El umbral CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

Marcos

M arcos sabe lo que va a ocurrir.

Es cuestión de tiempo que su padre se entere de lo ocurrido. Por eso, no se sorprende cuando el guardia que custodia la prisión lo deja libre de mala gana.

—El padre de usted tiene influencias, ya lo creo —rezonga—. Menos mal que mi sargento es un hombre íntegro que no se aviene a ese tipo de razones tan fácilmente, y que el joven Esteban al fin ha abierto los ojos para eximirlo a usted de toda culpa, que si no…

Deja la frase en suspenso y lo acompaña a la salida de la prisión. A pesar de que la niebla sigue cubriéndolo todo, la luz del día le da de lleno en los ojos.

—Allí tiene a la única persona que ha venido a por usted —continúa el guardia—. Tengo que reconocer que es una mujer muy virtuosa. Dijo que prefería esperarlo allí una vez supo que iba a ser puesto en libertad.

Marcos achica los ojos cuando distingue la figura de la mujer, hasta que una sonrisa de oreja a oreja le ilumina la cara y aparta de él los pensamientos funestos que lo llenan de cólera al pensar que, por culpa de su padre, su treta para atraer al asesino no ha funcionado.

Conoce aquellas curvas, el color del pelo que sobresale bajo el sombrero, la delicadeza de los dedos cubiertos por un par de guantes e incluso el color de los ojos que comienza a apreciar conforme se va acercando a él, titubeante, como si temiera ser rechazada, cuando es la persona que más necesita ver en estos momentos.

—¡Esther! —exclama, eufórico.

—Insistí en que se quedara aquí, dado el mal tiempo, pero ella se negó, así que supongo que tendrá que ir hacia allí para reunirse con ella.

—Muy perspicaz —replica, fastidiado por su insolencia—. Agradézcale a su sargento la deferencia para conmigo de mi parte, si no le importa. Espero tardar en verlo personalmente para hacerlo yo.

Sale de la prisión con fuerzas renovadas y la mente despejada, a pesar del todo el tiempo que ha permanecido encerrado.

Esteban se recupera; el asesino, conocido por él o no, campa a sus anchas, pero ya ideará algo para hacerlo caer en una trampa en la que, está seguro, él tendrá que ser el cebo.

Avanza hacia Esther cuando comprueba que ella no solo no lo espera, sino que corre en la dirección contraria.

—¡Esther! ¡Espera! ¿A dónde vas?

Es inútil. Parece empeñada en alejarse de él, así que no le queda otro remedio que perseguirla para averiguar el porqué de esa carrera tan absurda.

Cuando ambos salen del pueblo, sabe que no seguirá el sendero que conduce a la Casona, sino un repecho lleno de piedras, donde tropieza un par de veces.

Se detiene y vuelve a gritarle, pero tiene que retomar su carrera si no quiere perderla de vista, a través de una vegetación cada vez más incómoda y tupida, hasta que de pronto esta desaparece para dar paso a un pequeño claro situado en la falda de una montaña que él conoce de sobra, al igual que ella.

Se halla inmóvil junto a la puerta ennegrecida de una casa que ha tratado de olvidar.

—Escúchame, por favor —dice alzando una mano en su dirección—. Esther, no fui yo…

—Ni yo soy Esther, estúpido.

Esa voz cortante, afilada y algo ronca impropia de una mujer hace que la sangre se le vuelva un río helado y que su mente se retrotraiga varios años atrás.

—No puede ser…

Una risa estridente le responde antes de que ella desaparezca dentro de la casa.

Marcos apenas tiene tiempo de asimilar lo que sus ojos le dicen, lo que su mente le grita contra toda lógica. Necesita saber si es cierto, y solo puede hacerlo de una manera.

Se precipita tras ella y se adentra en una repentina oscuridad que lo hace detenerse hasta que sus ojos se acostumbran a la misma. Reconoce las paredes desconchadas por el tiempo y la humedad; el hedor a cerrado lo golpea en el pecho como si en realidad oliera a muerte, a culpabilidad.

La de su hermano, la de su padre, la suya.

Algo que creía ya olvidado y superado regresa con fuerza.

Conforme avanza por el pequeño pasillo con pasos medidos y todos sus sentidos alerta, preparado para cualquier cosa, las imágenes del pasado se hacen más nítidas y los sonidos regresan.

El llanto desgarrador se mezcla con las voces graves que alertan de consecuencias que lo marcarán y condicionarán el resto de su vida.

El aire parece hacerse más espeso cuando controla el temblor de su mano y sujeta el picaporte que abre la primera puerta.

