CAPÍTULO VEINTISIETE
Esther
—Se la ha aprendido. A las pruebas me remito. Además, parece que ha conseguido hacerse con la confianza de una buena parte del pueblo en poco tiempo si tiene en su poder la nota anterior.
Es un reproche, pero estoy demasiado agotada, física y mentalmente, como para buscarle una réplica a la altura.
Los muñones de Pelayo, junto con los conocidos rombos grabados a sangre en su nuca, me atormentan mucho más que las pullas del sargento, desesperado por encontrar una prueba aplastante que incrimine a Marcos sin ninguna duda y que no pueda borrarse a golpe de billetera.
Una hora. Eso es lo que nos ha concedido a ambos para tomar sendos baños antes de volver al ataque, con la única presencia de Matilde y en la sala donde el cuadro de don Fernando de Gondán parece ser testigo de todo lo que sucede.
—Ya se lo he explicado —interviene Marcos, hastiado, cuando Postigo muestra de nuevo la nota encontrada con Andrés junto con la alusión al juego de la gallinita ciega que el asesino dejó en el despacho envolviendo la daga.
Por acuerdo tácito, le hemos ocultado esta última parte, pero le hemos entregado el resto.
Aunque aún me resisto a declarar a Marcos completamente inocente, hablarle del arma con la que se cometió el crimen hubiera sido como colocarle el garrote en el cuello, listo para apretar—.
Hace unos días don Antonio interceptó a la señorita y le entregó la nota.
Ella no tiene la culpa de que los ineptos de sus hombres permitieran que una prueba como esa llegara a manos del güelu.
Pero, si quiere recuperarla, adelante. Nadie en esta casa se lo impedirá. Incluso puede llevarse la otra.
—Ah, sí. Esa donde se cita el nombre de la señorita, de nuevo. El asesino la conoce.
—O está empeñado en enfangarla tanto como a mí. Si su ajetreada vida se lo permite, le aconsejaría que cotejara la letra de las tres notas, así como el papel. Mismo tipo, mismos rasgos. Incluso es posible que misma pluma.
Los ojillos vivarachos de Postigo se clavan en nosotros, convencido de que nos hemos confabulado en su contra o algo parecido. Esta vez, la que resopla soy yo.
—Veo que se ha tomado la molestia —apunta con malicia—. ¿Debo agradecérselo?
—Debe mostrarse un poco más humilde en mi presencia. Su ironía no tiene límites, ni siquiera en mi propia casa y con el cuerpo del pobre Pelayo aún caliente.
Los ojos de Marcos refulgen indignados; no le falta razón, aunque el sargento también esgrime las suyas. Aun así, termina aceptando su situación de inferioridad y se guarda todas las pruebas. Antes de irse, nos dedica una última mirada.
—Mañana a primera hora drenaremos la laguna si hace falta para encontrar las manos de ese niño que, según usted, tan poco me importa, señor de Gondán.
—No es una petición, pero Marcos no pone objeciones—.
Después, si cuento con su beneplácito, apostaré algunos de mis hombres en sus lindes, junto con los suyos. Por seguridad, ya sabe.
—Si es la mejor manera de demostrar nuestra inocencia…
El sargento decide ignorarlo, se toca el ala de su tricornio y se dirige a mí.
—Señorita, lamento que se haya visto envuelta en este infierno, pero está claro que quien quiera que ha hecho esto no piensa detenerse hasta involucrarla por completo.
—Involucrarnos. No lo olvide.
Postigo aprieta los dientes y, con un rígido asentimiento de cabeza, se va acompañado de Matilde, que con la excusa de preparar mi alcoba nos deja a solas.
En cuanto desaparece, toda la tensión pasada se concentra en mis piernas.
Me cuesta tanto sostenerme que arrastro los pies hasta la salida, dispuesta a pasar lo que me queda de noche entre unas sábanas que se han convertido en mis enemigas declaradas, pero Marcos se interpone entre las escaleras y yo.
Me atrae hacia él. Acerca su cara a la mía hasta que siento cómo la fuerza de su aliento me envuelve y me otorga toda la seguridad que he perdido en la maldita laguna.
—Ha sido cruel, demasiado duro para ti —afirma refiriéndose al interrogatorio del sargento—. No quiero ni pensar en lo que tiene que estar pasando ahora mismo el pobre Beltrán.
—Yo tampoco, pero debes creerme, Marcos. Lo soñé, del mismo modo que soñé con la muerte de Andrés y con la de Simón, pese a no conocer a ninguno de los tres.
—Te creo. El culpable no se detendrá. Lo que escribió en la última nota, más que una pista, parece una promesa. —Un destello de miedo refulge en el verde de sus ojos—. Volverá a actuar, y estoy seguro de que lo hará aquí, en la Casona. Debo reforzar la vigilancia.
—Estará reforzada con los hombres del sargento.
—Nada me parece suficiente. Si te ocurriera algo…
—No va a ocurrirme nada. Si analizamos fríamente lo que hemos leído, no creo que quiera hacerme daño, sino más bien…
—Hacer cada vez más tangible su contacto contigo.
