El umbral CAPÍTULO TREINTA
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CAPÍTULO TREINTA

Esther

— ¿E stás bien? Por favor, Esther, háblame…

No puedo, ni debo, ni quiero hablarle. Solo puedo pensar en el hombre que tengo tan cerca y que hace unos minutos estaba sobre mí, intentando estrangularme.

El hecho de que ya no contemple a Marcos como el asesino de los niños no lo convierte en inocente.

El hecho de que me esté enamorando de él sin remedio no quiere decir que deje de pensar.

El desconocido no lo es tanto para Marcos. Y se halla sobre una cama desconocida, de una alcoba igual de desconocida, que tiene comunicación directa con la que contiene los juguetes infantiles.

El hallazgo de la puerta, aparentemente secreta pero que resulta no serlo tanto, ha servido para hacer otros descubrimientos.

La discusión entre Marcos y el desconocido fue real, no producto de mi imaginación.

Él me engañó y ya no se molesta en disimularlo, cabizbajo junto al cabecero de la cama, como si se arrepintiera de haberme quitado a esta bestia de encima.

Del otro lado se encuentra Matilde, tan silenciosa como él mientras limpia sus heridas, segura de que no repetirá su ataque.

Marcos se ha ocupado de atarlo al cabecero y a los pies de la cama para que, cuando despierte de la inconsciencia provocada por sus golpes, no pueda atacar a nadie más.

Su parecido con Marcos resulta tan escalofriante como el engaño del que he sido objeto. Me cuesta un mundo apartar mi atención de él para centrarla en el hombre que, a todas luces, me ha mentido a pesar de asegurar que nunca haría tal cosa.

—Aquel día discutiste con él —empiezo sin preámbulos de ningún tipo.

En este momento me gustaría contar con alguien en quien poder confiar, alguien que apoye mis palabras, pero de algún modo siento que Matilde no es esa persona, al menos por esta noche.

Ni siquiera levanta la cabeza cuando me oye hablar—.

Aquel día sabías que había sido él quién había intentado enterrarme viva, pero lo cuidas como si fuera…

—Mi hermano, Esther. Es mi hermano Fernando.

Todos los demás reproches mueren en mi garganta cuando lo escucho hablar, alejado de mí, rehuyendo mi mirada como si fuera el peor de los criminales.

Se mesa el cabello con furia, aprieta los dientes, imagino que dirigiéndose miles de reproches a sí mismo, hasta que sus ojos se encuentran con los míos.

Veo angustia en ellos, pero también una determinación que utilizará para excusarse de cada una de sus faltas, a pesar de que sabe que las ha cometido.

Me levanto de la silla en la que he permanecido sentada la última media hora e inspiro hondo.

—Eso es imposible. Me aseguraste que había muerto hace doce años.

¡Yo misma vi su nombre en la lápida! —exploto.

Busco explicación en Matilde, pero ella continúa con sus cuidados como si nuestra discusión no estuviera teniendo lugar delante de sus narices.

Espero su respuesta, pero el silencio habla por sí solo, haciéndome comprender—.

Me mentiste… ¿Cómo has podido? ¿Cómo has sido capaz de comportarte de un modo tan miserable conmigo?

¡Mírame y sigue afirmando que vas con la verdad por delante!

¡Hazlo o empieza a explicarlo de forma que resulte creíble, porque, de lo contrario, Matilde y yo nos iremos en este mismo instante para no volver!

La angustia me comprime el pecho, me cierra la garganta y llena mis ojos de lágrimas, pero la rabia puede más. Sin tener en cuenta la presencia de Matilde, lo abofeteo con toda la fuerza de la que soy capaz y me aparto, esperando una reacción que no se produce.

Marcos fija sus ojos apagados en mí mientras se frota la mejilla golpeada, pero no ocurre nada más. Ni gritos ni recriminaciones. Solo una tristeza infinita que empaña su semblante cuando toma asiento al otro extremo de mí, con la mirada fija en su hermano.

—Para mí murió hace doce años, aunque permanezca en esta casa, bajo mi responsabilidad —comienza con la voz queda, sin mostrar el más mínimo sobresalto—.

Lo ocurrido aquel día me hizo adquirir de golpe una responsabilidad que la mayoría de los muchachos de mi edad ni siquiera se imaginaban.

De golpe, pasé a tener muchos más años de los dieciocho que tenía.

Y Fernando acumuló bastantes más de los veintiuno con los que contaba.

No me quedó más remedio, puesto que mi padre se desentendió de él por completo y lo rechazó como hijo.

—Don Marcos, si usted lo considera así, puedo marcharme…

—No, Matilde. Tú también tienes algo que decir, así que quédate —prosigue después de servirse una copa de vino y apurarla de un trago—.

Mi hermano sufre un trastorno mental llamado esquizofrenia.

