CAPÍTULO VEINTICUATRO #2
Lo último que veo de don Fernando es una mirada glacial y los labios tan fruncidos por el desagrado que parecen haber desaparecido de su cara, pero lo ignoro.
Del brazo de Marcos, me siento capaz de ignorar cualquier personificación del mal.
Y no sé por qué, pero estoy segura de que su padre es una de esas personificaciones.
De que, hasta el momento, he juzgado erróneamente al hombre que permanece conmigo incluso cuando traspasamos la puerta de la que será mi alcoba y me ayuda a tumbarme en la cama, vestida y todo.
Comprende el trance por el que mi cabeza intenta aún pasar. Mi confusión, mi terror, sin necesidad de que se lo explique con palabras. Solo cruzamos una mirada de entendimiento, en una sincronía perfecta que hace vibrar mi pecho, antes de dirigirse a la salida.
—Marcos.
—Dime, Esther.
—No te sientas culpable por lo que ha pasado. Yo pedí que me trajeras pensando que podría ser un camino de salida. Te doy las gracias por ello, con mucha más razón después de escuchar lo que he escuchado ahí abajo.
Su inmensa espalda se curva con el peso del arrepentimiento.
—Siento que hayas tenido que presenciar semejante espectáculo —se disculpa—. Hacía demasiado tiempo que no perdía los nervios con él.
—¿No os hablabais? ¿Por eso se marchó de la Casona y te dejó todas las responsabilidades?
—Bonita manera de describirlo. Mi padre se enfurecería si te oyera hablar así.
—Pero él no. Él me sonríe cuando se gira hacia mí—.
Aún soy un desconocido para ti, Esther. No sabes nada de mí.
Tenlo en cuenta a la hora de depositar un poco más de esa confianza que tan cara vendes, porque es posible que no la merezca.
—¿No la mereces?
Incluso los episodios de su vida más recientes, que he vivido con él, tienen una pátina de misterio que impide que pueda verlos de forma transparente. Y, pese a todo, sé que hago lo correcto.
—Eso deberías juzgarlo por ti misma, llegado el momento —responde.
—Marcos —repito.
—Dime, Esther —repite él.
—¿Puedes quedarte… conmigo? —Siento el rubor apoderándose de mis mejillas cuando veo su desconcierto—.
Estoy tan desconcertada por lo que he visto en ese extraño viaje que me aterra la posibilidad de dormirme.
Si esa niña vuelve a presentarse en mis sueños, quiero tener a alguien que sujete mi mano desde el otro lado. Como has hecho tú.
Abre la boca, seguramente dispuesto a plantear mil inconvenientes, pero parece pensárselo mejor y vuelve a cerrarla. Retrocede hasta la cama, se reclina sobre mí y me acaricia el cabello desordenado con aire distraído.
—¿Confía en mí hasta ese punto, señorita Llamazares? —pregunta en un susurro que me eriza la piel de todo el cuerpo.
—Confío en ti hasta el punto de dormirme en tu compañía. Si después decides irte, puedes hacerlo.
—Lo cual implica que me das la posibilidad de quedarme.
Sus labios se acercan a los míos, pero se detienen a una distancia prudencial para ambos. Pese a que mi corazón empieza a bombear más aprisa de lo que nunca creí que pudiera hacerlo, recuerdo su última advertencia. Deberé pedirle aquello que desee, y eso es lo que estoy haciendo.
Lo demás sería rebasar límites que yo misma me he autoimpuesto, pero que cada vez estoy menos segura de poder respetar.
—No sería muy decente que lo admitiera —murmuro con una sonrisa que él comparte.
—Bien. Entonces, haremos como si no acabaras de admitirlo. Me quedaré contigo. Velaré tu sueño. Y, cuando estés dormida…
No termina la frase. En su lugar, se acopla a mi espalda, me atrae hacia él y deposita el aliento de su respiración acompasada sobre mi nuca, hasta que el sueño me vence.
Ignoro si es por la presión sufrida en la sesión de hipnosis o por la presencia tranquilizadora de Marcos a mi lado, pero por primera vez en mucho tiempo disfruto de un periodo de descanso sin pesadillas, sin avisos del otro lado, sin muertes de niños.
Cuando me despierto, estoy sola en la cama y la claridad penetra por la ventana en todo su esplendor, aunque no sirve de mucho a la hora de aplacar mi oscuridad.
Me incorporo y me estiro, satisfecha, descansada, feliz y dispuesta a pedirle a Marcos que nos marchemos de aquí cuanto antes, pero alguien llama a la puerta.
—Adelante.
Es Lucía, que llega con una bandeja repleta de manjares que me hacen recordar lo tarde que es y lo hambrienta que estoy.
—Buenos días, señorita. He venido otras dos veces para ver si había despertado, pero creo que ni siquiera me ha oído llamar. Ha dormido usted mucho.
—Me hacía falta. ¿Y el señor de Gondán?
—¿Cuál de los dos?
—Don Marcos —aclaro.
—Lleva un buen rato esperándola fuera. —Con un breve gesto de cabeza señala el exterior de la casa.
Yo me dirijo hacia allí para verlo solo, junto a la berlina, paseando de un lado a otro con impaciencia—.
Me pidió que le subiera el desayuno. Si no tiene inconveniente, en cuanto termine la ayudaré a prepararse para marcharnos.
No parece dispuesta a conversar acerca de nada más, encerrada de nuevo en un hermetismo que comienza a resultarme irritante. Accedo con un asentimiento y cumplo con los trámites a la mayor velocidad posible.
