CAPÍTULO VEINTIUNO #2
—Es macabro —murmuro fijándome en la losa cubierta de musgo que desemboca en una cruz de un tamaño imposible de disimular.
—Te acabas acostumbrando. En ocasiones, incluso puede resultar tranquilizador. Después de todo, aquí descansan mis seres queridos.
Pero no lo dice con esperanza, sino en un tono neutro, carente de toda emoción, acorde con su estampa cuando Bernardo detiene la berlina y me ayuda a bajar.
Contrariamente a lo que sería lógico, no me lleva a la entrada, sino que caminamos hacia la tumba.
Allí aparece el nombre de su madre, Alicia Salgado, junto al de su segunda esposa, Mariana.
Leer el nombre me provoca algo extraño, como una sacudida en mitad del pecho que me deja temblando el corazón y detiene mi riego sanguíneo hasta sentir mis extremidades entumecidas. De hecho, muevo mis manos y mis pies, solo para comprobar que siguen ahí, antes de mirar a Marcos.
Él no se ha dado cuenta de mi reacción porque está concentrado en los nombres que yo acabo de leer. Sus labios se mueven en una plegaria silenciosa, que tanto Lucía como yo respetamos, hasta que unos pasos a nuestra espalda lo interrumpen.
—Los muertos son solo huesos que terminarán en polvo, Marcos. Eso es lo que hay ahí dentro. Si quieres rezarle a algo, reza a sus almas.
Él se tensa al escuchar la voz profunda. Frunce el ceño, aprieta los puños para contener la ira que parece salirle a borbotones y, una eternidad después, se da la vuelta al mismo tiempo que nosotras para afrontar la imponente presencia de don Fernando de Gondán.
Está más viejo que en el cuadro. Con más arrugas, más encorado y con una expresión mucho menos arrogante en su cara, pero sin duda es él.
Solo alguien así puede poseer esos ojos fríos que se pasean por su hijo como si en lugar de recibirlo con los brazos abiertos quisiera reprenderlo, para pasar a Lucía y, por fin, a mí, hasta hacer que me remueva inquieta.
Parece haber vivido millones de tragos amargos que han enfriado su alma, y muchos de ellos tienen su origen en Marcos, a juzgar por cómo lo mira.
Hasta que en sus labios finos aparece una sonrisa que pretende ser cordial sin conseguirlo y toma mi mano para posarlos en ella.
—Usted será Esther Llamazares. Puesto que mi hijo parece haberse quedado mudo, me presentaré: me llamo Fernando de Gondán, y estoy encantado de recibirla en mi casa.
Marcos me explicó por encima el problema que parece aquejarla, pero para ayudarla necesito más datos.
¿Qué le parece si lo discutimos delante de una buena fabada?
Es el plato preferido de mi hijo, ¿verdad?
—Claro, padre —afirma con el odio danzando en sus ojos, pese a que él parece esculpido en piedra—. Pero antes necesito discutir algunos asuntos urgentes con usted.
—Ah, supongo que se tratará del atentado en la mina. Esos bastardos están dispuestos a arruinarte la vida, además de la bolsa.
—Sí. La mina. —Me lanza una mirada y luego señala la casa—. A solas, si no le importa.
—De acuerdo. Señorita, si es tan amable de acompañarnos, le mostraré su alcoba.
—No se preocupe por mí, don Fernando. Puedo esperar aquí. Lucía me hará compañía.
Siento el alivio de Marcos antes de que ambos hombres desaparezcan tras la puerta de la entrada. Mi intención no es la de sonsacar información, pero acabo de darme cuenta de que puedo averiguar muchas cosas si consigo ganarme esa parcela de intimidad que Lucía guarda con tanto celo.
—¿Conociste a doña Carmen? —pregunto de forma aparentemente casual.
—Sí, aunque fue madre quien más la conoció.
Era una mujer muy reservada y discreta. Madre siempre decía que no la veía como esposa de don Marcos precisamente por esa manera de ser tan diferente.
Él siempre ha sido mucho más espontáneo, pasando por encima de convencionalismos sociales con la tranquilidad que da el poder.
