CAPÍTULO TREINTA Y OCHO #2
—No dejaste ningún rastro tras el que seguirte, ninguna pista.
Y no está en mi naturaleza dejarme morir, por mucho que durante un tiempo estuviera a punto de intentarlo, que no de conseguirlo.
—Parece orgullosa de sus últimas palabras cuando me sonríe—.
Cuando me quedé sola, busqué apoyo en la tía Amelia, pero solo encontré una copia del rechazo que le había brindado a madre desde que vivíamos en la Casona.
Así pues, solo me quedó una alternativa: sacar provecho de mi poder como hembra.
Fingí interés por Marcos cuando estuve en posición de poder hacerlo.
—Cuando él enviudó…
—El pequeño Simón se quedó sin madre. A través de él, me gané al que todavía es mi esposo, que no se te olvide.
—Sus ojos se vuelven huraños cuando los dirige a él—.
No creas que no quise a Simón, Marcos. Lo amaba como al hijo que nunca podré tener, gracias a tu hermano entre otros.
Pero cometió el peor error de su vida, y tuve que solventarlo yo si no quería que otros lo hicieran por mí.
—Os descubrió.
Me pongo en pie de un salto, boquiabierta ante la luz que de pronto penetra en mi cabeza para aclararla progresivamente.
Ahora comprendo el sentido de ese viaje iniciado en la sesión de hipnosis, de la mano de una niña tan desconocida como los dos adultos que cometieron el peor de los pecados, pero que de pronto comienzan a ser conocidos para mí.
No puedo creerlo, pero al mismo tiempo necesito confirmarlo.
Necesito oírlo de esa boca que se abre con sorpresa, para después volver a cerrarse.
Señalo a Marcos, procurando que la mano no me tiemble.
—Es el final de tu obra maestra, ¿verdad? El colofón de tu venganza, porque eso es lo que has querido desde el primer momento…
—Los años se me hicieron eternos hasta que conseguí convertirme en la señora de Marcos de Gondán.
Por un momento llegué a pensar que, si te enterabas de nuestro casamiento, regresarías, aunque solo fuera por celos.
Pero me equivoqué. Así que decidí que, si me unía al movimiento anarquista para destruir a esta familia, el impacto de la noticia te llegaría mucho antes que mi matrimonio.
Cuando escuché entre la gente del pueblo dónde se reunían, no me resultó difícil encontrar al cabecilla del grupo que, desde hacía un tiempo, saboteaba los cargamentos de la mina de don Fernando.
»De hecho, cuando él me reconoció, no solo me ofreció toda su confianza, sino también todo su apoyo.
Contaba con una tapadera perfecta a través de su respetada profesión, al igual que yo.
Oh, todavía disfruto al pensar en todos aquellos días en los que fingía ser tu amante esposa, Marcos, pensando en lo que en realidad era.
Pero no me miréis con tanto desprecio. Todos tenemos facetas oscuras de las que avergonzarnos.
Y, si yo soy culpable de esto último, el doctor Herrero no lo es menos.
Si yo caigo, él también ha de caer. No en vano llegué a ocupar un puesto destacado junto a él en la organización La Mano Negra.
Un silencio férreo se cierne sobre nosotros cuando pronuncia esas palabras.
Se me olvida incluso respirar. Mi mente se ha vuelto piedra, incapaz de pensar, de encontrar un sentido a todo lo que estoy escuchando.
Es una aberración que estoy a punto de negar cuando Mariana empieza a pasearse de un lado a otro delante de mí.
De pronto, esa extraña serenidad que parece haberla poseído se desvanece como por ensalmo, para pasar a conducirse como una fiera salvaje a punto de saltar sobre su presa.
—El doctor Herrero… —Recuerdo el relato de Marcos acerca de su intención de internar a mi hermana en un manicomio y la influencia del doctor para conseguir lo contrario—. Ahora lo entiendo… ¡Don Ismael no deseaba tenerte internada porque le eras mucho más útil en libertad!
—El doctor nunca me dio nada gratuitamente. Todo tuvo un precio —prosigue, ajena a la incredulidad que me domina—. El viejo verde no tuvo suficiente conmigo en su cama cuando se le antojaba, no. Sus gustos eran mucho más morbosos, más prohibidos a los ojos de Dios.
