El umbral CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

Esther

S iempre ha sido él.

Acabo de descubrir su rincón más oscuro y tétrico, su faceta más macabra.

Conforme pasan los segundos, empiezo a verlo como alguien mucho más calculador, frío e interesado que la mujer cuya mente dañada la ha llevado a cometer esas atrocidades con unos niños inocentes de cualquier pecado de sus padres.

Cierro los ojos y aprieto los puños para contener ese torrente de simpatía hacia la persona equivocada. Mi cicatriz me da un severo aviso de lo que está a punto de venir; me llevo una mano a la nuca, pero no logro menguar el dolor.

Mi mente retrocede sin pretenderlo a aquel día aciago en el que nuestro destino cambió para siempre y me sumerjo en los recuerdos.

Me encuentro en las cocinas de la Casona. Siento el miedo reptando por mi espalda cuando grito pidiendo auxilio a la nada, antes de que alguien me golpee en la cabeza.

Una oscuridad densa y penetrante se cierne sobre mí, aunque se resquebraja al cabo de un tiempo.

Noto que alguien me transporta hacia otro lugar.

Oigo voces alarmadas, entrecortadas, pero demasiado lejanas como para que distinga a quién pertenecen.

Y después, el tacto de algo mullido que me empuja a intentar abrir los ojos.

A pesar del dolor que palpita en mi cabeza, lo consigo.

Soy consciente de que me encuentro recostada sobre un amplio sofá, de cara a los ventanales cubiertos por esas cortinas con rombos tan feas, de las que Mariana y yo nos hemos reído tantas veces.

Intento darme la vuelta, pero contengo un sollozo cuando alguien me sujeta para que no lo haga.

—Esther, no debes moverte o lo echarás todo a perder.

—Reconozco esa voz contundente, pero suave al mismo tiempo.

Es el médico de la familia, don Ismael. Debo estar grave si el patrón ha decidido ponerlo a mi disposición, así que me dejo hacer.

Noto las puntadas en mi nuca y me quejo, pero otra mano, mucho más conocida y reconfortante para mí, me acaricia la mejilla y me aparta el pelo de la frente—. Marcos, debes dejarme trabajar.

—Pero ella ha visto… Mariana…

—Déjame curarla. Después, hablaremos con tu padre y veremos qué hacer.

Los sonidos vuelven a escapárseme cuando don Ismael me inyecta algo en un brazo. Empiezo a adormecerme, pero antes recuerdo mi cometido.

Tengo que ayudar a Mariana. El médico tiene que acompañarme al lugar donde se encuentra. De lo contrario, es posible que muera.

—Mariana… —logro decir mientras me aferro a la mano que me está curando—. Por favor, ella…, ella lo necesita más que yo…

—Tranquila, preciosa. Mariana está a salvo.

Los párpados me pesan tanto que apenas consigo mantenerlos abiertos, pero todavía puedo ver el rostro apuesto de Marcos cerca del mío.

Puedo apreciar su mirada profunda, llena de preocupación, pero también de vehemencia, dirigida a mí, y esos labios contraídos por algo que intenta ocultar, pero que no me pasa desapercibido.

Cubre mi mejilla con su mano y deposita un beso en mi frente.

—Madre… —suplico—. Tiene que saber lo que…

—Y lo sabrá. Te lo prometo, Esther. Te prometo que nadie te hará daño, pero antes debes dormir y descansar. Cuando despiertes…, yo seguiré estando aquí.

Confío en él. Si me hubiera pedido que saltara por un precipicio en cuyo fondo él estaría esperándome, lo habría hecho sin dudar.

Asiento y dejo de luchar contra el sopor que me domina.

Me mezo en un sueño inquieto, a caballo entre este y la realidad, que me impide quedarme tranquila por completo.

Me resisto cuando noto que alguien me despoja de mi ropa y me viste con otra, cuyo aroma a melisa llena la parte de mi cerebro que todavía se resiste a sucumbir a la droga que, nuevamente, me inyectan en el brazo.

Esta vez ya no sé quién me coge en brazos y me transporta hasta la berlina.

Solo siento la angustia de una separación que no puedo evitar junto con un dolor casi insoportable en la base de mi nuca que vuelve a palpitarme.

Creo que digo algo, aunque ni siquiera me escucho.

Y la persona que me transporta suelta un gruñido de disgusto mientras me deja recostada en el asiento de la berlina.

Su traqueteo me produce un mareo intenso que se traduce en náuseas, que contengo.

Al parecer, los efectos del medicamento van diluyéndose para dejarme al menos abrir los ojos.

Cuando lo hago, ya no me encuentro en la berlina, sino en el departamento de un tren, frente al patrón.

El traqueteo constante consigue que mis náuseas reaparezcan.

Intento llamar su atención, puesto que permanece ensimismado, de cara a la ventana; pero, cuando me incorporo, las ganas de vomitar se vuelven incontenibles.

Lo hago sobre su regazo sin poder evitarlo, antes de, completamente agotada, volver a tumbarme.

—Lo… siento… —farfullo ya con los ojos cerrados.

