CAPÍTULO VEINTIOCHO
Esther
¡Q ué grato es contribuir a la felicidad de alguien cuando, al hacerlo, contribuimos a la propia!
Amar, con más razón cuando se hace con intensidad, es una bendición incierta.
Hay momentos de éxtasis, pero aparentemente hay que pagarlos con ansiedad.
Uno es feliz solo cuando tiene al ser amado seguro, a su lado, aunque Marcos no está tan cerca como para considerarlo así.
Por la mañana desayuno sola, fingiendo una normalidad que no siento en ningún poro de mi piel.
Al volver a mi alcoba para vestirme con ayuda de Lucía, estoy a punto de preguntarle por el paradero de su patrón cuando desde la ventana diviso su figura oscura, inmóvil frente a la tumba de su familia.
Desde allí, cuando la niebla es lo suficientemente liviana para permitirnos un respiro, como es el caso, lo distingo frente a la tumba familiar, junto a la capilla y las copas de los árboles que una noche se me antojaron fantasmales.
No veo su cara, pero puedo adivinar los pensamientos que ahora mismo lo están acosando, el dolor de la herida que, como consecuencia del asesinato de Pelayo, se ha vuelto a abrir para verter la sangre de la culpabilidad sobre cada uno de los nombres que sin duda estará leyendo una y otra vez, preguntándose por qué.
Estoy a punto de correr a su lado cuando Matilde aparece en escena.
Serena, alarga una mano y la posa en su hombro.
Él se da la vuelta lo justo para que yo pueda distinguir una leve sonrisa en su rostro, que no desaparece cuando ambos intercambian unas palabras.
Marcos asiente y, en un determinado momento, toma la mano de Matilde entre las suyas y la palmea, justo antes de depositar un beso en su mejilla.
—Parece que el patrón le ha tomado mucho cariño a Matilde —no puedo por menos que comentar a Lucía.
Lo cierto es que no me siento incómoda, pero sí intrigada.
Desde que llegamos a la Casona ha habido entre ambos una especie de camaradería que yo siempre atribuí al parentesco entre Matilde y Amelia, pero ahora, sinceramente, no sé qué pensar.
Lucía se encoje de hombros con su habitual indiferencia y coloca un vestido negro sobre la cama.
—Es mi tía y ocupa ahora mismo el lugar de mi madre —responde por toda explicación cuando mira también por la ventana—.
Además, después de lo de anoche, el patrón se encuentra muy afectado.
Me ha pedido encarecidamente que le ruegue que se acerque al pueblo, acompañada de Matilde, para darle el pésame a Beltrán y su familia, en su nombre y en el de usted.
—¿Él no viene?
—Debe adelantar faena para después asistir al entierro. La esperará aquí, señorita.
Decido no contrariarla y me preparo. Cuando llegamos al pueblo, el espectáculo que nos recibe es dantesco.
El dolor ha destrozado a la madre del pequeño, que permanece en la estancia en penumbras donde se halla el cadáver de su hijo para velarlo, en mitad de horribles aullidos que ni siquiera el resto de las mujeres que la acompañan logra disminuir.
No se da cuenta de nuestra presencia, al contrario que su marido.
Escoltado por Gaspar y Cosme, Beltrán levanta la cabeza para lanzarme una mirada de odio que me hace replantearme mi presencia aquí.
No soy bienvenida en el lugar. Para ellos, solo represento a una señorita pagada de sí misma, huésped del patrón en cuyas tierras ha ocurrido la desgracia. Una desgracia más, pero no la última.
La actitud hostil de Beltrán pronto es imitada por buena parte de los presentes. El temor los obliga a guardar silencio, pero no hace falta que hablen. Su lenguaje corporal es lo bastante claro como para recibir el mensaje.
—Lo siento —murmuro a pesar de todo dirigiéndome a los ojos llenos de lágrimas del hombre, que no baja la mirada hasta que siente que no podrá contener el llanto.
Cosme, más tranquilo, aprieta los dientes con ferocidad mientras posa una mano sobre el hombro de su amigo.
No recibo respuesta, así que me dirijo a la pobre mujer—. La acompaño en el sentimiento…
—Eso nunca. ¡Ni usted ni el patrón! ¡Ojalá se haga justicia!
—Lo espero de todo corazón.
No puedo hacer más por ella, salvo no alargar una agonía acrecentada por nuestra presencia, así que tiro de Matilde y me apresuro a entrar en la berlina sin ni siquiera reparar en el leve gesto de extrañeza de Bernardo.
—Mi niña, intuyo que el entierro no va a ir mucho mejor —afirma Matilde en cuanto ocupa su sitio—. Quizá deberías intentar convencer a don Marcos para que no asista.
—Dudo que me hiciera caso. Es un hombre de ideas firmes que ha dado mucho a su gente, y la muerte de Pelayo lo ha golpeado duro.
—Vaya… Parece que has llegado a conocerlo lo suficiente como para aparcar tus sospechas con respecto a él, ¿me equivoco?
