CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
Esther
«¡N o sueltes mi mano!».
Esa fue la frase que marcó mi destino. La solté, y perdí a mi hermana.
Me dejo caer sobre el escalón, exhausta después de haber presenciado todo con tanto detalle como si acabara de vivirlo.
Me encojo como un animalillo apaleado, incapaz de recuperarme de ese golpe que ha supuesto la puerta que mi mente ha decidido abrir.
La tensión que siempre he experimentado, esperando a que ocurriera algo indefinido, se ha esfumado al fin y en su lugar no han quedado más que fragmentos rotos de mi vida anterior que tengo que recoger y reconstruir.
—Desearía no poder recordar —murmuro mientras me toco una cicatriz de la que ya conozco su procedencia—. Desearía alejar toda esa ponzoña de la mente y creer que nunca sucedió.
—Pero así fue, Esther.
—Aunque mi mente haya ayudado a ese olvido convirtiendo los recuerdos en una sucesión de imágenes borrosa que ya aparecen nítidas, lo sé —afirmo—.
Acabo de comprender cada una de las frases que han resonado en mi cabeza, el sentido de todas mis reacciones al ver a personas aparentemente desconocidas.
Ahora sé que lo que me dijo don Fernando acerca de la conexión entre gemelos no solo es una afirmación científica, sino que está basada en su propia experiencia.
Y es ahora cuando no puedo hacer nada para detenerlo.
Todavía siento la angustia cuando vi a Mariana resquebrajada, por dentro y por fuera, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Las imágenes, crueles e impactantes, acuden a mi imaginación y me asaltan continuamente, relacionadas con mi destino. Con mi otro yo.
—Ojo por ojo y diente por diente. Está en la Biblia, Esther. No te sientas mal por desearlo —repito con la sensación de que esta voz no es la mía, ni tampoco el odio que destilo por ella ni la sed de venganza que me empapa como si fuera un tétrico manto del que no puedo librarme.
Matilde se atreve a moverse en mi dirección y me toca el brazo, pero yo lo retiro de un tirón y le advierto con una simple mirada.
Aún no estoy preparada para un contacto físico con ella. Aún tengo que aclarar muchas cosas.
Ella parece comprender, puesto que no insiste. Al final, ocupa el otro lado del escalón, a una distancia prudencial de mí, y me observa con tanta atención como preocupación.
—Mariana dijo eso mientras tiraba al fuego una corona de flores que, según ella, te hizo el día que desapareciste —informa con una voz carente de toda expresión—. No sé cómo has podido repetirla, si ni siquiera estabas presente entonces.
—Del mismo modo que el resto de las frases que han resonado en mi memoria durante años sin orden ni concierto. Te lo he contado todo al mismo tiempo que lo recordaba, ¿no es así?
—¿Es que no te has dado cuenta?
—No —replico con dureza—. Ignoro lo que pasó a continuación, aunque ahora comprendo la actitud de Marcos la primera vez que nos vimos.
No actuó como si fuéramos desconocidos porque no lo éramos.
Se mostraba amable contigo porque te tenía cariño.
¡Habló de padre y de sus actividades profesionales porque lo conoce desde hace años!
—Esther, mi niña, debes tranquilizarte…
—¡No me da la real gana! —La confusión da paso a una ira irracional que necesito sacar fuera.
Me pongo en pie de un salto y la señalo con el dedo—.
Mariana era mi hermana, mi otra mitad. No se casó con Fernando, sino con Marcos.
Tú estuviste al tanto de todo, ¡pero callaste!
Y ahora, ¡ella está muerta! Mariana pensaba que nunca le sucedería nada malo hasta que aquellos chicos acabaron con su inocencia, con su infancia, con toda su vida…
—Quizá, cuando una es joven, la muerte parece algo tan remoto que no puede tomársela con seriedad.
Se suele ver como algo que les sucede a los demás.
Una no puede imaginarse el mundo sin la presencia de una misma, casi tienes la sensación de ser inmortal.
Así pensaba Mariana, Esther. Siempre fue la más fuerte de las dos, la más independiente. Pero también la más temeraria.
—Hasta que Cosme, Beltrán, Gaspar y alguien más que me atacó cuando buscaba ayuda para ella terminaron con sus sueños.
¡Recuerdo su dolor cuando me suplicó que no la dejara sola!
¡Mi miedo al caminar por un pasadizo desconocido, húmedo y resbaladizo, sin más guía que mis manos, después de ver cómo alguien se marchaba sin prestarnos auxilio de una casa que vi en la sesión de hipnosis de don Fernando!
¡Era la misma casa, con los niños que han muerto víctimas de alguien a quien llaman Patarico, pero que tiene mis mismos ojos!
