CAPÍTULO VEINTICUATRO
Esther
— ¡M arcos, ayúdame! ¡Sácame de aquí!
Es mi propia voz la que me devuelve al diván de la sala de don Fernando.
A esos ojos dorados clavados en mí con una mezcla de avidez y frialdad que me provocan un rechazo inmediato, sin pararme a pensar por qué.
Solo sé que he pronunciado el nombre de la única persona que ahora mismo deseo tener a mi lado.
Lo busco con la mirada, hasta encontrarlo a mi derecha, sujetando con firmeza mi mano y cubriendo con la otra mi mejilla empapada por las lágrimas.
No me cuesta recordar su origen. La imagen de aquellas dos figuras adultas abusando vilmente de unos pobres niños que parecían separados de mí por una pantalla de cristal imposible de traspasar.
La pequeña que empezó a transformarse ante mis ojos en la peor expresión del mal.
Y esas caritas infantiles desfiguradas por el terror, incapaces de comprender qué les estaba ocurriendo, por qué estaban allí.
Esos rasgos suaves distorsionados por el miedo, que seguían resultándome familiares, sin lograr establecer una relación que me permitiera tirar del hilo.
—¡Esther!
La exclamación desgarrada de Marcos me hace ubicarme en tiempo y lugar.
Sin dejar de mirar a don Fernando tan fijamente como él me mira, me aferro al brazo de su hijo para no caer.
Una rabia negra se apodera de mí. Siento el burbujeante efecto de la frustración dominándome.
Estoy a punto de ponerme a chillar, pero me contengo.
De momento, las lágrimas de tristeza e impotencia que me bañan las mejillas son suficientes.
—He visto una casa perdida en la falda de una montaña, con unas cortinas cuyos adornos eran iguales a los que tienes en la Casona.
Rombos, rombos… He visto a Andrés y a Simón.
Tu hijo espiaba lo que ocurría con Andrés y otros dos niños.
Una mujer los sujetaba para que no escaparan mientras un hombre dejaba que Andrés…
, que Andrés se metiera en la boca su…, su…
No puedo seguir con el relato. Señalo el lugar exacto en su anatomía y, por primera vez en mi vida, siento tanta debilidad que solo deseo dar esquinazo a mis propios pensamientos.
Escondo la cara en el pecho de Marcos, buscando un consuelo que no tarda en darme.
Pero ni siquiera sintiendo la fortaleza de esos brazos alrededor encuentro explicación a lo que acaba de ocurrirme.
—¿Quiénes eran los otros niños? ¿Qué te dijeron?
—No sé quiénes eran, pero acompañaban a Andrés. Uno era muy rubio y el otro muy moreno. Sus actitudes eran tan dispares como su aspecto, pero no me hablaron. Solo luchaban por liberarse, y lloraban, y suplicaban…
—¿Pelayo y Esteban? ¿Podrían ser ellos?
Reacciono ante la suave persuasión de Marcos y me aparto las manos de la cara para mirarlo. Está a mi misma altura, con una luz de comprensión y rabia en sus ojos que me reconforta. Una corriente de afinidad surge entre nosotros, tan fuerte que consigo respirar tranquila.
—No lo sé, y no lo entiendo —murmuro ante otro acceso de llanto incontrolable—. No conozco a esos niños, así que no han sido recuerdos.
—O un aviso.
La sugerencia de don Fernando me hace fruncir el ceño.
—Es posible —reconozco—. Aunque ignoro aquello de lo que se me avisaba.
—Señorita Llamazares, su mente es capaz de guardar un recuerdo que se resiste a soltar, porque resulta demasiado doloroso, demasiado triste, demasiado abominable…
Para sustituirlo, fabrica imágenes que aparentemente no tienen relación con nada que usted haya vivido, pero que son pistas, por decirlo así, acerca de lo que en realidad debe usted encontrar.
—Pistas. Un juego. La gallinita ciega —murmura Marcos.
—Ver para entender —rubrico, perdida en mis propios pensamientos—. La niña me lo mostraba mientras se regodeaba con lo que estaba viendo. Parecía disfrutar…
—Los caminos de la mente son intrincados, señorita. Marcos creyó conveniente interrumpir la sesión dado su grado de aparente sufrimiento, pero podemos volver a intentarlo…
—No fue aparente, padre. ¡Fue real! ¡Los dos lo vimos!
—… cuando se sienta preparada —continúa, ignorando la interrupción—. Incluso, si lo estima conveniente, puede alargar su estancia aquí hasta que encontremos el motivo.
—¿Está seguro de que lo hay?
—Siempre lo hay. Pero la forma en la que se nuestra a veces no resulta tan clara como a nosotros nos gustaría. Ni tan rápida como para resolver el acertijo en una sola noche.
La perspectiva de quedarme aquí más de lo necesario hace que se me erice el vello de todo el cuerpo. Solo tengo que levantar la vista para ver que Marcos opina lo mismo que yo, aunque no lo diga.
—Me temo que debo declinar su invitación. Ahora, por favor, necesito descansar. Mañana, en cuanto podamos, me encantaría regresar a la Casona…
—No tienes más que pedirlo, Esther. Padre, dígame qué alcoba ha preparado para la señorita y yo mismo la acompañaré.
