CAPÍTULO VEINTIDÓS
Esther
L ucía me sigue en silencio hasta que nos recibe una muchacha más joven que ella, perfectamente trajeada, que me conduce hasta el salón principal y que luego se lleva a mi acompañante, de nuevo tan silenciosa como acostumbra.
El interior de la casa es tan ostentoso como sencillo es el exterior.
Los muebles, recargados en exceso, no parecen casar demasiado con la personalidad austera de su dueño.
Es como si de algún modo quisiera demostrar al resto del mundo algo de lo que él siempre ha adolecido.
Y, después de mi breve conversación con Lucía, la desazón en su presencia se acrecienta.
Cuando irrumpo en el salón, tanto él como Marcos enmudecen de repente y se muestran solícitos conmigo, como si no hubieran estado hablando de algo que los ha perturbado a ambos.
—Es usted tan hermosa como me ha relatado Marcos —comenta don Fernando, recto sobre su silla, frente a su plato, sin quitarme los ojos de encima.
Unos ojos inquisitivos, un poco temerosos, pero igual de fríos que los del cuadro, pese a que el tono de su voz resulta agradable—.
Y bastante decidida si lo ha acompañado hasta aquí.
—No he venido sola. Lucía se encuentra ahora mismo con el resto de su servicio, señor.
—Oh, no me malinterprete usted, señorita Llamazares. No estoy poniendo en duda su discreción ni su moral. Más bien, todo lo contrario. Marcos me habló de su capacidad de decisión, de la valentía que va impresa en cada uno de sus rasgos, y a fe mía que me envió un retrato muy acertado.
—No sabía que don Marcos fuera tan profuso en descripciones.
—Mi padre me pidió todo tipo de detalles que pudieran servirle para lo que nos proponemos, Esther —manifiesta él, divertido ante mi tono de enfado y advertencia—. No lo hice con intención de ofenderla, pero, si es eso lo que he logrado, le pido mil perdones.
—Disculpas aceptadas, aunque tendrá que ofrecerme una mejor explicación si quiere que me las crea.
—Su padre emite una risilla disimulada que hace que centre mi atención en él—.
Ignoro en qué consiste el proceso de la hipnosis, don Fernando, pero yo misma puedo responder a sus preguntas sin necesidad de intermediarios.
¿Qué desea saber que pueda resultar de ayuda?
—Su infancia. —Marcos le lanza una mirada fulminante, pero don Fernando no parece darse por aludido—. Tengo entendido que es usted hija de uno de los mayores empresarios de olivas del país.
—Arturo Llamazares es mi padre adoptivo. Él y mi madre me rescataron del orfanato en el que vivía cuando tenía nueve años, pero hasta ese momento poco puedo aportar a su pregunta, señor.
—¿Y eso? ¿Le ocurrió algo?
En esta ocasión, Marcos no se conforma con una mirada y carraspea con disimulo tras la servilleta.
Obtiene el mismo efecto.
—No lo creo —respondo con cautela. Don Fernando no puede mostrarse más amable y solícito, pero hay algo en su expresión que desmiente la ignorancia que pretende demostrar.
Aunque está claro que no conoce nada de mí, me guardo la información acerca de los problemas que en su día me ocasionaron mis sueños premonitorios—.
Tampoco me preocupa; es algo normal que una persona vaya olvidando sus recuerdos de la infancia conforme va creciendo, ¿verdad?
—Se lo pregunta a alguien a quien le gusta rescatar esos recuerdos.
No espere otro tipo de respuesta que la que está buscando.
—Celebra su ocurrencia con su propia sonrisa de autosuficiencia y se limpia la boca antes de continuar—: Bueno, en cualquier caso, deduzco por sus modales que su educación ha sido exquisita.
—Mis padres se han esmerado mucho.
—Indudablemente. Solo hay que observarla. Toda una dama con la determinación de una mujer de mundo, sin ánimo de ofender. Por eso me intriga la razón por la que pide mi ayuda. No me imagino qué hechos pueden resquebrajar semejante alarde de fortaleza y seguridad.
