CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Esther
A rmado con una escopeta, Marcos me sigue sin preguntar, después de ordenar a Matilde que no pierda de vista a Fernando y a Bernardo que vigile la alcoba en la que ambos se encuentran.
Corro como hice con Pelayo, aunque esta vez es diferente. Esta vez no he presentido su muerte a través del sueño, sino de la realidad interrumpida por su sufrimiento. Porque Esteban está sufriendo, pero intuyo que podremos llegar a tiempo para evitar un desenlace tan fatal como el de sus amigos.
Cuando pongo un pie en el exterior, me abrazo ante el golpe de viento que me recibe.
Ulula a mi alrededor como si fuera un búho vigilante, como el canto de una sirena que se eleva por encima de cualquier acceso de pánico.
Aunque no evita que el miedo penetre en mi cuerpo y en mi mente y me hable a un nivel tan profundo que comprendo el mensaje sin necesidad de oír las palabras.
Es como música en la sangre que me atrae hacia el lugar en el que se encuentra Esteban.
Mi mente está cada vez más confusa, pero un nuevo grito me la aclara de golpe.
—¡La capilla! —grito por encima de mi hombro a Marcos, que ha preferido dejarme delante para saber con seguridad a dónde nos dirigimos—. ¡Es posible que lleguemos a tiempo de salvarlo! ¿Dónde están los hombres de Postigo?
—No lo sé, pero deberían aparecer antes que nosotros.
Por un momento, me paro a pensar en el hombre que me acompaña y lo que acabo de descubrir acerca de él.
No se trata de creer su versión a pies juntillas; de hecho, sus mentiras han sembrado en mí la semilla de una duda que temo sea perenne.
No sé si estoy actuando bien. Tengo sus confesiones clavadas en mi cabeza cuando el miedo da paso al terror al verme sola con él en mitad de esta oscuridad agobiante.
Lucho contra una súbita flojedad en el vientre y la vejiga, tiemblo tan violentamente que no me sorprendería que me empezaran a crujir los huesos.
Levanto la cabeza en cuanto dejo de escuchar los gritos de auxilio y aparto la mirada del arma que Marcos acaba de cargar al ver que el bosque que rodea la capilla se ha acercado a mí.
Incluso puedo ver la luminosidad de la niebla húmeda impregnando las hojas de los árboles.
Entonces comprendo que soy yo, y no los árboles, la que se ha movido.
Que estamos solos, sin los hombres del sargento.
—Esther, colócate a mi lado —me susurra Marcos tirando de mí con fuerza—. No permitiré que te pase nada, si es que el asesino aún se encuentra ahí dentro.
Pero yo no lo escucho con la suficiente atención.
Me detengo de golpe cuando siento un súbito cambio de temperatura a mi alrededor, como si, en lugar de la niebla, el frío del invierno se hubiera instalado en la Casona.
Veo mi propio vaho saliendo de mi boca y escucho los latidos de mi corazón en cada centímetro de mi cuerpo. Golpeando, avisando…
Noto cómo todo el vello se me eriza y la cicatriz me da un nuevo tirón, aunque no tan fuerte como el del antes.
Algo en mí nota el mal y trata de advertirme de que no debo continuar, de que tengo que darme la vuelta y correr sin mirar atrás.
No es solo el frío y la negrura, sino la atmósfera que comienza a oprimirme, algo tan denso y oscuro como nunca antes he sentido.
El peligro se nota en el aire, casi irrespirable, que sustituye al viento cuando abrimos la puerta y penetramos en el interior de la capilla.
Alguien se ha molestado en encender las cuatro velas de un candelabro colocado bajo una de las imágenes, pero el silencio es aplastante. Huele a sudor, a odio, a miedo.
Y a algo más. Si las pesadillas tuvieran un aroma, sería ese. Metálico, flotando en el ambiente.
Es sangre.
Al instante, mi miedo a lo que nunca he podido comprender desaparece. Solo queda el terror de seguir notando este aroma, de imaginar lo que voy a encontrarme.
Siento que el aire abandona mis pulmones, como si me hubieran golpeado en el estómago. Los ojos se me llenan de lágrimas y las piernas me flaquean conforme nos vamos acercando a una cruz que aparece en mitad del altar, y mi mirada sigue clavada en la imagen que nunca olvidaré.
Es Esteban. En paños menores, simulando de una manera aberrante la crucifixión de Cristo sobre un crucifijo a su medida, de madera, apoyado sobre el altar principal. Mezcladas con la sangre que gotea de sus pies, se hallan sus ropas, hechas harapos.
No sé cómo ha ocurrido. Desconozco si Marcos consiguió convencer a Gaspar acerca de la vigilancia de su hijo, porque la súbita aparición de Fernando ha borrado todo lo demás de mi mente, o si logró que le hiciera caso y aun así el asesino se hizo con su trofeo.
Lo que tengo claro es que, según todo parece indicar, ha vuelto a dejar su macabra impronta sin que hayamos podido hacer nada por evitarlo.
—Oh, santísimo Dios…
Al mismo tiempo que reconozco el macabro espectáculo que estoy presenciando, y que anula por completo la naturaleza de cualquier otro miedo que pueda atenazarme, noto un extraño cosquilleo, como si cientos de insectos estuvieran paseándose sobre mi piel.
