El umbral CAPÍTULO TREINTA Y CINCO #2
86%

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO #2

—¿Crees de verdad que, de haberlo sabido, no hubiera hecho algo?

¿Crees que, si Mariana me hubiera confesado entonces quiénes habían abusado de ella de una manera tan brutal, no me habría cobrado mi propia venganza?

¡Os adoraba, Esther! ¡Y os adoro! ¡Erais, y sois, la razón de mi vida!

—exclama con la voz temblando por la emoción de un dolor que nunca ha terminado de sanar, tan real como ella misma, y las manos abiertas en mi dirección.

Ofreciéndome todo el amor que me ha demostrado a lo largo de todos estos años.

Se muestra ante mí tal y como la conozco, tal y como siempre ha sido.

Algo se remueve dentro de mi corazón cuando relaciono a esta mujer maltratada por la vida con la que, ahora sí, aparece nítida en mis recuerdos de niña.

Contengo el llanto, a punto de abalanzarme sobre ella para demostrarle que, madre o no, siempre la he querido, pero sacude la cabeza y prosigue—.

Cuando Mariana se recuperó, comprendí que nada volvería a ser igual.

»Toda su energía y entusiasmo fueron sustituidos por una amargura casi perpetua, agravada por tu ausencia.

Se pasaba los días preguntando por ti y se negaba a salir de vuestra alcoba.

No paraba de escuchar la nana de la cajita de música mientras lloraba y rezaba para que regresaras, pero, por mucho que te buscamos, no te encontramos…

Hasta que un día, un año después de que todo ocurriera, Marcos me informó de que uno de sus principales clientes de la mina había visitado un orfanato lejos de aquí, con la intención de adoptar a un varón recién nacido, y se topó con una niña exactamente igual a la que él tenía en su casa.

»¿Te imaginas la alegría que sentí? No sabía cómo habías ido a parar allí, ¡pero te habíamos encontrado!

Quise ir a por ti, pero Marcos había visitado antes el orfanato para hablar con los responsables.

Le dijeron que un desconocido te había dejado allí, con una herida mal cosida en tu nuca, alegando que te había encontrado en la calle.

Cuando recuperaste la consciencia, descubrieron que, excepto tu nombre, no recordabas nada más.

Ni tu procedencia ni la identidad de tu familia ni, por supuesto, lo ocurrido.

Pero Marcos no se quedó de brazos cruzados.

Consultó tu caso con el doctor Herrero, dispuesto a traerte de vuelta a la Casona, pero este le aconsejó que aguardara hasta que pudieras recordar por ti misma.

»Al parecer, esas pérdidas de memoria ocurren a veces después de un golpe en la cabeza o un acontecimiento traumático, y tú tuviste ambas cosas, criatura.

Poco después, Marcos supo que don Arturo Llamazares, un viejo conocido de su padre, deseaba el hijo que su esposa no podía darle.

En vista de que continuabas sumida en tu olvido, me explicó que quizá la mejor solución fuera que pasaras a formar parte de una familia acomodada como aquella.

»Tendrías una vida mucho mejor que la que te ofrecía el orfanato, o incluso yo.

Naturalmente, me negué en redondo. Prefería saber de ti en esas circunstancias antes que perderte para siempre, pero entonces Marcos se comprometió a hablar a don Arturo de tu situación, para después recomendarme como tu aya.

De ese modo, estaría cerca de ti. Me verías todos los días y quizá así recordarías…

—Pero te alejarías de Mariana.

—La mente de Mariana ya estaba irremediablemente alejada de todos.

—Un velo de tristeza oscurece sus ojos, pero se recompone con rapidez para continuar—: Marcos me prometió que cuidarían de ella hasta que recuperases tus recuerdos.

Entonces regresaríamos y volveríamos a ser una familia.

Don Arturo y doña Ana aceptaron las condiciones, Esther.

Pero el tiempo pasaba, y tu mente continuaba cerrada a cal y canto, aunque ellos siempre vivieron con el temor de que un día los repudiaras y te fueras.

—Nunca habría hecho eso, y tú lo sabes.

—Ay, niña, también conozco los padecimientos de una madre que tiene que callar su condición por miedo a perjudicar a su hija o a ser rechazada del mismo modo.

—Se refiere a ella. A la agonía que tuvo que suponer estar a mi lado día tras día sin poder decirme quién era en realidad.

No me cuesta ponerme en su lugar. Siento el sufrimiento que está padeciendo ahora mismo en mis propias carnes como si fuera mío.

Noto su incertidumbre y no puedo evitarlo.

Me arrodillo a su lado y poso mi mano en su mejilla ajada por el tiempo, húmeda por las lágrimas, mientras nuestras miradas se entrelazan como nunca hasta entonces lo han hecho—.

¿Entiendes ahora su desazón cuando aquella tarde despertaste gritando el nombre de Marcos?

—Creyeron que había empezado a recordar…

—Y se temieron lo peor. La opción de acompañarme surgió de forma espontánea, pero, a pesar de todos sus miedos, consintieron.

