El umbral CAPÍTULO VEINTISÉIS #2
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CAPÍTULO VEINTISÉIS #2

—Me tenía por una persona fuerte —afirmo—. Pero no he podido salvarlo. ¡No soy más que una estúpida que sueña con sucesos que no puede evitar ni comprender, pero cuyas consecuencias debo aceptar de cualquier modo!

La afirmación me provoca temblores de humillación. No es la primera vez que me encuentro frente a la muerte, pero nunca antes había contemplado el desenlace de mi sueño tan de cerca, con tanta certeza. Con el hombre que siempre fue el principal sospechoso a mi lado.

—Eres una de las personas más fuertes que conozco, Esther. Nunca vuelvas a decir eso, ¿me oyes? —exclama aferrándome entre sus brazos para que sienta su aliento de alivio—. Por un momento pensé que te había perdido, que ya no habría esperanza para nosotros. Que te irías para siempre…

—Válgame Dios… ¿Qué carnicería es esta?

La exclamación del sargento Postigo y sus hombres llega antes de que pueda obligar a Marcos a que me explique el sentido de todo lo que acaba de susurrarme al oído.

Veo un destello de pánico en sus ojos dirigido a mí, pero me ayuda a incorporarme y me mantiene pegada a él, con un brazo rodeando mi cintura, para dirigirse al sargento.

—Gracias a Dios que ha llegado, señor —saluda con humildad.

—Por lo que veo, demasiado tarde. El pequeño…

Sus ojos parecen salirse de las órbitas ante tal barbarie, antes de recomponerse y mirar a su alrededor, como para asegurarse de que sigue dentro de las lindes de la Casona.

—Por desgracia, ha muerto. Pero la señorita ha estado a punto de ahogarse para salvar la vida de Pelayo —informa Marcos con una voz sorprendentemente firme—. Como podrá comprobar, el esfuerzo la ha dejado exhausta. Casi tanto como yo cuando he tenido que zambullirme en la laguna en su busca.

—¿Conoce al muchacho?

—Conozco a cada hombre, mujer o niño de este pueblo, sargento.

—¿Y a la persona que ha hecho esto dentro de su propiedad, justo antes de que su sirviente haya corrido a avisarme, para encontrarlos a ustedes como únicos testigos de semejante atrocidad?

¿También la conoce? —Poco a poco, tanto él como sus hombres parecen salir de su estupor.

Mientras los segundos examinan el entorno y el cadáver, Postigo recupera el color a la vez que su característico fruncimiento de cejas cuando parece hacernos objeto de toda clase de sospechas—.

Así debe ser cuando permanecen en el lugar de los hechos, tan empapados como ese pobre niño.

—Suponiendo que sea aquí donde lo han asesinado.

—A la vista está. El segundo chiquillo encontrado en su propiedad, señor de Gondán.

En esta ocasión, con usted y la señorita acompañándolo.

Si tiene la amabilidad de explicármelo para que lo que me viene a la cabeza no parezca tan evidente, retrasaré la orden de detención que estoy a punto de dar a mis hombres.

—Quizá en su lugar yo también tendría lo mismo en la cabeza. Pero me siento en la obligación de recordarle con quién está usted hablando.

—¿Solo quizá?

—Yo tengo la explicación, y es mucho más sencilla que lo que usted espera que digamos, sargento —intervengo apretando la mano de Marcos con disimulo para indicarle que me deje hablar—.

Verá, como puede comprobar con facilidad interrogando al servicio de la Casona, sufro de insomnio.

Después de lo ocurrido en la mina se ha agravado, así que pensé en dar un paseo por los alrededores esperando cansarme para poder dormir.

—Claro. Y eligió una noche cálida, despejada y seca como esta para llevar a cabo su excursión.

—No me gusta que me interrumpan, sargento. Y menos con sarcasmo.

El hombre aprieta los labios con desagrado, pero termina asintiendo.

—Está bien, prosiga. La escucho.

—Si alguna vez ha padecido usted insomnio, sabrá que, en muchas ocasiones, la sensación de asfixia al hallarte entre cuatro paredes disminuye cuando sales al exterior, haga el tiempo que haga —puntualizo cuando lanzo a Marcos una mirada aparentemente arrepentida—.

