CAPITULO TREINTA Y CUATRO #2
Empieza a quitarse la ropa. Cuando las dos nos quedamos en paños menores, nos zambullimos.
No reímos ni chapoteamos por miedo a que alguien nos oiga.
El personal de la Casona es muy numeroso y se desplazan de un lado a otro constantemente.
El agua está fría, así que cuando empezamos a tiritar nos estiramos sobre la hierba y disfrutamos de los rayos de sol calentándonos hasta secarnos.
Cierro los ojos, pero vuelvo a abrirlos cuando escucho la risa de Mariana. Se ha vestido y está recogiendo flores de melisa.
—¡Me encantan estas flores! Destacan tanto en tu pelo negro que un día te haré una corona con ellas. Una corona de princesa.
—¿Y por qué no ahora?
—¡Pues levántate de ahí y ven, perezosa!
Obedezco y me siento delante de ella, de cara a la laguna.
Sus aguas cristalinas reflejan mi imagen y la de Mariana que, erguida a mi espalda, empieza a maniobrar con las flores y mis mechones hasta crear un intrincado peinado.
Después, aprovechando el tallo de las plantas, hace la corona que me ha prometido y me la coloca encima.
—¡La princesa Esther acaba de hacer su aparición! —Se pone en pie y me hace una reverencia que me hace reír—. ¡Inclinémonos ante ella!
Justo cuando vuelve a hacerlo, escuchamos los ruidos. Mariana se yergue de repente y mira a su espalda, donde unos matorrales parecen moverse. Yo no veo nada, pero ella parece que sí, porque me toma de la mano y tira de mí.
—¡Vámonos! —susurra con apremio.
—Pero, Mariana, madre te ha levantado el castigo. ¡Podemos estar aquí sin miedo!
—¡Chist! —Vuelve a mirar hacia atrás con el ceño fruncido y luego se acerca a mi oído—. No me preocupa madre. Allí hay más de una persona. Y me parece que sé quiénes son.
Yo solo veo sombras, de un tamaño lo suficientemente grande como para no permanecer escondidas por completo.
Distingo unos pantalones raídos, una gorra desgastada, unas botas viejas…
Y justo cuando llego a la conclusión de que son hombres y no mujeres, Mariana tira de mí para emprender la carrera más rápida de nuestras vidas.
No cruzamos más palabras, pero nos entendemos.
El ruido que escuchamos detrás de nosotras revela que alguien nos persigue.
Escucho unas voces graves, pero lo bastante lejanas como para no distinguir a quién pertenecen.
Lo que sí distingo es el miedo que Mariana me transmite con una simple mirada sin que nuestro ritmo disminuya.
—¿A dónde vamos? —susurro.
—Confía en mí. Conozco una casa vieja, no lejos de aquí, donde podremos escondernos.
—Pero ¿por qué tenernos que escondernos? ¿De quién?
Ella se detiene un segundo. Abre la boca para decírmelo, pero otra mirada más allá de nosotras hace que vuelva a agarrarme.
—Te lo diré después —murmura—. ¡Tú sígueme! ¡No sueltes mi mano!
Le hago caso y salto por encima de las ramas puntiagudas que nos arañan las pantorrillas.
Tropiezo un par de veces, pero la fortaleza de mi hermana me levanta para seguir corriendo.
Sé que hemos sobrepasado los límites de la Casona porque el bosque tupido que la rodea desaparece para dar lugar a la falda de una montaña colindante con la montaña Negra, en cuyo centro se encuentra una casa vieja y solitaria.
—Vamos, ¡entraremos allí!
La urgencia de su voz hace que un estallido de pánico me impulse hacia delante.
Intento ver algo por encima de mi hombro, pero solo distingo unas formas demasiado grandes y amenazantes para mí.
Todo el vello de mi cuerpo se eriza cuando mis ojos contactan con los de mi hermana.
Pocas veces la he visto tener miedo, pero ahora…
Ahora brillan de absoluto terror, como si nos persiguiera el mismísimo Patarico reproducido en tres figuras que se acercan inexorablemente y que, por alguna razón que no comprendo, destilan un peligro mortal.
Lo huelo, igual que ella. Nuestra conexión es tan perfecta que nos estremecemos al mismo tiempo y nuestros corazones laten al unísono, pero un repentino tirón de Mariana me hace tropezar con la raíz de un árbol, oculta entre la hierba.
Caigo de bruces y una dentellada de dolor parece cebarse en mi tobillo.
—No puedo seguir, Mariana. ¡Me duele mucho!
—¡Tienes que poder! ¡Vamos! —Me arrastra unos metros, pero sus ojos, abiertos como platos, se quedan fijos más allá de mí, brillantes de terror—. ¡Esther, tienes que levantarte! ¡Si no, nos alcanzarán!
Es algo muy grave. Tiene que serlo para que ella reaccione así.
Y solo por eso ya merece toda mi concentración.
Sé que será imposible que alcance la casa en esas circunstancias, así que busco con la mirada un lugar en el que ocultarme antes de que nuestros perseguidores me descubran y lo encuentro en un tronco caído de un árbol semioculto entre los arbustos.
—Si me escondo allí, tú podrás llegar hasta la casa —digo mientras lo señalo. Mariana me mira desesperada. No quiere dejarme, pero sabe que es la oportunidad de escapar de lo que quiera que nos amenaza—. ¡Es la única forma!
—Está bien… —Sus ojos brillan de emoción cuando me abraza antes de susurrarme—: Son ellos. Están enfadados por nuestra pequeña broma. ¡No te muevas de aquí hasta que no venga a por ti!
