CAPÍTULO VEINTIOCHO #2
La hostilidad de la que fui víctima se repite, pero Marcos parece ajeno a ella.
Escoltada por él y por el doctor Herrero, no puedo desviar la mirada del féretro que están cubriendo de tierra hasta que las lágrimas de pena e impotencia me nublan la vista.
Me aferro con disimulo al brazo de Marcos, débil y a un tiempo rabiosa, supongo que del mismo modo que todos los presentes.
Ellos siguen culpándolo, de un modo tan intenso que, cuando se acerca a Beltrán para dispensarle un abrazo de consuelo, este se queda inmóvil, conteniendo su cólera.
—Mi ofrecimiento sigue en pie, Beltrán. Tienes toda mi ayuda a tu disposición para ti y tu familia.
—De nada me servirá ahora, patrón. A no ser que consiga que el culpable se entregue a las autoridades y acepte su destino, sea cual sea su condición.
Él no responde a la provocación abierta. Solo asiente lúgubremente. Aquí nadie nos da la bienvenida. Somos afortunados de no sufrir su ira en nuestras carnes, pero cuando nos encaminamos a la salida, alguien me sujeta del brazo.
Es el güelu Antonio, con su cara surcada por el dolor, que acentúa sus arrugas y la dureza de su mirada cuando la clava en mí.
—No has hecho nada para remediarlo —me acusa sin tapujos.
—No pude, güelu. ¡Llegué tarde!
—Todas las alimañas acaban cayendo tarde o temprano.
Esta no tiene por qué ser diferente. —Su mano me aferra con más fuerza, forzándome a inclinarme hacia él para que pueda escucharlo mejor—.
¡Pero no ves! Estás ciega, aunque así suele ser.
Los más interesados no ven lo que tienen ante los ojos. Solo ve quien de verdad mira.
—No consigo comprenderlo…
—Y de esta manera no comprenderás. ¡Con el silencio nunca comprenderás!
Lanza una mirada contundente a Marcos, que la elude con un aire de culpabilidad que tampoco entiendo.
Observo la expresión desencajada del pobre anciano.
Sus ojos salvajes, sus mejillas arreboladas.
Con cierto alivio, compruebo que el dolor intenso que está padeciendo hace que divague.
Intento disculparlo, pero no me lo permiten.
Clara lo aparta de nosotros, y los labios de Cosme tiemblan un poco cuando aprecia la presencia de Marcos, con una mezcla de pena y rabia.
Dan unos pasos en la dirección contraria a la nuestra, pero el güelu consigue escapar y regresa junto a mí con su andar renqueante.
—¡Padre, venga aquí!
—Primero fue Andrés, ahora es Pelayo. ¡Tú los viste en casa del viejo patrón! ¡Sabes quién será el siguiente! ¡Protege a Esteban! —murmura antes de ser arrastrado nuevamente al exterior del cementerio, donde ya solo nosotros permanecemos.
No soy consciente de la mirada de dolor que nos dirigen ni de lo que puede significar. De repente, me da la impresión de que empiezo a ver una luz hacia la que guiarme y me giro hacia Marcos.
—¡El güelu tiene razón! ¿No lo ves? —insisto al comprobar que él me mira sin comprender—.
¿Recuerdas lo que vi en la sesión de hipnosis?
¡Tres niños, además de Simón! ¡Los tres sometidos a esa tortura horripilante de mano de un hombre y una mujer que no pude distinguir!
¿Y si de verdad son ellos y el asesino se está asegurando su silencio para siempre?
—No puede ser… ¿Dónde encaja Simón? Según tus palabras, espiaba, no participaba.
—Se encontraba escondido. Nadie sabía de su presencia.
—De pronto, una idea me cruza por la mente—.
¿Y si lo descubrieron y lo mataron para que no hablara?
De ahí que le amputaran la lengua. Puede ser una pista más, Marcos.
Una especie de mensaje que nadie entendió en su momento, porque nadie sabe lo ocurrido con esos niños excepto yo y los monstruos que lo llevaron a cabo.
—Pero mi hijo murió hace dos años. Si el asesino fuera cualquiera de esas dos personas, ¿qué sentido tiene que justamente ahora comiencen los asesinatos?
—Yo. —Ni siquiera sé por qué lo digo. La palabra surge sin más, provocándome un escalofrío—. Aparezco en cada una de las notas, ligada a una especie de venganza que desconocemos, pero que tiene que ver con los niños…
Eso me dijo la pequeña que me guio hacia la casa donde se desencadenó el horror. Me habló de venganza. Y aunque no logro relacionarlo conmigo, algo me dice que estamos en la senda correcta, que el desvarío del güelu tiene una base lo bastante sólida como para tenerla en cuenta.
—Los amigos están unidos por los lazos del cariño, pero también por los de la muerte —recito como inmersa en otro sueño.
—Esther, ¿de qué hablas?
—De las palabras de don Antonio. ¿No ves la relación? ¡Ahora creo que se refería a ti y a tus amigos de la infancia! «Unidos por los lazos del cariño, pero también por los de la muerte». ¡Esteban puede ser el siguiente! Gaspar es el que falta… ¡Por favor, haz algo!
—Con todos mis respetos, señorita Llamazares, no le veo el sentido a todo lo que está diciendo con tanta desesperación —interviene el doctor Herrero.
Me vuelvo hacia él, pero me encuentro un rostro cauto, una mirada inquieta y un brillo incierto—.
Debo velar por su salud y la de Marcos. Si don Fernando la escuchara hablar así…
—Don Fernando me ha escuchado, doctor. Me sometió a una sesión de hipnosis.
Al parecer no es un procedimiento válido para muchos, pero en otra ocasión le ofreceré más explicaciones.
—Sin atender a la perplejidad que lo ha dejado mudo, me dirijo a Marcos, que me observa con una media sonrisa llena de orgullo—.
Por favor, no perdemos nada. Si salvas a Esteban, demostrarás tu inocencia y volverán a confiar en ti.
Marcos es un hombre generoso, pero también posee la prepotencia que otorga el poder. Sabe que estoy en lo cierto, así que no tarda mucho en tomar una decisión.
—Iré a hablar con Gaspar. Tal y como están las cosas me costará convencerlo, pero espero que acceda a vigilar a su hijo.
—Si todo esto tiene que ver conmigo de algún modo, no le queda mucho para descubrirse. Y, si estamos en lo cierto, Esteban puede ser su última oportunidad.
Son las palabras mágicas. Marcos parece salir de su letargo y nos acompaña hasta la berlina con pasos enérgicos, llenos de seguridad.
—Bernardo, llévalos a la Casona. Ismael…
—No es necesario que digas nada. La dejas en buenas manos.
—Gracias. Si no deseas regresar a la ciudad, Lucía te preparará una alcoba. Sabes que siempre eres bienvenido en mi casa. Yo regresaré caminando.
Se muerde el labio, titubeante, cuando sus ojos se quedan clavados en mi boca. Sé que desea besarme para refrendar muchas cosas, pero finalmente desaparece, tragado por la niebla.