El umbral CAPITULO TREINTA Y CUATRO
81%

CAPITULO TREINTA Y CUATRO

Esther, doce años antes

A pesar de ser como dos gotas de agua, nuestros caracteres son totalmente opuestos.

Mariana tiene mucha más energía, más entusiasmo. Yo soy la responsable, la seria. La que guarda el secreto de los sueños que siempre se cumplen, por muy alejadas que estemos del pueblo en la Casona desde que padre murió en la mina y madre pasó a ser el ama de llaves.

Nosotras éramos muy pequeñas cuando nos trasladamos allí, pero siempre he tenido esos horribles sueños.

Solo madre y Mariana lo saben, claro. Y han guardado el secreto hasta que hace tres días soñé con los hijos de tres de los amigos de los señoritos, Fernando y Marcos.

Cuando se lo conté a Mariana, se hizo pasar por mí, como solemos hacer a veces como una broma inofensiva, ¡y se lo contó a los chicos!

Beltrán, Cosme y Gaspar, que así se llaman, se lo han tomado muy mal, o eso ha parecido cuando le han ido con el cuento a sus padres, y estos se han desplazado a la Casona en busca de los patrones y de madre exigiendo un castigo.

Madre no ha dudado. Los patrones le advirtieron de que no debíamos dar problemas si quería conservar el trabajo, así que aquí estamos ahora, jugando al juego preferido de Mariana dentro de casa en lugar de hacerlo fuera.

—Gallinita ciega, ¿qué se te ha perdido?

—Una aguja y un dedal…

—¡Pues date la vuelta y los encontrarás!

Me gira mientras yo permanezco con los ojos vendados. Escucho su risa y los cuchicheos de los señoritos, que se han prestado al juego, pero termino por quitarme la venda y resoplar.

—Estoy cansada —me quejo.

Mariana me saca la lengua.

—Lo que pasa es que te has cansado de perder, niña —me dice imitando el tono de nuestra madre hasta hacerme enfadar.

—Eh, deberías mostrar un poco más de respeto por tu hermana, ¿no te parece? A fin de cuentas, ha decidido quedarse aquí contigo en lugar de salir a disfrutar del sol. Agradéceselo, al menos.

Es don Marcos el que habla, aunque yo lo llamo solo por su nombre en mi cabeza, para que nadie me oiga. La reprimenda no parece afectar a mi hermana, que se vuelve hacia don Fernando.

—¿Usted opina como él? —casi canturrea.

—Yo no opino, Mariana. Debo irme al pueblo.

A pesar de su edad, casi veinte años, Mariana le sonríe como una boca cuando le oye hablar. Y no lo entiendo, la verdad. Suele ser bastante desagradable con nosotras, y siempre que me mira tengo miedo. No sé de qué, pero tengo miedo.

—¿Va usted a buscar algo? —le pregunta haciéndole ojitos.

—Son asuntos privados. A ver si aprendes a no meter las narices en donde no te llaman.

Se marcha sin más, pero Marcos se queda con nosotras.

—No le hagáis caso. Se parece al Nuberu, pero mucho más gruñón.

—Las dos nos reímos cuando nos guiña un ojo.

Tiene dieciocho años, ¡y es tan guapo! Alto, fuerte, con ese pelo rubio, como el del patrón y el de su hermano mayor, pero con unos ojos verdes mucho más bonitos que los suyos—.

Niñas, yo también tengo que dejaros. Hay un montón de asuntos esperándome al otro lado de la puerta del despacho de mi padre, así que os agradecería que no hicierais demasiado ruido.

Lo veo marchar. Acto seguido, corro hasta la alcoba y pongo en marcha la cajita de música que la señora Alicia nos ha regalado.

Cierro los ojos y me dejo llevar por las notas de la nana.

Me imagino que madre me la está cantando, como siempre hace cuando mis sueños me atosigan y no consigo dormirme, pero de repente la puerta se abre y Marcos aparece con el ceño fruncido.

—Se ha enfadado usted —afirmo, más que pregunto, incorporándome de golpe y cerrando la cajita de música. Odio que él se enfade conmigo. Me hace sentir sola y triste.

—Solo me he molestado un poco, no te preocupes. —Él señala la cajita de música—. Esther, si le vuelves a dar cuerda, madre terminará por quitártela.

—¿Por qué? Es bonita.

—Solo la usaba con nosotros cuando éramos niños, y ahora ya no lo somos. Te la ha regalado porque está cansada de escucharla. Ahora es tuya. ¡Llévatela a tu alcoba!

Paso por su lado cabizbaja y le hago caso, pero en mi alcoba está Mariana, así que la cajita termina en un rincón, abandonada, cuando ella me saluda con una risita.

—Don Marcos te gusta, don Marcos te gusta… —canturrea.

—No me gusta. Solo es amable con nosotras —me defiendo, aunque siento cómo la sangre se me agolpa otra vez en las mejillas—. Lo que pasa es que tú nunca le haces caso. Eres una rebelde con los patrones, y con madre…

—Es mucho mejor ser rebelde que no una oveja más del rebaño.

Eso dice Fernando —revela orgullosa. Va hacia la ventana haciendo que sus bucles negros, exactamente iguales que los míos, floten sobre sus hombros cuando estos se mueven por su suspiro—.

Es mucho mejor que su hermano, ¿sabes? Cuando sea grande, me casaré con él.

—¡Ja! Nunca podrás hacer eso, tonta. Los señoritos se casarán con mujeres de su clase, no con las hijas del ama de llaves de la Casona.