Cuando me presento ante Marcos, él me recorre de arriba abajo con mirada ardiente y me sonríe.
—Ya era hora, dormilona —saluda—. ¿Estás preparada para irte?
—Después de lo de ayer, desde luego. Pero tu padre…
—Señorita Llamazares, ¿no creería que iba a permitir que se fuera sin despedirme de usted?
Me giro para encontrarme con la inquietante presencia de don Fernando.
Su expresión parece la de un hombre profundamente contrariado por el curso de los acontecimientos cuando toma mi mano y se la lleva a los labios.
Agradezco llevar guantes. Aun así, su frialdad traspasa la tela hasta llegarme directa al corazón cuando clava en mí esos extraños ojos que me intimidan de nuevo.
—No, por Dios —respondo, aunque solo Marcos parece detectar el sarcasmo en mis palabras—. Nunca pensaré que es usted un mal anfitrión.
—Ah, eso es buena señal. Me indica que tiene usted ideas propias, muy lejos de dejarse influir por razonamientos partidistas. Hace bien, señorita. Nunca juzgue antes de haber escuchado todas las versiones de un mismo hecho. Ese es mi consejo.
—Se lo agradezco.
—Lástima que no haya conseguido lo que venía a buscar. —De pronto, su mirada se hace más incisiva—. ¿O sí?
—Si se refiere al descanso, he dormido como un bebé. Si se refiere a las respuestas… Supongo que también, aunque me costará más tiempo desentrañar el acertijo.
—Hágalo.
Se aleja de nosotros sin una palabra de despedida para su hijo, pero no parece importarle. Como si su presencia no hubiera tenido lugar, Marcos me ayuda a subir a la berlina y se sienta a mi lado, con la vista fija en algún punto del exterior.
—A veces pienso que esta vida nunca ha sido para mí —reconoce—.
No te sientas culpable por la situación con mi padre.
Vine aquí lleno de esperanza al pensar que él podría ayudarte.
No me importó dejar a un lado los problemas que me llevaron a renunciar a mi propia sangre si con ello podía arrojar un poco de luz a tu oscuridad. Y creo que así ha sido.
—No termino de verle la relación.
—Yo tampoco, pero no voy a quedarme de brazos cruzados —afirma con contundencia—. Esther, en cuanto lleguemos voy a desplazarme al pueblo y voy a arrinconar a Pelayo y Esteban hasta que esos dos diablillos me digan lo que quiero oír.
—¿Y qué es lo que quieres oír?
—No lo sé… —Toda su seguridad parece venirse abajo cuando se deja caer sobre su asiento, derrotado—. Pero tengo que intentarlo.
Con esa promesa regresamos a la Casona. A Matilde, que me espera con los brazos abiertos cuando Lucía desaparece cabizbaja, ignoro el motivo, y Marcos parte a cumplir con su cometido.
Paso el resto del día con mi aya. No tengo noticias de él hasta el atardecer y, cuando aparece, su expresión es aún más desoladora que la que exhibía cuando se marchó.
—¿Qué ha ocurrido?
—En la cena —dice antes de desaparecer escaleras arriba.
No me queda más remedio que esperar. Cuando aparece en el salón, su aspecto es mucho más cuidado. Y también mucho más oscuro.
Lucía nos sirve un plato de sopa caliente, pero ninguno de los dos prueba bocado. Marcos permanece con su mirada en la cuchara que remueve el caldo y yo clavo la mía en él, incapaz de probar bocado.
—No sé si serán ellos, Esther —informa al fin—. Me he fiado de tu descripción y de que acompañaban a Andrés, y he supuesto que serían sus amigos, pero lo cierto es que hay más niños rubios por los alrededores, y no he conseguido sonsacarles ni una palabra.
—¿No te han hablado de un rapto? ¿De una desaparición prolongada? ¿De una cabaña? ¿De…?
—¡No, por Dios santo! —Se da cuenta de que me ha gritado y enseguida se arrepiente.
Resopla, se sacude el cabello y se atreve a mirarme—.
Lo siento, perdóname. Es que todo esto empieza a superarme.
No consigo mi propósito, el tiempo se me acaba, estoy a punto de perder otra oportunidad y no sé si será la última…
—¿De qué hablas?
Parece perdido en sus propios pensamientos, pero mi pregunta lo trae de vuelta. Su expresión oscura desaparece, igual que la desazón que parece consumirlo, cuando me dirige una triste sonrisa.
—De tu estancia en la Casona —responde, aunque tengo la ligera impresión de que volvemos a entrar en el juego de las medias verdades—. Si quiero ayudarte, tengo los días contados.
—Bueno, todavía sigo aquí.
—Razón más que suficiente para que aproveche el tiempo.
Una mirada melancólica se le escapa hasta envolverme entera.
Pese a no cruzar más palabras, nos envuelve en un silencio cómodo hasta que terminamos de cenar.
Me despido de él y me dirijo a mi dormitorio sabiendo que él ocupará el suyo mucho después.
Pienso en todo lo que he sido capaz de hacer, de aceptar, en los últimos días e intento establecer conexión con lo que me ha llevado hasta donde estoy, pero no lo consigo.
Demasiados agujeros negros, demasiadas lagunas en mi mente. Demasiados asuntos inconclusos como para que me plantee qué conozco en realidad de las personas en cuyas manos me he puesto.
No obstante, me sirve para conciliar el sueño.
Hasta que el horror aparece de nuevo.