Marcos sabe que aquella habitación, tan pequeña que apenas podría albergar a otra persona aparte de él, no es el cuarto donde todo ocurrió, pero necesita un resquicio de luz para poder detener los alocados latidos de su corazón y pensar con frialdad.

Avanza por aquella estrechez, con una de sus dos paredes cubiertas por unas estanterías casi interminables que albergan antiguallas de todo tipo y sin ninguna utilidad.

Así, entre quintales de polvo, distingue hojas sueltas desparramadas, velas consumidas, trozos de tela cuya procedencia prefiere no averiguar…

Y tarros de cristal.

Un estante repleto de ellos, aunque solo unos pocos llevan una etiqueta y parecen contener algo.

Llevado por la curiosidad, Marcos coge uno de ellos y lee: «Ya no verás más, Cosme».

—Señor de los cielos…

Pero no son los ojos de Cosme los que aparecen sumergidos en aquel líquido repugnante, sino los de Andrés.

Acaba de penetrar en la guarida del asesino.

Controla las náuseas que le suben a la garganta y deja el frasco para coger el siguiente, más grande, que alberga las manos de Pelayo, con una nota muy parecida rodeando el cristal: «Ya no tocarás más, Beltrán».

El sudor le empapa la espalda y la visión se le nubla. Se traga un gemido de dolor y lo deja en su sitio, sin atreverse a pensar lo que contendrá el siguiente. Tiene las manos humedecidas cuando consigue sostenerlo y lee lo que reza: «Ya no hablarás más, Simón».

—Maldición… ¡Maldición, maldición!

Se apoya en las estanterías cuando distingue la forma de un pequeña lengua, y trastabilla hasta salir de allí para escapar del inesperado dolor que le hace sangrar por dentro hasta casi morir.

Una ira como nunca antes ha conocido lo hace desplazarse hacia donde sabe que la encontrará, pero avanza con la imagen de esos tarros clavada en su retina.

Es imposible. Cada vez que piensa que solo un loco podría conservar esas partes, recuerda que uno de esos macabros trofeos es la lengua de Simón.

De su Simón.

Se detiene y llora en silencio. Se abraza y da salida a todo lo que le oprime el pecho y el alma.

Desea salir de allí para dejar de respirar ese aire emponzoñado con los actos viles de un monstruo.

Necesita purificarse, alejarse del mal hacia el que se dirige.

No quiere seguir con aquello, pero es imprescindible que sigua.

La vida de la persona que ha llenado sus días durante los últimos once años depende de ello.

Jamás se ha sentido ni la mitad de asustado que en ese momento, con un nudo en el estómago tan fuerte que duele, y un regusto amargo a bilis en la garganta, sin escuchar otro ruido en el mundo más que el martilleo feroz de su corazón acelerado.

Su mente le advierte de los peligros que va a encontrarse; su cuerpo reacciona al unísono, pero no es solo su vida lo que está en juego, sino otra que considera más importante que la suya: la de la mujer en la que reside todo su pasado y su futuro, la depositaria de sus más profundas esperanzas y de un amor casi enfermizo que nunca ha disminuido.

Se refugia en él cuando abre la siguiente puerta y se la encuentra de frente. Hermosa, llena de orgullo, empuñando una pistola como una loba defendiendo su territorio. Mirándolo con tanta crueldad que lo hace salir de su ensoñación.

Esa no es Esther, sino la reencarnación de Lucifer portando en su dedo el sello de oro que él le regaló cuando se casaron.

—Mariana…

Ella le sonríe con una aprobación desquiciante y se acerca a él, de modo que puede ver con mayor claridad la cama que preside la estancia a espaldas de ella. Cuando retrocede hacia la puerta, aprecia las cortinas con los rombos que describió Esther en su sesión de hipnosis.

Allí abusaron de los niños muertos. Un hombre, acompañado de una mujer.

En ese momento, cuando sus ojos regresan a los de su todavía esposa, sabe con total seguridad que ella está implicada. Por eso Esther ha experimentado unas sensaciones tan fuertes, tan vívidas. Falta por saber quién ha perpetrado semejante monstruosidad.

—No voy a consentir que te escapes —la oye decir mientras cierra la puerta a su espalda.

—No pensaba hacerlo. Al menos, hasta haber averiguado ciertas cosas.

—Marcos traga saliva sin dejar de mirar el cañón del arma que lo apunta—.

¿Fuiste tú quien trajo a los niños aquí para que abusaran de ellos?

¿Quién lo hizo? ¿Entraste a la Casona por aquí el día que dejaste en mi despacho la daga y la nota?