Al final, comprendo que debo contárselo. A eso he venido. Cuando termino, don Fernando me mira como un doctor miraría un caso sumamente interesante que acaba de transformarse en desafío. Con tanto interés que incluso sus rasgos se suavizan.
—Por eso parece agotada —concluye.
—¿Cómo dice?
—Su aspecto es el de una persona agotada. Si no he interpretado mal su relato, ha llegado a su propio punto de inflexión, en el que el miedo irracional supera cualquier necesidad física. No quiere dormirse porque teme presenciar otro asesinato sin poder hacer nada para evitarlo.
—Dicho así, no resulta creíble…
—Para mí, sí. Nadie que mienta puede hablar de mi nieto con ese desgarro de pena en su voz.
Puedo parecer un viejo crápula aquí instalado, lejos del mundanal ruido y de toda responsabilidad vinculada con la Casona y nuestras propiedades, pero estoy al tanto de todo lo ocurrido.
De todo —insiste con un matiz severo que hace que Marcos se tense en su asiento, más incómodo—.
Con la edad, la posibilidad de que termines enterándote hasta del detalle más nimio aumenta.
—Sí, si tiene una red de informantes tan intrincada como la suya, padre. Por lo visto, el tiempo que he empleado en explicarle el último atentado de La Mano Negra ha sido tiempo perdido.
—Nunca lo es. Me ha servido para observar tus reacciones, hijo.
Y he detectado decepción y sufrimiento en cantidad suficiente para compadecerme de ti.
—Está tan satisfecho con su propia respuesta que no se para a analizar los destellos furiosos de su hijo, como si ese intercambio frío de palabras solo hubiera sido un lapsus sin importancia—.
Señorita, como le iba diciendo, la hipnosis es un proceso de sugestión, por decirlo de un modo mundano.
Le aseguro que he pasado mucho tiempo de mi vida formándome al respecto.
—Fuera del país, según tengo entendido.
Don Fernando lanza una fugaz mirada a Marcos que no logro descifrar antes de regresar a mí.
—Siempre me ha gustado viajar, igual que a mi hijo, aquí presente.
Si además esos viajes se ven enriquecidos con conocimientos extraordinarios a través de personas igual de extraordinarias, mejor que mejor.
El mundo es tan grande como la variedad de esos conocimientos, señorita.
¿Ha oído hablar alguna vez de la compenetración entre gemelos?
—Yo niego, repentinamente interesada—. Se dice que las personas que han compartido el vientre materno a la vez tienen una sincronización perfecta, aunque vivan muy lejos y no tengan contacto entre ellas.
Por ejemplo, si a una de esas personas le cortan un brazo, la otra es capaz de sentir el dolor como si se lo cortaran a ella.
Incluso, según algunos estudios, son capaces de percibir la muerte del otro.
¿Sugestión? Tal vez. ¿Amor fraternal llevado al límite de la obsesión? Es posible.
—O lazos especiales entre hermanos —añado—. No solo comparten vientre materno, sino que lo hacen en el mismo tiempo y forma.
—La hipnosis es algo parecido. Se puede conseguir esa compenetración total hasta el punto de que una mente solo obedezca órdenes de la otra. Profesor y pupilo, si lo desea así.
—Amo y siervo parece mejor —contraataco, molesta por el brillo codicioso y temerario que oscurece sus ojos—. Lo que me dice no me tranquiliza en absoluto.
—¿Aunque haya venido a probarlo?
—Ha venido buscando ayuda. —La aclaración cortante de Marcos hace que don Fernando se ponga serio—. Sus métodos solo son un camino.
—Quizá sean el camino definitivo. ¿No te has parado a pensarlo?
—Con la misma mirada inquisitiva y aguda que sigue provocándome desazón, don Fernando se levanta de su asiento y toma mis manos entre las suyas.
No habla, solo me observa con una media sonrisa que aumenta mi indecisión.
Y, sin embargo, sé que ahora mismo es quizá la única persona que puede arrojar un poco de luz sobre mi oscuridad—.
Señorita, si lo desea, podemos empezar ahora mismo con la sesión.
