CAPÍTULO VEINTICINCO #2
El niño forcejeó con tanta fuerza que el quinqué terminó en el suelo, pero era como una hormiga luchando contra un elefante.
Cuanto más empeño ponía, con más ahínco era arrastrado hacia la orilla de la laguna.
Si intentaba clavar los talones en la tierra, estos se hundían entre las hojas empapadas y la tierra húmeda para formar un carril con ellos de una única dirección.
Si clavaba sus pequeñas uñas en las manos de su atacante, este lo sujetaba con más crueldad hasta sacarle gritos de terror, de auxilio, de súplica.
Gritos que nadie oiría.
De pronto, el ambiente cambió. A través de su desesperación, Pelayo vio cómo su propio aliento se convertía en pequeñas volutas de vaho que tomaban una misma dirección.
El final de un camino donde una mano atravesó la niebla y se agitó en su dirección. Tan cerca de él que solo tenía que extender la suya para agarrarla.
—¡Todavía estás a tiempo de salvarte! ¡Sujétate a mí con todas tus fuerzas, Pelayo! ¡No sueltes mi mano por nada del mundo!
No necesitó saber de dónde procedía esa voz de mujer, porque la conocía, igual que la mano que se le ofrecía.
Era una vía de escape, quizá una última oportunidad.
Se prometió que, si la aceptaba y conseguía escapar, hablaría a todo el pueblo de lo ocurrido hacía ya dos años.
Les contaría a todos lo que él y sus dos amigos habían padecido a manos de ese monstruo que seguía tirando de él, como si se volviera más fuerte con cada intento de resistencia por su parte.
—¡Socorro! —chilló con un gruñido de rabia que precedió a su pequeño pie golpeando la espinilla de la persona que se hacía llamar Patarico.
—Grita todo lo que quieras. Aquí nadie te escuchará. Y, cuando te sumerja en la laguna, dejarás de darme problemas, guaje. Pero antes… Antes verás en qué consistirá mi venganza.
—¿Por qué?
Esa pregunta le ofreció un pequeño descanso en su lucha. El Patarico dejó de tirar de él y ladeó su horrenda cabeza, de modo que Pelayo advirtiera la presencia de un solo ojo y no de los dos que había visto al principio.
—Cosme lo vio todo, y no hizo nada para remediarlo.
¡Nada! —le respondió escupiendo odio en cada palabra—.
Pero Beltrán participó. Cuando vea el cuerpo mutilado de su hijo, comprenderá, pero ya no podrá hacer nada para remediarlo.
Deseará morir cada minuto de cada día de su vida.
Rogará a Dios por ocupar tu lugar, pero ni siquiera eso se le concederá.
—¡No! ¡Suélteme!
No supo de dónde sacó semejante alarde de coraje, pero fue suficiente para estirar una mano y tocar los dedos fríos que se le ofrecían a su espalda, como agujeros oscuros que horadaban aquella maldita niebla que se empeñaba en envolverlos para tapar el horror que estaba a punto de padecer.
—Es usted… —murmuró recordando un nombre susurrado a escondidas mientras los adultos creían que él no escuchaba. Apreció el sutil aroma a melisa que en ese momento lo envolvió igual que el halo de seguridad que llevaba consigo—. Me ayudará.
En cuanto estableció el contacto, la mano de la mujer lo atrapó y tiró de él en sentido contrario, pero su insistencia no pareció suficiente.
El Patarico miró en esa dirección y sacó un cuchillo de entre sus ropajes, tan oscuros como su alma podrida.
El brillo de la hoja se quedó impreso en los ojos de Pelayo el tiempo suficiente como para paralizarlo por el terror.
—¡Déjeme marchar y no hablaré! —gritó desesperado cuando vio la hoja acercándose a él—. Por favor, se lo suplico… He estado dos años callado. Puedo estar toda la vida…
—De eso puedes estar seguro. Sobre todo, porque tu vida termina aquí. Ahora.
