El umbral CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE #2
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE #2

—Te amaba. Creo que todavía te amo —confieso bajando el muro de mi hostilidad lo justo para pararme a pensar y dar respuesta al anhelo que veo en sus ojos—. Pero también quiero ayudar a mi hermana. Es una asesina sin escrúpulos, pero es mi hermana…

—Mi decisión fue complicada, así que impuse mis condiciones. No me erigí en salvador de nada ni de nadie. Nunca pretendí tal cosa, pero sí conseguí que aceptaran mi plan.

—Llevarme a un horrible orfanato hasta que recuperara la memoria o hasta que alguien me adoptara y me alejara todavía más de mi familia.

En lugar de llevarme a cuantos médicos hicieran falta.

En lugar de cuidar a Mariana hasta que delatara a todos los que habían formado parte de aquella salvajada producto de una ridícula humillación.

—¡Siempre cuidamos de Mariana! Y el doctor Herrero te examinó.

Fue él quien aconsejó que no perturbáramos tu memoria…

—Él mismo se da cuenta de la contradicción en la que acaba de caer.

Con desesperación y angustia, sacude la cabeza y se muerde los labios, en una búsqueda furiosa de las palabras mágicas que le hagan recuperar todo lo que le he arrebatado, que le digan cómo acortar el abismo infinito que ahora mismo nos separa—.

¡Maldita sea, Esther! ¡Entonces yo ignoraba su implicación en el movimiento anarquista, mucho menos esas aberraciones que cometería más tarde con los hijos de los que creía mis amigos, y a saber con cuántos más!

—Vuelve a tirar de sus muñecas. La sangre tiñe de rojo las ataduras, pero no se detiene.

Intenta incorporarse, pero solo consigue erguir un poco la cabeza, con tanta presión que los tendones del cuello parecen a punto de reventar la piel—.

Yo os enseñé a nadar cuando apenas levantabais un palmo del suelo.

»Yo jugaba con vosotras y os cubría la mayor parte de vuestras escapadas cuando vuestra madre os castigaba.

¡Yo me convertí en tu mejor guardián cuando Arturo Llamazares te adoptó!

¡Me enamoré de ti, a pesar de aceptar un matrimonio con alguien enfermo, en la esperanza de proporcionarle a mi hijo una madre!

¡No recuperabas la memoria, pero Simón existía, Esther!

¡Era mi niño, la luz de mis ojos, y con mis propios actos propicié su muerte!

¿Crees de verdad que busqué algo así? ¿Que mis sentimientos hacia ti son producto de uno más de tus sueños?

¡Son reales, como yo! Y están aquí conmigo, con todos mis remordimientos, mi culpa, mis ansias de ser perdonado…

—¡Ya basta! ¡Cállate o te callaré yo para siempre!

Ambos nos sobresaltamos ante el grito desquiciado de Mariana. Está tan nerviosa que las manos le tiemblan cuando apunta con la pistola a Marcos mientras retrocede. Sé lo que pasa por su mente como si esos años de separación no hubieran tenido lugar entre nosotras.

Duda.

Cree que, finalmente, Marcos logrará ponerme de su lado. Y hace bien en pensarlo, porque por encima de la línea de peligro inminente que acaba de trazar siento la atracción de esos ojos verdes, la llamada de socorro, la petición sincera y profunda de perdón hasta verme arrastrada a él de nuevo.

—Esther, siempre he sabido de tu inteligencia.

Puedes acusarme de egoísmo, de espiarte sin plantearme lo que ocurriría si me descubrías, de ser frívolo incluso al casarme con tu hermana a pesar de que ya te he explicado mis motivos.

Puedes incluso priorizar el estado mental de Mariana al mío en el momento en el que decidí sacrificarme en beneficio de mi hijo…

—¡Que te calles he dicho!

Mariana da otro paso más en su dirección. Yo contengo la respiración.

—Pero no dudes nunca de que todo lo que hice, lo hice pensando también en ti —continúa con asombrosa tranquilidad, como si no le preocupara lo más mínimo lo que pueda pasar a continuación—.

Sabía que tarde o temprano recuperarías la memoria.

Y, aun así, me arriesgué. Guardé silencio cuando nos encontramos en el pueblo, cuando viniste a visitarme a la Casona, cuando te torciste el tobillo y me ofrecí a cuidarte e incluso cuando Fernando burló la vigilancia y estuvo a punto de matarte.

No sabes cómo tuve que contenerme para no acabar con él. No sabes…

—Marcos, no me obligues a apretar el gatillo…

Mariana suplica a través de un siseo de advertencia ronco que me eriza la piel.

Marcos continúa ignorándola.

—Ojalá pudieras ver lo que estoy sintiendo ahora mismo, Esther. La fortaleza que tu duda me está otorgando, el valor del que ahora mismo gozo, a pesar de estar atado de pies y manos…

Escucho la respiración agitada de Mariana. Percibo el desafío en los ojos de Marcos mientras continúa hablando, la tensión que domina cada rasgo de su cara. Presiento el peligro extremo mucho antes de notar sus consecuencias, y es en este momento cuando todo se aclara en mi mente.