—Maldita cría… Por suerte, para cuando despiertes estarás muy lejos de la Casona. En un lugar donde no puedas mancillar nuestro apellido…

Me esfuerzo en mantenerme despierta después de escuchar sus palabras y el disgusto que destilan, pero su figura empieza a difuminarse ante mis ojos cuando se levanta para limpiarse el vómito y desaparece por la puerta.

Una tristeza inmensa se adueña de mí, anulando cualquier otra clase de sufrimiento.

Sé, sin ningún género de dudas, que tardaré mucho tiempo en volver a ver a madre, a Mariana…

A Marcos. Quiero ir tras el patrón para convencerlo de que me lleve de vuelta a la Casona.

Necesito que me perdone por haberle vomitado encima.

Estoy dispuesta a jurar sobre la Biblia que jamás hablaré de lo que no quiera que hable, pero, de pronto, siento como si cada uno de los recuerdos que me empeño en atesorar se desprendieran de las paredes de mi memoria sin posibilidad de recuperarlos, mientras una oscuridad mucho más penetrante y densa que las anteriores se abate sobre mí para envolverme…

—¡Esther, mírame!

Es la orden tajante de Marcos la que me saca del fondo de mis peores pesadillas para regresar a la habitación donde nos hallamos los tres.

Aprecio esos ojos verdes casi fuera de sus órbitas, fijos en mí de un modo casi obsesivo.

Se debate con furia contra sus ataduras, con tanta fuerza que consigue mover la cama.

Gruñe como un animal herido, porque lo está.

Porque, en realidad, lucha contra sus propios abismos, los que siempre me ha dejado entrever y que ahora, al fin, he descubierto.

Siento una mezcla peligrosa de demasiadas emociones extremas. Amor, pena, odio, rabia, lástima… Pierdo la cuenta cuando su respiración agitada, a la espera de que yo dé el siguiente paso, me atrapa hasta el punto de ignorar deliberadamente la presencia de Mariana y su constante amenaza.

Me acerco a él poco a poco, como si yo fuera una marioneta y él tirase de los hilos en su dirección, hasta detenerme junto al cabecero de la cama. Siento a mi espalda el jadeo contenido de Mariana y comprendo su desazón. Cree que voy a liberarlo.

Nada más lejos de la realidad.

—Fuiste tú —afirmo cuando la capacidad de reacción me lo permite y todo mi ser vuelve poco a poco a la normalidad—.

Sabías lo que había hecho tu hermano y te callaste.

Sabías quién me había golpeado en la cabeza y te callaste.

Sabías lo que tu padre planeaba hacer conmigo y no solo te callaste, sino que estuviste de acuerdo, para luego erigirte ante mi madre como mi salvador, como el patrón generoso que le permitió acudir junto a mí escondida bajo una falsa identidad…

—De pronto, me quedo sin fuerzas. Siento la mano de Mariana posada en mi hombro, pero nada más.

No deseo irme ni quedarme. Tampoco gritarle ni abofetearle ni besarlo o ignorarlo y dejarlo a merced de la locura de mi hermana.

Después de mi último y más vívido recuerdo, me he quedado vacía de emociones—.

Podría decirte que eres despreciable, pero ni siquiera eso te mereces, Marcos.

—Escúchame, Esther, te lo ruego… —Su voz temblorosa va acompañada por las primeras lágrimas que le he visto derramar por mí, aunque algo en mi interior me dice que antes hubo otras, aunque yo no las apreciara.

Desiste en su lucha por liberarse y se queda inmóvil, con su mirada atrapando la mía a través de una súplica que no puedo obviar por mucho que quiera—.

En su día te dije que no era ningún santo, y lo reitero.

No voy a intentar evadir mis responsabilidades en lo sucedido.

Las tengo. Me merezco todo lo que quieras reprocharme.

»Incluso aceptaré tu odio eterno, pero antes, por Dios, escúchame y dame la posibilidad de explicártelo.

—La indignación se ha alojado en mi garganta provocándome una congestión tan fuerte que solo puedo asentir.

Temo que, si hablo, pierda el control y me convierta en un monstruo como el que ahora me presiona el hombro para que tome el camino contrario al que me propone Marcos—.

¿De verdad crees que, en otras circunstancias, habría estado de acuerdo con encubrir a Fernando?

»¡Nunca habría aceptado alejarte de la Casona!

¡De tu familia! ¡De mí! Siempre sentí un cariño muy especial por ti, que se tornó en amor.

Y de eso no debes dudar, Esther, nunca. Te amo y siempre te amaré, pase lo que pase aquí y ahora.

Pero en aquel momento se trataba de mi hermano enfermo.

De la supervivencia de la familia… Nunca sabrás lo que sufrí cuando mi padre propuso llevarte lejos para que Fernando estuviera momentáneamente a salvo, ya que Mariana se negaba a delatar a sus atacantes.

—Egoísta. Frío y egoísta…

—Egoísta, sí. Frío, nunca. Te ruego que intentes ponerte en mi lugar. Era mi familia. Su seguridad dependía de alejarte de mí. ¿Qué habrías hecho tú?