El umbral CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO

Esther

L a niebla preside el escenario de lágrimas y dolor en el que me encuentro.

Frente a los ataúdes de los mineros muertos, el cura da el último responso, coreado por los familiares destrozados por la tragedia.

Marcos palmea la mano que tengo posada en su hombro como única muestra de afecto, aunque yo sé que le gustaría demostrármelo de una manera mucho más efusiva.

Han pasado cinco días desde el atentado y el suicidio de Amelia.

Descubrieron su cadáver y un montón de hojas de tejo molidas a su lado.

Para todos, fue evidente que prefirió esa muerte a los tormentos del garrote vil.

Por el rabillo del ojo veo el gesto serio de Marcos, situado a mi derecha, en claro contraste con los callados sollozos de Matilde, a la que sujeto por los hombros sin miedo a que alguien censure mi comportamiento con la hermana de la asesina de los mineros.

Lucía ha tenido que quedarse en la Casona, vigilada por Bernardo, por miedo a las posibles represalias, así que ha sido el propio Marcos quien nos ha traído hasta aquí.

En todo este tiempo apenas hemos pasado más de media hora juntos, pero mi mente no ha dejado de pensar.

En la alcoba de la claraboya, en lo que escuché antes de verla y en lo que tuve que aceptar después.

Todos mis instintos me advierten de que hay algo más; aunque Marcos termine siendo tan inocente como yo, esconde algo lo bastante grave y peligroso como para alejarme de allí a cualquier precio.

Observo su atuendo, de riguroso negro, igual que el de Matilde, y no puedo evitar sentir admiración por él.

Tengo ganas de decirle aquí mismo, delante de todos los presentes, que lo que me ocurre está lejos de su entendimiento, que su poder no servirá para arrancarme de lo que sea que me puede consumir por dentro, que me he agarrado a esa hipnosis practicada por su padre como último recurso para devolverme parte de la vitalidad que he perdido a favor de ese agotamiento que me agarrota los músculos.

Pero me mantengo tan silenciosa como él.

Escucho los gritos de dolor, los gemidos, los llantos entrecortados y los sollozos de la gente que nos rodea.

También los de Matilde. En este momento, parece mucho más frágil y vieja de lo que es.

—Mi hermana no será enterrada aquí —murmura—.

No recibirá las bendiciones del cura. No tendré una tumba en la que llorarla ni Lucía podrá llevarle flores.

Será recordada por siempre como una asesina sin escrúpulos que fue capaz de hacer estallar una bomba para perjudicar al patrón, llevándose todas estas vidas por delante…

—No estás sola, Mati.

Solo puedo decirle eso para reconfortarla, pero la beso en la mejilla sin ningún tipo de recato y no me muevo de aquí hasta que el último ataúd ha sido cubierto y la gente comienza a marcharse.

Entre ellos distingo a Beltrán y a Gaspar, ambos acompañados por sus respectivas familias, bastante numerosas, por cierto.

En esta ocasión no van armados, pero ambos me dirigen una mirada hosca, casi desafiante, a la que no respondo, aunque me provoca una sensación fría y húmeda, como si una serpiente reptara por mi columna vertebral.

El aire se me cristaliza en los pulmones cuando los observo.

Mi garganta se convierte en un agujero inexpugnable por el que apenas pasa la saliva, pero consigo mantener el tipo antes de comprender qué demonios me pasa con esos hombres.

—Ten cuidado, guaja. El viaje que vas a emprender puede que no tenga retorno.

Me giro para ver la mirada penetrante del güelu un instante antes de que Clara y Cosme se lo lleven.

—Desvaría, Esther. Estos entierros no han hecho más que remover recuerdos que aún están muy frescos en su mente, como en la de todos —admite Marcos.

—¿Cómo sabe lo del viaje?

—Ha acertado en sus suposiciones, nada más. —Nos ayuda a entrar, pero, antes de ocupar el pescante, acaricia mi mejilla—. Arreglaremos esto, te lo prometo. Ayer envié un telegrama a mi padre para informarle de nuestra llegada, así que mañana nos estará esperando. Él te ayudará.

Asiento mirando a Matilde. En otras circunstancias me habría puesto millones de pegas a ese viaje.

Ahora permanece con la mirada perdida y apagada, indiferente, no sé si porque Marcos ha decidido que sea Lucía y no ella quien nos acompañe o porque está demasiado afectada como para pensar con detenimiento en las razones que puede tener el señor para llevarse a su sobrina conmigo.

Yo las conozco. Marcos no se fía de Lucía. Ha pedido a Beltrán y a Gaspar que regresen a su puesto de vigilancia de la Casona; de ese modo, si el hombre con el que Lucía retoza decide volver, será apresado y entregado a la justicia de inmediato.

Aunque me extraña que él no haya dado parte de esa circunstancia al sargento, decido guardar silencio.

Desde nuestra última conversación, Marcos mantiene conmigo una relación de fría cortesía, aunque a menudo lo descubro mirándome con el mismo anhelo que la primera vez que nos vimos.