—La tía Amelia dice que algún día eso dejará de ser así. Dice que seré una mujer muy hermosa y que, con mi encanto personal, engatusaré a cualquier hombre que me proponga. ¡Aunque a ti no te guste! ¡Y yo la creo!

—Pues no deberías. Madre dice que no nos ayudó cuando murió padre, que es como si no tuviera una hermana.

—A nosotras nunca nos pasará eso, ¿sabes? Nosotras nunca nos separaremos.

—¿Prometido?

—Prometido.

Nos abrazamos. Casi nunca nos lo decimos, pero las dos sabemos cuánto nos queremos. Madre dice que es algo intuitivo. A veces, con una sola mirada nos entendemos, como ahora.

—Don Fernando dice que tenemos una conexión especial al ser gemelas, porque hemos estado juntas en el vientre de madre —añade cuando se separa de mí—. Me falta por saber cómo demonios nos pusieron ahí a las dos.

—¡Mariana! No hables de esas cosas, ¡y menos nombrando al demonio!

Me persigno, pero ella vuelve a reírse con despreocupación y empieza a saltar delante de mí.

—¡Venga, Esther! ¡Vamos a bañarnos a la laguna! Allí nadie nos verá ni oirá, y podremos hacer y decir lo que queramos. ¡Vamos!

Corre hacia la ventana, donde una enredadera está a nuestra disposición. No es la primera vez que la utilizamos para escaparnos cuando madre nos castiga y volver antes de que se dé cuenta, pero esta tarde no me apetece demasiado.

—Mariana, estás castigada —le recuerdo.

—Pero tú no. Y vamos juntas a todos lados. —Su sonrisa se ensancha con malicia. Se cruza de brazos con un mohín tozudo y empieza a golpear el suelo con la punta de su zapato—. Te lo advierto, Esther. Yo me voy contigo o sin ti, pero si me dejas sola y me pasa algo…

—Eres mala. Muy mala.

Pongo pucheros, porque a veces así consigo convencerla de que no haga alguna de las suyas, pero ahora ella, en lugar de hacerme caso, me imita para ponerme más nerviosa, porque sé que al final será ella quien me convenza a mí.

—Eres mala. Muy mala —repite con una voz que no se parece en nada a la mía, solo para hacerme burla, antes de volver a reírse—. Venga, que sé que tienes ganas…

—Bueno. Pero mejor baja tú por aquí mientras yo entretengo a madre.

—¿Y después saldrás de casa?

—Que sí, pesada… Además, yo puedo irme cuando quiera. La que está castigada eres tú.

—Entonces, te espero en la laguna. —Ya tiene una pierna colgando de la ventana cuando añade—: ¡Y date prisa! ¡Que, si no, se nos hará de noche!

No me marcho hasta que me aseguro de que desaparece sin que nadie le dé el alto. Después bajo a la cocina, donde sé que estará madre, y finjo estar enfadada cuando me ve.

—Ay, mi niña, ¿qué te ha hecho esta vez la traviesa de Mariana? —me dice pellizcándome la mejilla, con esa sonrisa que tan culpable me hace sentir. Sacude un dedo delante de mí, pese a que la reprimenda va dirigida a mi hermana, y frunce el ceño—. Esa muchacha no aprende nunca.

Estruja su delantal y se dirige a la salida dispuesta a reprender a Mariana, pero actúo rápido. Me interpongo en su camino con mi cara más dulce y mi sonrisa más inocente. Tengo que evitar que suba a nuestra alcoba como sea.

—Sí ha aprendido, madre, de verdad —aseguro—. Está en la alcoba porque yo ya estoy cansada de jugar dentro de la casa.

—¿Seguro?

—Seguro. —Casi resoplo con alivio cuando veo cómo termina por asentir, y la cojo de la mano para llevarla de nuevo a la cocina, donde una enorme fuente de frixuelos recién hechos preside el centro de la mesa—. ¡Qué bien huele! ¡Y qué hambre tengo! ¡Gracias por hacerme mi postre preferido!

Sé que así madre se olvidará de Mariana, por lo menos, de momento. Sus ojos se iluminan cuando toma un par de frixuelos y los unta con mermelada de mora para ofrecérmelos.

—Siéntate y merienda, criatura —dice—. Cuando termine de hacerlos, le subiré unos pocos a tu hermana. Y, de paso, le diré que ya podéis jugar fuera.

—¿Las dos?

—Qué remedio. —Madre suspira y sacude la cabeza.

—De acuerdo. —Me termino la merienda casi a trompicones y me pongo en pie de un salto—. ¡Yo se los llevo, madre! ¡Verá qué contenta se pone cuando sepa que ya puede salir a donde quiera!

Antes de escuchar nada más desaparezco, puesto que madre ha vuelto a sus quehaceres creyendo que he subido las escaleras. Salgo con todo el sigilo del mundo camino de la laguna. Corro tan rápido que, cuando llego, estoy sofocada y me apetece el baño.

Mariana me espera con una sonrisa y algo en la mano. Cuando me lo muestra, le doy un golpe en la palma para que lo suelte.

—¡Suelta eso y lávate las manos! —exclamo—. ¿Te has vuelto loca?

Pero ella sonríe y sacude la cabeza.

—Hay que tener mucho cuidado con el fruto del tejo. Podemos morirnos si nos lo comemos. Pero sabemos distinguirlo, ¿verdad? Y nadie nos puede engañar. Nadie.