CAPÍTULO VEINTITRÉS
Esther
H e dejado de ser consciente de mi cuerpo y me encuentro tranquila, en paz.
Tomo aire unas cuantas veces y fuerzo los ojos hacia atrás, como si quisiera mirar dentro de mi propia cabeza, pero solo percibo lo que me rodea. El cielo nublado, libre de niebla que se extiende ante mí, para romper en el agua cristalina del mar que tengo a mis pies.
—¿Dónde está, Esther?
—Es una pequeña cala, no lejos de aquí —respondo, sorprendida del eco de mi propia voz, cuando me encuentro en un espacio abierto, sin amenazas de ningún tipo—.
Me he quitado los zapatos y siento la espuma fría de las olas en mis pies.
Es reconfortante. Purificador. Creo que quiero bañarme. Siento demasiado calor.
Empiezo a desabotonarme la chaquetilla de mi traje, pero antes de que termine me fijo en los dedos de mis pies, que han dejado de estar cubiertos de arena para pasar a hundirse entre hierba verde, húmeda, que me hace cosquillas.
De pronto, la luz del día desaparece tras la conocida y asfixiante cortina de niebla, y las olas son sustituidas por un agua mucho más oscura y amenazadora.
El frío repentino me produce escalofríos. Intento retroceder cuando me doy cuenta de que he viajado de nuevo a la Casona, pero mi cuerpo no me responde y la inquietud me hace temblar.
—Dígame qué ha ocurrido. Ha gritado.
Sigo los finos hilos de la voz que parece cortar la niebla y respondo:
—Estoy en la laguna de la Casona. Veo mi reflejo en el agua, pero vuelvo a ser una niña.
Además… —Me sobresalto cuando veo la silueta de otra niña a mi espalda.
No aprecio ninguno de sus rasgos, pero sí su forma.
Es como si la humedad traslúcida la cubriera lo necesario como para que yo no la reconozca.
Sin embargo, algo en mí me dice que la conozco, que puedo confiar en ella mejor que en cualquier otra persona de este mundo.
Presiento su sonrisa cuando extiende una mano en mi dirección y yo la tomo sin vacilar—. Hay otra niña conmigo.
—¿Eres Esther? Te estaba esperando —me dice con esa voz infantil cargada de alegría, pero teñida de algo más profundo que me transmite a través de sus dedos helados.
Es dolor, desengaño, el preludio de la muerte que parece estar impresa en la blancura de la mano que se entrelaza con la mía. Es el único detalle que puedo apreciar de ella cuando tira de mí con insistencia, en dirección a la espesura del bosque, al otro lado de la laguna.
—Ven conmigo —casi me ruega, para después dejar escapar un sollozo desgarrador que vuelve a hacer eco en cada rincón de la espesura—. No quiero estar sola. Es tan triste jugar sola…
Quiere darme pena, pese a que la carcajada que exhala cuando voy tras ella es de todo menos lastimosa.
Destila burla cruel, mucha más malicia de la que alguien de su edad debería poseer.
Lanza un pequeño lamento cuando me detengo, tratando de comportarse como lo que se supone que es, como lo que yo soy, pero me encuentro tan atónita que parece que me he vuelto de piedra.
Ahora no podría moverme en su dirección por mucho que quisiera.
Incluso me da la impresión de que mis pulmones han perdido su elasticidad y no pueden albergar ni una gota de aire.
—Esther, no se preocupe. No está sola, no está perdida.
—Lo estoy. La niña no es la niña, yo no soy yo. Nada es lo que parece.
Tengo la impresión de que nadie, salvo la voz que trasciende más allá de mi mente, me escucha. La pequeña estruja mis dedos con una fuerza descomunal y tira de mí, pero no consigue que me mueva.
—Si no quieres acompañarme por las buenas… Lo harás por las malas. —Su tono de voz va cambiando de algo musical a los acordes desafinados de un monstruo que pretende comerse mi alma. Tiro de mi mano, pero me resulta imposible liberarme.
—¡Me tiene atrapada! ¡Socorro!
Nadie me responde, pero me siento mucho más liviana, más ligera.
Miro hacia abajo para ver que mis pies se han levantado del suelo.
No siento los pinchazos de las ramas ni las hojas húmedas.
Tampoco puedo advertir el cambio de escenario o el sendero que ambas hemos seguido.
Solo soy consciente de que la vegetación aumenta por momentos, aunque ambas la atravesamos sin necesidad de quitárnosla de encima a base de manotazos, hasta que nos encontramos en un claro situado en la falda de una montaña.
Nos dirigimos hacia una casa que ocupa el centro del claro, de aspecto humilde y medio oculta entre la maleza del otro lado.
