El umbral CAPÍTULO TREINTA Y TRES #2
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES #2

Nos sentimos muy contentos al saber que va usted a visitarnos.

Aunque comprendemos perfectamente su necesidad de permanecer en el anonimato para no perturbar la memoria de Esther, quiero que sepa que sería usted bienvenido en nuestra casa.

De cualquier modo, Matilde está empeñada en verlo cara a cara, así que, si no tiene inconveniente, concertaremos una entrevista entre ambos en el tiempo y lugar que usted estime oportuno, siempre en privado, por supuesto.

Pese a que Esther sigue sin recordar nada de lo ocurrido, no queremos arriesgarnos a que descubra la clase de relación que la une a Matilde.

Ambas se quieren como lo que son, como no podía ser de otra manera.

Mi esposa está delicada de salud y, ahora que nuestra hija ha alcanzado los dieciséis años, necesita a alguien que ejerza de madre…

¿A alguien que ejerza de madre? ¿La quiero como lo que es? ¿Y qué se supone que es?

Una persona que se ha ganado mi confianza para después traicionarla de la peor manera.

Durante años. Por eso ella y Marcos tienen esa especie de afinidad.

¡Se conocen! De hace tanto tiempo que no me extraña que esa afinidad se haya convertido en cariño por ambas partes.

No me cuesta imaginar una primera visita a la que siguieron otras muchas, quién sabe cuántas, en las que Marcos recabó todo tipo de información acerca de mi persona.

Un golpe en el pecho, similar a un mazazo, me hace doblarme en dos ante el solo recuerdo de su nombre cuando, haciendo un esfuerzo supremo, me limpio las lágrimas que empiezan a bañarme las mejillas y sigo leyendo:

Estimado señor don Marcos:

Hemos sabido que ha contraído nuevas nupcias con Mariana, la otra hija de Matilde.

Francamente, después de sus repetidas visitas a nuestra tierra, siempre de incógnito, por supuesto, llegué a pensar que en algún momento se descubriría ante nuestra Esther para pedir su mano.

Habla usted tan bien de ellas en sus cartas, ensalza tanto todas sus virtudes, que mi esposa y yo lo dábamos por hecho.

Es evidente su adoración por ella a pesar del tiempo.

Tanto como su conocimiento acerca del carácter de Esther, que nos tiene sorprendidos.

En verdad creímos que había usted entablado contacto directo con ella, al fin, pero al parecer no es así.

De cualquier manera, Matilde se ha mostrado un poco menos triste al tener que permanecer lejos de su hija Mariana, sabiendo que esta quedará bajo su protección.

A tenor de los problemas que la aquejan desde que era niña, y la vehemencia con la que su madre intentó en su día solventarlos, sin éxito, ha sido gratificante para ella conocer sus planes, máxime cuando, de ese modo, puede permanecer al lado de su otra hija sin remordimientos, después de todo lo que han padecido…

No puedo seguir. Mi mente está colapsada por toda la información, pero una pequeña parte de ella sigue funcionando.

Marcos siempre ha estado ahí, en las sombras, vigilante, aunque ignoro por qué o con qué fin. Por eso siempre he tenido la sensación de que no era un total desconocido.

Mariana era hija de Matilde, pero tenía otra hija. Alguien que perdió en su momento, pero que recuperó al cabo de poco tiempo, con la ayuda adecuada, para terminar siendo su aya.

Alguien como yo.

Y si yo soy su hija y Mariana también lo era, quiere decir que…

—Mariana era tu hermana, Esther.

Me sobresalto al escuchar la voz de Matilde, serena pero tan firme que no parece la suya.

Cuando me pongo en pie, todas las cartas resbalan de mi regazo, pero no les presto atención.

Tiemblo de pies a cabeza. No sé cómo tomarme semejante afirmación, por todo lo que ello implica.

Quiero hacerle multitud de reproches, lanzarme a su cuello y besarla hasta hartarme como siempre he hecho, coserla a preguntas para encontrar las respuestas que me faltan, pero mi cuerpo parece esculpido en piedra, anclado al suelo de una casa que, al parecer, nunca ha resultado tan desconocida como pensaba.

Me limpio las lágrimas para poder ver mejor a la mujer que siempre ha permanecido a mi lado en el anonimato, aceptando su papel en lugar de proclamar a los cuatro vientos que es…

Matilde parece conocer mis pensamientos, porque esboza un intento de sonrisa conciliadora aunque temerosa y asiente.

—Sí, niña. Tú eres mi hija.

Desciende las escaleras. De algún modo, su gesto posee rasgos que antes nunca le había visto.

Un brillo desconocido en sus ojos, un rictus tenso en su boca, una mirada que esconde mucho más de lo que, quizá, yo quiera descubrir.

Me parece una desconocida, alguien que pertenece al entorno que nos rodea, segura en un ambiente que siempre ha sido el suyo.

Cuando llega a mi altura, me muestra la cajita de música que llevaba escondida a la espalda y la pone en marcha.

Las notas acompasadas y dulces de la nana inundan el ambiente. Retrocedo, como si lo que exhibiera ante mí fuera el arma más letal del mundo, pero ya es tarde. La maquinaria oxidada de mi mente ha empezado a funcionar con lentitud pero con seguridad hacia delante.

—Juro que nunca quise que tu pasado acudiera a ti de esta manera, cariño —afirma con una serenidad que me eriza el vello de todo el cuerpo—. Pero Marcos te necesita sin lagunas oscuras, sin niebla que cubra tus raíces…

Comienza a cantar la nana. Su voz, tan melodiosa como la que ha resonado en mi cabeza en las dos ocasiones anteriores, penetra muy dentro de mí y me llena de una extraña paz. De todo el amor que ha permanecido escondido durante años.

De pronto, la penumbra de la Casona se ve sustituida por una luz que proviene del exterior.

Su silencio se llena por los sonidos alegres de niños que juegan, por los pasos apresurados de sus carreras.

Cada una de sus estancias se encuentran abiertas de par en par, y la servidumbre va y viene apresurada entre chácharas y aroma a melisa.

Una tormenta de imágenes cruza por mi mente, casi como algo físico.

Empieza detrás de los ojos y se extiende al resto de la cabeza.

A mi nuca. A mi cicatriz. Son un montón de ideas que no necesito pensar para entender, como si estuviera envuelta en una corriente de agua helada que no duele pero cansa.

Como si nunca hubiera estado sola, ni siquiera en mis peores momentos.

Porque acabo de descubrir que yo soy una de las voces infantiles que envuelven el espacio. Que yo también corro para que otros niños no me atrapen.

Que hay otros ojos verdes, pertenecientes a una pequeña que está a punto de alcanzarme. Su aspecto no puede ser más semejante al mío, pero esa mirada contiene mucha más malicia, como si me llevara varios años de diferencia, a pesar de que sé que no es así.

Se trata de Mariana, mi hermana gemela.

Una vez constatado, todo se precipita.