CAPÍTULO VEINTINUEVE #2
La orden suena tan real que retrocedo hasta tropezar y caer de espaldas.
Sé que grito, aunque todavía no he regresado del todo a mi propia realidad.
Y, cuando lo consigo, miro la penumbra que el quinqué crea en la estancia con otros ojos más maduros, adultos.
Temerosos. A sabiendas de que lo que acabo de presenciar forma parte de un pasado que fue real en algún momento.
Su ubicación permanece aún en las brumas de mi memoria, aunque ahora sé que ha existido, como sé que la advertencia de Lucía era real.
Si me concentro, puedo oler el mal impregnando esas paredes empapeladas.
—Las paredes…
Me fijo en una pequeña grieta vertical, casi insignificante, que me pasó desapercibida la primera vez que visité la alcoba, con Marcos.
Ahora es diferente. Hay algo en la alcoba, algo que es mejor no ver.
Miro la pared con detenimiento hasta que el corazón empieza a latirme con la misma fuerza que si hubiera despertado de una pesadilla en la que yo soy la perseguida por un monstruo, pero con una diferencia: en cuanto descubro la silueta que forman las grietas, sé que el monstruo puede esconderse al otro lado de lo que sea que estoy viendo.
Es la silueta de una puerta sin picaporte, pero que se abre y cierra con asiduidad. Por eso la forma de su hoja está perfectamente delimitada en el papel, sin roturas, ni desconchones o cambios en el color que indiquen que ha estado cubierta por algún mueble u otro objeto con el fin de ocultarla.
Entonces un pensamiento nítido, tan resplandeciente como la luz de la luna que ilumina la noche empañada por la densidad de la niebla, se enciende en mi mente y brilla ante mis ojos.
He reconocido la melodía. También el tacto desgastado de la madera bajo mis yemas, la bailarina deteriorada por el tiempo, incluso el sonido rítmico de la cuerda cuando está a punto de terminarse.
Siento ganas de llorar, de gritar, de huir, pero solo me quedo aquí, meciéndome adelante y atrás, como si mi mente hubiera perdido toda su independencia y ahora estuviera a merced de los recuerdos que empiezan a salir sin orden ni concierto.
Una mujer con el pelo negro y una sonrisa resplandeciente acariciando mi mejilla.
Una mano poniendo en marcha la cajita de música.
Un olor intenso a melisa inundando la estancia, llenándome de amor, de seguridad.
Y luego el miedo. El horror. El caos. La separación y la pena. El dolor y la sangre.
Tengo que hacer un esfuerzo brutal para acallar la avalancha que empieza a martillearme la frente como algo tan físico como las palpitaciones de mi cicatriz o los gritos que, de pronto, resuenan al otro lado de la ventana para disuadirme de mi decisión abrir la puerta para ver qué hay al otro lado.
Procuro no elevar demasiado la luz para no ser descubierta, pero sí lo suficiente como para apreciar dos figuras, una más pequeña que la otra, apoyadas en una de las columnas de la entrada.
Se trata de un hombre y una mujer, aunque es el primero el que capta mi atención.
Creo reconocer su envergadura. Y sus ademanes.
Incluso su color de pelo, antes de que la niebla lo oculte de nuevo.
Discuten, pero es la mujer la que parece intimidada. El hombre la zarandea como si fuera una muñeca de trapo, cada vez más enfadado. En un primer momento no la reconozco, pero, cuando abro la hoja de la ventana lo indispensable para escuchar un poco más, me quedo clavada en el sitio.
—¡Tú no eres nadie en esta casa! ¡Solo eres la maldita criada que me recibe en la cama cuando yo lo quiero! ¡Y te lo voy a demostrar!
Ante mis asombrados ojos, la besa. No es un beso de amor, sino un ejemplo de fuerza bruta, de dominación básica, a la que ella responde con un sollozo. Intenta apartarse, pero él no la deja.
—Oh, la pequeña Lucía tiene miedo, la pequeña Lucía está asustada…
—¡No le tengo miedo! ¡Cuando la señorita Llamazares descubra su juego, lo pondrá en su sitio! Ella me aprecia, lo sé. ¡Me defenderá delante de quien haga falta!
—Esther. Se llama Esther, y no le queda mucho tiempo en esta casa.
Esta vez estoy segura de que lo he oído. Mi nombre, murmurado por una apenada voz de hombre que se parece demasiado a la de Marcos.
Así que esos son sus planes. Arrebatarme mi inocencia con artimañas repulsivas, usarme a su antojo y después echarme como si fuera una estúpida que se ha creído sus patrañas acerca de su relación con Lucía. Como una cualquiera que se ha plegado a sus deseos con gusto.
Tal vez no puedo aspirar a más después de haber compartido su cama, pero no pienso quedarme de brazos cruzados. Me ha mentido, he descubierto su juego y voy a decírselo a la cara.
Al menos quiero tener la oportunidad de aliviar el escozor que me produce el engaño con su propia sorpresa cuando interrumpa ese acoso hacia Lucía.
Dejo la caja en su lugar y salgo de la alcoba con el quinqué.
De súbito, la sensación de certeza se apodera otra vez de mi estómago.
Con la mirada perdida, corro hacia la escalera.
Llevo la cajita sujeta por los dedos de mármol de una mano que casi no siento, agarrotados por el terror.
Sudorosos por la curiosidad insana. La preocupación infla mi estómago antes de transformarse en miedo.
Aun así, no miro atrás ni una sola vez. Ni siquiera cuando la conocida capa de sudor frío regresa a la parta baja de mi espalda al pensar que, si mis sospechas son ciertas, me he acostado con un monstruo.
Piso la hierba húmeda, pero no me detengo hasta alumbrar con el quinqué a la pareja. Lucía suelta un grito y retrocede, aterrada por haber sido pillada en falta, aunque no es ella la que me arranca una exclamación de sorpresa, sino el hombre que, al escucharla, se gira para mirarme de frente.
La imagen del rostro que tengo delante vuelve a golpearme en lo más profundo de algún lugar olvidado de mi mente. Un sudor helado comienza a brillar en mi frente. Escucho el corazón latiendo en mis oídos. El pulso se me acelera, pero sigo sintiéndome extrañamente reconocida.
No es Marcos, pero me aterra mucho más.
—¡Tú! —escupe. Se abalanza sobre mí, aprovechándose de mi desconcierto, y clava sus dedos en mi garganta.
Intento defenderme, pero su fuerza descomunal hace que mi lucha parezca un intento ridículo por conservar la vida—: ¡Tenías que haber muerto hace doce años!
Ahora has vuelto, ¡para torturarme, para destrozarme! ¡Pero yo te destrozaré a ti!
No puede decir más. De algún lugar entre esa masa ingente de niebla, surge una mano convertida en un puño que se estrella contra su cara. En cuanto me veo libre, me aparto para tomar el aire necesario para respirar hasta que distingo a Marcos golpeando al desconocido sin compasión.