Tiene solo una planta y fachada de piedra oscura.
Su tejado es de pizarra, y en su centro se encuentra una chimenea humeante.
Hay gente dentro.
La niña me lleva a la entrada, pero todos mis instintos me advierten al mismo tiempo cuando detecto un conjunto de sollozos infantiles, mezclado con lamentos desesperados y gritos autoritarios, estos últimos procedentes de un solo adulto.
Atravesamos la entrada hasta encontrarme tras unas cortinas decoradas con rombos, siguiendo la misma serie que los que vi en la Casona.
Mi cicatriz me lanza un aviso en forma de dolor.
Intento tocármela, pero no la encuentro por ningún sitio.
La niña lanza una risa que, al parecer, solo yo puedo oír, y vuelve a tirar de mí.
—Todavía no te ha herido nadie como me han herido a mí. Aún permaneces inocente.
Aunque ante mí se extiende una boca oscura como las entrañas de un demonio, iluminada al fondo lo suficiente como para que no tenga dudas acerca de lo que estoy presenciando, tengo la percepción de que algo lucha por salir de una prisión, encarnado en esa niña a la que he seguido sin poder evitarlo.
Una puerta aparece ante mí cuando la niña, de algún modo, la traspasa.
Está cerrada, y yo me encuentro de pie en el umbral.
Tengo la extraña certeza de que, si se abre antes de que yo me vaya, me volatilizaré como si nunca hubiera existido. Pero nada de eso ocurre cuando, con un leve chirrido, la hoja se aparta lo justo para que pueda ver lo que se está desarrollando al otro lado.
La alcoba podría resultar acogedora, de no ser por el color rojo de sus paredes, acentuado por la tenue iluminación de varios quinqués, colocados de forma que las sombras se proyectan sobre una gran cama situada en su centro.
Hay tres niños pequeños, acompañados de dos adultos, un hombre y una mujer.
No puedo ver las caras de los adultos, pero sí lo que están haciendo con los niños, que permanecen de espaldas a mí.
Su terror me golpea y me envuelve como un manto tétrico que poco a poco va haciéndose con mi voluntad.
Me cuesta trabajo respirar, pensar, pero centro toda mi atención en los callados lamentos que se multiplican cuando la mujer sujeta a dos de ellos, dispuesta a mantenerlos de cara a lo que está ocurriendo.
Creo reconocer parte de sus rasgos. Los ojos del pequeño rubio me resultan familiares.
Claros, pero llenos de un valor y una inquina impropias para su edad, dirigidos hacia su carcelera.
El niño moreno, por su parte, no para de temblar.
Está completamente paralizado, incapaz de reaccionar ante una situación que lo sobrepasa.
—Mirad —les dice la mujer con una voz que no consigo identificar—. ¡Mirad bien, porque vosotros seréis los siguientes! Y, cuando hayáis terminado, recibiréis vuestra recompensa. A eso habéis venido, ¿verdad? Dinero a cambio de vuestro silencio eterno…
¿Dinero? No parece que hayan accedido voluntariamente, aunque, a juzgar por su aspecto humilde, es posible que lo necesiten.
Uno de los niños patea su pie y le arranca un grito de dolor, pero, cuando está a punto de escapar, ella vuelve a atraparlo mientras arrastra al otro, que araña su brazo desnudo hasta que sangra.
La mujer lo suelta un momento, pero el miedo extremo que los domina provoca que vuelva a hacerse con ellos.
El tercer niño, de rodillas ante el hombre, que tiene los pantalones por las rodillas y las manos alrededor de esa pequeña cabeza, intenta apartarse de aquello que lo están obligando a hacer.
El hombre y la mujer tienen dos borrones difusos por cabeza.
No puedo distinguir sus rasgos. Es como si varios hilos de niebla se hubieran colado en el interior de esta casa infernal para preservar su identidad.
Por mucho que intento avanzar hacia ellos no lo consigo, pero el que está arrodillado consigue volverse hacia mí.
Es Andrés. Me mira a través de un par de cuencas negras carentes de vida, pero repletas de un sufrimiento que me transmite al completo.
Siento una oleada de náuseas cuando los adultos prosiguen con sus actividades, totalmente ajenos a mi presencia.
Andrés vomita y, a cambio, recibe una sonora bofetada.
Busco intuitivamente un sello de oro en esa mano que lo golpea, pero no lo encuentro.
Y, cuando intento gritar para detener aquella aberración, el hombre toma a otro niño y lo obliga a encaramarse a la cama para atarlo al cabecero ignorando los aullidos de terror del muchacho, que mira a su derecha, tras las cortinas.