El corazón está a punto de detenerse en mi pecho.
—Los niños…
—Le gustaban las mujeres, pero también su propio sexo.
Y, si eran jovencitos, mejor que mejor. Así que, de pronto, tuve una revelación.
Recordé tu sueño con respecto a los hijos de los amigos de Marcos.
Pensé: ¿por qué no hacerlo realidad? De ese modo, llevaría a cabo mi venganza contra ellos, al mismo tiempo que propiciaba la desgracia en los de Gondán.
Marcos y su padre apenas se hablaban, y Fernando parecía cada vez más afectado por su enfermedad.
No necesitaría esmerarme demasiado para llevar a cabo la justicia que debí recibir cuando era solo una niña traviesa.
—Tenías pensado asesinarlos desde el principio.
Los obligaste a satisfacer los instintos del doctor prometiéndoles que vivirían, para después acabar con ellos de esa forma tan monstruosa.
—Mi mente sigue girando vertiginosamente, proporcionándome datos a los que enseguida les encuentro una utilidad—.
Dios mío, ellos me conocían. Sabían quién les ofrecía ayuda.
Incluso Esteban me la suplicó. Me llamó, a mí… «¡Señorita, ayúdeme!», dijo. Y yo…
—Tú eras el ojito derecho del güelu. Siempre hubo una conexión especial entre vosotros, y dudo que el pobre viejo sepa lo que su yerno me hizo.
Aunque, de haberlo sabido, quizá no hubiera hecho nada…
Siempre me miraba con suspicacia, con recelo, como si supiera lo que ocurriría.
De hecho, sé que llenaba la cabeza de los niños con noticias esperanzadoras acerca de ti.
Les aseguraba que una mujer con el mismo aspecto que yo acudiría en su ayuda una vez supo lo ocurrido.
Y lo supo. —Mariana sacude la cabeza con tanta indolencia que el estómago se me contrae—.
¡Andrés se lo contó! No me quedó más remedio que terminar con ellos y, de paso, cortar cualquier posibilidad de que tú pudieras sacar todo a la luz.
—¡Y te maldigo por ello! —Clavo los ojos en Marcos para recibir una mirada de auténtica angustia, que me hace deslizarme poco a poco hasta terminar sentada en el suelo, tan desmadejada como una muñeca de trapo rota.
Por un momento, me veo incapaz de asimilar el horror del que estoy siendo testigo—.
¡Fingiste tu propia muerte después de hacer pasar a Marcos un infierno!
—Y no me arrepiento. Tuve que esperar mucho tiempo hasta volver a ser útil a La Mano Negra, pero en cierto modo fue un acierto.
Cuando volví a aparecer, el güelu pensó que era mi espíritu reencarnado en el Patarico, que regresaba para llevarse a los niños.
Pobre viejo, su mente estaba extraviada después de la muerte de su nieto.
No así la de la tía Amelia. Me costó lo mío convencerla para que encendiera la mecha de los explosivos de la montaña Negra y al mismo tiempo lograr que guardara silencio acerca de mis apariciones.
—¿Nadie más te vio?
—Me ocupé de que así fuera. Tuve que amenazarla con terminar con madre y contigo, pero, afortunadamente, no me equivoqué con ella.
No era más que una cobarde que tomó el fruto del tejo a poco que la presioné.
Solo tuve que hacerle una visita que, por descontado, también quedó en secreto.
El garrote vil debió de parecerle una alternativa horrible en comparación con tragar unas cuantas hojas.
De lo contrario, me habría delatado, Esther.
Entonces, no hubiera podido culminar mi venganza, y tú y yo no nos hubiéramos encontrado nunca, porque no habrías conseguido recordar.
»¿No te das cuenta? Mis pistas, nuestra conexión a través de tus sueños…
¡Todo estaba predestinado a ocurrir! Muchos de nosotros pasamos la mayor parte de nuestras vidas intentando aniquilar aquello que los demás consideran inapropiado.
Intentando darle la espalda a las sensaciones dulces y llenas que producen.
Matar es algo inapropiado, desde luego. Pero llena tanto…
Sobre todo, cuando va acompañado de justicia.
—¡Tú no puedes impartir justicia! ¡Esos niños no eran culpables de nada!
