El umbral CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Esther

— E sther, ven a mí…

Sé que estoy empapada porque, cuando intento incorporarme, noto la ropa pegada a mi cuerpo como si acabara de salir de la laguna. Pero no he salido de la laguna, sino de una inconsciencia que me ha permitido ver con total claridad dónde se encuentra Marcos. Con quién.

La sensación viscosa que me ha producido escuchar su voz al fin todavía está impregnando mi piel como si fuera una repugnante sanguijuela.

—Oh, Dios mío, Dios mío…

Ya no estoy en la prisión, sino en mi cama. Lucía y Matilde me observan con ansiedad mientras el doctor Herrero me examina con atención.

—Menudo susto nos ha dado a todos, jovencita —afirma—. El pobre Bernardo voló con su berlina para traerla aquí y avisarme casi al mismo tiempo. ¿Cómo se encuentra?

Débil, pero dispuesta a recorrer el mundo en busca de Marcos antes de pararme a pensar en lo que está ocurriendo, aunque no puedo decírselo.

En este momento, unos golpes repetidos y fuertes preceden a unos gritos desaforados en la alcoba de la claraboya.

Todos miramos hacia arriba como si de un momento a otro Fernando, el autor de dicho desbarajuste, fuera a precipitarse sobre nuestras cabezas.

Permanecemos en silencio mientras sus gritos, agónicos y casi desesperados, nos hielan la sangre con un solo nombre que se repite hasta la saciedad:

—Mariana, Mariana… ¡Perdóname! ¡No quise hacerlo!

Me pongo en pie y me aferro a Matilde.

—Debo ir en busca de Marcos. ¡Sé dónde encontrarlo, y me necesita! —exclamo.

—Pero no puedes hacerlo sola.

—Ven a mí…

La voz se repite en mi cabeza, como tantas otras veces, solo que en esta ocasión sé a quién pertenece. Y no me produce miedo, sino una ansiedad que necesito erradicar de raíz.

—Doctor, ese hombre está padeciendo un infierno y corremos el riesgo de que nos lo haga padecer a los demás. Debería suministrarle su medicación con la ayuda de Bernardo, si es necesario.

—Pero Lucía se encargaba…

—Lucía dejará de encargarse de ahora en adelante. Matilde, avisa al sargento Postigo para que venga aquí cuanto antes, con todos sus hombres.

—No puedo, Esther. No puedo perderte ahora que por fin nos hemos encontrado. ¡Iré contigo!

Hace ademán de bajar las escaleras delante de mí, pero la detengo y sacudo la cabeza.

¿Cómo explicarle que es su otra hija quien me está llamando?

¿Que es muy probable que Mariana sea la autora de esos crímenes atroces, producto de su necesidad enfermiza de venganza, proyectada en los hijos de aquellos que le hicieron tanto daño?

De ninguna manera, me respondo. No tengo corazón para destrozarle el suyo.

—Me espera. Si no lo hago de este modo, la vida de Marcos corre peligro. Por favor, compréndelo.

Aguardo conteniendo la respiración hasta que la veo asentir a regañadientes y me precipito escaleras abajo hacia la puerta que sé que debo cruzar para emprender el camino.

Sin embargo, está cerrada, y no tengo la llave.

—Maldita sea…

Dejo el quinqué encendido y empiezo a golpearla con todo lo que encuentro a mano. Lo hago incluso con los puños, cada vez más furiosa e impotente, hasta que siento una mano firme en torno a mi brazo que me aparta.

—Déjeme a mí, señorita.

Armado con un hacha, Bernardo la emprende contra la puerta hasta hacerla añicos. Después, se hace a un lado para que pueda ver a Matilde y a Lucía. Las dos contienen las lágrimas y las ansias de forzarme a aceptar su compañía.

—¡Espera al sargento, te lo ruego! ¡No te aventures por este lugar! —exclama Matilde.

Yo tomo sus manos con las mías. Están frías, temblorosas, húmedas por el temor de volver a perderme cuando apenas acaba de encontrarme.

—Ya me he aventurado por él antes. Sé a dónde conduce, no me perderé. Esperadme aquí, por favor. —Después, señalo hacia la claraboya—. Ese hombre ha sufrido un infierno, Lucía. Debes perdonarlo.

—Ya lo he hecho, señorita… Ya lo he hecho.

