El umbral CAPÍTULO TREINTA Y TRES
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES

Esther

A penas dormimos un par de horas antes de levantarnos para llevar a cabo nuestros planes a la mayor celeridad posible.

Lucía nos informa de que Fernando ha permanecido sereno en su alcoba, con la medicación que ella misma le ha proporcionado, mucho más tranquila al tenerlo atado a la cama.

—Matilde se quedará contigo —resuelvo—. De ese modo, no estarás sola mientras me llevo a Bernardo y la berlina.

—Pero, niña, debería acompañarte. No es correcto que…

—Mati, creo que, después de nuestras confidencias, lo correcto o incorrecto es irrelevante. —Para corroborarlo y acallar sus protestas, la beso efusivamente en la mejilla y la achucho entre mis brazos—. Cuando envíe el telegrama, intentaré hablar con el güelu. Te prometo que no tardaré.

Me voy cuanto antes. Envío el telegrama y, de regreso al pueblo, nos detenemos junto a la posada de Clara después de apreciar que dos guardias civiles siguen apostados junto a la puerta de Gaspar.

No encuentro al güelu en su lugar de siempre, sino a Clara, que sale en el momento en el que desciendo de la berlina.

—Buenos días nos dé Dios, señorita Llamazares —saluda con cierta tirantez—. ¿Puedo ayudarla?

—Lo cierto es que me gustaría hablar con tu padre, si no hay inconveniente.

—Me temo que no va a poder ser. Después de lo ocurrido en la Casona con Esteban, mi padre ha tenido una recaída muy fuerte.

—Sus ojos se entrecierran con recelo. Desconfía de mí, quizá del mismo modo que desconfía de Marcos—.

El doctor Herrero acaba de marcharse después de reconocerlo, camino de la casa de Gaspar.

—¿Es grave?

—Esperemos que no. De todos modos, volverá mañana.

—Oh, vaya… —Lanzo una breve mirada por encima de su hombro intentando ver algo, pero solo encuentro penumbra a su espalda—. Me alegro de que el negocio te vaya tan bien como para poder pagar los servicios del doctor.

—El médico ya venía pagado de antemano por el patrón. —Sus ojos huyen de los míos con vergüenza—. Lo siento de verdad, señorita. Perdone, pero hemos sido castigados por la desgracia demasiadas veces en los últimos dos años.

—También el patrón. Te recuerdo que el primero en morir fue su hijo, amén de los atentados anarquistas que ya sufría antes del último. Clara, solo intento ayudarlo. Si tu padre puede hablar conmigo de un modo lúcido…

—El patrón no necesita ayuda. ¡Y es posible que ni siquiera la merezca! Los niños han aparecido muertos en sus tierras. Si no hubieran avisado al sargento, ahora mismo tendríamos que asistir a un nuevo entierro.

—Él también perdió a un hijo, no lo olvides —insisto—. El dolor es el mismo, seas pobre o rico.

—No lo sé, señorita. Yo solo puedo hablar del mío.

—Sí, ese que asoma a sus ojos en forma de lágrimas que contiene a golpe de indignación—.

Si quiere seguir mi consejo, váyase por donde ha venido y líbrese de toda esa oscuridad que se ha apoderado de la Casona y su propietario, ahora que todavía está a tiempo.

De lo contrario, se verá mezclada en algo que ha conseguido olvidar.

Hace amago de marcharse, pero la detengo sujetándola por el brazo.

—¿Cómo que he conseguido olvidar? ¿A qué te refieres, Clara?

—¡Déjeme, se lo ruego!

He querido explicarle que, para acusar a Marcos con tanta seguridad, deberíamos esperar primero a que Esteban pueda hablar, pero me deja sola.

Mientras regreso a la Casona, intento poner en orden toda la información de la que dispongo.

Aunque no he podido hablar con Marcos al respecto, sé que la alcoba de la claraboya está ocupada por su hermano mayor, enfermo mental, que a su vez ha intentado asesinarme dos veces y que, en mitad de su delirio, me ha confundido con alguien que le propuso acabar con Simón, aunque tengo claro que no fue él quien asesinó al niño.

Sus ojos son un fiel reflejo de los de su padre, nada que ver con los de Marcos.

Me masajeo las sienes. El cansancio hace que todas las frases aparentemente sin sentido que han resonado en mi cabeza desde que tengo uso de razón regresen como si cada una de ellas fuera un aviso.

Cada vez con más fuerza, cada vez más claras, acompañadas del repetitivo sonido de la nana saliendo de la cajita de música que he decidido quedarme para mí y que ahora sé que descansa en mi propia alcoba, como sé que no suena en realidad, que solo se está reproduciendo en mi cabeza, con unas notas estridentes que parecen golpearme en la cicatriz de mi nuca cuando entro en la Casona.