—Oh, qué curioso te has vuelto con los años —canturrea ella moviéndose delante de él de un lado a otro hasta ponerlo nervioso—.

Todo a su debido tiempo, querido esposo.

Aunque debes reconocer que el asunto de la daga y la gallinita ciega fue perfecto.

Conseguí que las sospechas de Esther con respecto a ti aumentaran aún más de lo que ya lo habían hecho con las iniciales de este sello.

Las mismas que las del tuyo. ¿No es maravilloso?

Parece tan inmersa en su extraño festejo que no ve el gesto de repugnancia de Marcos.

—Es lamentable —le responde con todo su coraje ya recuperado—. Sobre todo, si pensamos que, hasta ahora mismo, todo el mundo te creía muerta.

—Fue tan sencillo… Solo tuve que maniatar a una de las muchas criadas que pululaban por la Casona, vestirla con uno de mis vestidos y quemarla viva.

Lo cierto es que lo sentí por ella; era muy eficiente, aunque demasiado casquivana.

Tenía sus escarceos con Fernando cuando este evitaba la medicación. ¿No lo sabías?

Marcos se muerde la lengua al recordar que su hermano ha hecho eso mismo con Lucía. Lo cual lo lleva a pensar en otra mujer.

—Esther —musita ensimismado—. Fernando la confundió contigo cuando la acusó de convencerlo para que intentara hacer daño a Simón. Oh, Dios… ¿Es cierto? ¿Tú lo convenciste de que debía deshacerse de mi hijo cuando era un bebé indefenso? ¿Tuviste algo que ver con su muerte?

Ve que vacila con un destello de dolor minando el frío odio que hay en sus ojos, pero se recupera mucho antes que él.

—Eres mi última pista. La última miguita de pan que traerá conmigo a la persona que realmente quiero tener —continúa al cabo de un rato, con una voz mucho más pausada y escalofriante—.

Sabiendo la devoción que ella sentía de niña hacia ti, decidí aceptar tu proposición de matrimonio, esperando que se enterara, que regresara aunque solo fuera para despellejarme viva.

Pero ocurrió lo inesperado. Ella me ha sentido, igual que la he sentido yo.

A través de sus sueños premonitorios, pero también en sus recuerdos.

—En qué te has convertido… El demonio parece habitar dentro de ti, Mariana.

—El deleite del diablo son los secretos tácitos, especialmente los que se enconan en el alma, Marcos. Te aseguro que tengo una lista interminable de ellos.

—Simón… Nuestro Simón… —murmura, roto por dentro.

—Fue algo inevitable. ¡Nadie me habría impedido vengarme de quien me destrozó la vida!

—Su cara se distorsiona de una manera casi grotesca por la furia.

Sin titubear, lo empuja sobre la cama que preside la estancia—.

¡Y habría terminado mi obra si no hubierais irrumpido en la capilla para salvar a Esteban!

¿Adivinas qué parte le habría cortado? ¡Los pies!

Los habría guardado en un frasco más grande, con una nota que rezara: «Para que no puedas huir».

¡Oh, sería magnífico! ¿Te lo imaginas? ¡Simulando la crucifixión de Cristo, mucho más contundente que cualquier nota bíblica!

Lanza su mirada perdida al otro extremo de la estancia.

Marcos se incorpora, pero Mariana lo golpea con la culata de la pistola.

Cae de nuevo sobre la cama como un fardo pesado, pero no pierde la consciencia.

Su mente herida solo es capaz de pensar en lo que debió de sufrir en aquel lugar a manos de Cosme, Gaspar y Beltrán.

Ahora que ya conoce sus identidades y el aturdimiento del golpe parece irse, parpadea y alza la cabeza.

A continuación, vuelve a cerrar los ojos ante el dolor que se extiende palpitante desde la parte de atrás del cráneo hasta el puente de la nariz.

Quiere incorporarse, pero enseguida se da cuenta de que tiene las muñecas atadas al cabecero de la cama y los tobillos, a los pies.

¿Tanto tiempo ha permanecido fuera de combate? No ha sido consciente de que Mariana lo haya maniatado, pero así ha sucedido.

Está indefenso, y solo puede intentar restablecer su conversación con ella. Quizá así logre distraerla para llevarla a su terreno y de ese modo…

—¿Qué pretendes ahora? —murmura—. ¿No piensas parar nunca? ¿Hasta cuándo va a durar esto?

—Hasta que ella y yo nos encontremos. —Con una serenidad escalofriante, Mariana se dirigió a la ventana y pega los dedos a los cristales sucios—. Esther, ven a mí…