El umbral CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Esther

— M arcos es el último, como dijo Fernando. El tercero, como vaticinó el güelu.

—Ese viejo ridículo… Tenía que haber acabado con él cuando tuve ocasión, aquella mañana en la que casi me descubres hablando con él, después de visitar a la tía Amelia, ¿lo recuerdas?

—La capa te envolvía de tal modo que pensé que eras un hombre, aunque algo en mí me dijo que te conocía. Pensé que eras Marcos.

—Estuve a punto de matar al viejo y hacer que pareciera un accidente.

Afortunadamente, no lo hice. De lo contario, me habrías descubierto mucho antes.

Los dos —remarca señalando a Marcos con la pistola—.

Un arma práctica, pero ruidosa. Por eso utilicé la daga, Marcos.

Para lo que me he propuesto a lo largo de estos años es mucho más práctica.

Esther, quiero que sepas que todo lo hice por nosotras. Porque en el fondo somos iguales.

—No, Mariana. No soy como tú.

—Si quieres seguir pensando eso, adelante —añade con un encogimiento de hombros—. Pero vas a escuchar mi relato. Y, cuando termine, seguramente estarás de mi lado.

—¿Y si no es así?

—Entonces, esto decidirá por mí —concluye sacudiendo la pistola, antes de que su gesto se torne triste y ausente—.

¿Sabes? Resulta extraño observar la gran fuerza que hay en la indiferencia.

Puede conseguir un montón de emociones que, juntas, resultan invencibles, hermana.

Desde luego, ni tú ni Marcos me habéis hecho objeto de vuestra indiferencia de un modo consciente, puesto que desconocíais mi existencia, pero el resultado ha sido el mismo: nosotros tres, aquí, juntos al fin, para vernos las caras sin artificios y el alma sin ningún tapujo.

De esa forma, podrás atisbar una pequeña parte de la ponzoña que anida en el corazón del hombre del que crees estar enamorada.

—Ahora solo me interesa ver la tuya.

—Oh, sí que has cambiado. No te conocía esa firmeza ni ese temple. Aunque, claro, hemos permanecido separadas demasiado tiempo. El olvido ha abierto una brecha que espero poder cerrar. Ven, siéntate conmigo, por favor.

Palmea su lado de la cama con tanta familiaridad que hago lo que me pide.

Parece irracional, absurdo, pero algo dentro de mí me grita que le dé una oportunidad.

Que el monstruo en el que se ha convertido es el resultado de muchas injusticias grabadas en cada uno de sus rasgos cuando me mira.

Que hemos logrado encontrarnos después de tanto tiempo, a través de unos sueños que no eran sino el reflejo de actos abominables, con un fin que debo descubrir.

—Quiero recuperarte. Eres mi hermana —casi suplico siguiendo los dictados de un corazón que se siente solo en su mitad, ahora que la he recordado.

Ella toma una de mis manos con la que tiene libre y asiente.

—Demasiadas personas han estado empeñadas en separarnos, pero, como puedes ver, no lo han conseguido. Ni lo conseguirán, por mucho que intenten interferir en nuestros lazos, Esther. —Mira de reojo a Marcos antes de prestarme de nuevo toda su atención.

—¿Por qué lo hicieron? No consigo comprenderlo.

—Después de descubrir que habían sido objeto de una de nuestras bromas, el asunto se hizo tan público que también fueron objeto de burlas por parte de sus amigos.

Incluidos los señoritos —añade con una voz inflexible y llena de una dureza forjada a través del tiempo y las penalidades—.

Eso debió suponer para ellos tanta humillación que decidieron hacérmelo pagar.

¿Recuerdas aquel día, Esther? Nos bañábamos en la laguna y yo oí ruidos.

Los vi. No a todos, pues se estaban escondiendo.

También ignoraba el motivo que los había llevado a espiarnos, pero algo me dijo que no tramaban nada bueno, así que lo único que se me ocurrió fue correr hacia aquí.

»Un día, cuando don Fernando dormía, le robé la llave que abría la puerta contigua a la despensa y descubrí esta casa recorriendo el pasadizo.

Pensé que no nos seguirían, pero me equivoqué.

Aunque me alegro de permitir que tú te escondieras.

De otro modo, también habrían abusado de ti.

Nunca fueron capaces de distinguirnos. Solo Fernando lo hacía en ocasiones.

Y aquella fue una de ellas. Fue el primero en forzarme, afirmando que habían atrapado a la hermana acertada.

—Su mentón tiembla por el llanto contenido.

Fija la mirada en la puerta, aunque sé que en realidad ni siquiera la ve.

Respira hondo y, cuando se repone, prosigue—: Mientras me sometía como si fuera una mujer en lugar de una niña indefensa, Cosme miraba sin hacer nada para impedirlo.

