de haberla encontrado de nuevo, hasta que soy capaz de mirar un poco más allá.

Ahí está Mariana. Mi hermana gemela, la mitad que siempre me ha faltado y que acaba de dejar un vacío imposible de llenar. A pesar de todo lo sucedido, de todos sus actos aberrantes, no tengo problema en admitir que la sigo queriendo.

Una tremenda desolación se apodera de mí. Es mi hermana, y está agonizando.

—Esther… Esther… Perdóname. —Por primera vez desde nuestro reencuentro, veo lucidez en sus ojos cuando me mira.

Y lágrimas de arrepentimiento—. Dios me abandonó…

Nunca escuchó mis plegarias… Si lo hubiera hecho, te habría encontrado mucho antes…

Pero ahora también te he perdido… con Marcos…

—Sabe que va a morir. Que no hay esperanza para ella.

Y no dudo. Entrelazo mis dedos con los suyos.

Están fríos, temblorosos—. No me sueltes, hermana. No sueltes mi mano…

Son sus últimas palabras antes de que la vida la abandone por completo.

Permanezco de rodillas junto a ellas. Rezando una plegaria en silencio por sus almas. Rota por dentro e incapaz de recomponerme hasta que noto una mano firme presionando mi hombro.

Cuando me giro, casi agradezco ver el rostro del sargento Postigo apremiándome.

—Señorita, ¿está usted bien? —pregunta. Se hace a un lado para que pueda ver a dos de sus hombres apresando a Fernando, que ni siquiera se resiste.

Supongo que es una buena manera de que pague por sus pecados, me digo mientras asiento—.

El incendio está descontrolado, pero no encontramos ni rastro de don Marcos…

En cuanto escucho su nombre, todos mis sentidos reaccionan.

—¡Está malherido! —grito poniéndome en pie de golpe—. ¡Tenemos que ayudarlo!