El umbral CAPÍTULO DIECINUEVE #2
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CAPÍTULO DIECINUEVE #2

Me quedo inmóvil. Durante un momento tengo que parpadear.

Incluso me pellizco, para asegurarme de que realmente no estoy en mitad de uno de mis sueños despierta, y a continuación doy un paso atrás y examino con atención mi entorno, esperando que Marcos me haya llevado por otro camino, que me haya abierto otra puerta.

Estoy ante un habitáculo amplio, pero sin ningún mueble.

Ni una cama ni una cómoda ni una mesilla de noche.

Ni siquiera un baúl. No hay nada que indique que haya estado habitada por una persona en mucho tiempo.

Gracias a la poca luz que la niebla deja pasar a través de los cristales, pequeñas partículas de polvo parecen revolotear sobre lo que parecen docenas de juguetes infantiles apilados sin orden ni concierto.

Un caballito balancín con varios dedos de polvo al que se le ha caído la sábana vieja que al parecer lo cubría, un montón de soldaditos de madera descoloridos en un rincón, una enorme pelota junto a la chimenea que ni siquiera contiene leña para ser encendida…

Abro y cierro la boca varias veces, sin lograr que por ella salga algo lo bastante convincente, ni siquiera para mí. Por un momento, me siento mucho más aterrada que cuando espié tras la cerradura, sin ningún asidero al que acudir.

—No puede ser. Te vi con otro hombre. Aquí dentro, discutiendo acerca de mí. ¡Le echaste en cara la cuchillada que le propiné cuando intentó asesinarme! Dijiste que… que yo era tuya.

—Bien, porque es lo que aspiro a conseguir.

Que tú seas mía tanto como yo tuyo. —No parece avergonzado ni arrepentido de exponer sus sentimientos, en apariencia sinceros, hacia mí de esa manera, pero no me dejo embaucar.

Ya habrá momento para analizarlo—. Pero antes seguiremos deshaciendo malentendidos.

Como podrás comprobar, aquí no hay nadie.

No oíste nada, no viste nada de lo que me echas en cara con tanta rabia.

—Entonces, ¿a qué ha venido tanto secretismo?

—No suelo mostrar mis juguetes de la infancia.

Son viejos. Están llenos de polvo y muy desgastados, pero no puedo desprenderme de ellos.

Simplemente, pensé que no lo entenderías.

Eso fue antes de saber que te has pasado buena parte de tu vida en un orfanato donde, a buen seguro, más de un niño hubiera matado por uno de estos trastos que yo llamo inservibles.

Me niego a escuchar una explicación tan peregrina y señalo el suelo.

—Esto es sangre. ¡Y tú no estás herido! Tampoco es mía. ¡Subí aquí con el brazo perfectamente vendado, Marcos! ¡No quieras negar lo que he visto con mis propios ojos! ¡Me has mentido!

Él extiende la mano en mi dirección, pero parece pensárselo y la deja caer con desánimo. Sin que medien más palabras entre nosotros, se desabotona la camisa.

Un vendaje le cruza el abdomen y la espalda, con una pequeña mancha roja en un costado que no parece más aparatosa que el vendaje en sí.

—Cuando me arrojé sobre ti para protegerte de la explosión, parte de la metralla me alcanzó.

Ismael me curó después de atender a los pacientes que estaban peor que yo.

Esther, me he pasado las últimas horas haciendo todo lo humanamente posible por ellos.

Soportando la lluvia primero, la maldita niebla después, para llevarlos al hospital de la ciudad lo más pronto posible.

Alguno… Alguno murió por el camino. En total, ha habido seis muertos y casi veinte heridos.

—Como si no deseara más que una tregua en mis recelos, me muestra las palmas callosas de sus manos y me mira desolado—.

Les proporcionaré un entierro acorde a su dignidad, que es mucha más de lo que podrá obtener su asesina, Amelia, la mujer que durante años he tenido trabajando en mi propia casa.