»A continuación, fue el turno de Beltrán, que no solo me forzó, sino que también me toqueteó sin descanso, entre risas, ignorando mis gritos, mis súplicas…

Estaban de acuerdo en cuanto a darme un escarmiento por mi atrevimiento.

No dejaban de repetir que una mocosa como yo no podía reírse de ellos como lo había hecho, que así sabría cuál era mi lugar.

«Solo es una putilla. Es mejor que sepa cuanto antes para qué servirá».

¡Todavía escucho sus mofas mientras se movían sobre mí y me destrozaban!

—grita tapándose el oído con su mano libre y sacudiendo la cabeza.

Hasta en esta situación, su sufrimiento es tan patente para mí que estoy a punto de abrazarla para aliviarlo—.

Todavía recuerdo el hedor a alcohol que despedían, el sonido repugnante de sus respiraciones agitadas mientras llevaban a cabo su venganza.

Solo Gaspar pareció sensible a la aberración que estaban cometiendo, pero, en lugar de detener a sus amigos, huyó. ¡Salió corriendo por el pasadizo!

—Los ojos de Andrés, las manos de Pelayo…

—¡Y los pies de Esteban, si no me hubierais descubierto!

—A estas alturas las lágrimas empapan su cara, contraída por un dolor arraigado que jamás la abandonará—.

Ocho años, Esther. Sus hijos tenían la misma edad que yo cuando me arruinaron la vida para siempre.

Merecían pasar por una pequeña parte de lo que yo pasé.

Merecían una venganza llena de mensajes que les hicieran comprender, pero creo que ninguno me ha relacionado con las muertes de los niños.

Unas muertes que debían tener lugar en las tierras de los de Gondán, porque el mayor de los hermanos me deshonró para siempre.

Porque todavía permanece en la Casona, al cuidado de mi esposo, mientras yo pasé por un infierno, acrecentado por tu ausencia.

—¡Debiste denunciarlos!

Ella lanza una risa áspera, llena de incredulidad.

—Puede que Cosme, Beltrán y Gaspar hubieran pagado, pero ¿qué crees que habría pasado con Fernando, el hijo del patrón?

—Está enfermo, Mariana. Es posible que entonces ya lo estuviera.

—Un detalle insignificante para alguien tan poderoso como su padre.

Lo sabes tan bien como yo. Madre estaba destrozada por lo ocurrido y por tu desaparición.

Una vez que empecé a recuperarme, no dejaron de interrogarme acerca de la identidad de mis agresores y de ti, pero me mordí la lengua hasta que sangró y me aferré a la Casona como única manera de sobrevivir.

De otra forma, sin ti, habríamos terminado en la calle.

Y yo necesitaba encontrarte. Sabía que estabas viva.

Sacudo la cabeza, incrédula, cuando ella hace una pausa. No puedo creer que realmente haya convivido bajo el mismo techo que uno de sus violadores, arriesgándose a que el hecho se repitiera, solo porque yo desaparecí.

—No sé qué ocurrió. Solo recuerdo recorrer el pasadizo en busca de ayuda y que recibí un golpe en la cabeza. Después, todo es oscuridad hasta que retomo mi vida en el orfanato.

—Y tus sueños premonitorios, y tu adopción por una familia muy alejada de todo lo que para nosotras representó tanto.

—En esta ocasión, se gira hacia Marcos—.

Desde la vuelta de Esther, os he sometido a una vigilancia tan estrecha como discreta.

Sé todo lo que ocurrió. ¡Si supierais los dos cuánto odié a madre por abandonarme entonces!

Nadie me explicó por qué se iba. Solo se marchó, sin más.

—Contiene un nuevo sollozo y endereza los hombros cuando me mira—.

Pero uno puede acostumbrarse a todo… Incluso al miedo.

»Por eso, aprendí a vivir con él, a transformarlo en mi principal instrumento de venganza.

Incluso lo utilicé para acercarme a ti cuando don Fernando me habló de la conexión entre gemelos.

Un camino que siempre califiqué de charlatanería hasta que, justo antes de acabar con Andrés, supe que había encontrado el modo de atraerte a mí.

—Retrocedo horrorizada al recordar lo que le hizo, pero ella solo sonríe, cada vez más serena, como si soltar todo lo que la ha condicionado a lo largo de los años blanqueara sus pecados—.

Estaba tan desesperada, tan perdida, que probé a acercarme a ti a través de algo mucho más indestructible que los lazos del cuerpo: los de la mente.

—No pretenderás que crea que…

—Ya lo crees, Esther. Lo llevas creyendo desde que eras una niña y los sueños premonitorios te acosaron hasta el punto de expresarlos en voz alta sin temor a las consecuencias.

Pero lo que hasta ese momento carecía de valor para mí si no podía compartirlo contigo ascendió varios peldaños en mi lista de prioridades.

—¿A qué te refieres?