El umbral CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

Esther

G aspar decide llevarse a su hijo en cuanto el doctor Herrero le administra las primeras curas.

—Cuando vea al patrón, dígale que no volveré a confiar en él ni en ninguno de sus consejos… Si es que su dinero manchado de sangre sirve para que finalmente lo cuente. Se lo llevó en plena noche, aprovechando que su madre y yo dormíamos y que conoce mi casa como la palma de su mano…

Eso me susurra con desprecio antes de desaparecer junto con el doctor.

Da por sentado la culpabilidad de Marcos sin esperar a que su pequeño mejore lo suficiente como para que pueda hablar.

Para que tal cometido se cumpla, el sargento Postigo, en un alarde de objetividad desconocido para mí, ordena que dos de sus hombres se aposten en el hogar de Gaspar y se releven constantemente durante la convalecencia del pequeño, suponiendo que supere las primeras horas del trance.

Según el doctor, ha perdido mucha sangre, las heridas son profundas pero no mortales y nuestra aparición, providencial para él.

—Cuentan con mi confianza, ya lo saben —me dice—. Solo espero que Esteban sea tan fuerte como parece y que pueda recuperarse para restaurar el buen nombre del dueño de esta casa.

—¿A cuál se refiere, doctor? ¿A Marcos o a su hermano Fernando, que sigue encerrado?

—La cara de don Ismael es todo un poema, pero despierta mi sonrisa más condescendiente—.

Lo sé todo. Incluida su implicación en el asunto.

Habría querido hablarlo con usted en otras circunstancias y, por supuesto, con don Marcos presente, pero al parecer el asesino ha decidido adelantar los acontecimientos, así que he pensado que lo mejor es que sepa a qué atenerse conmigo.

Después de un primer momento de absoluto pasmo, intenta recomponerse con un leve carraspeo y una mirada temerosa a nuestro alrededor, solo para cerciorarse de que nadie más me ha oído.

—Se muestra muy firme, Esther. ¿Tal vez Marcos la ha designado como la anfitriona de la Casona en su ausencia?

—A todos los efectos —miento descaradamente—. Sobre todo, porque no sabemos si esa ausencia será temporal o permanente, pero también porque he decidido hacer todo lo posible para que se convierta en lo primero, desde luego.

—Desde luego. Además de contar con mi admiración más sincera, cuenta con mi colaboración más desinteresada. Si así lo desea, puedo encargarme de avisar al viejo don Fernando. En un momento como este, pienso que sus influencias podrían ser de gran ayuda para su hijo.

—Se lo agradecería.

Cuando se marcha, me doy cuenta de la magnificencia de mi soledad, de lo inútil de mis intentos por averiguar el origen de mis sueños, tan reales como el asesino que aparece en ellos.

De la enormidad de mis errores y de mi amor por el hombre encerrado en una celda, a la espera de un desenlace que no terminará con el monstruo.

—Bernardo —llamo, cuando este ha regresado de llevar al doctor a su casa—, ¿los hombres del sargento Postigo siguen vigilando los límites de la Casona?

—Alguno hay, señorita. Pero en menor número que hace unos días.

—Muy lógico para él. Si ha atrapado al culpable, la vigilancia no es necesaria —mascullo en un arranque de mal humor que despierta una sonrisa condescendiente en el mayordomo.

La primera que me dirige desde que llegué.

No puedo dejarme llevar por el desánimo, así que llamo a Matilde y Lucía, y una vez que tengo a los tres ante mí, me dispongo a ejercer de dueña de la Casona—.

Bernardo, en ausencia del patrón, te agradecería que te encargaras del trabajo que normalmente hace don Marcos. Sé que es mucho pedir, pero…

—No se preocupe, señorita. Las posesiones del patrón estarán a buen recaudo.

—Gracias. Lucía, no es necesario que te comportes como si el mundo estuviera en tu contra.