—¿Has oído hablar del pecado original? Digamos que llevaban consigo un añadido. Sus padres eran culpables. ¡Ellos te separaron de nosotros para siempre! ¡De mí! ¡Ellos me hicieron esto, condenándome para siempre!
—¿También Simón?
Reúno fuerzas y me arrastro lejos de ella.
Necesito respirar aire puro, no viciado de la maldad que ella rezuma.
Necesito mantenerme limpia, con la mente despejada, libre de todas las emociones que colisionan en su interior, para empezar a pensar en escapar de ese despropósito.
Escucho el gemido de Marcos. Cuando lo miro, compruebo que está llorando, destrozado al escuchar el nombre de su hijo.
Recuerdo sus palabras acerca de la laguna.
«El lugar que alberga mis mejores recuerdos, pero también los peores».
Ambos relacionados con su familia. Con la locura de su hermano, con la de su esposa.
—¿Cuál fue su pecado, Mariana? —insisto—. ¿Qué pudo hacer un niño tan pequeño, que te adoraba, para merecer su final?
—Ver lo que ocurría en esta casa. El doctor necesitaba un lugar alejado para llevar a cabo sus aberraciones, y yo lo traje aquí.
Aquel día, los tres niños jugaban con Simón en la Casona.
Fue tan fácil… Solo tuve que engañarlos con golosinas para conseguir que entraran en el pasadizo, pero lo hicimos tan rápido que olvidé cerrar la puerta.
No sé cómo ocurrió. Supongo que Simón nos descubrió y nos siguió, pero el caso es que, con su curiosidad, cavó su tumba y yo vendí mi alma al diablo, Esther.
—Se abraza el torso y comienza a balancearse.
Un sonido machacón, parecido a un sollozo continuado, surge de su boca cuando me mira—.
Creí que yo moriría con él. No fingí mi pena ni el modo en el que mi mente intentó liberarse de ese acto infame, Marcos.
Realmente llegué a enloquecer, pero entonces supe que debía continuar aquello que había empezado y decidí morir a ojos de todos.
El resto, por lo que veo, es de tu conocimiento, aunque desconozco cómo.
—Don Fernando me hipnotizó. En un principio no le encontré sentido a las imágenes, pero tú acabas de dárselo.
—Ah, el viejo patrón, tan íntegro, tan recto, tan justo… —Parece totalmente repuesta cuando se acerca a Marcos y, sin dejar de apuntarlo con el arma, le quita la mordaza—. Curiosa manera de hacerte ver su participación en lo ocurrido.
—No la escuches, Esther. ¡No la escuches!
Es la desesperación en ese grito lo que me hace recapacitar. Algo dentro de mí comienza a agitarse, inquieto, cuando Mariana asiente.
—Sí, Esther, escúchame, porque de otra forma nunca terminarás de recordar.
Solo cuando estamos a punto de perderla, nos damos cuenta de hasta qué punto es dulce la vida, hermana.
Y yo tuve que renunciar a una parte de ella cuando te esfumaste para aceptar esa premisa.
—Toma aire, pone los ojos en blanco, inmersa una vez más en su locura, y luego me atraviesa con una mirada sorprendentemente lúcida y dura—.
Fernando te golpeó en la cabeza y su padre lo vio.
Cuando le pidió cuentas, este le confesó lo que había hecho conmigo.
¿Crees que el patrón tomó medidas? ¡No, claro que no!
Solo tapó el delito de su hijo con la complicidad de su otro hijo.
»Muchos días después de tu desaparición, escuché cómo él y Marcos hablaban acerca de un tren al que el patrón te había llevado para alejarte de lo que, sin duda, sería «un escándalo para ellos de dimensiones desconocidas, que los arruinaría durante generaciones y emponzoñaría su nombre», literalmente.
Jamás olvidaré las palabras, pero, si dudas, aquí tienes a uno de los interlocutores.
Adelante, querido. Ten la valentía de negar la verdad de lo que acabo de decir.
Intenta conservar el amor de mi hermana a base de mentiras para salvar tu honorabilidad.
Aparece ante ella como un santo mientras yo sigo en mi papel de guaxa .
Le tira del pelo hacia atrás hasta que puedo contemplar su cara al completo.
Y lo que veo en ella hace que los cimientos de mi fe se desmoronen a mis pies.