—Me congestiono cuando una conclusión absurda se abre camino en mi pensamiento—.
Su fantasma quiere vengarse a través de los hijos de quienes la ultrajaron de una forma tan salvaje…
—No es un fantasma la persona que ha asesinado a esos pobres niños, Esther. Es alguien de carne y hueso, para desgracia de todos.
—Pero no es ella. A ella la dejaste en su momento, ¡igual que a mí! ¡Murió sin su madre!
—¡No os abandoné! —Pese a que sus ojos brillan por las lágrimas, su voz derrocha indignación—.
Cuando sucedió todo, ¡desapareciste! Te buscamos durante días, pero nadie logró dar contigo.
Y Mariana estaba tan destrozada, por dentro y por fuera, que no pude apartarme de su lado.
El doctor Herrero dudaba de que se recuperara…
—Pero se recuperó. El propio Marcos mantuvo correspondencia con padre y madre, ¡que son tan culpables como todos los demás!
Matilde parece encogerse ante mi grito. Ni siquiera se atreve a afrontar mi mirada, pero sé que me dará las respuestas que necesito, aun a riesgo de no volver a verme nunca.
—¿Me dejarás explicártelo? Si después no quieres mantener ningún contacto conmigo, lo aceptaré. Pero, hasta entonces, te pido por favor que me acompañes.
Las preguntas y los reproches me queman en la lengua, así que cedo. Cuando ambas nos dirigimos hacia la pequeña salita presidida por el retrato de don Fernando y nos sentamos, entrelaza las manos en el regazo y suspira.
—¿Quieres oír que todos en la Casona y en el pueblo te conocen?
Pues bien, así es. ¿Quieres escuchar que más de uno te ha confundido con Mariana, pero ha callado al saber que tu hermana está muerta?
Pues bien, así es. ¿Quieres que te cuente el infierno que cayó sobre nosotras el día en que abusaron de ella y que todavía nos persigue?
¡Pues bien, te lo contaré! Pero antes prométeme que me escucharás sin cuestionar la verdad de mis palabras.
—De acuerdo —accedo.
—Resulta extraño comprobar cómo puede una sentirse tan cerca de otro ser humano en determinadas circunstancias, pero así es, Esther.
Así me sentía con vosotras. Estaba condenada a amaros a ambas, y así traté de hacerlo desde el momento en que tu padre falleció en la mina.
Yo no soy más que una ignorante con estas dos manos para trabajar, así que, cuando don Fernando me ofreció el trabajo en la Casona, no lo dudé.
Aunque eso me supusiera un enfrentamiento con Amelia, sopesé la posibilidad de que crecierais aquí, con personas instruidas y con recursos.
Pensé que podría ser una buena oportunidad para sacaros del cenagal en el que yo me había criado.
No quería eso para mis hijas. De hecho, pasabais más tiempo con los señoritos que con la gente de vuestro rango social.
De ahí que Amelia estuviera tan disgustada.
Para ella, ese coqueteo con la clase alta no podía traer más que desgracias.
Al final, los problemas vinieron, al parecer, de gente como nosotros.
—¿Pretendes hacerme creer que hasta hoy no sabías quiénes habían abusado de Mariana?
—Ella se negó a delatarlos desde el primer momento.
Siempre habíamos sabido de la existencia de aquella puerta, justo al lado de la despensa de la cocina, pero nunca nos habíamos preguntado qué había al otro lado…
Hasta aquella noche. Después de salir a buscaros por todas partes sin hallar ni rastro de vosotras, vimos la puerta abierta.
Recuerdo la expresión de don Fernando, allí parado, como si estuviera presenciando la entrada al infierno.
—¿Marcos se encontraba con vosotros?
Matilde esboza un intento de sonrisa al comprender a dónde quiero llegar.
—Recuerdas un hombre rubio que te atacó, y después solo hay oscuridad hasta tus vivencias en el orfanato.
Temes averiguar que fue Marcos, pero lo cierto es que me hallaba tan aterrada, con tanta pena por no encontraros, que ni siquiera me fijé en si él o su hermano se hallaban con nosotros cuando don Fernando se aventuró por el pasadizo.
Lógicamente, él sabía a dónde conducía, puesto que partía de su propia casa.
Yo solo quería encontraros sanas y salvas.
Hallé a Mariana moribunda, pero ni rastro de ti.
Nos la llevamos de vuelta a la Casona y Bernardo corrió a avisar al doctor Herrero.
Fueron momentos angustiosos en los que tu búsqueda se detuvo.
Unos instantes que fueron fatales para nosotras, puesto que te perdí, Esther. Y tardé demasiado en encontrarte.
—¿Ni siquiera tú me puedes decir qué pasó después de ese golpe que recibí? ¿Que tampoco sabes quién me lo propinó?