—Padre, doña Esther necesita descansar sin interrupciones —interviene Marcos—. Mañana, cuando se haya repuesto, habrá tiempo para intentar cualquier cosa que ella pida.
—¿Cualquier cosa?
—Que ella pida —remarca Marcos con los ojos entrecerrados.
—No es necesario esperar. —Los dos me miran. Don Fernando, con complacencia; su hijo, con una mezcla de sorpresa y decepción—. Digamos que estoy lo bastante asustada como para no sucumbir al sueño sin antes intentar averiguar lo que me ocurre y por qué.
—Podría ser que mi padre no lo consiga.
—No lo sabremos si no nos aventuramos. Y tampoco podré disfrutar del descanso que me ofrecen ambos si no lo consigo.
Parece suficiente explicación para ambos. Don Fernando posa una mano en mi codo cuando me pongo en pie, pero extiende la otra en dirección a su hijo.
—Marcos, no es necesario que nos acompañes si no quieres.
—Quiero, padre. A no ser que la propia Esther me eche de su lado, ahí estaré.
Sabe que no lo echaré por nada del mundo, así que me acompaña hasta una sala contigua al comedor, pero bastante más pequeña y acogedora.
Un diván parece esperarme en el mismo centro mientras sobre una mesa rectangular, casi tan desnuda como las paredes blancas que me rodean, se encuentra un metrónomo que don Fernando pone en marcha.
Al abrigo del toc toc rítmico se sienta en una silla a los pies del diván mientras Marcos ocupa otra, situada en un rincón, para permanecer entre las sombras que el quinqué arroja sobre la estancia.
—Túmbese aquí, por favor. Este procedimiento tiene siglos de antigüedad. Aún no se considera una ciencia, pero espero que con el tiempo eso cambie.
Me reclino con todas las reticencias del mundo. Mientras él sigue hablando, mis ojos se encuentran con los de Marcos. En este momento, todas mis sospechas desaparecen de mi mente. Mi única referencia real, mi única ancla al mundo fuera de los sueños, se encarna en él.
—La hipnosis es tan poderosa que puede abstraer la mente de una persona de su propio sufrimiento, mucho más allá del dolor que esté padeciendo. Tiene fines terapéuticos e incluso regeneradores.
—¿Regeneradores?
Don Fernando se coloca en mi campo de visión. Sus ojos me atrapan con la fuerza de un huracán arrastrando cualquier cosa demasiado débil para permanecer en el suelo. Con una mano cubre la mía y comienza a trazar círculos sobre mi palma, sin permitir que rompamos el contacto.
—Puede curar, señorita Llamazares —afirma con una voz grave que penetra a través de mis oídos para relajar mis músculos e incluso mis pensamientos—. Restablecer mentes que hasta ese momento han permanecido incompletas, sanar recuerdos olvidados… ¿Quiere que eso ocurra?
¿Podré completar mis recuerdos de la infancia al mismo tiempo que le encuentro sentido a lo que me está sucediendo tanto en mis sueños como en mi realidad?
No expreso la pregunta en voz alta, pero sin duda sé lo que voy a responder a la suya.
—A eso he venido, señor. Marcos, por favor… —No es necesario que diga nada más. Él se coloca a mi lado y aprieta mis dedos con los suyos—. Pase lo que pase, no me sueltes.
—No lo haré, Esther. Te lo prometo.
Don Fernando parece acceder a regañadientes, pero no cesa de acariciarme la palma de la mano ni de mantener cautiva mi mirada mientras se inclina todavía más hacia mí.
—Bien. Hemos de lograr que esté tranquila, así que ahora cierre los ojos y deje que el sonido del metrónomo tome posesión de cada uno de sus sentidos.
Permanezca con su mente en blanco, Esther —susurra muy despacio—.
Cuando lo haya logrado, imagínese en un lugar apartado, escondido del mundo.
Un lugar que es solo para usted. —Deja que el silencio se instale entre nosotros para luego añadir—: Ahora, iniciaré la cuenta atrás desde diez.
Cuando llegue a uno, usted solo atenderá a mi voz.
Solo escuchará mis preguntas. Solo me responderá a mí. Diez, nueve, ocho…