CAPÍTULO TREINTA #2
—Así que no mentiste… Oh, Mati, mi Mati.
—Me acerco a ella y la abrazo con fuerza.
Le susurro una disculpa y beso su mejilla mojada por lágrimas de culpabilidad antes de fijar toda mi atención en Marcos, que observa la escena evidentemente conmovido, pero inmóvil, a distancia de mí—.
Esta noche, tu hermano ha intentado matarme por segunda vez, pero no veo que tengas intención de denunciarlo.
¿Por qué sigues dándole cobijo a pesar de ver que abusa de Lucía y me ha agredido por dos veces?
¿Por qué me mentiste cuando afirmé haberos oído y visto en el cuarto contiguo?
—Tus preguntas me hacen suponer que me crees.
—¡Y tus mentiras consiguieron que estuviera a punto de volverme loca, pensando si todo había sido uno de mis sueños!
¡Me sometí a esa hipnosis que solo ha arrojado más confusión a mi mente!
¡Te obligué a verte las caras de nuevo con tu padre cuando estaba claro que vuestra relación murió hace tiempo!
—¿Te preocupas por mí? —pregunta con un matiz de esperanza en la voz que hace que las comisuras de sus labios se curven hacia arriba con cautela.
Me niego a dejarme embaucar por una simple sonrisa. Me resisto a perderme en unos recuerdos demasiado recientes y demasiado apasionados como para tomarlos con frialdad. Debo averiguar toda su verdad, si es que es eso lo que me está relatando.
—¡No voy a creerte hasta que no me respondas, maldito seas! —escupo apartando a Matilde de mi lado cuando esta intenta detenerme. Me coloco de pie frente a él, a escasos centímetros, con toda la intención de acorralarlo—. Solo entonces tendrás el honor de formar parte de mis preocupaciones.
—No esperaba menos de ti. Orgullosa como una reina.
—E indigna de un cobarde como tú —sigo vomitando, incapaz de retener en mi interior el despecho de saberme utilizada, quizá para conseguir tenerme en su cama, quizá para otros propósitos desconocidos para mí por el momento—.
Escuché a tu padre decírtelo a la cara; en ese momento tuve que controlarme para no entrar y escupirle todo lo que pensaba de él, pero ahora…
, ahora veo que estaba en lo cierto. Solo se me ocurre ese calificativo para el hombre que pretende ser un caballero y, en realidad, se vanagloria de aprovecharse de damas como yo.
El verde de sus ojos adquiere el brillo del acero ante mis palabras. Lentamente, con movimientos medidos, se pone de pie para observarme desde su altura. Durante unos interminables minutos nadie dice nada de nuevo hasta que su rostro comienza a congestionarse de indignación.
—Un buen día, mi hermano, que no había tomado su medicación, cogió a mi hijo y se lo llevó hasta la laguna —sisea muy despacio, como si estuviera haciendo un esfuerzo titánico por contener su estallido de furia—.
La niñera se había descuidado, y no había nadie más en la casa que pudiera detenerlo.
Afortunadamente, Bernardo lo vio pasar al galope en su caballo y corrió a advertirme.
Cuando lo alcancé, estaba a punto de ahogar a Simón.
»Conseguí quitarle al niño de los brazos y convencerlo para que me acompañara.
Después, lo encerré en su alcoba para preguntarle por qué lo había hecho.
Me respondió que prestaba a mi hijo más atención que a él y que de ese modo se quitaba un obstáculo de en medio.
¿Tienes idea de lo que he pasado desde que mi hermano cayó enfermo, Esther?
¿Tu gran inteligencia es capaz de imaginar siquiera el sufrimiento que he tenido que padecer cuando la esquizofrenia me lo arrebató a él primero y a mi padre después?
»¿Lo que sentí cuando tuve que tomar uno de los caminos que siempre se me han presentado, sabiendo que, de cualquier modo, iba a perder algo?
—Su tono de voz va subiendo conforme sigue preguntando, al igual que su ira, que me transmite cuando me aferra los hombros y me clava los dedos—.
¡Nunca, jamás desearé que nadie pase por lo mismo que yo cuando Simón murió!
¡No hay nada peor que sobrevivir a un hijo, Esther!
»Es como si te arrancaran un pedazo de ti indispensable.
Como si te arrojaran al infierno sabiendo que padecerás el dolor del fuego sin morir.
Como una agonía interminable, porque no tienes valor para terminar con tu propia vida, pese a desearlo.
Si lo miro bien, quizá sea un cobarde que ha preferido seguir adelante con el peso de todas esas muertes sobre su conciencia, antes que acompañarlos en el más allá, o donde demonios se hallen.
—No, Marcos, tú no…
Quiero desdecirme, pero él coloca un firme dedo sobre mis labios y exhibe una sonrisa escalofriantemente triste que me pinza el corazón.
—Fernando supo que estabas aquí desde el primer momento.
—Recuerdo con claridad ese día. Su expresión de hastío cuando Bernardo lo avisó de que lo necesitaban, y su orden de que fuéramos debidamente atendidas en su ausencia.
De pronto, todo empieza a encajar como un rompecabezas complejo en el que aún faltan demasiadas piezas—.