Tanto Matilde como yo conocemos los pormenores de tu…

relación, así como la identidad de quien la ha propiciado.

Por eso te pido encarecidamente que vigiles la puerta de su alcoba y que avises a Bernardo a la menor señal de peligro.

Sea el que sea —remarco—. Matilde, tú y yo nos encargaremos de ser útiles a don Marcos desde aquí.

—¿Cómo?

—De momento, descansando un poco. ¿Dormirías conmigo?

Los ojos de Matilde se iluminan cuando asiente.

Juntas, nos metemos en la cama, pero ninguna puede conciliar el sueño.

La luz del quinqué encendido arroja sombras que nos parecen sospechosas, enseguida nos sobresaltamos si oímos cualquier clase de ruido, pensando que Lucía viene a avisarme, y mis pensamientos regresan una y otra vez a la suerte que haya podido correr Marcos.

—No puedo dormir —digo al cabo de una eternidad.

—Tampoco yo.

—Entonces, imagino que lo mejor será que pongamos nuestras dos despiertas cabezas a trabajar.

—¿Y qué propones?

Ambas nos incorporamos y nos miramos, esperando encontrar la respuesta en la otra, hasta que una idea se materializa en mi mente.

—El asesino —digo, y nada más hablar la sangre parece correr veloz por mis venas. Incapaz de permanecer un segundo más en la cama, empiezo a pasearme por el cuarto—. Si tú fueras él y te hubieran sorprendido antes de terminar, digamos, tu obra maestra, ¿cómo te comportarías?

—Pues… No lo sé, pero sí sé que estaría furiosa. Desconcertada, porque no sabría qué hacer. Con miedo a que me atrapen.

—¡Exactamente! Nos quedaremos en la Casona, al menos, hasta que Marcos quede libre o perezca en el garrote.

—Me sorprendo de mi frialdad al poner en voz alta mis pensamientos más horribles y me fuerzo a continuar con mi razonamiento—.

Para evitar esto último, necesitamos seguir pensando como el asesino.

Debemos hacernos una idea lo más aproximada de él, porque él tiene una muy pormenorizada de nosotros.

Empezaremos por los niños. Los vi juntos en esa casa, Matilde.

Vi lo que hacían con ellos. Vi a Simón espiando.

Esa desgracia los unió, igual que su amistad y la forma de morir.

Y esas amputaciones… Son simbólicas, como dijo el güelu.

La lengua para que no hable, los ojos para que no vea.

—Las manos para que no toque. Pero no sabemos lo que planeaba para Esteban.

—Puede que la crucifixión fuera un mensaje por sí solo. O puede que nuestra interrupción impidiera que le amputara alguna parte del cuerpo. Pero está claro que sus ansias de venganza tienen que ver con esos niños. Con su silencio acerca de la aberración sufrida.

—Si todo lo que viste es cierto, entonces, el asesino no se mueve para asegurar ese silencio que, al parecer, los niños han guardado. Si, como yo creo, no es más que un producto de tu imaginación exaltada, esa alimaña sin corazón no sabrá qué hacer ahora que Esteban puede delatarlo.

—Desde luego, el asesino es un ser despiadado, pero también lo bastante frío como para no dejarse influir por las emociones.

Debe serlo cuando tiene a sus espaldas las muertes de tres pobres niños inocentes y ha estado a punto de conseguirlo con un cuarto.

No solo disfruta con el temor que infunde en las gentes del pueblo, sino también con esa especie de acertijos que escribe en cada cita bíblica, junto con mi nombre.

—Quiere implicarte a ti también.

—Y no parará hasta lograrlo. —De pronto, las últimas palabras que me dirigió Marcos comienzan a tener sentido—. El patrón lo sabe… ¡Sabe que el asesino juega con ventaja con respecto a nosotros y ha decidido ser el trozo de queso!

—¿De qué hablas, Esther?

