CAPÍTULO VEINTINUEVE
Esther
— I gnoraba que hubieran visitado a don Fernando.
Una sutil mirada dirigida a Matilde es suficiente para que nos deje solos en el salón disfrutando de la cena que nos ha preparado.
Examino con discreción el gesto del doctor Herrero, sentado al otro extremo de la mesa que compartimos.
Sus palabras parecen casuales, pero no levanta la vista del plato, como si la respuesta estuviera escrita en él.
—Pues así fue, aunque la visita duró solo un día —informo.
—Y dígame: ¿cómo sigue? Mis deberes me impiden ir en persona a comprobarlo.
—Perfectamente —respondo después de masticar un trozo de pastel de cabracho sin ningún apetito—. No era él quien tenía un problema, sino yo.
—Eso sí que me sorprende. Me ha parecido una joven fuerte y resuelta desde el primer momento. Más bien pensé que…
Se detiene a tiempo, seguro de que desconozco la enemistad entre Marcos y don Fernando, pero me apresuro a sacarlo de su confusión:
—Marcos fue muy amable al aceptar llevarme pasando por encima de viejas rencillas familiares —comento—. Lástima que no sirviera de mucho.
—No sabía que estuviera aquejada de algún mal. Aparte de su torcedura de tobillo, claro.
—Nos conocimos ese día. No tendría razones para saber más de mí.
—Cierto. —Con una sonrisa aparentemente satisfecha, se limpia las comisuras de los labios y deja la servilleta a un lado mientras se echa atrás en su asiento—. Pero ahora ya parece una más de nosotros, señorita. Ha asistido a más de un entierro y ha recibido la «tarjeta de visita» de La Mano Negra.
—Una vieja amiga de los de Gondán que permanece oculta entre los más humildes.
—Son el perfecto caldo de cultivo de esos salvajes, sin ninguna duda.
—Pero lo dice de un modo comedido, no sé si porque no lo piensa o por no escandalizarme con la indignación que debería expresar—.
Don Fernando lo sufrió en sus propias carnes, ¿sabe?
Bueno, no en el sentido literal de la palabra, pero sí con su primogénito.
—¿El hermano de Marcos murió a manos de los anarquistas?
—Podría decirse que sí —responde de manera vaga, demasiado imprecisa como para apagar mi curiosidad.
Sabedor de que tiene toda mi atención, añade—: Son un quiste que el propio Marcos debería erradicar cuanto antes.
Sin embargo, confraterniza demasiado con aquellos que después no dudan en ponerlo en aprietos.
—Si se refiere a Pelayo, ha de saber que…
—Oh, sé que ninguno de ustedes es el culpable —añade—. En eso tenía usted razón, señorita. El asesino lo conoce lo suficiente como para odiarlo hasta el punto de intentar incriminarlo en un acto tan execrable, que probablemente tarde usted mucho en olvidar.
Si él supiera cuánto…
Algo en él me impide confiarme como lo haría con otro facultativo. Es la misma expresión con la que nos recibió la mañana en la que fuimos a visitar a Amelia. Se trata de una sensación instintiva; sin aparente lógica.
—Con razón se encuentra usted tan afectada, querida —continúa con un ramalazo de familiaridad que se me antoja fuera de lugar—.
No me extraña que Marcos me haya confiado su cuidado en su ausencia.
En verdad es un hombre juicioso, ¿sabe? Mi amistad con su padre y con él se reforzó cuando la desgracia pareció cebarse en ellos.
Primero, su madre; después, Fernando; a continuación, la pobre Carmen; el pequeño Simón y Mariana…
Si fuera un hombre supersticioso, pensaría que alguien le ha echado mal de ojo.
—Por suerte no lo es, ¿verdad?
—No. Por eso tengo mis reticencias con respecto a determinadas aficiones de don Fernando.
Entiéndame, me he mantenido al margen de ciertos problemas familiares por el bien de mi amistad, tanto con el padre como con el hijo, pero no puedo dejar de reconocer que el primero es, cuanto menos, bastante excéntrico.
De cualquier modo, usted mejor que nadie puede arrojar luz sobre ese asunto en particular, puesto que se desplazó a su casa para ponerse en sus manos, ¿me equivoco?
—En absoluto. Soy una mujer práctica, doctor. Creo fielmente en la ciencia, pero, cuando los hechos superan cualquier razonamiento lógico, no me importa recurrir a métodos alternativos.
—Hechos que no me relatará, por supuesto.
—Parece resignarse, pero detecto un brillo avieso e inconformista en sus ojos cuando me mira—.
No se preocupe, lo comprendo. Acaba de conocerme, como quien dice.
Debe pensar que soy un viejo cascarrabias y, además, metomentodo, así que le pido mil disculpas si la he ofendido.
—No es tan viejo. En cuanto al resto… Después de lo que he padecido desde anoche, estoy exhausta. Si no le importa, preferiría retirarme a mi alcoba a descansar.
—Sí, por supuesto. —Se pone en pie cuando yo lo hago y me acompaña hasta la escalera—.
