CAPÍTULO VEINTISÉIS
Esther
M e despierto empapada en sudor, con la imagen clavada en mi mente y mi mano empapada en el agua de la laguna.
Un grito de angustia permanece atrapado en mi garganta sin que consiga sacarlo afuera cuando me miro la mano.
La muevo. Aún conservo el calor de los dedos infantiles entre los míos.
Aún siento su tacto e incluso los efectos devastadores de esa mirada desquiciada un instante antes de que mutile al niño con ese enorme cuchillo, que nada tiene que ver con la daga que hasta el momento ha utilizado.
No puedo creerlo. Hace un momento he sido capaz de penetrar en la mente de Pelayo, de ver en su imaginación una representación del Patarico persiguiéndolo.
De comprobar que, al igual que sus predecesores, ha reconocido algo en mí que lo ha impulsado a seguirme ciegamente. «Es usted…». Dos palabras que se han repetido en cada situación y que me provocan un escalofrío de impotencia.
Ahora, su imaginación está tan ciega como sus ojos. Su mundo se ha recudido a un pozo negro vacío y rodeado de niebla.
Me encojo ante lo real de mi vivencia. ¿Es posible que, con cada sueño, todos los personajes y sus sentimientos se hagan más tangibles?
Me froto los brazos, intentando desprenderme de la sensación de suciedad con la que aquel ser diabólico me ha impregnado, pero no lo consigo.
Son los ojos de Pelayo los que me encogen el estómago.
Esa mirada desesperada parece atravesarme, como si pudiera ver dentro de mí.
Debo salir a ayudarlo. Aparto las sábanas y salto de la cama en un gesto desesperado.
El corazón me late con fuerza y casi no me deja respirar, pero pienso con rapidez.
Sé lo que debo hacer, y dónde. Lo siento más profundamente que nada de lo que he sentido hasta hoy con Andrés o Simón; es un conocimiento más certero que los que provienen de la razón, un instinto profundo, animal.
La piel me hormiguea en cuanto desciendo los escalones que me llevan a la salida.
No me molesto en ser sigilosa ni me sobresalto cuando el escalón defectuoso chirría más de lo normal bajo mis pies.
Abandono el cobijo de la Casona para exponerme al peor monstruo de mis pesadillas.
Noto como si el hedor proveniente de ese nuevo enemigo me atacara el olfato con la intención de disuadirme de mi propósito, cuando en realidad consigue el efecto contrario.
Progresivamente me siento más fuerte, más serena. Casi invencible.
—Es algo entre tú y yo, malnacido —murmuro mientras controlo el rechinar de mis dientes y comienzo a establecer algún tipo de conexión entre lo experimentado en la sesión de hipnosis y ese nuevo sueño del que me ha costado mucho trabajo escapar—.
Te haces más visible a través de mí, de mis premoniciones, ¿verdad?
Con cada asesinato, estás más convencido de que acudiré a ti.
Ese ha sido su juego desde el principio. El de la gallinita ciega que terminará por encontrar aquello que se le ha perdido. El de la venganza, compuesta por pistas macabras que yo debo seguir.
Corro todo lo rápido que puedo. La niebla va volviéndose más espesa a medida que avanzo hasta el punto de que la luz del quinqué parece rebotar contra ella, como si fuera una pared.
Su blancura convierte el paisaje en un ente difuso.
Intento respirar hondo, pero el aire está tan impregnado de humedad que no pasa de mí garganta.
Huele a tierra mojada, pero también a podredumbre, a oscuridad…
A muerte.
No dejo de correr. Bajo mis pies desnudos siento la textura blanda de una alfombra formada por las hojas muertas.
Eso me hace pensar en el cuerpo de Pelayo bajo el agua.
Blando, resbaladizo, luchando por salir a la superficie.
Empiezo a sentirme enferma, pero sigo avanzando en línea recta, lejos del sendero, sin saber si estoy en la dirección correcta, hasta que la niebla decide concederme un resquicio de visibilidad cuando mis pies se hunden en el agua.
Al fin me encuentro en la orilla de la laguna.
—¡Pelayo! —grito haciendo un rápido recorrido con el quinqué sobre la superficie que rezuma quietud—. ¡Pelayo!
Mi padre me enseñó a nadar de niña, así que no tengo problema en hundirme y emerger en busca de aire, tantas veces que poco a poco el desánimo y el cansancio se apoderan de mí.
Estoy a punto de abandonar cuando un pequeño destello de luz parece surgir del fondo.
Me precipito hacia allí, pero me hallo atrapada en un mar profundo que me rodea, me aplasta y tira de mí hacia abajo.
Siento que la presión del agua en mi cabeza me aplasta el cráneo y solo consigo manotear, pero una voz dentro de mí resuena como fuerza.
— ¡Ayúdeme!¡Me ahogo!
¡Es Pelayo!
Braceo hacia la luz, más intensa de pronto, hasta que vislumbro la silueta de un cuerpo flotando tan cerca de mí que solo tengo que alargar la mano para alcanzarlo, justo antes de que alguien me alcance a mí.
