El umbral CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

Patarico

M atilde y Lucía acaban de salir de ese agujero infecto entre lágrimas de dolor y desesperación.

También son de impotencia. Van a perder a un ser querido y no pueden hacer nada para evitarlo.

Las observa con una sonrisa siniestra. Sabe, como pocas personas en la vida, lo que están sintiendo esas dos en este momento, pero ni aun así siente lástima por ellas. Ni por Amelia.

Hace tiempo que su corazón solo late por una persona. Y esa persona se halla en la Casona.

Dejar la daga junto con aquella nota en tono jocoso fue una pequeña licencia; colocar a su lado lo que escribió justo después de arrancarle los ojos a Andrés constituyó una auténtica temeridad, pero surtió el efecto deseado. Las barreras de Esther están comenzando a desmoronarse.

Tiene cosas que hacer. Y la primera de ellas se encuentra encerrada en una celda putrefacta, varios días después del atentado anarquista, esperando la ejecución de su sentencia.

Ríe al pensarlo. La pobre Amelia contempla el garrote vil como una especie de descanso a su agonía física y mental. Ni se imagina que hay alguien dispuesto a adelantar su final.

—Buenos días —saluda al guardia civil encargado de custodiar a los presos cuando entra en la prisión de la ciudad.

El susodicho es un joven de no más de veintidós o veintitrés años, que parece más perdido que otra cosa, pero que se pone en pie tras su exigua mesa en la entrada de la prisión—. Vengo a ver a la presa Amelia Delgado.

—Buenos días. Me temo que no es posible. El cupo de visitas ya está cubierto.

Deja de hablar en cuanto extiende la palma de la mano, y sobre ella cae un pequeño saco repleto de monedas.

En un principio no sabe qué decir ni qué hacer, pero, cuando ve la mirada invitadora de esos ojos burlones, se permite vaciar la bolsa sobre la mesa para contar su contenido.

Cuando termina, está todavía más sorprendido que al principio, pero comprende las intenciones de la persona que tiene delante.

—Sé que el sargento Postigo ha permitido la visita de esas dos mujeres que se acaban de marchar.

—¿Ha hablado con ellas?

—Claro —miente—. ¿Cómo cree que me he enterado de su pequeño privilegio? El poder obra milagros, y el dinero también.

El guardia civil se mantiene en su puesto, aunque sus ojos empiezan a brillar con el inconfundible interés de la codicia.

Sonríe. Todo el mundo tiene un precio, recita para sus adentros. Y el de aquel imberbe es incluso menor del que pensó en un primer momento.

—Me juego el puesto si el sargento se entera —objeta sin convicción alguna.

—Es que no tiene por qué enterarse. —A la primera bolsa añade una segunda, con un contenido similar que también termina sobre la mesa—. Tómatelo como una especie de regalo adicional por tu silencio al respecto.

—Pero si ocurre algo…

—¿Sabes por qué está aquí esa mujer? —El chico asiente—.

¿Y piensas que desea el final que la justicia le tiene reservado?

La muerte por garrote vil es horrible. Lenta y dolorosa si no se administra con la maestría propia de alguien que tenga experiencia.

Apostaría el doble de lo que tienes sobre esa mesa a que Amelia solo piensa en tener ese tipo de suerte y en que su vida termine rápidamente.

De hecho, apostaría mucho más a que, si pudiera, se quitaría la vida ella misma. Pero no puede, claro.

»Tú, como buen agente de la ley, o cualquiera de tus compañeros habréis hecho un registro minucioso, no solo de sus ropas, sino también de su cuerpo, para aseguraros de que no esconde nada que impida a la justicia seguir su curso, ¿verdad?

—La expresión que le responde le da la información que necesita.

No lo han hecho. Ni siquiera se les ha pasado por la cabeza meter la mano en el cuerpo fláccido de una vieja desagradable que solo grita consignas a favor de los anarquistas, completamente desquiciada por los acontecimientos—.

Bueno, en ese caso, no tendrás inconveniente en permitirme cinco minutos con ella.

Tan solo eso. Creo que he pagado bien ese tiempo y tu silencio.

Aunque si tu honor no te permite aceptarlo, lo entiendo.

Tampoco será necesario que lo cargues sobre tu conciencia.