Muy propio de Mariana hacerse cargo de todo en las situaciones más difíciles. Mientras la veo desaparecer tras la puerta de la casa, consigo ocultarme en mi escondite con la suficiente rapidez como para que ellos no me vean.
Ya sé quiénes son. Sin pronunciar sus nombres, mi hermana me lo ha dicho, y ahora que atino a verles las espaldas, lo afirmo.
Corren tambaleándose, como si estuvieran borrachos.
De hecho, uno de ellos lleva una bota de vino de la que beben todos sin descanso.
Antes de entrar en la casa, miran a su alrededor, como si nos buscaran.
No me han visto, pero sí a Mariana. Al final entran en la casa mientras yo me tapo la boca para no gritar y empiezo a rezar para que salgan pronto, para que ella se haya escondido tan bien que nunca la encuentren.
Para verla dentro de poco, saltando y riendo mientras me hace señas con las manos para que deje mi escondrijo.
Pero pasa el tiempo. Mucho tiempo. Y nadie sale de esa casa.
El silencio es brutal, como una losa que me aplasta mientras me avisa de la desgracia, del horror.
Cada parte de mí lo sabe, pero no quiero darme cuenta hasta que no los veo salir, entre risas, colocándose los pantalones como si en algún momento se los hubieran quitado.
Me mantengo inmóvil, sin respirar siquiera, cuando pasan por mi lado. No soy capaz de reaccionar hasta que no supongo que están lo suficientemente lejos. Entonces corro hacia la casa en busca de Mariana. Y la encuentro.
Vaya si la encuentro.
La estancia es pequeña y apesta a un montón de olores desagradables que no logro identificar. A pesar de que apenas entra luz por el único ventanuco que posee, soy capaz de ver los horribles rombos de las cortinas.
Y a mi hermana. En mitad del cuarto, sin moverse, con sus ropas desgarradas y la sangre que mana de entre sus piernas.
No comprendo qué ha pasado. Quiero pensar que se trata de otra de sus bromas macabras, así que me acerco a ella y la sacudo, esperando su risa burlona de un momento a otro, pero no se mueve.
Los mechones de su pelo le tapan la cara, así que se los aparto para ver que tiene los ojos cerrados, los labios partidos y una ceja que le sangra.
—Mariana… Mariana…
Me ahogo en mis palabras, en mi pena. Sé que algo horrible le ha sucedido y la muevo con más fuerza. Tengo miedo de que esté muerta, pero, por suerte, su mano alcanza la mía y la aprieta.
—Esther… Ellos…
—No te preocupes. ¡Iré a buscar a madre ahora mismo!
—¡Esther, no te vayas! ¡No me dejes aquí, por favor! ¡Ayúdame o me moriré sin ti! Si te marchas, nunca podrás volver.
Se arrastra hacia mí, pero ni siquiera puede levantarse.
Yo miro a nuestro alrededor. Estoy asustada, solo soy una niña asustada y perdida que no sabe qué hacer.
La angustia trepa por mi garganta y sale al exterior en forma de sollozos, que se interrumpen de repente cuando distingo un leve movimiento tras una puerta que queda parcialmente cubierta por esas horribles cortinas y que no había visto antes.
—¡Espere, por favor! —grito—. ¡Mi hermana necesita ayuda!
Nadie me responde, así que no me queda más remedio que ir en busca de esa ayuda si no quiero que toda la sangre de Mariana se escape de su cuerpo para bañar el suelo de baldosas.
—Tengo que dejarte. ¡Pero volveré con ayuda!
—¿P-prometido?
—Prometido.
No tengo tiempo que perder. La vida de Mariana depende de ello.
Casi puedo sentir cómo se extingue mientras atravieso esa puerta oculta y entro en una oscuridad casi permanente, a la que tardo en acostumbrarme.
El olor que llenaba el cuartucho es ahora mucho más fuerte, es húmedo como la niebla del Nuberu, fuerte como la mirada del único ojo del Patarico…
¡No! Tengo que dejar de pensar en eso o seré incapaz de llegar al otro lado del pasadizo por el que me muevo con las manos por delante, a ciegas, distinguiendo solo sombras que parecen moverse a mi lado mientras camino por un suelo resbaladizo que me hace resbalar al menos dos veces.
Comienzo a recitar una oración cuando la oscuridad parece tragarme entera, y surte efecto.
Dios siempre escucha, dice madre, y esta vez así ha sido.
De pronto, mis manos se topan con una superficie de madera.
La palpo hasta que encuentro un tirador.
Es otra puerta. Quizá la salida.
La ayuda que necesita Mariana.
La abro sin ningún esfuerzo, para encontrarme con la cocina de la Casona y también con su soledad. No parece que haya nadie, pero por si acaso atravieso la puerta con cautela.
—Madre, ¿está ahí? —susurro.
Como nadie me responde, me atrevo a avanzar hasta la mitad de la cocina.
Me dirijo a la salida y doy la espalda a la puerta por la que acabo de entrar y a la despensa que tiene al lado.
Sé que madre no estará allí, y el silencio que me rodea me dice que o bien todo el mundo se ha ido ya a la cama o se han asustado por nuestra ausencia y están buscándonos.
—Por favor, Dios, que sea así —ruego mientras camino casi de puntillas en dirección a la entrada principal—. Por favor, Dios, haz que madre aparezca con el doctor en esa casucha y ayuden a Mariana. Por favor…
Escucho un ruido a mi derecha.
Algo contundente me golpea en la cabeza. Todo se vuelve oscuro, pero, antes de cerrar los ojos, distingo un pelo rubio y una sonrisa cruel.