Patalea mientras el hombre tira de su ropa hasta hacerla jirones, pero sus ojos permanecen fijos en ese punto.
Yo misma miro hacia allí, para distinguir la carita de ángel de Simón, que observa la escena nauseabunda, tan aterrado como yo.
De pronto, descubre mi presencia, pero no da la voz de alarma.
Solo sacude la cabeza con lágrimas en los ojos y abre la boca.
Una boca sin lengua.
Retrocedo y grito.
—Esther, ¿qué está viendo?
—Los niños. Oh, señor, es repugnante…
Tengo miedo, pero no el que hace que el corazón te lata deprisa y con fuerza. Aquello que me empuja es ira. Estoy furiosa al comprender el sentido de semejantes vejaciones, el sufrimiento, pero también decido que los verdugos paguen, a pesar de los riesgos que pueda correr.
No quiero seguir viéndolo, pero no me queda otro remedio.
La mano de la niña aferra la mía con la fuerza de un titán, decidida a no dejar que escape.
Mis ojos se llenan con un torrente incontenible de lágrimas mientras mi alma se vacía, como si ella, a través de nuestras manos enlazadas, la succionara para dejar en su lugar un vacío enorme, interminable y negro como la noche que nos envuelve.
—¡Páralo! —le grito, desesperada—. ¡Detenlos!
El conjunto de rasgos indefinidos que es su cabeza niega una y otra vez. No puedo ver su boca, pero sé con absoluta certeza que sonríe. Una sonrisa macabra, imposible de creer en una niña de su edad, igual que la maldad que destilan sus palabras.
—Deben pagar, Esther.
—¡Pero solo son niños! ¡Sus almas son puras!
—La venganza del Patarico los alcanzará. ¿Aún no lo entiendes?
Su risa demencial es como una revelación que aparece al mismo tiempo que todo a nuestro alrededor se desdibuja.
Su alma está corrompida por un sufrimiento profundo.
Me lo ha dicho antes, pero no me lo ha mostrado, así que intento alejarme de ella.
Sin embargo, los dedos infantiles que me sujetan se transforman en adultos, para pasar a asemejarse a ramas desnudas que se clavan en mi carne a través de espinas puntiagudas.
Siento como si mi abdomen se hubiera llenado con una sustancia oscura y densa que me impide respirar con libertad.
Un pánico absoluto me invade, impidiéndome gritar, protestar o luchar.
Parece que todos mis músculos se han vuelto de granito.
Mi corazón me golpea tan fuerte en el pecho que me duele y mis pulmones son incapaces de albergar aire.
Mi mente solo admite que esto tiene que ser una horrible pesadilla.
Rezo para despertar en mi cama, asustada pero a salvo.
Para no seguir sintiendo el estómago encogido y los pensamientos convertidos en piedra.
—¡Esther, ven conmigo! Te tengo sujeta, ¡no voy a soltarte! Te lo prometí, ¿recuerdas?
Esa voz no pertenece a la persona que me ha traído a este lugar. Es más joven, más enérgica. Contiene mucha más desesperación, la clase de miedo que proviene de un sentimiento profundo. Un sentimiento como el amor.
Solo algo así puede lograr un cambio tan drástico en la niña.
El gruñido que brota de su garganta no parece humano, sino el de un animal salvaje sorprendido cuando está a punto de lanzarse sobre su presa.
Me veo arrastrada en su dirección, pero, antes de que consiga llevarme, alguien más tira de mi otra mano en dirección contraria.
¿Quién es? No consigo recordar su nombre, a pesar de que su voz me resulta familiar, pero su fuerza es superior a la de la niña.
— ¡No la sigas! ¡No sueltes mi mano!
Esa frase recorre mis venas como si fuera la encarnación de la energía que parece faltarme.
No puedo vincularla con ninguna persona o cosa, pero sé que debo hacerlo si quiero escapar y no perderme para siempre.
Debo buscar en el lugar donde se proyectan todos los recuerdos para encontrar sentido a lo que me está ocurriendo.
Siento que debe ser así, pero no encuentro el camino.
Como si también se lo hubiera tragado la niebla.
—¡Es mía!
La voz infantil ha pasado a ser la de una persona adulta, distorsionada hasta el punto de convertirse en asexuada.
Llena de un odio tan arraigado que la convierte en un silbido agudo y chillón que me daña los oídos.
Sin embargo, no siento el dolor. Solo me quedo con unos ojos verdes.
Con la mano de dedos largos, como de pianista.
Con el rostro apuesto tan cerca de mí que casi puedo tocarlo.
Una sacudida fuerte me arranca de aquel lugar de pesadilla.
Y un nuevo grito me hace desasirme de la influencia de la niña.