—¡No puedo tirar de ti si no luchas! ¡Por favor, sigue peleando, Pelayo! ¡No te rindas!
—¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme, se lo suplico!
Los gritos se transformaron en lloros cuando sintió sus pies sumergidos en el agua helada de la laguna.
Notó el cuchillo helado quebrándole la piel de la muñeca que permanecía unida a la mano que había surgido de la niebla, pero se mordió los labios para no soltar un alarido de dolor.
Intuía que su tormento haría disfrutar al Patarico, así que intentó ver algo más de su improvisada salvadora, pero solo logró vislumbrar la silueta de una mujer que, conforme se iba internando en el agua, parecía desdibujarse entre lamentos lejanos de impotencia.
—¡No me suelte! —chilló cuando sintió el dolor de su cuerpo al ser maltratado en direcciones opuestas.
El ser seguía avanzando al interior de la laguna.
El agua le llegaba ya por la cintura, pero la mano seguía manteniéndolo sujeto, a pesar de que los dedos ya tocaban la superficie—. ¡Por favor, por favor, sálveme!
—Es lo que intento, Pelayo. ¡Lo estoy intentando con toda mi alma!
—Ella no te ayudará hasta que no comprenda lo que le ocurre. Por qué está aquí, con nosotros.
El monstruo se encogió de hombros, con una indiferencia escalofriante, antes de intentar sumergir su cabeza en el agua.
Lo consiguió, pero no con la suficiente profundidad ni el tiempo suficiente.
La mano a la que seguía sujeto se lo impedía, era el extremo de la cuerda que no debía soltar por nada del mundo.
Pelayo sintió tanto dolor en sus dedos al intentar aferrarse a ella que a punto estuvo de abandonar.
Supo que incluso le había clavado las uñas y creyó que sería la mujer la que desistiría de salvarlo, pero nada de eso sucedió.
Fue consciente de su carne, de la consistencia suave de su piel, de su realidad, antes de que su atacante enarbolara el enorme cuchillo.
Vio cómo miraba en dirección hacia donde aparecía la mano fantasmal. Y vio su sonrisa victoriosa, dirigida a la persona que pretendía ayudarlo, antes de seccionarle la muñeca.
Pelayo aulló de dolor. Sus gritos parecieron retumbar en la extraña quietud que hasta el momento los había acompañado.
Algo tan antinatural como el ser que acababa de cortarle una mano.
Algo tan aberrante como la sangre que manó en chorros de su muñeca y que hizo que a punto estuviera de desmayarse.
La visión se le nubló, y el dolor lo cubrió todo con el color rojo de las aguas en las que el monstruo volvió a sumergirlo.
Supo que no tenía escapatoria. Las fuerzas lo abandonaron con su propia sangre. Aguantó la respiración, pero la presión sobre su cuello persistió con tanta fuerza que tuvo que abrir la boca para dejar paso a un torrente de agua que le encharcó los pulmones.
A pesar de su sufrimiento, de la inconsciencia que parecía llamar a su puerta, Pelayo todavía manoteó y pataleó, intentando salvar una vida que ya estaba perdida.
—Esther todavía está ciega, pero verá —escuchó que le decía el ser cuando, por alguna razón desconocida, decidió darle una tregua y sacó su cabeza de debajo del agua—.
Y, cuando vea, estará de mi lado, porque comprenderá mi misión.
Nuestra misión, porque también será la suya.
—Con tranquilidad, señaló su propia mano, que flotaba en las aguas mansas de la laguna.
A esas alturas, la tos había sustituido a los gemidos y lamentos de Pelayo.
No veía otra cosa que oscuridad difuminada por las hebras blancuzcas de la niebla, pero todavía pudo distinguir una sonrisa macabra de dientes blancos—.
Cuando vea mis trofeos, se sentirá orgullosa de mí.
Fue lo último que escuchó antes de ver de nuevo el cuchillo alzándose para seccionar la única mano que le quedaba.