Una nueva sucesión de golpes parece destinada a despedirme, como si Fernando me hubiera escuchado, pero los ignoro. Lo último que veo antes de adentrarme en el pasadizo son las miradas llenas de esperanza, anhelo y temor de mi familia.

Son ellas las que me acompañan en mis primeros pasos y me llenan de dudas.

A lo mejor debería hacer caso a Matilde y esperar al sargento.

A lo mejor Marcos tendría más posibilidades si yo me quedara en la Casona.

Mi mente sigue dominada por una voz que me dice que estoy haciendo lo correcto, pese a que mi cuerpo la contradice, así que tengo que conseguir controlarme.

Enfoco con el quinqué cada centímetro del agujero oscuro. El brillo de la humedad en las paredes parece resplandecer y ni siquiera puedo percibir el suelo que piso. Es como caminar por el interior de una nube, porque parece que la niebla ha conseguido colarse por alguna rendija para alcanzarme.

En cuanto llego al otro extremo del pasadizo abro una especie de trampilla, que me deja en mitad del claro donde se encuentra la vieja casa.

Me detengo a observarla, ya que la niebla ha levantado para dar lugar a un viento frío que me azota el rostro con virulencia.

Aguzo el oído cuando me parece escuchar un conjunto de crujidos espeluznantes que me dejan paralizada.

El sonido puede parecer algo casual, derivado de la estructura en la que me hallo.

Las casas crujen, chirrían, pero en esta ocasión es diferente.

Percibo otra presencia además de la mía conforme avanzo.

La siento de un modo diferente a la presión del aire turbulento que me ha vapuleado fuera al mismo tiempo que silbaba funestas advertencias en mis oídos.

Es algo parecido a la marea invisible de un mar helado que todavía me recorre el cuerpo.

Gobierna mis actos, incentiva mis instintos hasta el punto de obligarme a penetrar en la primera estancia que veo.

—Pero ¿qué…?

Mi corazón se acelera tanto que me pincha en el pecho. Me cuesta trabajo respirar.

Siento que lo que me rodea no es real. Que estoy en medio de otro de mis sueños premonitorios al que debo encontrar el sentido.

Solo es cuestión de tiempo, me digo. Si cierro los ojos con fuerza, todo volverá a su ser.

Marcos estará en su cuarto y yo, en el mío después de haber compartido su cama.

Haremos planes de futuro lejos de aquí, de todo el horror que nos ha perseguido…

El tiempo se detiene y el mundo pende inmóvil, como el péndulo de un reloj de pared estropeado.

Se me hiela la sangre de terror, me pongo a temblar violentamente y los dientes me castañetean.

Lo que tengo ante mí supera la peor pesadilla.

No consigo aceptarlo, asimilarlo. Me niego a creerlo, pero la realidad es contundente.

Estoy ante la monstruosidad más grande que podré contemplar en mi vida.

Tengo delante de mí todas las partes que les fueron arrancadas a los niños. Los ojos, la lengua, las manos.

Me encuentro en la guarida del monstruo, en la cueva del Patarico.

Me giro un par de veces para asegurarme de que sigo sola, porque una sensación extraña y escalofriante en mi cicatriz me advierte de que, de ser así, la soledad me durará bien poco.

Y, cuando empiezo a concentrarme en el único sonido de mi respiración agitada por el miedo, escucho la nana, cantada por la voz que más anhelé escuchar durante años, aunque no lo supiera, y que ahora más temo oír:

—Duérmete, fíu del alma que velo’l to sueñu, palombina de blancu que non tien aleru…

Sigo el sonido hasta encontrarme en la habitación que vi en la sesión de hipnosis. Casi espero ver de nuevo a los niños sodomizados por un monstruo al que acompaña una mujer.

Mariana.

Su nombre resuena en mi cabeza al mismo tiempo que reconozco a la persona que se debate con furia sobre la cama, atado de pies y manos. Sus gritos amortiguados por la mordaza siguen advirtiéndome una y otra vez, al mismo tiempo que su mirada de alarma.

—Marcos… —musito, y sin pensar me precipito hacia él—. Oh, Marcos, estás bien…

Después de lo que he dejado atrás, estoy a punto de pensar que el corazón no puede latirme más deprisa ni golpear con tanta fuerza mi pecho como está haciéndolo ahora mismo, pero, cuando veo la expresión emocionada de Marcos, se me acelera aún más.