La luz y la voz desaparecen. Me arrastran hacia la superficie, pero me llevo al niño conmigo hasta que siento la tierra firme bajo mi cuerpo y toso convulsivamente, intentando recuperar el aire que he estado a punto de soltar.
—Pelayo… Oh, Dios…
A la luz del quinqué que dejé en la orilla distingo sus rasgos infantiles. Sus labios azules, su piel cenicienta, su cuerpecito vestido con ropas humildes.
La carne desgarrada, ausente de sangre, donde deberían estar sus manos.
Quiero llorar, maldecirme, pero solo me derrumbo a su lado, agotada, y gimo cuando siento que alguien me incorpora y me sujeta frente a la imagen borrosa de una persona cuyas palabras resuenan en mi cabeza como ecos lejanos e ininteligibles.
No puedo escuchar, no puedo ver con claridad ni percibir lo que se desarrolla a mi alrededor.
La desesperación más absoluta trata de anidar en mi alma, pero no se lo permito.
Una luchadora, eso es lo que siempre he sido.
Una superviviente, eso es lo que soy, a pesar del cadáver que yace a mis pies.
Lo miro y siento cómo la soledad me invade de una forma que jamás he experimentado.
—¡Esther, por favor, respóndeme! ¡Mírame! ¿Estás bien?
Al fin distingo los gritos de Marcos, completamente aterrado.
Quiero tranquilizarlo, asegurarle que me encuentro bien, pero ningún sonido brota de mi boca porque, en realidad, solo deseo desaparecer.
Quedarme inconsciente hasta que todo esto acabe o, por lo menos, encerrarme en algún lugar solitario en el que poder llorar mi impotencia, pero solo consigo desviar mis ojos aterrados del cadáver de Pelayo para clavarlos en los de Marcos.
Tiemblo sin control cuando él me abraza, cuando me susurra palabras tranquilizadoras que consiguen que mis lágrimas surjan.
Y, cuando solo me siento capaz de recuperar mi capacidad de movimiento, me aparta un tanto y las limpia con algo demasiado parecido al amor incondicional que lleva a una persona a arriesgar su vida para salvar la de otra.
Me mira asustado, casi tanto como yo, con la facilidad innata de introducirse dentro de mis pensamientos mientras lo hace, pero yo siento un nudo en el estómago y una oleada indescriptible de algo que raya en el dolor físico.
—Sé nadar. Mi padre me enseñó… Marcos… —murmuro como si acabara de darme cuenta de su presencia—. ¿Qué haces aquí?
—Te vi salir de la casa como si te persiguiera un fantasma.
Te llamé, pero no me oíste, así que no me quedó más remedio que seguirte.
Cuando gritaste el nombre de Pelayo, pensé que habías perdido la razón.
—Su voz me hace ser cada vez más consciente de lo que acaba de ocurrir.
De la luz adicional que me hace ver a Bernardo, unos pasos por detrás, cuyo rostro descompuesto no se aparta del cadáver del niño—.
No me dio tiempo a alcanzarte antes de que te lanzaras al agua.
Bernardo, la señorita está bien, y es evidente que nada se puede hacer por el pequeño.
Ve en busca del sargento Postigo inmediatamente, te lo ruego.
—Solo cuando el sirviente se va, su mirada pasa de aterrada a dura—.
Ahora, dime que no has tenido nada que ver con esto, Esther.
¡Te lo ruego, dime que no has participado en esta carnicería!
Su exclamación desesperada penetra poco a poco en mi mente. Aunque aún me siento demasiado confusa, encuentro el valor para contemplar el último acto de maldad.
—¿Crees que yo lo he matado? —pregunto con un hilo de voz. Por suerte, su expresión me responde sin dudar—. Soñé con él, Marcos. ¡Soñé con su asesinato! Incluso pude tocarlo, sujetar su mano antes de que eso… ¡El asesino se la cortó para evitar que yo pudiera rescatarlo! Usó un cuchillo enorme…
Las lágrimas vuelven en forma de torrente incontrolable cuando observo mis dedos crispados, vacíos, helados. Empiezo a temblar. Mi garganta se ha vuelto del grosor de un hilo que impide la entrada de aire a mis pulmones. Trago saliva hasta que me siento capaz de seguir hablando.
—¡El maldito sabía que me ganaría cuando me miró antes de seccionarle la mano! Escuché sus alaridos de dolor, pero no pude hacer nada más… Cuando desperté, ¡mi propia mano estaba empapada con el agua de la laguna!
—Y corriste hacia aquí en la esperanza de poder salvarlo.
Su voz queda no parece dirigida a mí, porque ha dejado de clavar su mirada en mí para pasar a hacerlo a mi espalda, en dirección a la Casona.
Un brillo de acero verde se escapa hacia algún punto que solo él conoce.
Veo furia contenida en sus párpados entrecerrados, ira profunda y arraigada cuyo destinatario parece estar lejos de ambos, pero me parece que estoy echando un vistazo a su alma, que puedo conocer todos sus pensamientos y emociones.
No lo percibo como una sensación nueva, sino como un indicio de complicidad muy muy antiguo.