Me siento tan eufórica por haber descubierto las razones que han llevado a Marcos a entregarse que regreso a mis paseos, tan rápidos como el funcionamiento de mi razón.

—Marcos se entregó a sabiendas de que era inocente —murmuro sin tener en cuenta que utilizo su nombre de pila sin las formalidades pertinentes—. Quiere atraer al asesino, hacerle creer que lo ha vencido al fin.

—Veo que tú también lo crees inocente.

—¿Te parece mal?

No es un reproche, sino una pregunta sincera. Matilde intenta sonreír cuando se echa el cabello gris sobre la espalda, pero veo un indicio claro de desilusión.

—Me lo esperaba, pero, ahora que lo has reconocido, no sé si has tomado la decisión influida por tus sueños o por la realidad.

Te has convertido en prisionera de tu propia imaginación, chiquilla —me recrimina con dulzura—.

Estás persiguiendo sombras. Crees algo porque quieres creerlo, pero te meterás en aguas peligrosas si persistes en tu intención de quedarte aquí.

—Debemos estar preparadas para lo inesperado y lo insólito.

¡Tenemos que ayudarlo! —Espero una defensa acalorada por su parte, pero solo percibo cautela—.

Con sinceridad, Matilde, no comprendo tu actitud.

Desde que hemos llegado aquí, te has entendido con el patrón a las mil maravillas. ¿A qué viene ahora esta pasividad?

—A que le has entregado tu corazón. La mayoría de las personas se aman apasionadamente a sí mismas y, cuando declaran su amor por alguien, siempre lo hacen pensando en su propia comodidad y placer.

Tú no, mi niña. Tú posees una naturaleza apasionada que te hace darlo todo sin esperar recibir en la misma medida. Igual que él.

—Así que sabes que…, que él y yo…

—No te avergüences. No, conmigo. —De un modo desconcertante, cubre mi mejilla con su mano hasta lograr reconfortarme como solo ella sabe hacerlo—.

Sé que es un hombre de palabra y honor. Que cumplirá con lo que sea que te haya prometido, si logra salir del hoyo en el que está.

Pero me preocupas tú. ¿Sabes lo suficiente de él?

—Me ama. Y yo a él. Me basta con eso.

—Ojalá dentro de un tiempo sigas pensando lo mismo, porque entonces yo seré la primera en bendecir vuestra unión, sea de la naturaleza que sea. Pero, si realmente estás decidida a ayudarlo, debemos actuar con rapidez.

—Quizá lo logre su padre. El doctor Herrero se ha ofrecido a avisarlo.

Aunque… El güelu —reconozco con un nuevo aleteo de esperanza revoloteando en mi pecho—.

¡Me avisó en su día! Me habló de un alma podrida que pretende encontrar un alma pura.

De amistades desgarradas por la tragedia.

Sé que pretendía decirme algo con esa especie de acertijo, pero su mente extraviada no fue capaz de encontrar otro camino menos intrincado.

Creo que tiene miedo del asesino, además de un enorme instinto de protección con respecto a la familia que aún le queda.

De un modo u otro, pienso remover cada piedra de todas estas montañas con tal de impedir que Marcos sea ajusticiado por un crimen que no ha cometido.

»Como tú me dijiste en su día, no puedo basar un juicio en un color de ojos.

Marcos piensa que el asesino irá a por él ahora que lo tiene atado de pies y manos.

Pero estoy convencida de que el güelu conoce su identidad.

—Respiro hondo y miro más allá de mi ventana.

La noche empieza a irse, pero la niebla permanece incólume, como un recordatorio de lo que he dejado atrás y de lo que debo hacer para ayudar a Marcos, tanto si él está de acuerdo como si no—.

Pondré un telegrama para padre y madre diciéndoles que todo está bien. No queremos preocuparlos…

—Con una persona preocupada tenemos suficiente. —Resopla, cansada, y palmea el colchón—. Vuelve a la cama, mi niña. Aún podemos descansar un poco hasta que amanezca.