—No tanto como para influir en sus decisiones, Mati —replico moviendo la mano para restarle importancia al asunto—. Además, estoy de acuerdo con él. Debemos estar presentes en su entierro. Beltrán es amigo de don Marcos, y fui yo quien encontró su cadáver en la laguna, como si…
Un repentino nudo en la garganta me impide seguir. La imagen de Pelayo ha colapsado cada uno de mis pensamientos coherentes. Un acceso inesperado de frío me hace temblar hasta que siento la mano de mi aya sobre el hombro.
—Sois inocentes, los dos. —Y con esas palabras me insufla el calor necesario para terminar asintiendo—.
Pero comprende a esa gente, chiquilla. Para ellos solo existen los hechos macabros con los que Dios parece empeñado en castigarlos.
La muerte de Andrés, el atentado en la mina y ahora el pobrecito Pelayo…
Ojalá el patrón pueda hacer valer su posición para que la investigación vaya con más rapidez, porque de lo contrario me temo que tendrá que marcharse de aquí antes de que alguien decida tomarse la justicia por su mano.
¿Ajusticiar a Marcos? ¿A ella, por ser hermana de Amelia? ¿A Lucía? ¿Incluso a mí? La perspectiva me parece tan horrenda que ni siquiera me doy cuenta de que, cuando entramos en la Casona, es el doctor Herrero quien nos recibe de pie en el pequeño saloncito, junto a la chimenea.
—¡Oh, vaya, señorita Llamazares! ¡Menuda sorpresa!
—exclama en tono afable—. Estoy esperando a Marcos para asistir al sepelio del pequeño Pelayo.
Una pena… Se encuentra muy afectado. Sus ánimos están muy exaltados, igual que los de la gente del pueblo.
El dolor por la pérdida repentina de un ser querido, y más si se trata de un niño, produce reacciones inesperadas.
—Dudo mucho que el señor de Gondán ceda a esa clase de impulsos, doctor —replico cuando Matilde nos deja a solas—. Incluso si la mayor parte de los aldeanos lo culpa de esas muertes, él es todo un caballero que comprende la situación extrema de esa gente.
—Veo que ha causado en usted una grata impresión.
—Así es. Y, después de lo que he visto, puede imaginar hasta qué punto confío en su criterio.
Hasta el punto de no soportar imaginarlo como culpable de nada que no sea arrebatarme mi capacidad de raciocinio cuando estoy con él, añado mentalmente, con una sonrisilla cuyo significado solo yo conozco.
El doctor Herrero asiente y mira su reloj de bolsillo con impaciencia.
—Marcos me dijo que se encontraban en la casa del pobre Pelayo. Teniendo en cuenta dónde y en qué circunstancias los encontraron, a ustedes y al pequeño, supongo la clase de recibimiento que habrán tenido.
—Nada que la señorita Llamazares no pueda controlar, amigo Ismael.
Ambos nos giramos para encontrarnos con Marcos.
Su aspecto impecable ocupa toda mi capacidad de atención.
Se ha afeitado y peinado el pelo hacia atrás, de modo que puedo notar en toda su extensión esa mirada apreciativa, intensa, con la que me envuelve antes de tomar mi mano y llevársela a los labios.
En cuanto toman contacto con mi piel, me siento desfallecer.
Sus ojos atrapan los míos con un montón de mensajes íntimos que recojo con un acusado sonrojo y una tímida sonrisa.
Noto que el calor se extiende por todo mi cuerpo cuando él asiente y recupera su apostura.
—Le pido mil disculpas por no haber podido acompañarla esta mañana, señorita —se excusa a modo de saludo—. Pero veo que Ismael la ha entretenido en este breve lapso de tiempo. Espero que no haya tenido que sufrir ningún tipo de ofensa, dadas las circunstancias.
—Nada que no fuera de esperar, señor de Gondán, no se apure. Si yo fuera ellos, posiblemente, estaría aguardando su aparición con piedras.
—Eso no es muy esperanzador, que digamos. Me hace replantearme mi asistencia al entierro.
—Sería una buena decisión, amigo mío —interviene el doctor palmeando su espalda—. A pesar de tu aspecto, se nota tu sufrimiento y tu cansancio.
Tiene razón. Profundas ojeras enmarcan sus ojos y tiene los hombros caídos. Me siento responsable de buena parte de esa fatiga, aunque no me arrepiento, como debería hacer una señorita de bien.
Tal vez mis orígenes estén luchando contra mi apariencia. Quizá sea tan humilde como el de cualquiera de las personas con las que tendremos que bregar en el pueblo, pero tampoco me importa, siempre que Marcos me mire como lo está haciendo ahora, diciéndome que él tampoco se arrepiente.
—Mi sufrimiento y mi cansancio no son nada en comparación con el que estará padeciendo Beltrán. Debo estar a su lado. ¿Vamos, señorita? Encontrándose el doctor con nosotros, no creo que sea necesaria la presencia de Matilde y le ahorraremos un mal trago.
Nos mostramos de acuerdo, así que emprendemos rumbo a la iglesia y asistimos al sepelio antes de desplazarnos al cementerio.