»Según las palabras del sargento Postigo, ni siquiera puedo estar seguro de que Lucía no haya tenido algo que ver en el asunto.

Ella o ese sujeto con el que la sorprendiste y que ha negado conocer, aunque la he amenazado con el despido fulminante.

Aun así, he convencido al sargento para que tanto ella como Matilde puedan visitar a Amelia antes de su juicio, porque es probable que sea la última vez que la vean con vida.

Me encuentro agotado por toda la sangre que he tenido que limpiar y por la que jamás se irá de mi conciencia.

Cansado de ser el objeto de todo tipo de suspicacias, incluidas las tuyas.

No soy ningún asesino. A las pruebas me remito.

Y eso solo significa dos cosas: la primera, que he podido cometer el error de juzgarlo injustamente todo este tiempo, guiándome por un color de ojos. La segunda, que la situación acaba de superarme, igual que el agua rebasando el vaso que la contiene.

—Estoy segura lo que oí —insisto—. De lo que vi.

—¿Y si lo imaginaste? ¿Y si lo soñaste? —Se acerca a mí con cautela—. Cuando regresé en tu busca, estabas tan dormida que no tuve valor de despertarte, así que te cubrí con la primera manta que encontré y dejé tu quinqué encendido, como sé que te gusta.

—Fuiste tú.

—Siempre he sido y seré yo, Esther. No voy a dejarte sola. Nunca.

Me dejo abrazar. Permito que me envuelva poco a poco en su manto de protección, que lo extienda a mi alrededor, porque mi confusión y mis dudas son cada vez mayores. Y entonces levanto la cabeza en su dirección, para toparme con dos esmeraldas oscurecidas que me observan.

—Has dicho que quieres cortejarme.

—Suelo presumir de tener las ideas claras, señorita. —Sujeta mi barbilla y la acaricia con una ternura infinita—. Llevo queriendo mucho más desde el primer momento en el que te vi, pero comprendo que no puedo decírtelo de sopetón sin asustarte, así que he decidido darte un tiempo.

—¿A qué llamas tiempo?

—Al necesario para que no huyas despavorida. Eso ya es algo, ¿no? Doy por hecho que, al menos, me estás concediendo el beneficio de la duda.

—No puedo dejar de pensar que…, que… —Señalo la estancia.

Busco en ella indicios de lo que vi hace un momento, pero mi mente comienza a hacerse a la idea de que lo que me rodea es real.

De que quizá lo ocurrido haya sido un episodio más de esa especie de visiones que me asedian cuando estoy despierta, cada vez con más frecuencia e intensidad—.

¿Es posible que lo haya soñado? ¿Que haya caminado dormida hasta tu despacho y haya despertado ahí?

—Eso parece.

—Pero eso no explica la daga que vi en mi sueño y que tienes en tu poder. Ni la nota que la acompaña o la del güelu, que afirmaste no conocer.

—Me parece que el beso que te di en la mina bien merece unos minutos a mi favor —murmura molesto, pero negándose a soltarme.

—Merece otras muchas cosas. Fue un atrevimiento…

—Arriesgado, pero necesario. Sabes tan bien como yo que ambos lo queríamos.

Ahora, escúchame antes de marcharte. Luego, decide —afirma con serena gravedad—.

Respecto a la daga, ignoro quién la ha vuelto a dejar ahí, pero sus intenciones han quedado lo suficientemente claras.

Del mismo modo que con el cadáver de Andrés, pretende acusarme, además de desacreditarme a tus ojos.

Lo mismo que pretende contigo, si nos guiamos por la aparición de tu nombre en cada uno de sus mensajes.

Por lo tanto, me inclino a pensar que también tenía en su poder la nota bíblica y que la ha dejado ahí con idénticas intenciones.

Vuelvo a revisar lo que me rodea. Creo que espero que haya desaparecido, para ser sustituido por un hombre de aspecto fiero dispuesto a estrangularme, pero todo sigue en el mismo lugar.