Es atento, está pendiente de mis necesidades, pero hay en él una sombra oscura que parece apagarlo y que no lo abandona.

Imagino que es a consecuencia del atentado y de las muertes, así que hoy me limito a encerrarme en mi alcoba con Matilde para preparar el equipaje.

—No es necesario que llene un baúl entero, Mati. Solo nos vamos por un día. Dos a lo sumo.

—Para prestarte a ese tipo de juegos peligrosos que están fuera de la ley de Dios.

—Solo intento arreglar esto que me ocurre. Y el padre de Marcos puede ayudarme.

—Eso es lo que tú te crees. ¡Eres muy temeraria, además de bastante desvergonzada!

¿Crees que no me he dado cuenta de que algo ha cambiado entre tú y don Marcos en los últimos días?

No es necesario que os besuqueéis por las esquinas, a la vista de todo el mundo, para adivinar ciertas cosas.

Las mismas que no se pueden tapar ni siquiera guardando las formas.

—¡Marcos y yo no nos andamos besuqueando!

—exclamo ofendida, aunque en el fondo sé que, de haberse dado las circunstancias propicias, no me hubiera importado hacerlo.

Estoy a punto de despacharla por su osadía, pero me fijo en su cara de sufrimiento.

En realidad, está buscando una vía de escape a su dolor, así que me presto a serlo sin ningún problema—.

Matilde, ya no soy ninguna niña. No voy a negarte lo que siento, pero no me insultes.

Guardo las formas y las seguiré guardando. Por eso Lucía vendrá con nosotros.

—¿Y por qué no yo?

—La gente del pueblo está furiosa. Ni tú ni Lucía tenéis culpa de nada, pero ellos siempre la culparán a ella antes que a ti, y tiene su lógica, aunque ambas sepamos que sois inocentes.

La intención del patrón es la de alejarla de todo esto.

Y no creo que haya nada que afearle. Desde que ocurrió la explosión, ha ido mucho más allá de lo que cabe esperar de cualquier patrón.

Se ha encargado personalmente de las facturas de cada uno de los heridos y de cada uno de los muertos.

Ha asistido a los entierros y no deja de visitar al resto para estar al tanto de su recuperación.

En cuanto a Amelia… A pesar de todo, sigue teniendo en su casa a Lucía, y a ti por el tiempo que tú desees.

—Me iré contigo la semana que viene, mi niña. Me debo a ti.

Levanto su mentón hasta que mis ojos se encuentran con los suyos, brillantes de lágrimas contenidas.

—No es necesario. Si quieres quedarte aquí, con él, con tu sobrina, con tu familia, no me opondré —le ofrezco—. Regresaré sola, porque sé que te dejaré feliz en lugar de tan apenada como estás ahora mismo por tener que volver.

—¿Y quién te ha dicho que quiera quedarme aquí?

—Nos conocemos, Matilde. No es necesario que finjas conmigo. No pasa nada, ¿de acuerdo? A la vuelta de mi viaje, hablaremos largo y tendido de este tema con don Marcos. No creo que ponga objeciones a que ocupes el lugar de Amelia.

Suponiendo que para entonces todo lo que pueda suceder se haya desvanecido y no pase de ser un mal sueño.

En cuanto dejamos atrás la niebla, aprecio la escarpada costa bañada por un mar encrespado y furioso que la golpea sin tregua, muy diferente a las aguas tranquilas que yo conozco.

Estoy a punto de pedirle a Marcos que nos detengamos en alguna de esas pequeñas calas que la berlina deja atrás, pero veo su gesto tenso, demasiado serio como para pertenecer a un hijo que va a visitar a su padre, y abandono la idea.

Si todo sale bien, tendremos mucho tiempo para disfrutar de la claridad del día aunque esté nublado, de la sensación de las olas cubriéndome los pies descalzos, de mi liberación, en todos los sentidos.

Si todo va bien, don Fernando conseguirá que mis fantasmas se queden en su mundo y dejen de inmiscuirse en el mío. Pero, conforme tomamos un camino estrecho y con tantas piedras que rebotamos en los asientos y contemplo la silueta de nuestro destino, empiezo a dudar.

No sé por qué, me había imaginado a un agradable viejecito viviendo en una casa humilde y pequeña, discreta, más parecida al hogar de cualquiera de sus criados que a la Casona, pero me he equivocado de cabo a rabo.

Esta mansión parece un palacete digno de un rey, rodeada de frondosa vegetación que se interrumpe abruptamente para dar paso al pequeño acantilado sobre el que está ubicada.

Desde el interior de la berlina puedo escuchar el sonido de las olas chocando contra las rocas, cuyo color se mezcla con las franjas rojizas que empiezan a surcar el cielo plagado de nubes.

Todo parece llevar un firme equilibrio: la fachada, más luminosa que la de la Casona, los árboles que flanquean nuestro paso, las verjas abiertas e incluso el pequeño panteón familiar ubicado a la derecha de la entrada, demasiado cerca de la casa principal como para no provocarme un escalofrío.