Pero he tratado de controlarlo por todos los medios posibles para que tú desconocieras la suya.
¿Quieres que reconozca que mentí? ¡Pues bien, sí, lo hice!
¡Y volvería a hacerlo mil veces si con ello te mantengo alejada de él!
—Se aparta de mí casi horrorizado, pero sin dejar de mirarme con firmeza—.
Si fue capaz de intentar acabar con su propio sobrino, ¿qué no sería capaz de hacer contigo si descubría mi interés en ti?
—Pero lo descubrió, don Marcos. Y quiso librarse de Esther.
—Sí, Matilde. Si no lo ha logrado, ha sido en buena parte gracias a ti.
—Besa su mano con la devoción debida a una dama de alta alcurnia, casi con adoración—.
Tu aya siempre ha velado tu sueño, Esther.
Es bueno que lo sepas. El día que te torciste el tobillo te prometí que haría lo posible porque te encontraras tranquila en mi casa, y así ha sido.
Ella se ha pasado la mitad de las noches junto a tu puerta, como un perro guardián.
Dispuesta a interrumpir tu sueño si este se hacía incontrolado.
Lástima que, cuando todas las alarmas saltaron, acababa de regresar a su alcoba.
Miro a la mujer cuyo comportamiento Marcos ha ensalzado con toda la razón del mundo.
Ella me devuelve la mirada con los ojos arrasados en lágrimas y el mentón tembloroso, retorciéndose los pliegues de su bata con nerviosismo y ansiedad, pero en completo silencio.
No es necesario que diga nada. Sé que lo que acabo de escuchar no es una exageración ni una mentira.
Si alguien tiene un ángel de la guarda de carne y hueso, esa soy yo.
Matilde es mi ángel.
Nos fundimos en un abrazo lleno de disculpas, agradecimientos y amor alimentado con el tiempo y la confianza que provoca confesiones cuando escuchamos a nuestra espalda una voz rasgada.
—Ella me obligó… Me dijo que, si me deshacía de Simón, sería mía para siempre…
—Nos volvemos para ver los ojos de Fernando clavados en mí mientras me señala con un dedo tembloroso—.
¡Ella es la culpable! ¡Te hará daño, Marcos!
¡Irá a por ti y te sacará los ojos, como le ocurrió al pequeño Andrés!
Luego, te arrancará la lengua, como hizo con Simón, ¡y después se llevará tus manos para esconderlas junto a las de Pelayo!
¿No lo ves? ¡Mira cómo retrocede! ¡Va a por Esteban! ¡Es el último, antes de matarte a ti!
Nos miramos entre nosotros sin comprender a qué se refiere. Damos por hecho que está desvariando y Marcos lo obliga a tomarse la medicación entre gruñidos de furia.
A continuación, todo ocurre demasiado rápido.
El dolor que siento en mi cicatriz hace que grite y me la cubra con la mano mientras las rodillas me flaquean.
Tengo que apoyarme sobre el colchón con la mano libre para no caerme.
La visión se me nubla. Escucho de lejos a Matilde mientras Marcos me sujeta del brazo para hacerme caminar hacia la silla que ha estado ocupando él. Sin embargo, no puedo moverme.
Es como si alguien me hubiera clavado los pies al suelo.
Incluso puedo sentir el pinchazo de dolor que me atraviesa la carne, el sufrimiento que se extiende por mis piernas hasta alcanzar mi estómago.
Las náuseas me suben a la garganta. Me miro las manos.
Tengo las palmas atravesadas por un agujero enorme del que no para de manar sangre.
Aunque quiero moverlas para que esa macabra fuente roja cese, no lo consigo, como tampoco consigo apartar de mi mente esa imagen que sé que es ficticia.
Tiene que serlo; no estoy dormida, me digo.
El fuerte agarre de Marcos y las palabras de alarma de Matilde son buena prueba de ello.
Contengo una arcada de repugnancia al comprobar cómo la sangre comienza a manchar el suelo y se une a la que mana de mis pies. Mis lágrimas de impotencia no logran nublarme la vista, pero de pronto lo escucho.
—¡Socorro! ¡Señorita, ayúdeme!
Es más que un grito. Es una agonía. La misma que, de algún modo, esa voz infantil me está transmitiendo. No solo experimento su sufrimiento físico, sino que también percibo el terror del pequeño que sé que me está llamando. Solo a mí. A ninguna otra señorita.
Su llamada de auxilio ha traspasado el mundo de los sueños para colarse en mi realidad de una manera tan potente que apenas soy yo, sino que me convierto cada vez más en él.
Me ahogo al comprender que el asesino ha adquirido tanta fuerza que es capaz de ponerse en contacto conmigo a través de la distancia, sin necesidad de un sueño de por medio.
Marcos me envuelve en sus brazos, pero no consigue calmar mis temblores ni el sudor que vuelve a empaparme cuando mis ojos se fijan en un punto más allá de la ventana.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta, y me contengo para no saltar de alegría.
No solo yo lo he escuchado. También ellos. Reconozco la voz, veo los ojos del niño que me llama y sé, sin ninguna duda, dónde está.
—Esteban —susurro entre jadeos como si me encontrara agotada—. ¡Está a punto de morir!