Extiende la mano con la intención de recoger las monedas que alguien con menos escrúpulos que él aceptará más tarde, pero no es necesario. El joven sujeta su mano y niega con la cabeza.

—Solo cinco minutos. —Espera su conformidad para tomar un manojo de llaves y salir en dirección a las celdas—. Acompáñeme, por favor.

No lo hace esperar. Lo sigue a través de pasillos tenuemente iluminados, minados de puertas cuya única abertura consiste en una pequeña rejilla en la parte superior por la que, en la mayor parte de los casos, no se escucha ni siquiera un leve quejido.

Es posible que no haya presos al otro lado, dado el calado moral y la gravedad de los delitos que suelen llevarlos allí.

Nada de robos de poca monta o delitos sin importancia.

De todos los que pueden encontrarse esperando el garrote vil, lo más probable es que Amelia sea la menos peligrosa.

Quizá por eso ocupa la celda del fondo, la más apartada, aunque da igual.

De un modo u otro, su vida ha dejado de tener interés para la organización.

Por lo tanto, y ante el peligro que supone que una adecuada persuasión derive en una confesión que ponga en peligro al resto de los integrantes de la misma, lo mejor y más seguro es quitarla de en medio.

Para eso ha ido allí. Y Amelia lo sabe en cuanto divisa su silueta recortándose contra la poca luz que puede ofrecer el quinqué del guardia civil, pero que es mucha en comparación con la que reina en aquella celda putrefacta que huele a heces, orín y muerte.

—Tienes visita —dice el muchacho con voz seca y apremiante antes de cerrar la puerta para dejarlos a solas.

Instintivamente, Amelia retrocede, pero está demasiado débil como para oponer la más mínima resistencia y la poca que puede mostrar se extingue en el momento en el que su espalda choca contra la fría y húmeda pared de piedra.

Cuando ve que su visitante sigue avanzando hasta aprisionarla, termina por cubrirse la cara con unas manos mugrientas.

—No te molestes. No voy a desaparecer porque no me veas. Ya sabes que las cosas no funcionan así.

—¿A qué ha venido? ¡He hecho todo lo que me pidió! Me escondí tras aquellas rocas y encendí la mecha cuando vi la señal. ¡He dejado que esos mineros murieran, como usted y su asquerosa organización quisieron!

—Oh, vaya. —Sin ninguna consideración, tira de sus manos hasta que sus ojos llorosos, enmarcados en una cara igual de sucia que los dedos que la han cubierto, se centran en su figura—.

Cierto es que nos has servido bien, pero no tuviste reparos a la hora de confesar tus motivos.

Como comprenderás, ese es pretexto suficiente de desconfianza por parte de nuestros compañeros.

—No, escuche. ¡Yo nunca los delataría!

—Yo te creo, de verdad que te creo. El problema es que los demás no son tan confiados, ¿comprendes?

—No puede evitar una corriente de macabra satisfacción corriendo desde su nuca hasta los dedos de los pies cuando esa mujer insignificante asiente, tan asustada como un cervatillo a punto de ser devorado por el lobo—.

Me alegro. Eso nos ahorrará mucho tiempo.

Verás, creo que hasta una mente perturbada como la tuya es capaz de asimilar lo que le espera en cuestión de días.

El garrote vil será tu destino, vieja. Pero, mientras llega, tu lengua puede soltarse.

Ellos saben cómo hacerlo. Tienen infinidad de maneras de conseguir que nos dejes al descubierto.

Y no podemos consentirlo. Por lo tanto, y dado que tu final está cerca, me han enviado a acelerar ese final.

No presta atención a los sollozos desesperados ni a los gemidos llenos de angustia de Amelia.

Cuando esta se aferra a su brazo pidiendo clemencia, se la quita de encima con un gesto de repugnancia, como si en realidad acabara de espantar una rata maloliente de un puntapié, y le muestra lo que lleva en un inmaculado pañuelo blanco bordado con sus iniciales.

—¿Sabes lo que es esto? Hojas de tejo molidas, en cantidad suficiente para matar a un elefante.

—Tejo…

—Lo he tenido muy fácil. En la Casona abunda, así que me he limitado a coger unas cuantas y molerlas.

Ya sabes, para facilitarte las cosas —dice.

Se aleja de ella y toma una taza con dos dedos, que hunde en un caldero mediado con agua.

