CAPÍTULO TREINTA Y UNO #2
—Lo hice. Al menos, eso me aseguró él. Pero es evidente que el asesino se las ha arreglado para hacerse con el niño y dar esquinazo a su padre.
—Resopla, afligido—. No me mires así, Esther.
Conozco a Gaspar. No puedo decir que nuestra relación ahora mismo sea la mejor en cuanto a amistad se refiere, pero todavía trabaja para mí.
A pesar de las circunstancias, seguirá haciéndolo, lo cual implica obediencia.
—¿Me estás diciendo que se lo impusiste?
Él se encoge de hombros con total naturalidad.
—Tuve que recurrir a ciertos trucos sucios para garantizar a este niño una seguridad que, al parecer, se ha resquebrajado. Averiguaré qué ha ocurrido. Y, después, tú y yo hablaremos largo y tendido.
—¿De todo lo que quiera?
—De todo lo que quieras.
—¿Sin secretos?
El verde de sus ojos se intensifica cuando se cuelga la escopeta al hombro y carga con Esteban sin dejar de mirarme.
—Nunca los ha habido, Esther. Pronto lo comprobarás.
—Me temo que sea lo que sea la señorita deberá esperar, a tenor de lo que estoy presenciando ahora mismo, señor de Gondán.
La voz potente del sargento Postigo hace que ambos seamos conscientes de la situación. El sargento, acompañado de al menos media docena de sus hombres pertrechados con sendas armas, bloquea la entrada a la capilla. Su actitud no es amenazadora, pero llega dispuesto a detener al culpable.
Y, para él, el culpable porta el cuerpo maltrecho de un niño que ha estado a punto de morir.
Se acerca con pasos firmes y decididos, sosteniendo la mirada de Marcos, seguido por sus hombres, y se detiene frente a nosotros con el rostro descompuesto al comprobar el estado de Esteban.
Con un gesto de cabeza, dos guardias civiles se posicionan a ambos lados de Marcos, desplazándome a mí de uno de ellos.
—No, espere. ¡Él no es culpable de nada! ¡El verdadero asesino ha escapado!
—Gracias a la indolencia de sus hombres, dicho sea de paso —apostilla Marcos con una frialdad espeluznante—. ¿Dónde estaban mientras este niño pedía auxilio?
—Con su padre. Se presentó en el cuartel diciendo que Esteban había desaparecido, y tuve que reclutar a todos mis efectivos, aun a riesgo de dejar la Casona desprotegida. Aunque veo que me dirigí en la dirección equivocada.
—¿Quién lo ha avisado para que se presente aquí con tanta prisa y tan poco acierto en sus deducciones?
¿En lugar de apoyar mi declaración, Marcos hace esta pregunta? Abro la boca, completamente atónita ante su expresión de aceptación total a lo que a todas luces va a ocurrir. Intento hablar, pero con una contundente mirada, él consigue hacerme callar.
—Eso ahora no importa —responde el sargento—. Digamos que alguien con buen corazón que habló de tiros de escopeta en la Casona y de un niño… crucificado. Veo que ahora mismo está usted en posesión de ambas cosas.
—¿Serviría de algo que refrendara las palabras de la señorita?
—De lo mismo que todas sus anteriores declaraciones, sus influencias en la zona e incluso su dinero.
Puede que esto último lo salve del garrote si toca las teclas adecuadas o su padre lo hace por usted, pero sus afirmaciones son demasiado débiles ante las evidencias, señor.
—Contrariamente a lo que cabe esperar, Postigo parece apesadumbrado cuando sus subordinados sujetan a Marcos por ambos brazos, y un tercero se hace cargo de Esteban sin encontrar ningún tipo de resistencia—.
Por el amor de Dios, ¿qué espera que piense cuando no tenemos ni una sola prueba que corrobore su teoría acerca del asesino desconocido que intenta incriminarlo?
—¡Pero él es inocente! —Decido ignorar la silenciosa advertencia de Marcos y me encaro con el sargento—. ¡Su obligación es descubrir al verdadero culpable!
—¿Sabe usted algo al respecto, señorita?
—Sin mirarme siquiera, examina con brevedad la nuca de Esteban para comprobar que no hay rombos en ella ni tampoco nota que me nombre de forma alguna—.
Porque, por lo que estoy viendo, solo tengo a un niño gravemente herido que me indica que, solo quizá, el aviso ha llegado a tiempo para evitar que cualquiera de los dos, o ambos, terminen su macabra obra.
—Ella no tiene nada que ver. Si necesita un culpable, aquí me tiene.
—¡No!
Compruebo el estoicismo con el que Marcos acepta algo que sé que no ha hecho, solo para librarme de toda sospecha, y me interpongo entre él y el sargento, pero sé que es una maniobra inútil.
Ni siquiera incriminándome yo también lograría liberarlo de su destino más inmediato.
Siento su mano apoyada en mi brazo, que tira de mí hacia atrás, pero me niego a moverme.
Estoy demasiado concentrada en mantener mi pulso visual con Postigo como para atender sus absurdas demandas.
—Esther… —escucho que me llama.
—No voy a consentir que te sacrifiques. Hemos oído los gritos de socorro del niño desde la Casona poco después de que el señor de Gondán volviera del pueblo —insisto con cabezonería.
—Lo cual no lo exime de culpa.
—¡Venía de hablar con Gaspar, el padre de este niño!