—Eso es algo totalmente impropio, hijo. Lucía debería acompañarla.
Marcos permanece envarado. Casi parece que ha olvidado por completo mi presencia, pero me demuestra lo contrario cuando me toma del codo con delicadeza y me abre la puerta.
—Te ruego que me esperes aquí, Esther —murmura tras besar mi mano con la misma devoción de siempre—. Debo hablar con mi padre un momento. A solas.
No me niego, pero soy incapaz de permanecer quieta cuando la puerta se cierra otra vez a mis espaldas.
Me encuentro sola en el pasillo apenas iluminado, en mitad de una noche que me resulta tan ajena como la casa que piso.
Sin saber a quién acudir ni dónde. Sin fiarme de nadie, excepto del hombre que ahora mismo está levantando el tono de voz, de modo que puedo escucharlo sin necesidad de resultar indiscreta.
—¿Es que no va a parar nunca? —echa en cara a don Fernando como si fuera veneno—. ¿No le ha bastado con tentar a la suerte de esta manera? ¡Por Dios bendito, ha estado a punto de romperse en mil pedazos delante de sus propias narices! ¿Y aún le propone otra sesión?
—Vamos, no exageres…
—¿Es que no ha visto su cara cuando ha conseguido hacerla volver? Su mente parece estar demasiado dañada, o demasiado cerrada, para establecer relación entre lo que dice haber visto y lo que sin duda son sueños premonitorios que siempre se cumplen.
—¡Ja! ¿Tú, precisamente tú, vienes a darme lecciones acerca de la relación mental en cualquier proceso de hipnosis? ¡No me hagas reír! ¡Fuiste el primero que rechazaste cualquiera de mis explicaciones hace años!
—¡Porque no había explicación posible para lo que hizo! O mejor, ¡para lo que no hizo!
—¿Hablas de tu comportamiento en el pasado y ahora mismo, cuando pretendes retenerla a tu lado como si fuera un experimento? ¿Es eso? ¿O tal vez te refieres a tu hermano?
¿Experimento? ¿De qué habla?
He podido sentirme de muchas maneras en compañía de Marcos, pero jamás como si pretendiera retenerme con él a costa de lo que sea…
—¡No lo nombre en mi presencia! ¡Maldito, maldito sea!
¡Ojalá su alma arda en el infierno por todo lo que nos hizo padecer!
¡Como usted! —El odio atraviesa la puerta que permanece cerrada.
Le sigue un silencio tan tenso que incluso yo puedo sentirlo, hasta que vuelvo a oírle hablar—.
¿Creía que mencionando el atentado en la mina la iba a poner de su parte?
¡Puede ser que su mente permanezca cerrada, pero no su inteligencia!
¡Todos sus instintos la ponen en guardia frente a usted, y hace bien en seguirlos!
Durante un breve espacio de tiempo, me parece oír las respiraciones agitadas de ambos. Casi espero escuchar un rugido antes de que se enzarcen en una pelea como dos gallos, antes de que la voz sosegada, pero llena de veneno, de don Fernando, llene la estancia al completo.
—No eres más que un inútil incapaz de controlar la rebeldía de los muertos de hambre que tienes empleados en esa maldita mina que debiste cerrar el día que Simón murió —sisea—. Este es el resultado de tu benevolencia…, hijo.
Remarca la última palabra con un desprecio que me pone los pelos de punta. Puedo entender cómo se siente Marcos ahora mismo; tengo que contenerme para no interrumpir la escena y me retuerzo las manos, luchando por permanecer en silencio.
—Suscribo las últimas palabras dirigidas a usted antes de que abandonara la Casona —le escucho responder al cabo de una eternidad—.
Ya no es mi padre. Solo es un pobre viejo que ha elegido la soledad como única forma de vida, porque no tiene otro camino.
Dé gracias a Esther, porque ahora mismo mi presencia aquí se debe solo a ella, maldito cobarde.
—¿Yo, un cobarde? ¿Y qué hay de ti? ¡Huiste cuando deberías haber dado la cara! ¡Y sigues haciéndolo ahora, escogiendo el camino más fácil en lugar de estar con esa gente que siempre has llamado «tuya»!
—Ella me necesita más que nadie, aunque todavía no lo sepa, así que escúcheme bien, porque solo lo diré una vez… ¡Permaneceré a su lado en cualquier lugar y circunstancia, y ni usted ni su veneno conseguirán lo contrario!
Siento la caricia de cada palabra como si estuviera destinada a reconfortarme, a protegerme del sinsentido que todavía domina mi mente si pienso en todo lo que, después de la sesión de hipnosis, permanece grabado a fuego en ella.
Intuyo que es una especie de señal para que prosiga con este juego macabro hasta encontrar la punta del ovillo de la que tirar, pero no puedo pensar nada más.
La puerta se abre y Marcos aparece ante mí, con la cara descompuesta, pero con una mirada brillante de firmeza, repleta de silenciosas promesas que yo acepto.
—Es lo que yo deseo —digo simplemente. Y, con esa frase, doy a entender que los he escuchado—. Por favor, Marcos, ahora mismo no confío en nadie más para conducirme a mi alcoba.
—¿Ni siquiera en Lucía?
—Tengo miedo —reconozco sin ningún remordimiento.