El umbral CAPÍTULO TREINTA Y CINCO #3
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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO #3

Me sorprende comprobar que la he perdonado mucho antes de que termine su relato. Que, de algún modo, ella siempre ejerció como mi madre, aunque legalmente esta se llamara Ana. Que, en el fondo de mi corazón, siempre deseé que lo fuera.

Por un momento, nos quedamos mirándonos fijamente, sin odio, sin rencor, sin medias verdades.

Sé que aún hay lagunas en mi mente, pero también sé que Matilde no tiene las respuestas.

Solo ha sido una víctima más, una pieza en ese intrincado rompecabezas que todavía está sin terminar.

Debo pedir respuestas a Marcos, a su padre, al güelu que tan bien me ha conocido desde el principio, pero será más tarde.

Ahora solo lanzo un sollozo apagado y la envuelvo entre mis brazos.

La siento temblar de alegría, casi tanto como yo, y lleno sus mejillas de besos.

De todos los que no le he dado durante el tiempo que he permanecido sin saber su identidad, y de unos cuantos más por adelantado.

—Madre… —murmuro con las lágrimas agolpándose en mi garganta—. Madre…

—Perdóname, cariño. Perdona todos mis errores, pues solo fueron fruto del inmenso amor que siempre he sentido por ti y por tu hermana…

—¡Señorita!

Ambas nos separamos en el acto cuando escuchamos la voz apremiante de Bernardo que, rompiendo con todas las reglas que él acostumbra a seguir, ha irrumpido en el salón sin ni siquiera llamar a la puerta. Su gesto parece tan descompuesto que todas las alarmas suenan a la vez en mi cabeza.

—Marcos… —murmuro mientras siento que la sangre huye de mi cuerpo.

—Esteban, señorita. Ha despertado. ¡Y ha eximido al patrón de toda culpa!

Parece revivir cuando lo exclama, con una alegría que nunca pensé que pudiera poseer.

Sonrío sin darme cuenta. Doy gracias a Dios.

Incluso me contengo para no saltar como si fuera una niña de pura alegría.

Aprieto las manos de Matilde, de mi madre, entre las mías, pero mi euforia se disipa en cuanto me pongo a pensar en la situación de Marcos.

—¡Tenemos que ir hasta la prisión, Bernardo! —exclamo de pronto—. Debemos al menos estar allí cuando la Guardia Civil lo deje libre. ¡Vamos!

No me detengo a despedirme de Matilde ni empleo el tiempo en decirle que siempre la perdoné, incluso cuando no conocía su identidad. Corro junto al sirviente y salto al interior de la berlina, dispuesta a volar si es necesario en busca del hombre que se ha adueñado de mi corazón.

Primero, lo acogeré con los brazos abiertos. Después, vendrán miles de preguntas que deberá aclarar si de verdad desea tener un futuro conmigo. Juntos, lejos de aquí, donde los fantasmas terminen siendo solo eso: fantasmas.

Cuando estamos llegando, reparo en que, gracias o por culpa de las prisas, he olvidado preguntar a Bernardo si Esteban ha aclarado quién fue su agresor, pero no puedo hacerlo ahora. Nada más descender de la berlina, el oficial apostado en la puerta me sale al paso con el ceño fruncido.

—Don Marcos de Gondán es inocente y venimos a por él —No espero a que responda e intento apartarlo, pero él no se mueve—. Oh, por el amor de Dios… ¿Me va a obligar a esperar hasta que su superior ratifique mis palabras? Porque mi paciencia tiene un límite, ¡y usted lo está traspasando!

—No se trata de eso, señorita. —Su rostro duro pasa a convertirse en uno confundido cuando me mira más detenidamente, como si tratara de asegurarse de algo que se le ha pasado por alto—. Nada más lejos de mi intención. Es solo que… juraría que era usted, sí.

—¿Qué está diciendo?

—Verá, don Marcos no se encuentra aquí. Se marchó con usted hará una media hora. No intente engañarme, señorita. Su condición no le da ningún derecho a reírse de mí. Y ya sería la tercera vez que lo hace.

—¿De qué está hablando?

—¡Pues de su visita! —Es evidente que trata de contener una contrariedad que parece tan genuina para él como desconcertante para mí—. Hace un tiempo vino a ver a Amelia, la asesina anarquista, ¡y hace un rato, a don Marcos!

—¡Yo no he venido aquí en ningún momento! —replico, aunque un cosquilleo inquietante empieza a agujerearme el estómago como si fuera el inicio de un aviso.

El hombre abre la boca dispuesto a replicarme, pero parece que cuenta con algo mucho más contundente para convencerme, así que entra en la prisión y me indica que lo siga.

—No sé qué jueguecito se trae entre manos, pero le demostraré que don Marcos no está aquí —afirma mientras pasamos por todas y cada una de las celdas para comprobar que así es.

No entiendo absolutamente nada de lo ocurrido, pero no puedo pararme a pensarlo. Cuando el guardia ha pronunciado la palabra «jueguecito», algo ha estallado dentro de mí, como una bomba cuidadosamente preparada.

El sudor frío me empapa entera cuando las piernas comienzan a temblarme y la visión se me nubla. Distingo al oficial inclinado sobre mí mientras me pregunta algo que no logro comprender.

Intento hablar, pero no puedo, porque un nuevo latigazo de dolor en mi nuca, mucho más fuerte que todos los anteriores, hace que la consciencia se me escape y todo se vuelva repentinamente negro.