CAPÍTULO VEINTICINCO
Pelayo
P elayo corría sin mirar atrás.
Debía llegar a la cita antes de que su padre se diera cuenta de su ausencia y montara en cólera.
Últimamente, lo vigilaba más de cerca que nunca.
Imaginó que sería por lo ocurrido con Andrés, aunque no estaba seguro.
Su padre no le explicaba las cosas. Se las ordenaba, y esperaba obediencia.
No toleraba la insubordinación; decía que ese tipo de actitudes nunca llevaban a buen puerto, que él había llegado donde estaba no por su amistad con el patrón desde que eran unos niños, sino por su fidelidad y su sumisión cuando ambas eran necesarias.
Si a eso le sumaba la visita aquel mismo día de don Marcos, que le hizo preguntas incómodas cuya respuesta aún escocía porque se transformaba en mentira una vez salía de su boca, la situación se convertía en urgente, máxime después de que, una vez que el patrón se hubo marchado, Esteban y él se fueron al río y su amigo le susurró:
—He recibido un mensaje. Quiere verte esta noche, en la orilla de la laguna de la Casona.
—¿Solo a mí?
—De mí no me dijo nada —se apresuró a negar Esteban—. Pero, si quieres que te acompañe, lo haré. Me aseguró que podía darte información acerca de la muerte de Andrés.
Los dos niños se miraron sabiendo la identidad del informante sin necesidad de pronunciar su nombre.
Lo más seguro era que se tratara de un cebo para que Pelayo acudiera a la cita.
El miedo que le producía volver a encontrarse con el monstruo que poblaba sus peores pesadillas desde hacía dos años hizo que se planteara la oferta de Esteban, pero finalmente la rechazó.
—No hace falta que te recuerde lo que ocurrió la última vez que acudimos juntos a su cita, ¿verdad? —Con un escalofrío, Esteban negó de nuevo—. Iré yo solo, no te preocupes.
Y allí se encontraba, después de burlar la vigilancia de su padre, armado con un quinqué encendido cuya luz parecía insuficiente para perforar la espesa niebla que lo envolvía, con toda la intención de desorientarlo, de empapar sus huesos y aplastar cualquier sonido de la naturaleza que se produjera fuera de ella, aunque solo fuera para espantar aquel halo sobrenatural que lo hacía estremecerse a cada paso por el sendero que lo alejaba del pueblo y lo acercaba a la Casona y a sus peores temores.
Una ráfaga de viento helado pareció empujarlo hacia la pequeña tapia que le indicaba que había llegado a la propiedad.
Su susurro se coló hasta su cabeza para llenarla de antiguas creencias.
Un siseo, proveniente de los árboles cercanos, le recordó que probablemente no se hallara solo.
Que el peligro podría venir en forma de Nuberu o incluso de…
—Patarico.
La palabra se le atascó en la garganta al pronunciarla. A pesar de estar seguro de que la persona que lo había citado allí tenía dos ojos, se estremeció de pies a cabeza. Tanto que, cuando dejó el quinqué en lo alto de la tapia, estuvo a punto de perderlo.
Tuvo que recordarse que hacía aquello por la memoria de Andrés.
Por mucho que supiera ante quién se vería las caras, merecía la pena si con ello la Guardia Civil atrapaba a su asesino.
Respiró hondo y trepó por los salientes de la tapia hasta saltar al otro lado.
Había hecho aquello multitud de veces desde que, hacía dos años, él, Andrés y Esteban se habían hecho inseparables de Simón, el hijo de don Marcos, bajo el beneplácito de este y con todas las reservas del mundo por parte de doña Mariana.
Reservas que, según ella, se confirmaron tras la muerte de su hijastro.
A partir de entonces, todo empeoró. Pelayo había oído conversaciones entre su padre y Gaspar, el padre de Esteban, acerca de las discusiones de don Marcos con don Fernando, el antiguo patrón, y que se centraban en la desgracia que parecía haberse cebado con ellos, ya que el destino de su primogénito Fernando, al igual que el de Simón, había estado ligado a las relaciones con personas humildes.
El viejo patrón se fue, pero antes de morir doña Mariana decretó que Pelayo y Esteban no volvieran a pisar la propiedad.
Eximió a Andrés por su trabajo como vaquero, pero cavó su tumba, más allá de la arcada de vegetación espesa que acababa de atravesar.
Por un momento, Pelayo se detuvo a recobrar el aliento y contener la riada de pena y miedo que empezaba a ahogarlo como si fuera una soga al cuello.
Todavía recordaba la última vez que se habían bañado en la laguna con Andrés, previo permiso del patrón.
Fue después de que su amigo terminara con sus quehaceres y antes de irse todos juntos a casa.
En un día soleado, no como aquella noche en la que la niebla parecía una cortina dispuesta a cubrir la presencia de cualquier ser monstruoso que se amparase en ella.
—El Patarico no existe —se recordó a sí mismo con poco convencimiento.
