CAPÍTULO VEINTISIETE #2
—Te lo demostraré. Sé que ahora mismo estás tan asustada por haber tomado la iniciativa que te falta muy poco para echar a correr.
—Me examina con atención, dejando que admire la amplitud de su pecho y la forma rítmica en la que este sube y baja, al compás de los latidos de su corazón—. Pero no lo harás.
—¿Cómo lo sabes?
—Por la forma en la que me miras, señorita Llamazares. Ante una mirada así, un hombre solo puede rendirse y aprovechar la oportunidad. Pero antes déjame decirte algo: siempre he aceptado las consecuencias de mis actos, y este no va a ser una excepción.
—¿Por eso tienes esa sombra perpetua de dolor contigo, Marcos? —Soy yo la que acorta distancias y acaricia su cara, áspera por la incipiente barba—. Aunque sonríes, sé que estás triste. Aunque me hablas sin tapujos de lo que sientes por mí, sé que sufres.
—Digamos que la vida se ha encargado de castigarme con demasiada virulencia, y todavía sigue haciéndolo.
—Sin que sus ojos se despeguen de los míos, se lleva mis dedos a la boca y besa las puntas una a una—.
He soportado el juicio implacable del pueblo después de lo de Andrés, que se acrecentará con lo ocurrido a Pelayo; son incapaces de ver que he perdido a casi toda mi familia del mismo modo que ellos, pero ahora será diferente.
Protegeré aquello que me importa con mi vida si es necesario.
Me haré merecedor de todo lo que me quieras ofrecer y aspiraré al resto sin descanso.
Pase lo que pase, yo seguiré estando aquí.
—Yo seguiré estando aquí…
Ya he oído antes esas palabras. Son lazos que atan mi memoria escurridiza, forzándola a ir un poco más allá. Forman parte de una especie de embrujo en el que caigo, cada vez más. La mezcla de peligro y misterio que me resulta irresistible, consigue que abarque su mejilla al completo.
Él inclina el rostro en esa dirección. Siento cómo se me encoge el corazón, cómo me estremezco desde la raíz del pelo hasta las uñas de los pies. Me mira como si estuviera viendo todo mi pasado, como si ya me incluyera en una especie de futuro trazado por él.
—¿Eso forma parte del cortejo que deseabas? —pregunto con sonrisa insegura.
—Sí, siempre que lo aceptes.
—Si me pongo a pensar, me parece que tu cortejo ha empezado mucho antes de hoy.
—Alguien como tú no debería esperar menos, señorita.
—No merezco tanta dedicación —murmuro.
Él se acerca con esa aura misteriosa, llena de poder. Sus ojos adquieren un matiz enigmático a la vez que sus rasgos se endurecen. Parece que vaya a regañarme, pero me obsequia con un amago de sonrisa que hace que mi corazón se acelere.
¡Señor! Marcos es un hombre tan atractivo como desaconsejable.
—Opino lo contrario —afirma—. Eres inteligente, culta, comedida y valiente al mismo tiempo. Muy valiente. Demasiado valiosa. Has tenido las agallas suficientes para hacerme frente con tu verdad. No conozco a muchos hombres que hayan intentado siquiera algo así. Me temen.
—No entiendo por qué.
—Yo tampoco. —Con un movimiento enloquecedoramente lento, atrapa mi barbilla entre los dedos y la eleva en dirección a su boca—. Quizá sea porque no me siento atraído hacia ninguno como me siento hacia ti.
—Una circunstancia que marca diferencias, sin duda.
—Sin duda. Y que muestra riesgos.
La yema de su pulgar recorre las comisuras de mis labios, y yo me siento desfallecer.
—Grandes. Peligrosos —añado haciendo un esfuerzo máximo por mantener la cordura y no lanzarme a sus brazos.
—Pero que deben ser aceptados por la persona adecuada.
Alguien que tenga fortaleza de espíritu.
Que pueda tomarlos como un desafío. Una de las reglas de la vida es que no hay nada estable en el mismo nivel o con la misma profundidad.
Por eso el cambio es inevitable. Ahora bien, me pregunto si tú representas ese cambio del mismo modo que yo lo representaré para ti.
Si ambos estamos igual de dispuestos a seguir precisamente esa regla para romper el resto.
Porque te veo aquí, así, y no puedo evitar preguntarme si solo has venido para probarte a ti misma o también a mí.
Si te sientes capaz de traspasar determinadas barreras… hasta el final.
En este momento, me siento capaz de todo.