Sé que no hice bien en salir sola en plena noche, pero mis nervios no me permitieron pensar en ninguna compañía, ni siquiera en la de Matilde.

Decidí que sería algo corto, por los alrededores, y no quería molestar a nadie.

Hasta que escuché los gritos de Pelayo. Corrí hacia aquí, porque de aquí provenían, pero solo vi una sombra en medio de la laguna.

Pensé que todavía estaba vivo y me lancé al agua.

Pero, como puede comprobar, llegué tarde.

El sargento parece masticar cada una de mis palabras, con la clara intención de encontrar fisuras que puedan incriminarme, pero al no encontrarlas se dirige a Marcos.

—¿Y su excusa? —casi vomita—. No me dirá que tampoco podía dormir…

—Me encontraba atendiendo a una de mis vacas cuando vi que la señorita corría hacia la laguna —explica sin mucha convicción.

Sé lo que está pensando; mi reputación al encontrarme en semejante situación con él, tanto si he tenido algo que ver en el asesinato de Pelayo como si no, puede quedar manchada para siempre.

Aquí hay dos hombres más que pueden difundir todo tipo de bulos, y Marcos quiere ahorrarme semejante desgracia—.

La seguí con la intención de detenerla, pero no lo hice a tiempo de evitar que se zambullera en la laguna.

—¿No escuchó los gritos del niño?

—Escuché los de ella, y para mí fue suficiente.

¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Dejarla que se ahogara o que se muriera de frío en aras de la decencia?

¿Qué hubiera hecho usted, sargento? O, ya puestos, ¿qué pretende con este interrogatorio en mitad del campo, con esta niebla y la humedad que tanto la señorita como yo llevamos encima?

Aquí hay un niño cuyos padres ignoran lo ocurrido.

—En sus tierras.

—Sí, en mis tierras. No es muy difícil deducir que, si no he tenido nada que ver en el asunto, el verdadero culpable está más que interesado en hacer que parezca lo contrario, ¿no le parece?

El sargento se queda pensativo, tieso como un palo, sin tener en cuenta que yo estoy empezando a tiritar y que Marcos se contiene, hasta que se encoge de hombros.

—Mi trabajo es dilucidar su culpabilidad o inocencia, señor de Gondán —manifiesta con total tranquilidad—. Le sorprendería saber lo normales que pueden parecer los asesinos más peligrosos.

Es la gota que colma el vaso. Sin tener en cuenta que se halla ante la autoridad, Marcos lo sujeta por la pechera con tanta fuerza que el sargento termina tocando el suelo solo con las puntas de sus pies.

—Escúcheme bien, pedazo de alcornoque con tricornio —sisea—.

Este niño es el hijo de uno de mis amigos de la infancia.

Solo de pensar que ni siquiera lo va a recibir entero se me revuelven las tripas.

¿Y sabe por qué? Porque sé de lo que hablo, porque esto es la obra de un ser demente y porque puedo adivinar el sufrimiento que le espera a mi amigo, ya que yo lo sufrí en su día.

Y ahora, en lugar de hacerse el digno por el trato que le estoy dispensando e intentar imponerse, cuando sabe tan bien como yo que parte de su puesto debe agradecérmelo a mí, ¡haga el favor de continuar con esta pantomima en un lugar más seco, caliente y agradable que este, o terminaré arrojándolo a la laguna yo mismo!

Su última frase es un grito tan categórico que ninguno de los allí presentes se atreve a contradecirle.

Ni el propio Postigo, que solo se recoloca la ropa con la poca dignidad que aún le queda y un gruñido disconforme.

Ya nos hemos dado la vuelta para regresar a la Casona cuando uno de los hombres llama la atención del sargento.

—¡Señor, mire esto!

Es un papel mojado que ha sacado de uno de los bolsillos del cadáver de Pelayo.

La impresión me golpea en pleno pecho cuando mis ojos se cruzan con los de Marcos para averiguar que él está pensando lo mismo que yo. Aun así, dejamos que el sargento lo examine y nos lo muestre.

La tinta parece emborronada por el agua, pero no tengo problema en leerla:

Y traeré sobre vosotros una espada que ejecutará venganza.

Aquí tienes la siguiente pista, Esther…

¿Aún no sabes qué ocurrirá después?