Antepusieron tu bienestar al suyo. Por eso te pido que no los juzgues mal al pensar que también ellos te ocultaron tu verdadera identidad —añade señalando las cartas, aún esparcidas por las escaleras, con un gesto de cabeza—.

Nuestra única intención, desde el principio, fue la de protegerte, la de ayudarte.

—¿También Marcos?

—Él, sobre todo. Nunca dejó de visitarte. Ha presenciado tu evolución como cualquiera de nosotros. A veces me parece que te conoce incluso mejor. Fue así como se enamoró de ti. Porque es eso lo que lleva sintiendo desde hace tiempo. Amor.

—Pero se casó. Dos veces. La última, con mi hermana.

Si me amaba, no entiendo por qué lo hizo.

Por qué no se presentó ante mí en lugar de seguir con una correspondencia que ha terminado escondiendo dentro de un escalón.

Tengo la sensación de que me habría enamorado de él en cualquier tiempo, en cualquier lugar.

—Pero sin recordarlo. Cada vez que él viajaba hasta el pueblo de tus padres adoptivos, manteníamos largas charlas donde tú eras el centro de nuestra atención.

Pero también lo era Mariana. Aparentemente, y gracias a los cuidados del doctor Herrero, tu hermana mejoró.

La melancolía que parecía haberse cebado con ella desapareció hasta volver a aspirar la vida a borbotones, como solía hacer cuando era niña.

Es evidente que sus sueños románticos con respecto a Fernando desaparecieron, y aunque Marcos nunca me lo dijo, yo imaginé que tendría que ver con la enfermedad de su hermano y con el deterioro de la relación con su padre.

Mariana pasó a ser el ama de llaves de la Casona poco antes de que Marcos se casara con Carmen.

Tu hermana adoraba a Simón. Marcos no dejaba de repetirlo, aunque la tristeza que se apropió de él tras la muerte de Carmen solo desaparecía cuando te miraba.

—Lo ignoraba… —Me pongo en pie y le doy la espalda. Necesito digerir el amor de Marcos, gestado a través del tiempo y la distancia. Necesito seguir sabiendo—. Creía firmemente que él era el culpable de la muerte de esos niños. No sospechaba que ya nos conocíamos.

—En realidad, permaneciste al margen de todo lo que le ocurrió.

Los viajes realizados con su padre en busca de un tratamiento eficaz para la enfermedad de su hermano dieron sus frutos, pero el joven Fernando, que se volvía cada vez más violento y descontrolado, se lo saltaba cuando le venía en gana.

Don Fernando aconsejó su ingreso en un sanatorio, pero Marcos se negó en redondo.

—Incluso después de saber lo que ocurría entre él y Lucía. Mi prima. Imagino que no ha debido ser fácil para ella fingir que no me conocía.

—No lo fue para nadie.

—Don Fernando y Marcos rompieron definitivamente su relación a causa de su hermano. —Matilde asiente—. Pero Fernando me confundió con alguien que…

—La mente de ese hombre está perturbada, Esther.

Es posible que, al verte, te recordara o que te relacionara con Mariana, a quien vio hasta convertirse en adulta.

—Con un suspiro, coge fuerzas para continuar—: Marcos se encontraba solo, con un hermano que eludía su encierro en ocasiones.

A eso debemos añadir los ataques anarquistas en la mina, los sabotajes en su propiedad y su impotencia al no poder hablarte de sus sentimientos por miedo a dañar tu mente.

Él deseaba que lo aceptaras después de recordar todo con detalle.

Eso me decía cada vez que te visitaba en las sombras del anonimato más absoluto.

Es un hombre de altos principios. En ese momento, no habría aceptado otra cosa. Excepto a Mariana.

—¿Se casó con ella como una especie de premio de consolación?

—Se casó con ella porque Simón necesitaba una madre y era la mejor opción.

Adoraba al niño, lo había cuidado desde su nacimiento y se llevaban a las mil maravillas.

Todo parecía indicar que los problemas mentales de tu hermana habían desaparecido.

Se había convertido en una hermosa mujer, tranquila, complaciente.

Marcos creyó que era lo mejor para él, para todos.

Estoy segura de que incluso pensó que, de esa manera, podría tener una versión de ti lo más parecida posible al original, pero demasiado tarde se dio cuenta de que no podíais ser más opuestas.

»Cuando Simón murió, él se derrumbó por completo.

Se hundió en su dolor, acentuó su soledad y dejó de lado a todo el que permanecía con él.

Mariana fue una de esas personas. Se encerró en sí mismo, y solo salió de su aislamiento cuando Mariana terminó con su vida para, de algún modo, añadir un cargo más a la conciencia de este pobre hombre.

El resto de la historia ya la conoces, Esther.

Suelta el aire y me mira con tranquilidad. Sus ojos han vuelto a aclararse, su mentón ya no tiembla y sus manos han dejado de enredarse sobre el regazo. Creo que al fin su conciencia se ha aquietado. Ahora, espera mi veredicto, pero empleo muy poco tiempo en darlo.