—Imagino que el mismo poder que ostentaría doña Carmen o su familia. De lo contrario, dudo mucho que ese matrimonio hubiera sido del agrado de don Fernando.
—Don Fernando llevó la pérdida del pequeño Simón mucho peor de lo que cabía esperar. Él y don Marcos nunca se han llevado demasiado bien, pero todo fue a peor cuando se casó con doña Carmen. Ella y doña Alicia no se soportaban.
—Oh, ahora entiendo. Por eso se la enterró en la Casona.
—Entre otras cosas. Don Fernando consideró que no era buena idea que compartiera panteón con su esposa, sobre todo teniendo en cuenta que doña Carmen no pertenecía a esta parte de la región.
Sus padres se mostraron de acuerdo con la decisión, y el paso del tiempo demostró que era la correcta.
Después, con doña Mariana, encontraron un lugar donde dejar descansar su alma impura.
Tan impura como la de su madre. No hace falta que lo diga, lo veo en su rostro, cabizbajo y crispado.
Está arrepentida de haberme ofrecido tanta información, pero sabe que no puede hacer otra cosa.
Sus mejillas están rojas y sus labios apretados cuando se atreve a mirarme por el rabillo del ojo, extrañada por mi silencio.
Surgen montones de preguntas de mi cabeza, pero me fijo de nuevo en el nombre de la lápida: Mariana Guzmán.
Lo recito en voz baja, sorprendida al experimentar un escalofrío que me hiela por dentro, al mismo tiempo que me llena de un extraño anhelo de algo desconocido, pero conocido a la vez.
—¿Cómo murió? —pregunto.
—Se prendió fuego junto a la capilla, después de rociarse con alcohol. Cuando el patrón y Bernardo llegaron, no pudieron hacer nada por ella. Poco después encontraron la nota, guardada en un sobre con el nombre del patrón en él. Le pedía perdón, pero lo culpaba también.
—¿A Marcos?
—Eso dicen. Yo no sé leer, señorita, pero escuché al doctor Herrero hablando con don Marcos cuando este lloraba como un niño, destrozado por la pérdida.
Intentaba tranquilizarlo. Le explicaba que los actos del pasado no podían condicionar un futuro como el suyo con algo tan monstruoso como la culpa vertida por doña Mariana, con toda la intención de hacer daño.
—Se toma su tiempo para suspirar, esta vez tan inmersa en sus recuerdos que no se da cuenta de que me ofrece datos que yo no he pedido—.
Sé que resulta extraño que un hombre de la edad del patrón haya pasado por dos matrimonios fallidos y la muerte de un hijo, pero es que no ha tenido suerte en la vida.
Doña Mariana era una mujer malvada que le hizo sufrir.
A veces pienso que se casó con él para eso, nada más.
Me quedo sin habla al escuchar semejante cascada de palabras destilando odio, sin que a Lucía le cambie el gesto, relacionando su relato con la alcoba que tanta curiosidad me suscita.
No sé por qué, pero no me sorprende el retrato que hace de su segunda esposa.
Parece una víctima más de esas supuestas maldades cuando me lanza una mirada angustiosa, como si pidiera a gritos que la crea, cuando lo cierto es que lo hago sin plantearme ninguna duda.
Parece tan desvalida que termino apretándole el brazo en un gesto amistoso.
—Sé que te engañó para escaparse de la Casona —le confieso—. Pero nunca he pensado que tuvieras la culpa. Y, si te sirve de consuelo, el patrón tampoco.
No sé qué más decirle para reconfortarla.
Parece que su mente está más allá de mí porque ni siquiera me responde, así que me envuelvo en mi chal y me encamino hacia la entrada.
Imagino que ha pasado tiempo suficiente como para que Marcos haya terminado de hablar con su padre, pero antes de alejarme Lucía me llama.
—Señorita Esther, no soy una cualquiera. Todo sucede por un motivo y tiene una razón de ser. Todo el mundo actúa por temor en un determinado momento de su vida, pero hágame caso. Olvide lo que vio. Olvide mis palabras y mis actos porque, de lo contrario, terminará por encontrar su ruina.