Aunque dos años después de intentar enterrar en el fondo de su mente la peor pesadilla de su vida, sin conseguirlo, dudaba de que su protagonista no hubiese sido un ser salido del más allá. Los había atacado y amenazado con matarlos a todos si alguno de ellos hablaba.
Sin embargo, pese a su silencio, Andrés había perdido los ojos y la vida.
Nuevas lágrimas comenzaron a brotarle, pero las apartó de un manotazo.
—El Patarico no existe —se repitió, furioso consigo mismo por permitir que el miedo y los cuentos que corrían de generación en generación en las noches frías y al abrigo de un buen fuego le afectasen hasta el punto de plantearse si debía seguir o retroceder.
—¿Estás seguro, Pelayo?
Cuando escuchó esa voz, todo su mundo comenzó a girar ante sus ojos con tanta rapidez que apenas pudo sostener el quinqué. Se dio la vuelta; ante él se encontraba la encarnación de su pesadilla, que a su vez lo observaba desde su posición de incuestionable superioridad.
De ineludible amenaza, surgida de las entrañas de su propia alma.
Pelayo lo sabía; ya lo había experimentado, igual que la maldad que anidaba en esos ojos verdes salidos del infierno. Dos ojos, no uno.
—Usted… —fue capaz de decir.
—Pues claro, guaje. ¿Qué creías? ¿Que cualquiera de los mocosos con los que estás puede proporcionarte información acerca de lo que le ocurrió a Andrés?
—N-no, pero pensé que me había llamado para…, para…
La posibilidad le resultó tan repugnante que fue incapaz de verbalizarla.
El miedo a que fuera esa la verdadera razón de aquella cita hizo que retrocediera sin perder de vista a la persona que tenía delante, pero no pudo hacerlo con la suficiente rapidez.
Esa mano elegante pero fuerte le estrujó el brazo con fuerza, sin pararse a pensar en el dolor que le infligía.
O quizá lo sabía, pero no le importaba. Como la otra vez.
—Para eso hubo un momento, y desde entonces no he dejado de vigilarte, pequeño… —El ser se inclinó sobre su oído y dejó que cada susurro impregnara de odio su mente asustada—. Sé que has guardado silencio, al igual que tus compañeros.
—Entonces, ¿no va a hacerme nada?
—Si te he citado aquí, es para algo. Yo nunca hago nada porque sí. Sabía que vendrías si te nombraba a Andrés, como así ha sido.
—¿Una trampa?
—Yo no lo llamaría así. Verás, sé que estabais muy unidos. Erais como uña y carne. Supongo que te dolió mucho su muerte… Así que imagino que querrás saber, por lo menos, su razón de ser.
—P-pero si la conoce, es porque…
La sangre se le heló en las venas al comprender el resto de su deducción.
—Chico listo. —Le revolvió el pelo con algún tipo de macabro orgullo, pero Pelayo se apartó todo lo que pudo.
A esas alturas, el miedo había trepado hasta su cerebro con tanta rapidez que le resultaba difícil pensar con claridad—.
Ya sé que no confías en mí. No te lo censuro.
En tu lugar, yo tampoco lo haría, pero ¿y si te dijera que estás a punto de descubrir la verdadera razón por la que tuve que terminar con Andrés?
A Pelayo la boca se le secó repentinamente.
Estaba ante la persona que había asesinado a su querido amigo. Un ente sin corazón, capaz de hacerle a Andrés algo tan abominable como arrancarle los ojos, pero dispuesto a volver a matar.
Entonces comprendió del todo.
Estaba ante una nueva forma tras la cual se había escudado el Patarico todo ese tiempo.
En su día, los había encerrado, a él y a sus amigos, para someterlos a unas vejaciones que los marcarían de por vida mientras los mantenía en buen estado de salud para que no flaquearan durante el tiempo que duró aquella infamia.
Después, los dejó ir bajo amenaza de muerte si algún día decidían hablar.
Ahora, había vuelto para acabar con ellos.
Un millón de voces gritaron al unísono en su cabeza para que se fuera, pero la furia que sintió ante tal descubrimiento tapó por un instante los estragos del pánico instintivo para conseguir que se encarara con la reencarnación del Mal.
—¡Tiene las manos manchadas con la sangre de Andrés! —le escupió con tanta rabia que, como premio, se ganó una bofetada que lo llevó al suelo.
—Todo el mundo tiene las manos manchadas con la sangre de otros, guaje…
Incluido tu padre. —El ser repugnante no levantó la voz, pero sí tiró de él para que se pusiera en pie y lo sujetó como si fuera un muñeco de trapo—.
Beltrán pagará, como lo hizo Cosme: a través de ti.
Tú seguirás a tu amiguito. Solo por tomar parte de la venganza de Dios deberías sentirte orgulloso.
Soy el Patarico, muchacho. Yo os alejé de vuestras casas, os mantuve en buen estado, os utilicé para mis fines y después os dejé libres, ¿recuerdas?
Ahora, estoy aquí para impartir justicia.