Cada latido es tan poderoso que me retumba en el pecho con un dolor sordo casi insoportable.

Hasta que noto que se ha quedado inmóvil. Su cuerpo permanece rígido, frío de miedo, antes de volver a tirar de sus ataduras con la furia de un animal salvaje.

Me vuelvo para buscar la causa de su agitación, y la veo.

Una mano de dedos finos deja la cajita de música en el suelo antes de incorporarse.

Es la silueta oscura de una mujer, refugiada en el juego de luces y sombras que forman mi quinqué y la iluminación adicional de la habitación.

No distingo nada más, pero la conozco. Todo en mí lo proclama, reacciona ante ella como si fuera el miembro que siempre me ha faltado para sentirme completa, obviando la naturaleza retorcida de su alma.

Me pongo en pie al mismo tiempo que avanza hacia mí.

Su pelo, idéntico al mío, aparece recogido en un peinado mucho más informal, al igual que su vestido.

Parece que la vida no la ha tratado bien a juzgar por lo humilde del tejido, pero su aspecto es saludable.

De mejillas sonrosadas, ojos verdes brillantes y un sello de oro en el dedo que me arranca un escalofrío cuando lo veo.

Las iniciales MG.

Mariana Guzmán.

Estoy ante el monstruo que ha atormentado mis sueños y alimentado mis pesadillas. Siento algo maligno que nos envuelve, pero no entiendo qué me pasa. Todos mis instintos me ordenan escapar… Pero ¿de qué? ¿De esa sombra femenina que se resiste a mostrarse por completo?

No. Debo apartarme de una imagen igual a mí, pero con un índice de maldad mucho más perfeccionado que se refleja en su rostro, en el rictus de su boca y en su mirada.

Somos como dos gotas de agua, pero radicalmente opuestas.

Como si estuviera contemplando mi lado más oscuro.

Cuando ella sonríe, nos olvidamos de todo lo ocurrido, de dónde nos hallamos, de quién está detrás de mí, gritándome algo que no consigo entender.

El tiempo corre hacia atrás para las dos.

Somos las niñas inseparables que se complementaban a la perfección, que se intercambiaban para hacer bromas a nuestros mayores, que jugaban a la gallinita ciega hasta caer rendidas, que nadaban en la laguna sin ninguna preocupación…

—Mariana —murmuro con un extraño pálpito de alegría en mi pecho que me lleva a alargar una mano para tocar su cara.

No he notado los estragos de su ausencia hasta que no la he recordado; ahora, solo puedo sentirme contenta de haberla recuperado.

A ella. A mi hermana—. Eres real, no un producto de mi imaginación o de mis sueños. Eres tan…

—¿Diferente de ti? —El tono contundente de su voz me devuelve a la realidad.

Con un respingo, retiro los dedos y parpadeo para volver a ser consciente de dónde y con quién me encuentro: una desconocida, una fría asesina cuya mirada no transmite más que odio contra el mundo entero.

Ahora me doy cuenta de que empuña un arma, que mueve con despreocupación conforme sigue hablando—.

Sí, hermanita, somos como el agua y el vino.

Siempre lo hemos sido, pero eso nunca nos impidió querernos, ¿verdad?

—Nos lo impide ahora. —Me sorprendo de la rapidez con la que me he recuperado y sostengo la conversación basada en el horrible presente, no en el pasado—. No te conozco, Mariana.

—Lógico, por otra parte. Hemos pasado separadas más tiempo que juntas.

—Y te has convertido en una asesina. ¿Por qué?

—Porque éramos felices, Esther. Y un puñado de indeseables nos arrebató la felicidad en un momento.

Porque no podía consentir que quedaran impunes, y así hubiera sucedido de haberlos delatado.

Porque a partir de ese día quedé marcada, sin posibilidad de concebir.

Porque me volví loca cuando desapareciste sin dejar rastro, pensando que te habías ido por mi causa.

Y porque ahora, después de tantos años, he logrado cumplir mi venganza y el sueño que desencadenó todo hasta presentarte al mayor de los culpables: mi esposo, tu amante.

Sus ojos relucen con un frío fulgor verde cuando los dirige al hombre que ha dejado de forcejear para mirarme con una mezcla de arrepentimiento y miedo que me hace temblar.

Está reconociendo la verdad en las palabras de mi hermana.

Cuando ella vuelve a prestarme atención, comprendo que mi siguiente pesadilla acaba de empezar.