Empezó con un comportamiento extraño que incluía fantasías de todo tipo, alucinaciones y una agresividad cada vez más acusada.

Mi padre y yo lo llevamos a visitar a los mejores especialistas del mundo en la materia, pero ninguno pudo curarlo.

En el mejor de los casos, tendría que vivir encadenado a una medicación de por vida, cuyos resultados tampoco nos garantizaban nada.

»Sin embargo, comprobamos que, cuando la tomaba, se convertía en una persona muy cercana a la normalidad, así que, contraviniendo los deseos de mi padre de internarlo en un sanatorio mental, decidí seguir los consejos del doctor Herrero y habilité esta pequeña alcoba, contigua a la que compartíamos de niños, para él.

—Deja salir el aire de golpe, como si a través de él se le escapara la poca fuerza que tiene para aparecer ante mis ojos como algo mejor que un redomado embustero, y me lanza una mirada huidiza que enseguida vuelve al que, según él, es su hermano mayor—.

Todo fue más o menos bien hasta que nació Simón.

»Los celos, imagino, le hicieron escaparse de esta parte de la casa y acercarse al bebé de una forma tan amenazante que temimos por el niño.

Como consecuencia, mi padre me lanzó un ultimátum: o él o mi hermano.

En fin… Si haces un poco de memoria, sabrás a quién elegí, lo cual no fue muy del agrado de mi padre.

Permaneció a regañadientes un tiempo más en la Casona, pero mi matrimonio con Mariana fue la gota que colmó el vaso.

No lo aprobaba, así que decidió marcharse.

—¿No vivía aquí cuando Simón murió?

—Simón fue asesinado —puntualiza con fiereza, para luego desinflarse como un globo cuando se deja caer sobre el respaldo de la silla que ocupa—.

Pero no, él ya no vivía con nosotros. Aun así, vino en cuanto supo la noticia.

Adoraba a mi hijo. Y creo que, en cierta manera, culpaba a Mariana de su muerte.

Desde mi casamiento…, bueno, el niño gozaba de más libertad que antes, y él la achacó a mi enamoramiento.

—¿Estabas enamorado de ella hasta ese punto?

—Te puedo asegurar que no. Para mi padre, Simón habría sido siempre un niño.

No quería darse cuenta de que tenía edad suficiente para corretear por ahí, sin alejarse demasiado.

Pero ese día se alejó demasiado… para todo el mundo.

—Es evidente que no quiere seguir hablando más acerca del tema.

¿Y si don Fernando está en lo cierto y, de algún modo, Mariana y su despreocupación propiciaron que el asesino atrapara a Simón en la mina?

Si siempre estaba con sus amigos, ¿dónde se hallaban ellos en aquel momento?

—. El caso es que, después del suicidio de Mariana, yo me quedé completamente solo con Fernando. Con todos sus problemas.

—Pero para todo el mundo él ha muerto.

—Ismael me aconsejó que lo hiciera así cuando los anarquistas sabotearon un cargamento de carbón, del Fernando estaba cerca.

Hicimos correr el bulo de que había caído herido y después de que había muerto.

De ese modo, si conseguía mantenerlo relativamente sujeto y sin causar problemas, nadie haría preguntas indiscretas con respecto a su paradero.

Yo estaba tan resentido con él que no dudé.

En realidad, nunca dejaré de odiarlo. —En esta ocasión, los destellos de furia tienen como destinatario al hombre que permanece sobre la cama—.

Del mismo modo que nunca dejaré de sentirme responsable de él.

La estancia se sume en un silencio que nadie rompe, excepto los engranajes de mi mente.

Ahora sé quién era la persona que vi en la claraboya la primera vez que pisé la Casona.

La misma que movió las cortinas el día que hablé con el güelu, justo antes de encontrarme a Marcos en la puerta lanzando miradas nerviosas por encima de su hombro.

El mismo hombre que se aprovecha de Lucía cuando le viene en gana.

—Ya comprendo —digo, ensimismada, sin darme cuenta de que parte de mi cólera se ha ido disipando conforme lo he escuchado—. Por eso intentas proteger a Lucía de…

Me interrumpo de golpe, pero veo que Matilde sacude la cabeza con pesar.

—No te preocupes, mi niña, que ya estoy al corriente.

Mi pobre sobrina no pudo negarse en ningún momento.

Tenía miedo de que don Marcos se enterase y decidiera despedirla por no complacer a su hermano, pero ella ha sido la que se ha encargado de don Fernando desde que la segunda esposa de don Marcos falleció —explica con una tristeza inconmensurable—. Ella y yo…

—¿Tú?

—Poco antes de su agresión junto a la tumba, había empezado a tener uno de sus ataques. Don Marcos recurrió a mí para que lo ayudarse a calmarlo, puesto que Bernardo andaba ocupado en otros menesteres y Lucía ni siquiera quería acercársele. Por eso sabía que el patrón no era culpable de nada.