—Sí —digo sin que me importe reconocerlo—. Quiero que me beses, Marcos. Ese es mi deseo.
—Un deseo fácil de cumplir, pero muy peligroso si no se aceptan sus consecuencias.
—¿Y si te dijera que las acepto? ¿Que quiero compartir tu cama y que tú compartas mis sueños?
—¿Por cuánto tiempo, Esther?
Su voz se torna espesa, envolviendo nuestros cuerpos, que se rozan hasta hacernos conscientes de cada latido, de cada jadeo contenido.
Y de lo que acabo de reconocer. Siento un incendio en mis mejillas cuando me paro a pensarlo.
—Si te he avergonzado… —musito.
—¿Por cuánto tiempo, Esther? —repite con más contundencia.
—Por el que ambos acordemos.
—Para siempre. —Su boca atrapa la mía en un beso furioso.
Me encierra entre sus brazos, me pega a cada protuberancia de su cuerpo para que note el alcance de su deseo por mí, como si la tela que nos separa acabara de calcinarse.
Su lengua baila con la mía, sus labios se mueven exigentes y, cuando obtiene una respuesta equiparable al incendio que acaba de provocar en mi interior, se aparta y apoya su frente en la mía.
Respira con la boca abierta. Parece que se ahoga, pero consigue sonreír—. ¿Nunca has estado enamorada?
—Creo que no.
—Dudas. —Vuelve a apoderarse de mi boca con el mismo ímpetu, pero esta vez sus manos se desplazan a mis nalgas para abarcarlas en su totalidad.
Siento que el corazón me estallará en el pecho si no pone fin a todos los anhelos que me golpean sin piedad, pero retrocedo, sin dejar de responder a su beso, hasta que mi espalda choca contra la pared—.
Te lo explicaré de otra manera. ¿Nunca has querido a alguien lo suficiente como para perdonarle todos sus fallos?
¿Hasta el punto de que, para ti, el deber deje de tener valor y solo te importe permanecer junto a esa persona?
Porque ese es el tiempo que te pido. Esas son mis condiciones.
—No puedo… No puedo perdonar aquello que no conozco.
Entrecierra los ojos. Mis palabras parecen frenarlo un poco, pero solo es un paréntesis.
Empuja su cuerpo contra el mío hasta hacerme consciente de mis debilidades y de sus fortalezas, hasta apropiarse de cada uno de mis jadeos, cuando me mira directamente, invitándome en silencio a penetrar en todos y cada uno de sus secretos.
Lo percibo con la misma intensidad que su deseo. Pero me asusta más que este, porque no me atrevo a adentrarme en esa oscuridad que nunca lo abandona del todo. De un modo extraño, intuyo que destruiré esto que nos une si lo hago ahora, que me alejaré de él irremisiblemente.
Y no quiero alejarme. Quiero estar dentro de él, y que él esté dentro de mí.
—¿Quién puede saber todo lo que concierne a otra persona? Ni siquiera yo me conozco hasta ese punto, Esther. Por eso me doy miedo. Sobre todo, cuando te tengo tan cerca, tan hermosa, tan accesible y tan dispuesta como ahora.
—¿Te doy miedo?
—Sí, siempre que sigas empeñada en conocerme —afirma a medio palmo de mi boca, conteniéndose a duras penas—. ¿Lo estás?
—Sí.
—¿Por completo?
—Sí.
—¿Aunque eso implique un cambio en tu lista de valores?
—¡Sí, sí, sí!
—Entonces, adelante.
Ya no hay más palabras entre nosotros. Me arrebata toda capacidad de raciocinio en otro beso salvaje que desmiente la ternura de sus actos, la dedicación con la que delinea la curva de mi cadera sobre la tela del camisón, que retira poco a poco hasta sentir su caricia en mi piel desnuda.
Contengo la respiración y él se detiene.
Me interroga con la mirada, y yo asiento.
Le abro la puerta de todo mi cuerpo, y él entra.
Acuna mis pechos con devoción, haciéndome desear más.
No es necesario que me pida nada; yo misma elevo los brazos para que él me quite el camisón.
Me pregunto vagamente por qué no me siento cohibida al verme desnuda ante él, pero no me interesa la respuesta.
Ha dejado de interesarme todo lo que no seamos los dos y nuestros cuerpos sin barreras, tan cerca que compartimos el calor que ambos exhalamos.
Observo la prisa con la que se deshace de sus calzones, el tiempo en el que contiene el aliento, esperando quizá un rechazo que no se produce al ver el tamaño de su excitación, su brillo orgulloso.