Que pase buena noche, señorita. Abusaré un poco de los servicios de Bernardo para volver a la ciudad, pero usted queda acompañada.
Al parecer, la Guardia Civil ha decidido reforzar la vigilancia de la Casona con algunos hombres.
—Con el beneplácito de don Marcos. Como ve, estoy segura. Que pase buena noche, doctor.
Lucía lo acompaña a la salida mientras yo me refugio en mi alcoba, donde dejo salir toda mi preocupación.
Miro a través de la ventana; sé que los guardias están ahí fuera desde la búsqueda infructuosa de las manos de Pelayo en la laguna, pero lo único que consigo observando el paisaje es sentirme más desvalida.
Estoy demasiado nerviosa para intentar dormir, así que me dedico a avivar el fuego y a pasear por la alcoba hasta que unas notas tiernas, melodiosas, agudas, me obligan a detenerme.
Es aquella tonadilla de nuevo. La nana cuya letra alguien puso en mi cabeza y que ahora repite:
—El que está en la puerta que non entre agora, que está el padre en casa del neñu que llora [6] .
Siento un tirón en la nuca justo antes de comprender el significado de las palabras que reverberan dentro de mí, como si formaran parte de algo que hasta el momento he conseguido ignorar, pero que cada vez se presenta con más fuerza, con la esperanza de que le haga caso.
Tengo un montón de pensamientos llenos de sospechas, similares a gusanos que roen, entrando y saliendo de mi mente, e igualmente molestos, pero los ignoro, tomo el quinqué y me aventuro más allá de la puerta de mi alcoba.
No he caminado ni dos pasos cuando la figura de Lucía me corta el paso.
—¡Por Dios, señorita, qué susto me ha dado! —susurra mirando hacia arriba con el temor más profundo reflejado en unos ojos que habitualmente carecen de toda expresión.
—¿No oyes la canción? El otro día no supe distinguir muy bien su origen porque me encontraba fuera, pero ahora estoy casi segura. Proviene de la alcoba de la claraboya.
Me siento extrañamente serena, como si caminara hacia algo que conozco, pero Lucía vuelve a interponerse con las manos extendidas en mi dirección, los ojos desorbitados y los mechones de su pelo suelto tapándole la cara cuando sacude la cabeza con energía.
—No vaya, señorita ¡No vaya, por favor! ¡Si lo hace, él la descubrirá! ¡Se enfurecerá, le hará daño!
—¿De quién me hablas?
—¡De él! ¡De don Fernando!
La pobre muchacha delira. Es lo único que se me ocurre cuando veo cómo tiembla al nombrar al padre de Marcos.
—Don Fernando no se encuentra aquí, Lucía. Y tú deberías estar durmiendo. Ya es muy tarde. Aparta, por favor —ordeno con suavidad pero con vehemencia.
La hago a un lado y prosigo mi camino, decidida a averiguar quién ha puesto en marcha la cajita de música. Porque está claro que alguien lo ha hecho, que es real, que no solo yo la escucho. Acabo de dejar atrás la mejor prueba de ello.
Asciendo por la escalera mientras las notas se hacen más claras, y las palabras de la nana resuenan por encima del chirrido de la puerta al abrirse lentamente con tanta claridad que ni siquiera me planteo quién puede estar al otro lado.
Ya no me cuestiono por qué las oigo. Solo sé que, de alguna forma, son demostraciones de una memoria dormida en algún rincón oscuro que emerge al compás de la música:
—Válganme mil diablos que mal entendéis, que volváis mañana que tiempu tenéis [7] .
Todo está en el mismo lugar que la última vez que subí.
Allí no hay nadie que cante al compás de la música.
Solo una pequeña cajita sobre la repisa de la chimenea, abierta, con una pequeña bailarina en su centro que no deja de girar.
Cuando la veo, siento algo extraño dentro de mí, una especie de mordisco, de arañazo profundo en mi mente.
Un escalofrío premonitorio que me indica que deje de pensar, que no indague más y haga caso del consejo de Lucía.
Que vuelva por donde he venido y me esconda entre las sábanas de mi cama.
Que me olvide de todo y que, al día siguiente, cuando Marcos haya vuelto, le proponga marcharnos de este maldito pueblo y empezar de cero, juntos, como si nada hubiera pasado.
Toco la cajita de música con la increíble sensación de que la he tocado antes.
Cierro los ojos y me balanceo a su compás mientras tras mis párpados toma forma otra escena en este mismo cuarto, cuando la luz del sol penetra a raudales a través de las cortinas y un joven, cuyo rostro permanece emborronado, se balancea sobre el caballito de madera.
—Esther, si le vuelves a dar cuerda a la cajita de música, madre terminará por quitártela — me dice con una voz imposible de reconocer.
—¿Por qué? —pregunto, completamente inmersa en mi fantasía, creyéndome de verdad la niña que acaricia a la bailarina casi con devoción—. Es bonita.
— Solo la usaba con nosotros cuando éramos niños, y ahora ya no lo somos. Te la ha regalado porque está cansada de escucharla. Ahora es tuya. ¡Llévatela a tu alcoba!