En su momento, él me preguntó qué estaría dispuesta a perdonar por amor. Si cambiaría mi lista de prioridades a favor de un sentimiento tan fuerte como el amor.

Ahora sé a qué se refería. Ahora sé que estoy dispuesta a perdonarlo, porque lo comprendo, porque no puedo asegurar que yo no hubiera hecho lo mismo en su lugar.

Porque lo amo mucho más allá de errores y aciertos.

—He esperado pacientemente, y lo habría hecho durante más de una vida de ser necesario —continúa él—.

Nunca has estado sola, Esther. Siempre he estado a tu lado y siempre lo estaré, a costa de lo que sea.

Por encima de lazos absurdos que se romperán en cuanto la maldita asesina que tienes al lado pague por cada uno de sus crímenes.

Tiene razón. Se lo digo con los ojos, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, pero es ese silencio el que desencadena todo. Mariana busca mi mirada, para terminar sacudiendo la cabeza.

—Le crees. Te has dejado embaucar —afirma con tanta indiferencia que, por un momento, pienso que va a deponer su actitud y se va a ir sin más. Ilusa de mí…—. Pues bien, tú me has obligado.

—¿A qué?

—A terminar lo que empecé. Después, buscaré a madre y ajustaré cuentas con ella.

Apenas me da tiempo a reaccionar. Antes de que dispare a Marcos, me lanzo sobre ella con la intención de arrebatarle el arma, pero tiene mucha fuerza.

Las dos caemos al suelo y rodamos cuando consigo sujetar su muñeca con una mano.

Es un tira y afloja que termina con ella sobre mí, mostrándome una furia imposible de dominar.

Forcejeo con esa inesperada desconocida que me aplasta.

Sé que tengo que luchar, que no puedo permitir que me venza.

Me retuerzo, tratando de liberarme de su peso, pero una mano se cierra en torno a mi garganta, impidiéndome respirar.

Levanto entonces las piernas en un intento de impulsarla hacia delante, pero ocurre.

Escucho la detonación. El gemido de dolor. Y todo parece ralentizarse a mi alrededor, justo antes de que tome una velocidad endiablada.

—Al fin pagarás tu culpa, Marcos…

No, no, no. ¡No puede ser!

Grito cuando me incorporo, olvidándome de Mariana.

De hecho, apenas soy consciente de que puede dispararme a mí también, pero no me importa.

La aparto de un empujón, porque lo único que me importa ahora mismo es él y esa mancha enorme de sangre en su pecho que va aumentando a pasos agigantados. No puede estar muerto. No puede…

Deshago las ataduras de sus muñecas y sus tobillos, y luego me precipito hacia el cabecero de la cama.

Marcos no se mueve. Por unos instantes fatídicos, creo que de verdad está muerto.

Mi mente rememora esa otra ocasión en la que pensé lo mismo, con mi pequeña hermana a mis pies, desangrándose, como ahora le está sucediendo a él…

—No me dejes, por favor —suplico con su imagen borrosa a causa de mis lágrimas—. Marcos, abre los ojos. ¡Mírame, te lo suplico!

—Ya lo hago…

Levanto la cabeza, que he tenido apoyada en su hombro, cuando lo escucho. El tono de su piel es ceniciento, y una pátina de sudor ha comenzado a perlarlo, pero al menos habla.

¡Respira!

—¡No voy a permitir que te rindas! —Con toda mi fuerza recuperada intento incorporarlo cuando me doy cuenta de que estamos solos en la habitación.

Mariana ha desaparecido, pero es la menor de mis preocupaciones.

Sin embargo, no consigo moverlo. Él gime y se resiste hasta que vuelve a la cama—.

Bien, no importa. Iré en busca de ayuda. Vamos a salir de aquí. Lo presiento.

—Solo es una esperanza. En realidad, siempre hemos estado en desventaja con respecto a ella.

—¡No importa! —insisto con cabezonería—. La esperanza es una de las mejores cosas que he tenido en mi vida. No voy a dejar que se vaya.

—Pero te desgarra el corazón cuando es infundada.

Y ahora mismo lo es con respecto a mí. Vete tú.

¡Sálvate tú, mi amor! ¡Salva a tu madre al menos!

Yo… —Un gesto de auténtico sufrimiento le cruza la cara cuando se lleva una mano a la herida, de la que no deja de manar sangre.

Por un momento sus pupilas se dilatan, supongo que de miedo, antes de fruncir el ceño con determinación cuando me mira, ocultando su sufrimiento, sus dudas, solo para darme ánimos—.

Yo me siento el hombre más afortunado del mundo al ver que confías en mí al fin.

—Vendré con ayuda. ¡Lo prometo!

—Te esperaré, Esther. —Sus manos, teñidas de escarlata, se enlazan con las mías—. Te esperaré siempre hasta que puedas volver.

Asiento y me desprendo de su agarre por miedo a no poder hacerlo un segundo después. Ignoro la razón por la que Mariana ha huido, pero me doy cuenta de que es la segunda vez en mi vida que hago una promesa en aquella maldita sala en la que he dejado solo a Marcos.

Espero que, en esta ocasión, pueda cumplirla.