Durante un instante eterno no puedo ni siquiera parpadear, hasta que termino por sonreír, aunque no sé por qué.
Quizá sea una mezcla de temor y expectación, de curiosidad inocente y prisa morbosa, pero sé, sin ningún género de dudas, que voy a hacer el amor con este hombre.
Y que voy a poner mucho más que mi cuerpo.
Mientras aprecio la elegancia intrínseca que lo envuelve, rayando en la perfección, siento el corazón pleno, rebosante de una emoción profunda y arraigada en algún lugar recóndito de mi mente que surge a borbotones.
Me dejo llevar por completo a cada uno de los besos que derrama sobre mí, a cada una de las caricias que me dispensa.
Me rindo con la mente, el cuerpo y las entrañas.
No me asusto si pienso que puedo caer muy bajo, porque sé que él me recogerá.
Es una sensación extraña, como si siempre hubiera caminado al borde del abismo y estuviera frente a la única persona capaz de hacerme saltar.
Salto cuando él me lleva en brazos hasta la cama.
Cuando adora cada centímetro de mi piel con sus manos, con su boca, con el ardor húmedo de su lengua.
Cuando me demuestra que cada una de sus promesas se hará realidad mientras se entrega en cuerpo y alma a proporcionarme todo el placer que él mismo siente, que crece y reverbera en mi interior cuando él lo profana con tanta delicadeza que apenas siento el dolor.
Solo una ligera molestia que se extingue cuando, al fin, me hace tocar las estrellas con la punta de los dedos, con el corazón y el alma.
Hemos hecho el amor tres veces. Y en cada una de ellas, un pedazo de Marcos se ha quedado dentro de mí para siempre.
Ahora se halla bocabajo, completamente desnudo, con parte de la sábana enredada en una de sus piernas y sus nalgas firmes bien a la vista.
El pelo le cae sobre la cara, pero sus suaves ronquidos hacen que los mechones se le muevan lo suficiente como para apreciar parte del brutal atractivo de sus rasgos.
Lo contemplo desde la chimenea, vestida de nuevo con mi camisón y con una mezcla extraña de felicidad y cautela.
Mirándolo, todo lo demás parece formar parte de un horrible sueño.
Lo único real es él. Ni los niños muertos ni mi nombre en cada una de las notas halladas ni la cicatriz de mi nuca.
¿Dónde está mi sentido común habitual? Hay en mi carácter un rasgo que siempre ha buscado la provocación y estoy dispuesta a precipitarme en ella…
¿Dónde está ahora cuando más lo necesito?
Con él. Así de sencillo. Así de pavoroso.
Siempre he recelado del amor y la intimidad.
Me he protegido para que no me hirieran, pensando en mi madre verdadera.
En las circunstancias que pudieron haberla llevado a dejarme en aquel orfanato olvidado de la mano de Dios.
Sin embargo, los muros que he erigido no han servido de nada.
A decir verdad, tal vez han sido ellos mismos el problema.
¿He sido demasiado precavida o quizá no he tenido la suficiente cautela hasta el momento presente?
No puedo responderme, tal es la maraña de sentimientos que me golpean en todos los sentidos posibles cuando lo miro.
Me imagino compartiendo mi vida con él, pero resulta ridículo planear un futuro común con un hombre del que no sé apenas nada.
Que hasta hace bien poco era el centro de todas mis sospechas y que aun ahora, desnudo como está, vulnerable en su sueño, todavía no ha dejado de serlo al completo.
Sin embargo, ni siquiera la posibilidad de ser sorprendida en su dormitorio me asusta como debería.
Tengo que emplear demasiado tiempo en reconocer que debo irme a mi cama antes de que el servicio se ponga en marcha.
Y el servicio se pone en marcha muy pronto, antes de que amanezca.
Me dirijo al pequeño escritorio que ocupa una esquina de esa alcoba, tan magnífica como su dueño, y busco papel en sus cajones. Cuando lo encuentro, una punzada aguda parece traspasarme el pecho de lado a lado.
Es la misma clase de papel utilizada por el asesino.
Me digo que Marcos no será el único que lo usa, aunque es posible que sí lo sea en un lugar tan lejano de la ciudad como este. Pese a todo, tomo la pluma para escribirle una nota:
Mañana has de comportarte como lo que eres, frente a todo un pueblo que estará juzgándote, pero te aseguro que yo estaré a tu lado.
Marcos, creo que podría llegar a amarte.
Siempre tuya,
Esther
Es lo máximo que soy capaz de admitir, ante sus ojos y mi corazón, antes de irme.