¡Le pidió encarecidamente que vigilara a Esteban, guiándose por los acontecimientos anteriores!
¡Por suposiciones, nada más! ¡Gaspar ha sido su amigo de la infancia, además de uno de sus mejores trabajadores, y don Marcos solo quería proteger a su familia!
¿No comprende que sería absurdo advertirle para después atacar a Esteban en sus propias tierras, arriesgándose una vez más a que alguien dé la voz de alarma?
—Siento el rostro congestionado por la indignación, al mismo tiempo que los dedos de Marcos cerrándose en torno a mi brazo para tirar de mí.
Aun así, sigo resistiéndome con furia—. ¡Es ridículo!
¡Tiene que creer lo que le estoy contando, porque no es más que la verdad!
¡Interrogue a todo el personal de la Casona y le dirán lo mismo que yo!
—Lo haré, no lo dude. Pero, mientras tanto, este hombre debe permanecer entre rejas. Por el bien del niño, del pueblo entero… Y de usted.
Se desprende de su propia capa para echársela por encima a Esteban, pero, cuando el hombre que lo carga se dispone a llevárselo, Marcos levanta una mano.
Veo angustia en sus ojos al posarlos sobre el niño.
Su rostro está ceniciento y su mandíbula, tan tensa que parece a punto de romperse.
Ignoro por qué ha tomado esa actitud pasiva y derrotista, pero él intuye mi pregunta cuando me vuelvo y, con un sutil movimiento de cabeza, me advierte que permanezca en silencio.
—Si considera que deteniéndome protege a la señorita Llamazares, no seré yo quien se lo impida —afirma—. Pero al menos asegúreme que dejará a Esteban en la Casona y avisará al doctor Herrero y a la familia del niño. Si yo soy el asesino, no tendrá nada que temer, ¿verdad?
Postigo no responde. Solo asiente y se hace a un lado para que sus hombres se lo lleven.
Y con él, mi corazón, mi alma y mi fuerza.
—Marcos, por favor…
Es un ruego para que se defienda, para que luche con uñas y dientes contra esta injusticia.
Siento que me resquebrajo por dentro como nunca antes, que me vuelvo débil.
Los ojos se me llenan de lágrimas que derramo sin que me importe mantener el tipo.
Cuando él pasa por mi lado, me aferro a su brazo en un último intento, pero su mano sobre la mía me hace desistir.
Leo una extraña seguridad en sus ojos cuando impactan contra los míos. Parece resignado, abocado a un destino repentino pero tan injusto que me niego a permanecer de brazos cruzados viendo cómo me lo arrebatan. Cómo me quedo vacía por dentro.
—¡Espere, sargento! —exclamo a la desesperada.
Puedo hablarle de mis sueños, de la sesión de hipnosis donde presencié el acto más aberrante de mi vida, protagonizado por un hombre al que no le vi la cara.
También puedo explicarle que el güelu Antonio conoce lo ocurrido con los niños y ha callado por miedo a unas represalias que, finalmente, se han producido del modo más atroz.
O puedo revelar la presencia de Fernando de Gondán en la Casona y sus dos agresiones fallidas contra mí, aunque sepa sin ningún género de duda que, al menos esta noche, no ha tenido nada que ver con lo ocurrido al pobre Esteban.
—Esther…
Marcos se desprende del agarre de uno de los oficiales y sujeta mi cara entre sus dedos.
«Cree en mí. Confía y comprenderás, ¡pero mantente en silencio!».
Eso parece decirme con esos dos faros verdes clavados en mí, llenos de angustia.
No teme por él, sino por mí. Me limpio las lágrimas con furia y lucho contra mí misma para no arrojarme a sus brazos y besarlo, para no saborear su boca sin importarme lo más mínimo lo que aquellos hombres puedan pensar o las rígidas y estúpidas normas de la decencia que rompí en mil pedazos la noche en la que decidí compartir su cama y, con ello, mi vida.
—No me hagas esto… —murmuro llena de desesperación e impotencia.
—Recuerda, Esther. El juego de la gallinita ciega. El que busca, encuentra.
No puede decirme más. No puede mantener por más tiempo el contacto, ni físico ni visual, porque el sargento ordena que se lo lleven. Y con él, mi corazón hasta dejar mi pecho vacío.
Extiendo una mano sabiendo que no voy a poder detenerlo.
Abro la boca para intentar cambiar el curso de los acontecimientos sabiendo que no lo conseguiré.
Mis ojos se nublan con las lágrimas que siguen aflorando y mi estómago se contrae de dolor, pero no me encojo.
Solo miro al sargento, apostado junto a mí, y me estiro con la majestuosidad de una reina que ha recuperado su orgullo, oculto en algún lugar recóndito, para seguir luchando.
—Los milagros no existen, al menos, en mi mundo —afirmo—.
Si quiere más información, tendrá que probar con la servidumbre de la Casona, sargento.
Quizá ellos se muestren más colaboradores.
Yo, por mi parte, solo puedo decirle que su hombre tiene en los brazos a un niño que, de recuperarse, podrá delatar al monstruo que lo ha atacado.
—Espero que ocurra pronto. Por el bien del señor de Gondán.
El guardia que permanece con Esteban en brazos se encamina hacia la casa sin esperar la orden de su superior, pero este se queda rezagado con una sonrisa cínica en los labios que me retuerce las entrañas.
—Usted primero, señorita Llamazares —me invita—. No tenemos tiempo que perder.