Prefiere no mirar dentro cuando la llena y prácticamente se la clava en el pecho.

Amelia no tiene más remedio que cogerla entre sus temblorosas manos, petrificada contra la pared, incapaz de moverse o de gritar.

Abre la boca, seguramente para intentar lo segundo, pero un puñetazo en la mandíbula la hace desistir—.

No seas estúpida. Podría matarte antes de que ese inepto que me ha traído hasta aquí se dé cuenta de lo que pasa.

»Ahora, métete las hojas en la boca. Así —añade abriéndosela con una mano de hierro, que apenas encuentra resistencia, para verter en ella las hojas molidas.

A continuación, vacía el contenido de la taza y la obliga a tragar, tapándole la nariz y la boca al mismo tiempo.

Amelia se retuerce, pero termina por engullir el veneno—.

Muy bien. Ahora de nada te servirá gritar.

Aquí no hay más culpable que tú, ya te has encargarlo de proclamarlo a los cuatro vientos.

Pero, si lo que te has tomado hace efecto en el tiempo estimado, para cuando vengan a torturarte no podrás decirles ni media palabra.

—No quiero morir… ¡No quiero morir!

—Demasiado tarde, me temo. —Se aleja con la intención de llamar a la puerta para que el guardia abra, pero se lo piensa mejor y retrocede.

No sería justo dejarla así, sin saber siquiera el proceso que tendrá que recorrer hasta llegar al más allá, así que se molesta en arrodillarse junto a ella unos minutos, aunque solo sea para asegurarse de que no se provoca el vómito ni nada por el estilo.

Observa cómo se retuerce, presa probablemente de sus propios remordimientos, y sonríe cuando tiene el placer de tirar de ese moño grasiento para acercarse a su oído—.

Escúchame, Amelia. Por mucho que intentes sacar el veneno de tu cuerpo, ya será inútil. Corre por tus venas.

»De hecho, es posible que los primeros síntomas sean justo esos.

Vomitarás, te retorcerás de dolor y después te encontrarás tan cansada que solo querrás dormir.

No lo notarás, pero, cuando lo hagas, los latidos de tu corazón disminuirán hasta que se detenga por completo.

En el proceso, es posible que intenten ayudarte; no les servirá de nada.

Ignoran lo que has tomado. Pensarán que lo has hecho voluntariamente, que te has suicidado al imaginar tu ejecución.

No eres la primera que lo intenta y lo consigue, ¿sabes?

Solo serás… una más. Y un escollo menos en mi camino hasta Esther.

Intenta ponerse en pie, pero la mano de Amelia aprisiona su muñeca con una fuerza inesperada.

—La señorita Llamazares es inocente —susurra antes de que la primera arcada la acometa—. ¡Déjela en paz!

—¿Llamazares? ¡Ni siquiera es su verdadero apellido!

—Siente desprecio al oírlo. Y una rabia y un odio que se mezclan con la pena por el tiempo perdido.

No importa; lo recuperará. Ella acabará comprendiendo cuál es su lugar en el mundo, en su mundo.

Se zafa del agarre y abofetea a Amelia, como si ella tuviera la culpa de todos los males que, de pronto, se le presentan ante la simple mención de Esther—.

Ella tiene que resucitar, ¿comprendes? ¡Tiene que revivir todo de nuevo!

Y yo la ayudaré. Pasaré por encima de quien sea para conseguirlo.

Confiará en mí. —Se acerca a aquella despreciable cara hasta estar a milímetros de ella y se las arregla para sonreír—.

Me amará. Pero ni tú ni nadie de tu familia lo veréis.

Los ojos de Amelia se abren desmesuradamente. Intenta defenderse, pero el veneno comienza a hacer efecto, privándola de la poca fuerza que, a esas alturas, aún conserva.

—¡No toque a mi hermana! ¡No toque a mi hija!

No es una exigencia, sino una súplica que, por supuesto, desoye. Se pone en pie, sacude sus ropas, como si así pudiera desprenderse del hedor que los rodea, y se aleja negando con la cabeza.

—Si se interponen en mi camino, lo lamentarán. —Son sus últimas palabras antes de desaparecer en compañía del guardia sabiendo que, ahora sí, la suerte de Amelia ya está echada.