Mis pensamientos empiezan a volverse oscuros y pesados, tan confusos que no soy capaz de distinguir lo que puede ser la realidad, de la pura invención.

Dudo entre lo que creo haber presenciado y las palabras de Marcos.

Parado delante de mí, espera su respuesta.

Siento como si un repugnante reptil se abriera paso a través de mi interior, comiéndose todo lo que hasta el momento me ha hecho sentir segura. Mis piernas deciden no sostenerme más y caigo de rodillas, con la cara cubierta por mis manos y las lágrimas empapándome las palmas.

—No entiendo qué me ocurre… —sollozo sin importarme mostrarme débil delante de él—.

Nunca lo he comprendido, pero desde que he pisado este lugar es…

, es mucho peor. Más constante, más tangible, más real.

Como si lo que sea que me acosa se esté acercando.

Como si en verdad el asesino de esos niños me acechara con el fin de tenerme delante de él.

—¿Como ahora lo estás delante de mí?

Levanto la cara para descubrirlo arrodillado junto a mí, tan desamparado como yo.

Aprecio que tiene el cabello todavía húmedo, probablemente de la lluvia de la que no se ha guarecido, y enredo mis dedos en él, absorta en su suavidad.

Marcos emite un quedo gruñido, atrapa mi mano y me besa los dedos uno a uno, para después apoyar su frente contra la mía.

—No soy tu enemigo, Esther. ¿No te das cuenta?

El destino nos ha convertido en aliados.

Juntos seremos más fuertes. Por favor, no me eches de tu lado ahora.

—Sus ojos se adentran en los míos. Sus pensamientos se entrelazan con los que pueblan mi cabeza, como si fueran un cuchillo afilado dispuesto a cortar la espesa niebla que los cubre.

Quiero creerlo. Necesito hacerlo para continuar disfrutando de su olor, de su compañía, de su calor.

Del tacto que parece activar cada una de mis terminaciones nerviosas para que reaccionen como él desea.

Como ambos deseamos—. Dime qué puedo hacer y lo haré.

Pero dame una sola señal de que vas a rechazar mis intentos de conquistarte y me retiraré para siempre.

Es el corazón, ese que me late desaforado en el pecho, el que dicta mis próximos pasos. Abro la boca dispuesta a poner en valor todas mis reticencias sobre sus peregrinas explicaciones, pero mis instintos me atan en la dirección contraria.

—Necesito ayuda, Marcos.

—Pídemela y la tendrás.

Miro las dos notas arrugadas en mi mano.

¿Es posible que todo haya sido una especie de sueño cada vez más espeso y real en el que me siento atrapada sin poder huir?

¿Puede ser que haya despertado bajando las escaleras directa a su despacho?

¿Y si él tiene razón y no es más que otro peón en ese extraño juego de ajedrez?

¿Y si realmente soy capaz de caminar dormida?

Solo encuentro una manera de saberlo. Por muy desesperada y temeraria que suene, recuerdo lo que me ha dicho acerca de las aficiones de don Fernando de Gondán y decido agarrarme a ellas como si la vida me fuera en ello.

Porque es posible que la vida me vaya en ello.

—Llévame con tu padre —casi suplico—. Quizá él, con ese método que tan bien conoce, pueda aportar algo de luz a mi oscuridad.

Marcos no duda. Con la misma devoción que me ha dedicado desde el momento en el que nos hemos encontrado, me ayuda a ponerme en pie y vuelve a acariciar mis labios con los suyos, dejando un rastro ardiente que no va a apagar.

—En cuanto arreglemos los funerales, nos iremos.

Pero antes deberías comer algo. Avisaré a Matilde.

Es la más entera de las dos. Lucía nos acompañará en el viaje.

Y no te preocupes por ellas. —Me da la espalda, pero, de repente, se gira hacia mí con una mirada pícara que me llena el pecho y el alma—.

En cuanto al resto… Pídamelo, señorita Llamazares, y lo obtendrá.