Angustiado, se deja caer sobre la silla más cercana y se cubre la cara. Siento el impulso de abrazarlo, pero me contengo.
—Ya lo ha hecho. Cuando soñé con Simón, su asesino fue capaz de abofetearme —confieso.
Él levanta la cabeza de golpe y me mira desconcertado.
—No me lo habías contado.
—No creí que fuera importante. A veces, en nuestras pesadillas, tenemos sensaciones tan vívidas que nos parecen reales.
—¿Y si fue real? ¿Y si de verdad eres capaz de caminar dormida y te encontraste con él aquí, en la Casona? Está claro que entra con una facilidad pasmosa.
Sus ojos se van sin quererlo hacia la puerta contigua a la despensa, que sigue cerrada a cal y canto. En esta ocasión el sargento no ha mostrado interés en ella, pero yo, después de ver la angustia disimulada con la que Marcos la mira, sí.
—No se puede abrir —comento.
—Ni se abrirá mientras yo pueda evitarlo.
—¿Qué hay detrás?
—Una oscuridad que no te abandonaría nunca.
Créeme, hay cosas que es mejor no saber, a no ser que no quieras dormir sola hoy.
—Al fin tengo toda su atención. Una atención intensa, brillante de un deseo que no se molesta en disimular, pese a que no lo demuestra de otra manera que con palabras que me encienden como si él fuera una llama y yo, la mecha más cercana —.
Y aunque bien sabe Dios que me encantaría acompañarte, decido comportarme como un caballero y no hacer nada que tú no me pidas.
Ahora mismo, ambos estamos en igualdad de condiciones con respecto a lo ocurrido con Pelayo.
Pero necesito esa parcela de tu confianza para poder demostrar el resto.
—Su mano se desplaza hasta mi frente y ahí se queda, transmitiéndome todo su calor—.
Aparta las horribles imágenes que has visto.
Tus dudas, esa capacidad envidiable de análisis que te reporta una frialdad casi espeluznante para el resto del mundo.
No permitas que te dominen, porque, si lo haces, jamás volverás a ser la misma persona.
Y yo necesito que lo seas. Casi tanto como tú.
Con esas crípticas palabras y un último suspiro de anhelo contenido, me desea buenas noches. Me deja sola con un montón de dudas y el temblor de una emoción desconocida para mí, que me acompaña hasta mi alcoba, entre mis sábanas.
Confianza. Esa única palabra ocupa toda mi capacidad de atención, como si hubiera extendido sobre mí algún tipo de embrujo que deja fuera el horror de la muerte de Pelayo.
Él puede ser inocente, tener relación con esos macabros asesinatos o convertirse en su autor al completo, pero yo necesito abrazar el significado de esa confianza para poder aceptar un deseo que comienza a martirizarme.
¿Qué conozco de Marcos en realidad? Sé que ha estado casado dos veces y que tuvo un hijo que murió, al igual que sus esposas, pero las tres muertes parecen rodeadas de misterio, al menos para mí.
Sé que su hermano mayor, Fernando, también murió, pero él se ha negado en redondo a hablar del tema incluso con su padre, aun ignorando que yo escuchaba esa conversación.
Me pregunto por enésima vez por qué soy incapaz de confiar plenamente en él. Por qué no me muestro tal y como soy en realidad, con el alma desnuda, sin miedos a lo que pueda ocurrir después.
¿Qué puede ocurrir si lo hago?
Podría enamorarme de él, si es que no lo estoy ya.
La revelación hace que pegue un salto en la cama, sorprendida.
¿Cuándo ha ocurrido esto?
Cuando me he dado cuenta de que nuestra conexión va mucho más allá de una mera atracción física. Que con cada una de sus miradas y de sus palabras, Marcos me lanza un desafío en forma de mensaje y se queda esperando a que yo lo recoja.
Me he cansado de comportarme como se lleva esperando de mí desde los nueve años. Me he hartado de aparentar ser una dama de los pies a la cabeza cuando mi naturaleza apasionada lleva tiempo pidiendo paso a golpe de deseo.
El momento de derribar barreras ha llegado.
No titubeo cuando salgo descalza de mi alcoba rumbo a la suya.
Ni me tiembla la mano cuando llamo a su puerta y entro.
El calor procedente del hogar encendido ayuda a que el frío que parece envolverme desaparezca, pero verlo de espaldas a mí, mirando por la ventana y vestido tan solo con unos calzones largos, que se adaptan a sus piernas firmes y a sus caderas estrechas de una manera muy cercana al pecado, me despoja de toda valentía.
En un principio no se vuelve ni se sobresalta, pero, conforme transcurren los minutos en silencio, termina por girar la cabeza hasta que mis ojos se topan con los suyos.
—No es decoroso que una señorita como tú visite el dormitorio de un hombre en camisón, sola y en plena noche —advierte con una sonrisa sesgada.
—Después de que la guardia civil nos haya sorprendido juntos en la laguna, creo que pocas cosas pueden perjudicarme ya. Además, sabes que no soy una dama convencional. Has afirmado en varias ocasiones que me conoces.