El vello de mis brazos vuelve a erizarse y mi respiración se agita.
Mi cuerpo reacciona como lo haría ante la presencia de un voraz depredador.
Tengo la certeza de que alguien está cerca, mirándome.
Imagino oír una respiración contenida, o tal vez la presiento de verdad.
Hasta que ese pequeño cuerpecito se mueve, y mi mundo se llena con la luz de la esperanza.
—¡Está vivo! —exclamo abalanzándome sobre él.
—¡No, Esther, espera! ¡No te separes de mí!
Demasiado tarde. Solo quiero apartar a ese pobre niño de semejante agonía. Descolgarlo de ahí y llamar al doctor Herrero. Intentar por todos los medios salvarle la vida.
Pero un ruido a nuestra espalda nos hace girarnos. Una sombra se mueve con una rapidez escalofriante en sentido contrario hasta que logra escurrirse hacia la oscuridad de la noche
—¡Deténgase, sea quien sea!
Marcos se precipita a la salida tras el intruso. Después de unos angustiosos instantes de silencio, el sonido de un disparo lo quiebra, pero sé que no ha dado en el blanco cuando lo oigo maldecir mientras vuelve a mi lado.
—Se ha escapado —me informa mientras me aparta para arrancar el clavo que mantiene los pies de Esteban unidos a la madera—. No iré tras él.
—Si no vas, ¡perderemos una oportunidad de oro!
—Ignoramos si hay más acechándonos. Acechándote —aclara con un susurro apremiante—. No voy a dejarte sola, Esther, mucho menos con Esteban en estas condiciones.
El niño protesta, pero es un sonido sordo, adormilado, demasiado débil, que no nos hace desistir de nuestro propósito.
Sin que sean necesarias más palabras, yo tiro del que tiene en su mano derecha mientras Marcos hace lo propio con la izquierda.
El cuerpo de Esteban cae hacia delante contra el suyo.
Lo sujeta con firmeza y lo deposita sobre el suelo de piedra con todo el cuidado del mundo.
Un sudor frío que reconozco en el acto dibuja un trazo de terror a lo largo de mi espina dorsal cuando Marcos palmea aquel pequeño rostro, tan pálido como la misma muerte, sin conseguir resultados.
La presión en el pecho me obliga a abrir la boca para respirar en el momento en el que empiezo a pensar que ese pequeño jadeo de dolor que hemos oído antes ha podido ser el último de Esteban.
—No, no, no… —recito innumerables veces al arrodillarme al otro lado del niño y apartarle el pelo de la cara—. Vamos, Esteban, ya estás a salvo. Respira… No me hagas esto, te lo suplico…
Sus labios permanecen inmóviles. Marcos pega la oreja a ese pecho escuálido al no detectar ningún movimiento en él.
Dudo si lanzarme a avisar a alguien más y dejarlo solo, pero mi pensamiento se interrumpe por la fuerza de la sonrisa de Marcos cuando se incorpora.
Proyecta tal luminosidad en cada rincón de mi cerebro que me hace entornar los ojos, con la extraña sensación de reconocimiento que me lleva a confiar en él.
Señala una pequeña pila bautismal, toma del suelo los pantalones del niño y los moja en el agua bendita. A continuación, lava las heridas con tanto esmero que es mi propio corazón el que amenaza con salirse del pecho mientras mi mente me lo recrimina.
—Está vivo —dice—. ¡Vive, Esther! ¡Lo hemos conseguido!
Siente tal euforia que se acerca a mí, me toma de los hombros y se apodera de mi boca con furia, con autoridad, sin permitirme ni un solo titubeo.
No sabe que me siento tan feliz que solo deseo dejarme llevar por el momento, sin pensar en dudas, en medias verdades, en mentiras ocultas y en todo el horror que nos rodea.
Durante unos mágicos segundos tan solo estamos él y yo, Marcos y Esther, hasta que me aparta con la misma fuerza con la que me ha atraído y me abrasa con el brillo de sus ojos verdes.
—Pase lo que pase a partir de ahora, no olvides que te amo, señorita Llamazares —me confiesa con su habitual tono directo.
Sabe que le creo, que no me cuestiono ni una sola de sus palabras, pese a que lo he tachado de mentiroso y embustero poco antes.
Sonríe, me acaricia la mejilla, ensimismado, y después frunce el ceño con una sombra de preocupación en su cara—.
Pase lo que pase —repite—, no olvides que todo lo he hecho pensando en ti. En nosotros.
—¿Qué puede pasar que te asuste de este modo?
—Nada… Si tú también me amas.
—Lo hago, Marcos. Y ni siquiera sé cómo ha ocurrido o por qué no dudo a la hora de afirmarlo cuando tu alma todavía oculta demasiados secretos.
—Los conocerás. Te lo prometo. —Dirige su atención al pequeño Esteban, que comienza a moverse, y me ayuda a ponerme en pie.
El momento de intimidad, extraño e insólito por el lugar y las circunstancias, ha pasado—.
Necesita atención urgente. En cuanto lo deje en la Casona, al cuidado de Lucía y Matilde, avisaré a Ismael y a Gaspar.
—No lograste convencerlo…