Bernardo me dice algo acerca del hermano de Marcos y yo asiento mecánicamente, aunque en realidad no entiendo nada de lo que me dice.

La vista se me nubla por el dolor. Me muerdo los labios para no gritar, pero el tirón que siento en la nuca es tan fuerte que tengo que sujetarme a la barandilla de la escalera para no caer.

Y, cuando lo hago, tengo tanta debilidad que no recuerdo la advertencia constante acerca del escalón defectuoso y piso sobre él sin ningún cuidado.

Mi pie se hunde, hasta encontrar algo mullido que alivia un poco el impacto.

Cuando consigo sacarlo del agujero de la madera vieja, veo una especie de carpeta de piel, tan polvorienta que la huella de mi zapato ha quedado impresa en ella, que no dudo en recoger.

¿Qué hace aquí? Solo se me ocurre que los documentos que contiene, y que asoman por una de sus esquinas, deben permanecer ocultos en un lugar tan insólito como este, donde nadie los buscaría.

Mi conciencia me dice que los deje donde los he encontrado, pero esa curiosidad malsana que siempre ha podido más que cualquier clase de prudencia me impulsa a sentarme para abrirla.

Son varias cartas dirigidas a Marcos, amarillentas por el paso del tiempo.

Cada vez más intrigada, doy la vuelta al primer sobre abierto.

Cuando leo el remitente, los dedos se me agarrotan, un escalofrío se forma en el centro de mi estómago para extenderse a cada rincón de mi cuerpo y parpadeo varias veces, negándome a leer lo que estoy leyendo.

—No puede ser…

Dejo el primer sobre y examino el resto, esperando que todo sea una coincidencia, pero no.

La persona que ha enviado esas cartas que empiezan a quemarme en las manos no es otra que mi padre, don Arturo Llamazares.

La cicatriz me da un nuevo aviso que ignoro cuando saco la primera de las cartas, consciente de que lo que encuentre en ellas puede arrojar luz sobre toda mi confusión o sumirme en la mayor de las oscuridades.

Estimado señor don Marcos de Gondán:

He de informarle de que Esther lleva bajo nuestro cuidado y el de Matilde unos meses, como fue su deseo desde un primer momento.

Gracias a la hermana de Matilde, ha podido usted hacerse con mi dirección, lo que tanto Matilde como nosotros festejamos.

La niña está en perfecto estado de salud, aunque su mente continúa sumida en una oscuridad absoluta.

Aceptando su sugerencia, hemos decidido que Matilde se convierta en su aya. Pronto recibirá más noticias…

¿De qué oscuridad está hablando? ¿Qué sugerencia? Ahora comprendo la seguridad con la que Marcos habló de padre. En realidad, lo conocía, pero ¿por qué? ¿En qué circunstancias?

La curiosidad sigue pudiendo mucho más cuando, con manos temblorosas, despliego ante mí la segunda carta elegida al azar para leerla por encima.

De momento, me siento incapaz de hacer un examen más pormenorizado que destruya el pequeño castillo de arena que mi corazón ha construido alrededor de las emociones que Marcos me inspira:

Estimado señor don Marcos de Gondán:

Lamentamos profundamente los problemas de salud de su hermano don Fernando, así como sus desavenencias con el padre de usted.

Nuestra correspondencia es tan prolífica y fluida que ya hemos llegado a considerarlo como alguien muy cercano a nuestra familia.

La pequeña Esther ya se ha convertido en una señorita de catorce años que es nuestra alegría de vivir.

Parece feliz aquí con todo lo que podemos darle y el cariño de Matilde, que es incondicional, aunque, ¿cómo no va a serlo?

Se siente tan agradecida de que le permitamos estar al lado de la chiquilla que solo hay un hecho que empaña su alegría: la mente de Esther sigue sin reaccionar.

Después de haber recibido su última misiva, hemos decidido seguir sus consejos y mantenerla en la ignorancia acerca de todo lo acaecido. Matilde está de acuerdo con nosotros; en realidad, creo que siente tanto miedo que prefiere que Esther permanezca tal y como está.

En otro orden de cosas, sentimos mucho la muerte de su esposa Carmen, aunque nuestro pésame le llegue con demasiado tiempo de retraso…

El corazón me late desaforado y las piernas no me sostendrán si me pongo en pie.

No doy crédito a lo que estoy leyendo cuando intento respirar hondo para serenarme. Mi mente es un torbellino de información errática que soy incapaz de ordenar.

¿Marcos ha estado al tanto de los pormenores de mi vida desde mi salida del orfanato? ¿La llegada de Matilde al cortijo fue algo planeado de antemano? ¿Por quién?

Lo ignoro, pero cada vez estoy más convencida de que tengo la respuesta demasiado cerca de mí. Una sensación de vértigo empieza a marearme cuando sigo leyendo:

Estimado señor don Marcos: